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Full text of "Colección de autores españoles"

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T.Coo^lc 



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COlECaON DE AUTORES ESPMOIES. 



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COLECCIÓN DE AUTORES ESPMOIES. 



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n.GtXl«^lL' 



COMPOSICIONES JOCOSAS 

EN PEOSA 



QE LOS SBB. HABTZENB178CH , ATOITAIiB DE IZCO, BIBOT, 

VILIiBBGAS, BONILLA , LAFUBNTB (fB. OEBUIOHO), 

FBINCIPE, COPEZ PELEOEIN (ABENAMAB) T OTBOS 

E8CBITOEE8 CONTBMPOBAlíBOS 



COLECCIÓN DE LO HAS SELECTO QDE PUBLICO EN 
LA RISA 



A. HERRMANN. 



, LEIPZIG: 
F. A. BROCKHAÜS. 



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índice. 



Aygualg de Izco (D. Wenceslao.) 

Arle de cODOCiir á ios homlirea par las uñas 
ArM de coBoeer á los hombrea por el pela 

Grncias de los niños 

Cd día (le campo 

Origen del carnaval 

Hodaa inglesas de invierno 

Modas de París 



BonUla (D. Joaé María). 

Memiras al revés; cosas que no son . . 
Mediíaciones de un bombre sin dinero 

Casilari (D. Santiago). 

Defensa de las trabillas 

Una eslraiagancia 

Estofado (Don Abundio). 

El cociaero del ambi^ á los españoles . 

Flores (D. Antonio). 

Cada uno en su casa y Dios en la de lodos 

Fr. Gerundio (D. Modesto Lafuente). 

Pr. Gerundio á b comunidad de La Hisa . 



L.nO(1<^IC 



García de Torres (D. Joan). 

SacríBcío de PandiUs t3t 

Guerrero j Pallarás (D. Teodoro). 



HartzeDbusch (D. Joan Eugenio). 

Mariqulu la iielona 

Larmñaga (D. Qreggrio Rotnero). 

Ls gattronomla j la lileralura . . . 

López Pelegrin (D. Eduardo). 



Manzano (D. Jalian). 

Una calamidad pública 



Mata (De Pedro). 

Cosiumbres francesas . . 

Henendez (D. Baldomcro). 

¡Mi su«gra oira vei en casa! 

Muñoz y Gamica (D. H,). 



Ovqar (J.). 

El honü^re-barreDa 

Príncipe (D. Miguel AguBtin). 

[mperTecciones de la oilnralcia 

Mi criado j Hermoailla 

Itibot y Fonteeré (D. Antonio). 

Helcnes j miúarea 

Estrema condescendeDcia 

Vanugas del que no lieoe piBinu i del que laa lleva di 

El náiimo j «1 mioiiua 

Un dii en el Parador del Sol 

Rico y Anat (D. Joan). 

Mi tÍAi» ' I* Alcarria 



T.GtXJ^Ic 



vn 



RoBell (O. Cayetano). 

Lt nocb« de San Hircos . . 

Villergas (D. Juan Martiaei). 

Las lartuliR 

Uo ironarii 

E[ imiga pególe 



El ái» de San bidro 
Nadiamos j refranes . . 
Viajes por eioi mundos . 
La feoilie le los vice, ds I 

Incendro del poiierín 
Un hombre célebre . . 



De AnUirea descooocidoa. 

Modas 

Uoi luDda A bs modislBs. C. 
Modas de pasee .... 
NoUcias de Espafii j del eilro 

Modaa. A 

Eieena patélici. A. . . . 



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COSTUMBRES GASTRONÓMICAS. 

En todos loa pafsea cinlisados se come: en todits las 
nouones dd mundo eati prohibido con pena capital por la 
ley de la satucaleza el crimen de no comer; j ai ono solo 
,de cuantos 90 bao hecho reoB de tan atroz delito, ha d^ado 
de espeiimentor el ejemplar castigo que tan inexorable lej le 
Eeñ^. ComamoB, pues, en gracia de Dioa: aunque no sea 
maa que para no aparecer culpables. 

Siendo, piie8,.ds todo punto indispensable comer para 
vivir,, annque ba; algtmoB que parece prefieren vivir para 
'Comer, justo será confesar que la meaa es el mueble mas 
úül que ha inventado la humana inteligencia para la gente de 
«ducacion esmerada, para la Bodedad de baen tono. La edu- 
cación, dice aa antiguo refrán, en mogona parte se conoce 
como en 1» mesa y en el joego. No es mi propúsito hablar 
-del juego por ahora; pero con respecto i la mesa, no cabe 
la menor dada que es donde mas qae en otra cualquier parte 
brilla la elegantü de un caballero, al paso que se descubre 
la rusticidad j torpeza de nn gastrónomo mal educado. Har- 
tarse sia compasión, es el único pensamiento que le cautiva, 
; preocupado con él no trata mas que de engullir. Mientras 
sus TOTaces dientes destrozan lo qu6 tiene en su plato, devora 
con los ojos lo que estfi. en los platos ajenos. . Todo qoisiera 
tragarlo en im abrir j cerrar de ojoB. Se ha sentado, por 
supuesto, muf se|iarado de la-mes». Beba desatacado el pan- 
Coapaaicionct jDcosai. 1 



talón para dqu Ubre el vientre, y ha colocado an plato mitad 
dentro y mitad fuera de ella, por manera qne al ir & coger 
alguna tajada con el dedo pnlgar quemado del cigarro j nn 
pedazo de pao, ae le vueliia el plato, le cae eadma lo qne 
hay en él, y se qneda hecho nn L&iaro, como suele decirae. 
A todo lo que le sirven sopla desaforadamente para que se 
enfrie cuanto &ntea, y no obstante, se abrasa la lengua al 
primer bocado, lanza nn grito ridiculo, y escupe en medio de 
la mesa lo qne tiene en la boca. Al coacloir la sopa lame 
la cncharo por todas partes y la guarda junto al plato para 
comer con ella la carne y los garbuizoB del puchero. Si 
queda nn peco de caldo, se lo bebe con el mismo plato. Toma 
la sal con sus mugrientos dedos, y luciendo las ribeteadas 
nüaa, para hacer ostentación de su buena crianza, coloca 
dicha sal con mucho cuidado en el cuchillo, y desde él la 
arroja en la comida, ó bien aproximándose el salero, va 
metendo en él cnanto come k guisa de mano pecadora to- 
mando agua bendita. La cuchara, el tenedor, el enchillo, 
son muebles qne man^a bmicameste. Todo lo agarra al 
contrario de los demás, se sirve de las fnentes de su propia 
cuchara que pasa mil veces de la boca t la M^era y vioe- 
versa, bebo sin limiúaTse antes los labios, d^ando en conse- 
cuencia una guarnición de ondas de pringue en el vaso, qne 
da grima & los que tiene cerca de sf, & quienes favorece 
ademas con repetidos codazos. Bespnes de beber esoorre el 
vaso en el snehí y lo vuelve á dejar boca abajo, por manera. 
que cada vez que le empina deja en los mwteles una O de- 
vino. De vez en cuando apoya et codo en la mesa y se lim- 
pia los dientes con él cudiiHo y el tenedor. Dase de bof^ 
tones, 6 hace ridlcidos gestos p^^dose manotadas como para 
espantar algttna masca qne le está rodando, y es, que al 
sentarse á la mesa se metió la servilleta por el primer ojal 
de la levita, y le sale una punta muy tiesa qne le hace con- 
tinuamente cosqnülas en la barba. Tiene los braios fijos en 
la mosa; y en vez de llevar cen sn mano la comida á la boca, 
b^a esta & coger la carne que queda en algún hneao qne mi 
buen hombre , agarra ean ambas mftaoa Oemo reeeloío qne se 
lo quiten, y como haya tnét»io en él, e^ieza i dar golpea 



en el plato pon- que ulga, cuyo ruido acompafiado coa hw 
destraiipluios lorbos j diuiietiHies del gastrónomo impaeieiite, 
íorma un escelente dúo que no ha; mas qoe oir. Así se pone 
loB dedos como ai loa taviese astados de jabón; y como coge 
el VMO de nuero ün limpiárseloa, se le resbala de ellos ; 
vierte el vino por la mesa que es on dolor. Si esto por 
casualidad no le sucede, acontécele otra cosa mil veces peor 
atm, y es, que como no quiere perder bebiendo, el tiempo que 
para comer necesita, bebe con ansia y precipitación antea de 
baberae engullido el bocado que masca, y se atraganta y se 
ahoga, y empieza á toser y i chorrearle vino de las narices, 
que recoge con el vaso para que no desperdide. Si es agua 
lo que bebiendo estaba, & la primera tos vuelve la mitad al 
vaso y roda i, los demás hadendo mil asquerosos viasjes- 
Pónese á trinchar an pavo qoe le hace crecer la saliva, y 
ooino no atina á dar con las coyttntnras, suda y se afana por 
cortar el hueso, en coya &tigosa operadon se le escapa con 
freRienda el tenedor ó cuchillo, cae sobre la salsa la pleta 
qne priende trinchar, y aalpica á todos los concnrrentes qne 
es una diveraion. Decídese por fin en medio de las generuJes 
ritotadas que atribuye mi hombre á la coman al^irla, á coger 
ccm una mano una pechuga y la pierna con otra para romper 
el pavo que un tan pesado trance le ha puesto; pero el mal- 
dito está crudo asalz y se resiste á los esfuerzos del héroe. 
Afortnnadamente puede muy bien irle en saga otro bárbaro 
en eso de finura, que ¿ su lado tenga, j le oirezca su auxilio 
al alporado compañero que quiso meterse en camisa de once 
varas. Ya me parece verloa asidos cada uno de una luema 
de la victima, que empiezan á tírar con v^r en medí* del 
general aplauso y la cemim risa que reanena ya por todos loa 
inguloB dcd aalon, hasta qne roi^piéndose nna de las piernas 
del pavo, caen mia dos atletas oitrambos & dos de espaldas, 
llevándose el uno manteles y platos y el otro hadendo saltar 
con el pié la peluca de mío de los convidados, por manera 
que aquello se convierte ea Nnmaada deatmida. 

Para evitar, pues, tan horrorosas catistrctfea debiera el 
gobierno eatablemr escuelaa patnitas en donde se enaeñase 



L.OO'^IC 



al prójimo 6 mandacar con arreglo & Iob progresog de ima 
época en qoe las mas célebres notabilidades comen i dos 
carrillos. 

WxtrsBSLAo ATavALa na Isco. 



ARTE DE CONOCER A LOS HOMBRES POR 
LAS UÑAS. 

El que tiene algunos lunardlloB blancos en laa uñas, ee 
aficionado & todas las miyeres; pero tan enamoradizo como 
inconstante, 

£1 qae tiene las uñaa muy arqueadas, ea orgulloso. 

£1 que las tiene separadas del dedo en su estremidad ; 
que cortadas se qnedan mu; reducidas, dejando un sobrante 
de dedo mas qne regular , no debe casarse, porque milagrosa- 
mente se eacaparü de ser victima de la infidelidad de bu 
mujer. Las uñas reducidas indican paciencia, hombría de 
bieiii y sobre todo resignación en las calamidades. 

Las u&aa largas á pesar de estar cortadas, qne se nivelan 
con la estremidad del dedo, son él emblema de la gene- 
roaidad. 

Las uñaa trasparentes y aonrosadas anuncian genio alegre, 
dulce, amable. Los enamorados de uñaa trasparentes suelen 
apasionarse hasta el delirio. 

£1 qne lleva las uñas largas y puntiagudas es tocador de 
goitarra, ministro de Hacienda, sastre ó escribano. 

El que las lleva algo laicas, redondeadas y con ribete 
negro, es poeta roméjitico 6 folletinisfa. 

El que tiene en la uña del dedo pulgar de la mano iz- 
qnierda varías rayas como si hubiesen picado tabaco en ella, 
es maestro de escuela. 
' Las ofias gruesas indican terquedad y mal genio. 

El que lleva las uñaa sucias por todas partes, es enclaus- 
trado, filósofo, c^yista 6 tintorero. 

El qne tiene las uñas amarillas es hombre abandonado & 
toda clase de vicios; pero el que mas le domina es el de 



ñuDU. Caldeae de no confundir á estos con Iob que mondita 
naranjas bíd cnchillo. 

El que lleva las uñas mu; redondeadas y liaas, tiene ge- 
nio pacífico y conciliador. 

El que tiene la uña del dedo pulgar de la mano derecha 
algo mellada, es ou gastrónomo voraz, carcoma de sf propia, 
que por no perder la costumbre de comer se roe las uñas, 
que ea lo que tiene mas & mano. 

Y por último el que tos lleva cortadas sin igualdad es 
pronto ; reuielto. Los hombres qne no tienen paciencia para 
cortarse bien los uñas, suelen tener on fin desastroso: la 
mayor parte aoaban por suicidarse ó por casarse que viene 
A, ser lo mismo. £n el último caso, si la mm'er no se encarga 
de la operación, se buscan una concubina con este objeto y 
bacen desgraciada á la consorte. AconsejamoB al bello seso 
qne no pierda de vista las añas de loe hombres, si quiere 
vivir con ellos como carne y nño. 

WxNZBSLAO Atodils bb Izoo. 



ARTE DE CONOCER A LOS HOMBRES POR 
EL PELO. 

£1 pelo largo y mugriento, que d^a pringue en el cuello 
del irac ó de la levita, pertenece al pretendido filósofo y á 
los aprendices de sastre y de barbero. El ente original con 
pretensiones de vivaracho suele llevar la cabeza rapada como 
nn chiDO. Las melenas & la romántica están en boga entre 
los horteras mas elegantes, diputados á Cort«8 que no hablan, 
coristas y bailarines italianos, traductores de dramas y escri- 
tores de folletines. Sn división por partes ignales, formando 
raya desde el centro de la trente hasta la coronilla, indica 
afeminación. La raya á no lado denota pedantería. El pelo 
erizado es el emblema de )a torpeza, de la terquedad ó del 
miedo. El pelo muy peinado, lustroso, tisito y pegadito á la 
frente denota paciencia y resignación. Las grandes entradas 
significan orgtdlo. Los que llevan el pelo alto sobre la frente 



j pegadito & loa lados snelen aer galanteadores y InjuriMog. 
El pdo rubio iodicii dulzura y sensibilidad, el negro aidi- 
núento, el castaño tDoderadon, el rojo perversidad ; el cano 

TQJez. La calva denota inteligencia coaado no ae hace 

ostentadon de ella; pnes en este caso significa estopidez; pero 
a! por dlsimnlarta se adopta el medio de hacer snbir haata 
la frente el peto del cogote, este es ya una prueba infitlible 
de imbecilidad. £1 uso de pelnca esti reeerrado á loe hipó- 
nitas; por eso son tantos los que la gastan en este mundo 
engaftador. El pelo gris es hijo de la misantropia ó de Iob 
placeres DoctnmoB. La abundancia de cabello que jamos en- 
canece ni cae, denota calma, impasibilidad y bienaveuturatiia. 
Para tales cabezas ha dicho la santa escritura: El reino dñ 
hs eielo8 oe pertmeee. Estos santos varones bou los me- 
jores maridos: están asegurados de iocendioB. Sus cabezae 
aoD terrenos tan fértiles y productivos, que á faha de uno 
suelen llevar dos signos de la abundancia. El pelo rizado y 
lustroso demuestra alegría ó empeño de pertenecer á la aristo- 
«lacia sin haber nacido en eUa. El que gasta grandes bigotes 
sin ser militar, quiere ocultar su mala dentadura, & no ser 
que pertenezca á k benemérita, que en este caso son In- 
dispensables para jugar & los soldados, y es preciso que vayan 
acompañados de su correspondiente perilla, siempre que el 
interesado no sea dueño de algunai louja. El uso de la pe- 
rilla no se ha introducido aun entre los fabricantes y vende- 
dores de chocolate, jabón y velas de sebo. El bigote ntar- 
cido hjtcia arriba es señal de hambre. La patilla corrida por 
debajo de la barba está muy en uso entre los que quieren 
parecer bien al bello sexo y tienen la desgracia de llevar 
sendas calabazas. La patilla grande es signo de fan&rron: 
la corta de fanático, de aguador ó de capeUan de regimiento, 
Las barbas á lo patriarcal, es decir la barba entera, enérgi- 
camente pronunciada contra las nav^as y los barberos , es 
propiedad de músicos y poetas incomprensibles, de cesantes 
desesperados y de mendigos de lugar. 

WZNOBSL^O AlSVUB DE IZCO. 



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COSTUMBRES FRANCESAS. 

KL pueblo francés es sin disputa el que mas ríe de todos 
los pueblos de la tiern. Por lo común ae rJe de loa dem&a 
pueblos. Kn sus novelas, en sus poemas, en sua folletines, 
en sus dramas ; sobre todo, en sos zarssuelas ó vaudeviRea 
siempre hay algún inglés 4ue loma té, que está serio , que 
coge una torca, ó algún alemán que bebe cerveza, que fumii 
la pipa, que revuelve los tizonee de la chimenea, ó que hace 
cualquiera de eaaa cosas que el autor francés ha visto por 
casualidad en algnn individuo de la nación de que se está 
riendo. Y es taqta la manía de reír en los franceses , que 
cuando no se ríen de los estra^jeroa, ae rieu de si mismos, 
y es menester confesar ^ue en esta parte suelen aer sobresa- 
lientes, por poco exactos que estén en su retrato. £s que en 
Francia hay muchísimo ridículo; la iaz caricaturesca de eata 
uadoD ea vasta, por no decir inmensa, y el que quiera reírse 
de los franceses tiene materia de sobra; la única dificultad 
^ue se presenta es, como elloa suelen decir, rembarraa du 

Riámonoa pues también de los franceses; nosotros que, eu 
su concepto , somos graves y recogidos como moiges cartujos, 
i¡ anacoretas tebauos, ; riámonos de bus ridiculeces que son 
por derto dignas y muy dignas de la caricatura. 

Negar que el pueblo francés ha tenido y tiene uua multi- 
tud de hombres grandes en todo género, seria demostrar 
prflcticamente qne se ignora de todo punto la historia, ó que 
un ridículo espíritu de nacionalidad mal entendida estraríaria 
nuestro jnido; pero acaso sea el pueblo que mayor número 
de necios y majaderos con pretensiouea de sabios está abri- 
gando, amen de una multitud de farsantes que en todas las 
esferas hormiguean, esplotando k las mil maravillas la boba 
credulidad de los que tienen la desgracia do escucharlos. 
Abre Faris escuelas de toda clase de conocimientos, deuda 
se recibe sólida y abonada educación de profesores beneméri- 
tos; pero eso mismo Faris tiene unos Campos Elíseos, donde 
se enseña, mejor diremos, donde se parodia grotescamente la 



enseñanza de Us antas. Tan pronto es un doBcanido Dalca- 
mara, vestido de turco, griego 6 chino, ^ae, montado en na 
cabriolé, estrafUario botiquín con yísos de tienda ambulante 
dé perfameB; llama la alendan del público con nna orqnestn 
formada de doa clarinetes, un bombo, nn tambor runa trom- 
peta, para anunciarle la cnracion radical j mommtánea de 
dies eofermedades Incorables, por medio de un jabón qne ni 
las mancbas quita, demostrando sn portentosa babilidad coir 
legajos de certificados de academias, de coras párrocos, pre- 
fectos, mures, diputados, pares, comadrones y drogueros, y 
deslambraudo á la mnKitud, qne atónita le escnc^, admira 
y aplaude; primero coa ana arenga fi^sa, luego con las 
monedas de plata y oro que vacía de una espuerta en otra, 
en ostentación de una insignificante parte del producto de sna 
maravillosas curaciones. Tan pronto es nn tmban que ha 
colocado encima de una mesa una mala máquina eléctrica, 
una botella de Leyden y otros instrumentos fteicos de nso 
desconocido para él y su ayudante con cara de fnllero qne 
hace rodar el disco, ambos i dos andan buscando de entre 
el concurso & los imbéciles que quieran recibir la conmoción 
de un formidable chispazo eléctrico para librarse de todos loff 
males pasados, presentes y venideros, por la miserable canti- 
dad de un sueldo ó sea poco mas de cuatro maravedises. 
Aqai un charlatán que con nna mala navaja y peores manos 
promete arrancar las muelas cariadas sin mas dificultad ni 
dafio que si quitase de la guitarra bus clavijas, arrancándose 
sus dientes y los de sus compadres doscientas veces al dia, 
como pmeba práctica y esperimental de su estraordinaria 
agilidad y maestría. £1 pobre recluta, el inesperto provinciat 
y la incauta niñera que, rabiando de dolor ó acordándose de 
que algún dia lo ha tenido, se abandonan & la estúpida fero- 
cidad del sacamnelaa, adelantando el importe, ven á medio 
dia las estrellas y en las manos del bárbaro sayón una muela 
sana con un pedaio de quijada por apéndice, del cual podrian 
hacerse dos botones ú un doble as de dominó. El infelie 
mutilado se aguanta, devora su dolor y su vergQenia y se 
retira con las manos en la boca, mientras el asesino impávido 
y sereno pasea con triunfo por encima de las cabezas de lo» 



espectador^ la mneU ; el trozo de maxilar eiiBangrentado, 
aaegurando con insolente cmismo que la sacó limpia, sin gota 
de anugie ni miaja de dolor. 

Aquí Be o&ece on teatro ambulante, compuesto da tapices 
tI^os con un gran cartelou donde se ve pintada uña mi^jer 
de antedilaTianaB dimensiones, un niño con siete cabezas y el 
combate horrible del primer Alcides, del primer Hércnles de 
Europa con un tigre feros de Bengala al cual vence, aqjeta 
y dvilizs. Todas estas maraviUas son anunciadas por cnatia 
Ustriones indecentemente cabiertos de despojos de teatro, qoe 
llaman á los transeontea al son de un tambor y de nna 
trompeta. Por on sueldo se ve tanto portento. El inocente 
espectador no puede resistir á tanta curioaidad; entra j; por 
de pronto ve en la mojer Qoliat & ana mujer media pulgada 
mas alta que la generalidad de las mitierea; el niño de las 
siete cabezas es un rapaz, vestido de árabe, que tiene en la 
cabeza seis lobanillos de varia pero ordinaria dimensión; el 
Hércules, el Alcídes es nn emb us tero > sin másenlos y sin ner- 
vios, feo como un ennnco, peqoefio como nn lapon, roído de 
mifieria con mas trazas de momia que de atleta, cuyo raquí- 
tico esqueleto ae dibnja debido del pei^amino que la tapiza 
muy á propósito para ser estudiado por nn cursante de ana- 
tomía; el tigre de Bengala es nn caciiorro de leopardo, y el 
gran combate consiste en coger Isa manos ó patas delanteras 
del animal, echarle, piHierle el pié en loa hijarea y volverle 
á la jaula, antea de que se acuerde de que es una fiera y 
tenga á bien despellejar al gladiator follón con un zarpazo. 
Concluida la función , el Roberto Macaire, director de la com- 
pañía gimnástica, presenta á los circnnatantes una bandea 
para coasnltar su generosidad y escitarles á estimular al in- 
gmio privilegiado. 

{Dirfamoa bien ai diéramos que la Francia es á la Eu- 
ropa lo que los Campios Elíseos á Paris? La comparación 
acaso no seria de todo punto exacta, porque al fin y al cabo, 
si hay muchos charlatanes en Francia, abundan también las 
notabilidades de valor real en todo género. 

Dejemos á las notabilidades y sigamos ocupándonos en 
los tersantes. Hayloa de estos de todas clases y en especial 



10 

entre loe literatos. En FrascU todo vicho viviente es escri- 
tor. Basta concebir una idea para hacer un libro. La idea 
DO ocupa mas que uQa página ; esto aun porque el autoi no 
la sabe emitir; j el librero que ba de eeplotar esta idea ne- 
cesita ó qniere un volumen. El autor hace el volumen ro- 
bando desapiadadamente 4 los demás lo que ;a los demu 
robaron á sus predecesores. Embadámanse las esquinas coa 
anuncios colosales, llueven prospectoB por todas partes, el 
autor se alaba á sf mismo en todos los periódicos, ; á, los 
quince diaa véndese la obra & sueldo, perdida entre otras 
obras de igual mérite, en los puentes y bulevares. 

La moda, tan poderosa en Francia, ba invadido también 
la literatura. Ningún escritor decente deja de escribir viajes. 
Sin moverse de Paria, sin ir mas que á una biblioteca ó ga- 
binete de lectura, se escriben riajes & Oriente, & la India, á 
Groenlandia, al Perú, al rededor del mundo, ; se describen 
las costumbres de los pueblos con una esactitad mararillosa. 

España es uno de los pafses que tienen el honor de ser 
mas á menndo favorecidos. España es boy en dia ptiSi los 
franceses un manantial fecundo de coriosídad j de interés. 
No Iiay escritoreillo que no pague un tributo de su péndola 
á laEspaña. Muchos no tienen de la Península idea alguna; 
ni siquiera saben donde está, que punte geográfico ocupa; 
solo conjeturan qne se halla mas acá de los Pirineos y aun 
esto lo saben porque han leido en los periódicos los partes 
telegráficos de los prefectos de los Pirineos orientales y occi- 
dentales relativos á la guerra civil. Esto no quita sin em- 
bargo qne escriban sobre la Península y hagan de ella 
descripdones minudosas. España es mentada en las memo- 
rias, en los vif^es, en la bistoria, en los apuntes, en los dra* 
mas, en los poemas, en tas novelas etc. etc. Todos los héroes 
se llaman Juan; todas las bovinas Juanita. El que de esta 
regla sine qua non se aparta, el que sabe mas, da á su 
héroe el nombre de Don Suarez, Don Osuna y á la protago- 
nista el de dofia Sol, ó doña Avellana ú otro por el estilo. 
Ya que tiene nombres qne dar á los personajes basca los de 
los lugares. Madrid, Cádiz, Barcelona, Zaragoza, Valencia; 
hasta aquí llega toda su geografía. El que miyor le suena 



11 

al oído , este es escogido para la novela, folletín 6 comedia. 
Sobre estoa elementos se entreteje el asunto , y nrde un cuento 
esmaltado de costumbres propias de nn estudiante de Paria, 
de nn mancebo de las tiendas de los bulevares, de un comi- 
sioaiata villero, de una beldad fócil del ciutrtel Latino á 
de una griseta de la calle Vivienne, 8<ata Denis, Saint 
JUnrftn, ó Poisgonniire, creyendo cáodidamente el mal- 
dito autor que tendrá sabor peninsular an forsa porque los 
personajes se llamarin Joan, Juanita, DonSuarez, Doña Sol, 
Doña Avellana, y aeran laa escenas eu Madtid, Zaragoza ó 
Barcelona. Otro se cree mas instruido ea las costumbres 
oapaíkolas, porque ha visto en loe teatros bailar la cachucha, 
en laa tiendas algunas láminas de funciones de toros, y há 
oido hablar de vinos y jaquee de Andalocfa. Todo esto es 
poético para este desdichado escritor, y hétele en marcha, 
d^o émulo de Cervantes y del aator de Gil Blas, y en el 
primer capitulo de su bárbara novela nos describe un &moao 
baile en los salones de la Alhambra, donde las hijas de loa 
duques, condes, barones y marqueses, vestidas como laa bai- 
larinas de nuestros teatros, están bailando con inimitable 
gracia é imponderable lascivia las seguidillas, la cachucha y 
el bolero. La señorita Avellana, de ojos negros y moreiut 
tes, es la que mas se distingue en repicar las castañuelas, 
y en el atrevimiento de sus posturas. Los condes, los duques 
y demás tftulos, todos vestidos de majo andaluz, salen á 
descansar en un jardin de palmas y cocoteros traidos de 
América por Hernán Cortés, donde matas el 'tiempo los unos 
picando con largolsimas naviyas tabaco para hacer un cigarro, 
cuyo papel sujetan con los labios; los otros tirando la navaja 
para clavarla en los troncos de laa palmeras, en cuya tarea 
el conde de las Sardina, el amante de Doña Avellana, sobre- 
sale tanto que clava cada vez eu navaja, la mas larga y afilada 
de todas, en las cicatrices de las heridas que hicieron en los 
árboles trasplantados laa flechas de los Indios y loa venablos 
y ballestas de los soldados de Pizarro. 

En otro capitulo hay un magnfSco banquete, porque es 
fuerza mentar loa vinos españoles y el infeliz autor nos dice 
coD admirable facundia: aUf se veia saltar de las botellas á 



12 

los vasos el tíd» de Jerez, de Málaga, de (knarias, de Tinto, 
de Generoso y demás pueblos notablea de la Península por 
BU índüBtria vinatera. 

Esta esactitud de noticias la deben los autores franceses 
á BU cnidado especial de tomar apuntee caando viajan. Sale 
de París uno de estos autores ea diligencia ; tiene por com- 
pañero de Tiaje á un español. Toma so cartera y bu lápiz y 
se pone en actitud de observador. El español se ha resfriado 
y estornuda con frecnenda. El solícito observador anota ett 
su cartera; Los españolea estornudan continuamente. El 
españal estomudador lleva á en lado á su coosorte, cuya na- 
riz poco audaz ; poco emprendedora se quedó casi al 
nivel de aua mofletes, y el francés de nna lapizada con- 
dena á todaa las nancea peniuaalareB á ¡a condición etiope 
poniendo: Todas las mujeres españoles son horriblemente 
chatas. 

En lo pintoresco bod los franceses tan exacto como en lo 
escrito. ¿Hace ruido la guerra de la Grecia y figura eo las 
noticias ColocotroQJ, Canaris, Mauro- Cordato? Se busca en 
París á algnn oriundo de la Grecia. Un limpio-botas liones 
se da por griego y presenta una nariz aguileña y gued^as 
negras por documentos: se le da cinco francos, un mal artista 
le retrata, litografíase esta embustera copia y se vende á 
franco el retrato de Canaris. Cabrera, Balmaseda, Espartero 
se hacen célebres, tin carlista tuerto de los depósitos es el 
modelo; sácase la copia como Dios quiere, añadiéndole on 
ojo, y el público admira en la lámina de Cabrera la mirada 
centellante de ese guerrillero célebre qne indica por sí sola 
su genio y su violencia. 

Concluiré este artículo refiriendo un becho auténtico que 
acabará de caracterizar á los franceses, ün carlista catalán 
mostró á un francés redactor de un periódico semanal pinto- 
resco, doB figurines de tnqes de Cataluüa. Agradáronle al 
fírances y los pidió para su periódico. Concedido. Mas no 
bastando para su idea, preguntó por algunos pueblos dd 
principado. 

¿Barcelona? dijo el otro.— No. — ¿Gerona, Tarragona? 
— No. — Viendo que los en ona uo le agradaban dijo, 



13 

¿Caldas, Tich, Ripol? — No. — ¿MaiJrosft, Villafranca? — 
No. — Incomodóse el catalán y para moEarBe del francés, 
le dijo: ¿ San Miguel del Fot/? — Este, repuso el francas, 
este es magníñco, aceptó y se largú. 

San Miguel del Fay no es ningnn pueblo; es una cueva 
en cuyo fondo hay la imagen de San Miguel en una rústica 
capilla, j por endma y delante de esta cuera salta un arroyo 
formando una magnífica cascada qoe embellece este lugar 
agreste, montañoso y hermosamente pintoresco. 

Pasmonas algnuoa diag y ctutndo ya no se acordaba el 
catalán de loa figurines ni del francés reúbió su número del 
periúdico pintoresco y se encontró con gran sorpresa con una 
I6mina en cayo primer término babia los figurines y en lon- 
tananza una ciudad populosa con el nombre de San Miguel 
del Fay. Después de la lámina segoia la descripción en 
estos términos. nSan Miguel del Fay es una de las ciudades 
mas considerables de la antigua Catalufia; cuenta de pobladoo 
mas de cincuenta mil almas : hay en ella una catedral ma{[nl- 
fica, seis bibliotecas, veinte conventos, un museo de pinturas 
donde se encuentran varías obras maestras de Morillo y de 
Ribera; una sala de armas que guarda la espada vencedora 
de Jaime de Aragón y los condes de fierengner; una univer- 
sidad, diez colegios, una bolsa y tm puerto muy concurrido 
por desaguar en él la boca mayor del Ebro. Sus habitantes 
son gigantescos y valientes y sus mnjeres hermosas é insi- 
nuantes con mni^a afidon 6. los estraujeros y en particular 
á los franceses. Todas las noches se suele asesinar i. (u 
centenar de individuos, y las autoridades no hacen caso. Ne- 
gada en algodón y papel, higos secos y castaBas. Los moros 
la conquistaron dos veces, y a^n^oos restes romanos anuncian 
que estuvo sujeta á las órdenes de algnn general de Scipion. 
Esta célebre ciudad es patria de San Miguel donde le dieron 
martirio por los ailoB 200 después de Jesucristo loa soldados 
del emperador romano." 

Abandono k la consideradon de los lectores el efecto que 
esta descripdon baria ep el ánimo del artista catalán. Como 
qmera, el periódico drcnló, pasó las fironteras y acaso algún 
día traduica un editor espsñtdi esta obra y se vean los 



catalanes con tina dudad mae en lo moB deaierto ; eecabniso 
de auB montañaa. 

Peshc» Mata. 



aRACIAS DE L08 NIÑOS. 

No h&y placer en el raimdo ijue compararse pneda al 
placer de «er padre, á no ser que sea el placer de ser madre. 
Esta Terdad no es nuera, pero es consoladora, ; mu; á pro- 
pósito para hacer qne rennndaD al celibato hasit. los enmii- 
gos mas ñiribnndos del sfuito matñidonio. Con todo, no temo 
yo declarar 4 la fu del mundo, que ea mi opinión tan opuesta 
fi la paternidad, qae nada encuentro tan detestable en este 
valle de ligrimas como un mito deBde que nace basta los 
cinco ^OB. Pasada esta edad de ctÍbíb, ;a es otta cosa; ios 
mnchaclioB de uno y otro sexo basta los quince afios, son 7a 
nada mtoos qtte insoportables. Hirabeau y Napoleón han 
dicbo: "H n'y a de pires de famiOe véritabhtnerU heureux 
qtie eeux gui n'ohí pos d'enfants!ii 

Todos saben lo qae es un mufioar recien nacido. Desde 
que abre los <ifoe, no hace mas qne desgañitarse llorando 
nodie y dia, sin qne nadie sepa por qué. Mas grandedto 
tiene la Búsma gracia, con solo la diferencia que ya entonces 
ee sabe por qué llora el angelito. Unas veces porque tiene 
dolor de tripas, otras veces porque quiere que su nodriza le 
4é la teta, otras porque se le antoja rtmiper los crietaleB de 
loe anteemos de bu pare, y otras en fin poique quiere qne 
su madre le dé la lona que ve reflejar en algos airoyo. £1 
.gran Hewtoii, tan aficiraado como era k averigaar el por 
S«é de las cosas, hubi^ase dado por muy satisfecho siempTe 
qae ano de estoB moooBuelos hubiese podido esplicarle el 
por qué de su frecuente chillar. 

Coaado el niño oitra en el segundo período, del cual he- 
mos tablado ya, eito es, la edad de cinco á dies años, el que 
es de carácter alegre, comete sin cesar tan estnunb6ticas tra- 
vesuras, qne no hay aguante para ellas. La menor de ellas 



15 

es atar á 1& cola de la perrita de sn muni un pncheríto, j 
la desgraciada (entiéadase la perra) corre con m batería de 
cocina por esaa calles de Dios hasta que suele ser Tíctima 
de las pedradas de otros angelitos no menos traviesos. Se 
me contestará qne esta y otras travesuras son li^as de la 
mala edncacioii. Verdad es; pero ¿coál es el niño qne no 
esté mal educado? Fnerxa es, sin embaí^, confesar qne ha; 
ciertos padres qne no permiten k sus hijos moverse de sn 
lado, ni lea dfjan correr por las calles para abandonarse k 
los jn^os de la infiuda plebefa. Pero no por esto dejan 
los iDoceotes pbvult» de hacer ostentación de sns gracias. 
Que DO cañilero respetaUe por los años qne cubren sn ri- 
sada pelan Itega 6 hacer sn visita & la mamá de dos ama- 
bles criatnritas. La niña empieza por empinarse por las 
piernas de aqnel santo varón, j sentada en bus rodillas se 
divierte m estirarle sn voluminosa nariz, mientras el sefioríto 
se sube pw el respaldo de la silla, y levantando la peluca 
del paciente, le escupe en su venerable calva. 

La tierna madre, feliz y orgnlloea al contemplar la jovia- 
lidad de su prole, porqne la Jovialidad es indicio de salid, 
rie 7 criebra be gracias de sus qnenAtines; ; después de 
haberles dt^ado martirizar completamente al pacífico cJnda- 
dano, dice al cabo de una hora: «Hijos mios, no seáis mo- 
lestos; acabaréis por enojar tal vez á este caballero.» T d 
caballero se ve obligado á contestar: nD^e usted qne se di- 
viertan.» 

La felicidad de esta tierna madre desmiente el dicho de 
Mirabean j Napoleón, de que no ba¡/ mas padres de familia 
verdaderamenU diehose», que aqueJlos gue no Uenen hijot. 
Desdichados de los qne tienen que hacer visitu á padrea con 
angelitos. 

Wbhcbsláo AracALB on laoo. 



n, Google 



CALVAS Y PELUCAS. 

Hé aqui dos coBaa bien comunes y bien influjeutes ea la 
moral y en las costumbres de nuestra sociedad, y que á 
pesar.de ser dos pontos tan capitales, no tengo noticia de 
que bayan sido tratados por ningnn escritor bi^o estas re- 
laciones. 

Siento que me baja sido reservada esta materia, á mi 
Fr. Gerundio, tan calva-trueco como el que mas. Sin em- 
bargo, procuraré tratarla con toda imparcialidad posible, 
presciudiendo de ser parte ínteresadEL Convendrá para el 
mejor acierto proceder por el orden de antigüedad, en cuyo 
caso pienso que la aplicación del derecbo de primogenitura 
no debe ofrecer cuestión ni litigio, puesto que ni loa legis- 
ladores, ni loB moralistas, ni los fleicoa ban dudado jamas 
que las calvas hayan sido anteriores 6 las pelucas. 

Una calva no es siempre signo de ancianidad, ni tampoco 
procede siempre de la causa á que la atribuyó Plinio al decir 
aquello de cito calveícunt. No señor, calvas jóvenes hay de 
origen bien honesto; pues aparte de las que nacen de en- 
fermedades en que so ba tenido participación la mala vida 
pasada, las hay también originadas del escesivo estudio y del 
mucho discurrir, lo cual diz que aecs y consume el jugo del 
cerebro, de qne resulta caerse el cabello al stmil de las plan- 
tas cuando les falta el jugo de la tierra. ¥ no bace muchos 
aüos que la calvicie era tan honrosa, literariamente hablando, 
que una cabeza mondada era el mejor diploma para ser te- 
nido par un gran doctor del gremio y claustro, y por el mas 
respetable y aabiondo padre maestro de la orden. 

Una cfúva y unos anteojos eran los dos instrumentos fe- 
hacientes de la insondable ciencia de Nos el doctor. Para 
ser sabio á jirtmo facie era menester ostentar por cabeza 
un melón, y no ver, como dice el vulgo, siete sobre un asno; 
aunque en verdad sea dicho, & pesar de mi buena viata yo 
jamas he podido ver este gracioso grupo. 

De todos modoa una calva, sobre el respeto que natural- 
mente inspira, ea siempre el símbolo de algunas virtudes. 



17 

Por ejemplo, i cómo no ha de representar una olva la virtud 
de la frajiqneza? Con todo eao un cairo no es ttn hombre 
liso j llano. L& lÍBura no puede dispotirede, pero U U&neta 
no se le puede conceder. 

Un calvo es también el emblema de la ocasión. Un calvo 
ea igualmente ns señor de coto redondo, en cuya poaesion 
nadie puede intrusarse á cazar, ni aun el mismo dueño, por* 
qne no hay caza, porque no tienen donde albergarse los in- 
sectos y animales incómodos ; dañinos, lo cnal es una ven- 
taja. Un calvo no puede tener pelo de tonto: de lo cual ha 
venido acaso el dicho vulgar de que ningún bnrro se ha 
vuelto calvo. 

En cambio tienen los calvos no pocas cosas contra ai. 
Por juicioso que sea un hombre calvo le llaman calavera, ; 
no pnede demandar de calumnia. Las Jóvenes le huyen, j 
por mas qne lo sienta j rabie, no puede t«ner el desahogo 
de tirarse de los pelos. La cabeza de un calvo es un ma- 
nantial de metáforas satíricas y burlescas. Toda cosa ovalada 
y lisa, tuda figura redonda j tersa se compara á la cabeza 
de nn calvo, j el termino de asimilación que mas frecuente- 
mente ocurre es una parte del cuerpo de los niños, que solo 
en confianza permiten las leyes sociales nombrar, y que á se- 
mejanza de loe jefes irresponsables de un estado, solo bajo 
muy embozadas alusiones puede entrar en el dominio de la 

Kada hay en que con mas rigor ejerzan su influjo las 
afecciones atmosféricas que sobre una calva. Sin abrigo ni 
amparo que temple y modifique los ardores del sol y la cru< 
deza de la escarcha, la cabeza de nn calvo vive en verano 
bsjo la zona tórrida, j en invierno bajo la glacial. Si el 
resto del cuerpo tiene una temperatura de 20 grados sobre O, 
sobre el cráneo señalaría muy bien el de Réauuinr sus 39. 
Agregúese A esto que las moscas, amigas de las superficies 
tersas y resplandecientes, y que al revea de las hormigas 
aborrecen los logares subterráneos y gustan de maniobrar i 
campo raso como las tropas de caballerfa, escogen siempre 
las calvas para teatro de sus paseos, de sos juegos, y do 
Compoticioiut'JiMiiMaa. 9 



18 

todM me ucionea lutanüea. FersegnirUs en t&n eic»aipado 
tenwto ea ctutig&ne k si mismo, ea cschetMne ñu piedkd. 

lot csIth por otra puta ei un ramo de economía domés- 
tica. Para nn caito son escnaadoa los pelaqueros: los acei- 
tes, pomadas y demás coanéticos sobran; loa peines j cepUloa 
estúi demás. Tres preanpoestos no deapreciablea que desde 
Inego da por saprinidos es su sistema adminiatrativo in- 
terior. 

Vmgamos á laa pelucas. 

Las pelucas, aunque menos antiguas que laa caltas, uo se 
crea por esto que han sido invaDcion de syer. Y por mas 
que djjan que el primero que gastó peluca fué nu abate del 
aiglo XVII llamado la Sifiere, ha; quien bace subir su 
antigaedad al tiempo de Daiid, suponiendo que ae hace 
menciou de ellas en el capitulo 19 del libro I de los rejrea; 
7 ba; quien la remonta al tiempo de Isalaa, fundando sa 
opinión en el capítulo IH de sus prolecfaa. Muchos son de 
sentir que desde muj antiguo estaban en uso entre los grie- 
goB y los romanoB. Maa lo que no puede dndarae ea, que en 
el principio de la era cristiana deberiau ser laa pdncas 
mueble naual y comenta, puesto que San Pedro se tomó Ix 
liberdad de pedir pelo á Cristo, y este le respondió que do 
era pelnquero; respuesta bien merecida i. petición tan indis- 
treta. Respneata como de quien la dio. 

Dice HanilJo en su Aslroitomicon que loa que han na- 
cido en el aigno de Tauro b^o la influencia de las pléyadas, 
eatán destinados á Uevar peluca. Si ea cierto, bien pueden 
decir loa tales que el toro y las cabrillas aon para ellos 
doblemente malum »ignum. 

Las pelucas tienen también aua lentajas y desTentajas, su 
moralidad y au inmoralidad. Una de las Tentajas priocipaleB, 
ademas del abrigo, que por conocida se calla, es ain diaputa 
la de r^nvenecer el rostro y cabexa del que la uaa. Don 
Frutos, hombre de 66 cumplidos, que nato en au estado ni^ 
tural y al descubierto supondrá cualquiera que tiene é, au 
hijo aaegorado de quintas por padre sexagenario, se planta la 
peluca, se presenta y nadie se atrereria á darle su loto para 
senador suponiendo que aeria nulo por no llegar á loa tO qae 



19 

Ift lej exige en los que lun de pertenecer é, la alta cámara. 
Cinco ó seis lastros retrocedió en la carrera de la rida con 
solo plantarse la pelnca. 

Don Nemesio el calvo, es hombre qne gusta de aventitras 
7 & quien connene muchas veces hacer el incógnito. Si Don 
Nemesio no gastara peluca seria siempre Don Nemesio el 
calvo. Pero tiene un repuesto de pelucas, unas rubias y cl&- 
aicas, obui románticas j negras, j otras en fin color castaño 
oscuro, j alternando Don Nemesio de cabelleras, como diz 
que Aníbal para no ser conocido de los galos y poderlos 
sorprender, hace mil diabluras el tal Don Nemesio, siempre 
otro j siempre el mismo. Para él la calva es un recurso, 
la peluca un comodín, 7 hé aqui otra de las ventajas de las 
pelucas, la de fádl 7 variado dis&az. 

Don Atilano viaja con su pasaporte en regla. uSeñas del 
portador. — Edad SB. — Pelo negro etc.» Hace Den Atilano 
una fechoría . . . requisitorio , . , un hombre de estas señas . . . 
prenden á Don Atilano, pero Don Atilano ha tenido buen cui- 
dado de arrojar la peluca en el camino, ó de guardársela en 
el bolsillo del snr-tout. "Seíias del preso: edad unos 60 poco 
mas ó menos , calvo . . . etc.» no es el que se bascaba. Don 
Atilano es puesto en libertad. Así las pelucas son muchas 
veces cansa de la impunidad de los delitos. 

En cambio las pelucas tienen también sns desventajas. 
Un descnido puede producir fácilmente una séHa mptura en 
las relaciones mejor entabladas 7 sost«nidas, especialmente en 
negociaciones amorosas. Tres años llevaba mi amigo Don 
Dieguito de derretido galanteo 7 estrecha intimidad con To- 
masita, la heredera presunta del conde de Camposeco. Las 
negociaciones iban tocando á un desenlace feliz. Pero una 
mañana de verano, hallándose en sabroso coloquio los dos 
amantes, antojúsele á una atrevida pulga introducirse entre el 
cráneo 7 la peluca de mi amigo: sintió este la incomodidad 
de la picazón, 7 por nn movimiento primo •primo que dicen 
los moralistas , de estos movimientos qne no se premeditan 
por ser tan naturales, llevó súbitamente la mano á la cabeza, 
dirigió los dedos en busca del puníante insecto vía recta del 
sitio picado, levantó la peluca, advirtiólo Tomasita que hasta 
2* 



entónces ni siquiera baliia sospechado que no fuese cabello 

natural, miróle en sorpresa, diúle un vuelco el coraeon 

j adiós negociaciones: desde aquella fecha tuvo Don Dieguito 
que hacer denuncia forzosa á la nano de Tomasita ; á la 
herencia de Camposeco. 

¡Y á cuántos azares como estos no espone nu descuido 
en la pelucal Considerada en sn relación con las costumbies, 
indudablemente una peluca es una cosa inmoral. Ella es una 
mentira de pelo, no solo tolerada j consentida, sino autori- 
zada también. Tin hombre con peluca es un proyecto de 
falsificación de los libros bautismales de la parroquia', es un 
Buplantador de la fe de bautismo i. quien nadie sin embargo, 
castiga. 

A veces se descubre la falsedad del documento por si^ 
mismoj como acontece, j no con poca frecuencia, cuando eu' 
derredor de los bordes y limites de uua peluca negra y 
lustrosa asoman unos cuantos cabellos naturales blancos como 
un armiño. En este caso la cabeza misma se va acusando 
del anacronismo de que adolece. 

Otras veces sucede también que á las márgenes j orillas 
de nna peluca rubia y dorada como el alambre (por cuyo co- 
lor se suelen pronunciar comunmente los mayores en edad, 
dignidad j gobieruo] se divisa tal cual mechón de pelo natu- 
ral castaño 6 gris. Discordancia fatal entre lo natural y lo 
accesorio, y recuerdo triste de la poca armonía que en nuestra 
época guardan las leyes orgánicas con los artículos de ley 
fundamental del Estada, 

Cuando la calvicie do es general, sino parcial ó tópica, 
entonces en vez de peluca entera se gasta lo que llamamos 
bisogni. una cabeza de esta especie tiene dos representa- 
ciones: con el bisogné puesta es la reforma parcial de un 
abuso, como todas las que nuestros políticos han alcanzado á 
hacer: quitado el bisogné queda un eclipse parcial de luna 
visible. Así los biaognia son signos alegúricos en política y 
en astronomía. 

Tanto los biaognis como las pelucas reproducen, aunque 
imperfectamente, el sistema de la metempsicósis de Pitágoras; 
;pueato que si no representan la trasmigración de las almas, 



21 

representan á no dodsr la tr&amigracioi] de cabellos. T tal 
habrá que lleve sobre an cráneo el pelo de una hermosa 
doncella, tal qae rafa cubierto con la cabellera de aa abuelo 
que murió de muerte prematura, 7 tal que marche adornado 
con las superfluidadee del mismo mayordomo que le habia 

pelado i. él ] Admirable fusión hecha por la cooperadon 

de la casualidad ; de la mano de un peluquero I 

Kspaestaa las ventajas ; desventajas, la moralidad y la 
inmoralidad, los defectos y las virtudes, juDto con la respectiva 
infinencia de las calvas y las pelueag, cada calfo optará 
por el sistema que mas á su gasto se acomode. Por mi parte 
no ha sido dudosa la elección, puesto que mas de una vez 
escribiendo para el público he hecho mención honrosa de mi 
peluca, que con esta ocasión tengo el gusto de ofrecer á mis 
lectores, por si alguno gustare de ella: si bien creo será in- 
útil el olreci miento, pues eu vez de aceptarla, esto; riendo 
que mas de un calvo echaría de buena gana una peluca al 
autor del articulo. 

Fu. GlBUNDIO. 



EL HOMBRE -BARRENA. 

El hombre - barrena te compone de dos bnuoa que se 
mueven sin cesar en todas direcdones; anda menndito y no 
para; los hay de todas dimensiones y estaturas, pero general- 
mente son bajitos: los hombres largos, por sola esta drcnns- 
tanda, tienen derta longanimidad que los hace ineptos para 
el género de vida del hotnbre - barrena. Por lo demás, este 
animal tiene mucha semejanza con el ratón, entre el cual 
y la comadreja es un término medio. La priadpal condidon 
.del hombre • barrena es la actividad; trabtga sin descanso, 
y no cesa de roer hasta que se hace nn.nido; tiene' toda la 
movilidad de la ardilla y toda la tenaddad de la rata: estar 
á la espera y echársele endma, es el único medio de cazar- 
los: sin embargo, se domestican fáditaente; pero se debe tener 
COD ellos mucho cuidada, porque son aviesos y se pintan solos 



L.OOi^lU 



psn amar tretas ; despoea de domesticados, Birven al amo con 
macha eScacia, siempre que el amo no deje de estarles pre- 
sentando coDtinDamente el cebo, el cual con qae sea de queso 
basta; porque no sod anímalas carnívoros. 

Esta especie de individuos ha degenerado macho, pues sin 
duda proviene del mtgateño, qae tenia enormes uñas, y 
de cuatro zarpadas se hacia la cama; ahora sin embargo el 
hombre -harretía no se k hace sino k fuerza de constancia, 
trabajando poco á poco cuanto alcanzao sus fuerzas, hora 
por hora, minuto por miauto. £1 hombre-barrena inventó ein 
duda aquel reirán de ipoco á poco hila la vi^a el copo; 
al menos ^i no lo inventó, lo ha aprendido de memoria. 

Dadle al hombre • barrena una corteza de naranja, j 
hará de ella una casita; dadle una nuez, se comerá lo que 
tiene dentro, y de las dos cascaras hará dos navios; dadle 
un grano de uva , j hará vino. 

El hombre-barrena se encuentra en todas partes: general- 
mente principia su carrera por ser pobre, en cuyo estado 
anda siempre husmeando donde cuecen habas; apenas las 
huele, ya está dentro y se ofrece á servir de marmitón. ¿Le 
encargáis que espume y dé vuelta al puchero? No tengáis 
cuidado, de repente es nn cocinero completo, no se aparta 
del hogar, y todo lo hace á las mil maravillaa. En cuanto 
ha comido se dedica á buscarle algún Eaco al amo para apro- 
vecharse del descubrimiento, á todas partes lo sigue, á todo 
está dispuesto: vuelve á casa, y apenas ha entrado, ya ha 
calculado donde hacerse la cama para dormir aquella noche: 
eo seguida obsequia al ama ; si recibe un sofión no se desa- 
nima, pasa á hacer el amor á la hija; si esta le desprecia, 
principia á capitular con la criadas al año 6 ano y medio el 
amo de la casa ya está comido por los pies. Verdaderamente 
el hombre -barrena es dañino y temible, porque á pret«Bto 
de una diligencia constante y de una servicialidad minuciosa, 
ae apodera por el lado del interés de aquel 4 quien sirve, y 
b^o la capa de su devoción lleva escondido el agudo puñal 
de su astucia. No es esto decir que el hombre - barrena aea 
de índole perversa, sino que ea de ialaa condición, hija de 
un deseo inmoderado de fortuna, junto, con una inteligencia 



redndda, da doode proviene que bu corta comprensión ee ve ■ 
en la necesidad de recurrir i, usa doblez mezquina, asi como 
quien carece de fuerzas tieicas echa mano de la simulación 
j la maña. 

Asombra lo infatigable que es el hombre- barrena: fign- 
T¿oslo en medio de on desierto, y suponed que le dice Dios 
desde el cielo estes palabras: «Morarás hasta el fin de tn 
Tída en este yermo donde solo musgo da la tierra, y nunca 
jamas verán tus ojoa nn semejante tnyo, ni quien de aquí te 
pueda sacar, ni cosa qne te pueda valer, ni piedra donde re- ' 
«linar tu cabeza en el sueño.» Ahora bien, uno cualquiera 
qne se hallare en este caso, apenas oyera condenación seme- 
jante no dejaría de decir cuatro frescas al mismo hijo del 
sol, en seguida se daría á todos los diablos, y haría frente 
á su desventura, y lucharía brazo á brazo con el destino 
como nn gigfmte contra un gigante, hasta caer muerto y no 
rendido. El Aomíre-bnrrena tratarla de reducir á su jnez, 
y viendo que oo había remedio, temeroso de tener rabia, 
porque el otro, que podia mas, no se lo conociera, se sentaría 
hecho na ovillo y prindpiaría i girar sobre las posaderas 
como un molinete: al cabo de veinte años ya habría hecho 
na hoyo, al cabo de veinte y cinco ya tendría nido. Esto es 
tan verosímil que hasta las mismas tradiciones populares 
vieueu en su abono, y asi es que se cuenta de un Aombre- 
barrena que en los primeros tiempos de Roma, queríendo 
heredar A nn tio qne lo tenia en su casa, se sufaia todas las 
noches & un cuarto somero, y por un agujeríto que daba 
sobre la cama tel tio, le echaba ¿ este en el cogote nn par 
de gotas de agua fuerte mientras estaba durmiendo, y cumplió 
«on este tarea quince años seguidos, baste que el buen vi^o 
se murió de una llaga incurable en la frente; lo cual sabido 
despnes por el público, y en razón de haber tenido el tio un 
cogote duro como .la piedra, dio margen i, aquel dicho tan 
antigno de gutta gaepe cttáendo cavat lopidem. Por donde 
no tiene nada de estraño diga yo ahora qne el hoii^t-barretta 
i fuerza de escupir al suelo har¿ un mar proceloso ; y em- 
barcado en nn sombrero, si no halla barco mejor, se irá á 
>r por todas las costas del mundo, j se hará mandarín 



L.OOi^lU 



84 

de U China, 7 Tendrá al fin á ser ministro de la monarquía 
coQstitncioQal de España. 

Dadle logar y tiempo í un kombre-barrena, y él socavará 
loB fundamentos mismos del mundo; la acción suya y la del 
tiempo son iguales, leutas pero infatigables, con una conti- 
nuidad que asombra. £1 fnimbre-barTma no duerme, no di> 
giere, no fuma, no habla, no está sentado, no bebe, no come> 
el hombre -barrena no hace mas que roer, al mundo entero 
revuelve y aturde con su roimiento. ¿Oís gritar por las calles 
con cadencioso tonillo: aaa coomponeer tiünajas, platos y 
fueeeoteü? es el hombre -barrena: ¿veis al pobre diablo anun- 
ciando de balde sus géneros en el Diario? el hombre-barrena: 
¿oís charlar en el Congreso? el hombre -barrena: ¿leéis un 
periódico cualquiera hoy dia? el hombre -barrena: ¿veis el 
concurso que hay en casa de un capitalista? el hombre- bar- 
rena: ¿oís por la noche un pequeño ronco ruido, intermitente 
y acompasado en la madera vieja del catre? el hombre-bar- 
rena: el hombre -barrena donde quiera, múltiple, roedor, 
astuto, infatigable. 

I Oh prodigiosa mudanza de las cosas! jOh poderosa mano 
del destino que tan lentamente modificando ¡a condición bu- 
mana sin echarlo ella de ver, va labrando en la frente de la 
humanidad el misterioso emblema de un porvenir siempre 
escondido, arrojándola por una imperceptible pendiente hasta 
que tope y se rompa la crisma contra algún mal demonio 
que la esté esperando, ó bien se encuentre dulcísimament^ 
mecida y bañada en algún lago que abajo pueda haber de 
agua rosadal y esta reflexión me la arranca el considerar 
que las antiguas sociedades, en que tanto predominaba la 
síntesis de las pasiones y afectos, fueron víctimas de la ir- 
rupción de lus bárbaros, y que las sociedades modernas, cuyo 
emblema es el análisis, son víctimas de una universal irrup- 
ción de hombres-barrenas \ en el antiguo mundo los bárbaros 
estaban fuera, en el moderno estaban dentro; y si comparáis 
la condición de aquellos dominadores con la de estos domi- 
nadotes también, no podréis menos de esclamar como yo 
I prodigiosa mudanza de las cosas! 

El honAre -barrena manda en el mundo, porque como es 



l^.OOi^iU 



26 

múltiple con tanta estension y como siempre andaliaciéndoae 
casa, DO ha; punto donde do haya establecido tai reales. En 
los buenos tiempos del absolutismo, principia por establecer- 
los en el Rastro; hoy día los tiene ja en los parlamentos 
inviolables. £n los oficios, creó el de zapatero de viejo; en 
las industrias, la maquina de hacer alfileres; en el tráfico, 
creó el del ropar^ero; en el comercio, creó las prenderlas; 
en la imprenta, la prensa periódica; en la filosofía el eclecti- 
dsmo; en la política el sistenia representatÍTO. El hombre- 
barrena es el inventor de la coltv-plBcis, de la piedra rasoria, 
de los gemelos, de los carteles de las esquinas, de tas cova- 
chnelas, del arte poética, del modo de quitarse las pecas de 
la cara, de los candiles de cnatro mecheros, de los vestidos 
de arlequín, de las coberteras de hoja de lata, de los reyes 
constitudonales , de las casas de beneficencia 7 de los dia- 
mantés de vidrio. 

¿Teis aquel animal débil, asustadizo y cauteloso que va 
disimuladamente detras de aquel león para aprovecharse de 
los despojos de la pelea? aquel es el hombre -barraia que 
se ha apoderado de todo en eAe mundo, porque semejante al 
aceite que por todo poro penetra, como el mercurio que se 
come el oro, es fusible, sutil, tortuoso, semejante al calórico 
que en todas partes se mete ¿cómo pues estrañais que se 
haya apoderado de todo, hasta del imperio de las naciones? 
Ni podía menos de suceder asi; el hcmAre-barrtna, que no 
puede volar, no hace mas que reunir piedras para construir 
una escalera: las piedras son las flaquezas de la ¡otelígenda 
ajena y los defectos de la constitución social; como esta pre- 
senta tantos intersticios al diente roedor de la polilla, la po- 
lilla corroyó las entrañas de la sociedad, y esta tuvo gangrena 
y gobierno representativo. £1 criminal lucha brazo ¿ brazo 
con ella, el tirimo la domina i la fuerza, el hombre- barrena 
la ulcera. 

£1 hombre-barrtna es la langosta, las chinches en catre 
viejo, las hormigas en la era, los ratones en el gabinete del 
sabio. ¿A dónde irá uno que logre escapar del hombre- 
tarreña? 

Concluiré este escrito con una observación de mucho peso 



L.OO'^IC 



eo Ift hiatorift, j itsf se sacaríi algún froto de leerlo. Yo por 
lo qne me he ocupado del ftombre- barrena, no dudo que las 
plagas de Egipto no fueron siete sino ocbo: me fundo en que 
habiendo querido Dios castigar á esta nación, los hiymbret- 
barrenM que en ella hubiera la habrían castigado bastante; 
mas de haber Dios echado mano de diversas plagas, es pre- 
ciso inferir que á quien quiso castigar era á otra plaga de 
Aomtrcs- íurrenfU que allí habia, con lo qne mi uerto esté. 
probado, T vean ustedes cuan incorrígibles son los hotnAres- 
barrenru cuando ni aun asi han escarmentado, y siguen royendo 
el mundo. 

En verdad, en verdad qne del hombre-hmrena se dijo: 
"capaz es de comerge é, San Antón por el pi£." 

J. Ojejui. 



UN día de campo. 

Nada mas delicioso que un dia de campo en familia. Don 
Simplicio «alió el último domingo é, disfrutarle con so cara 
consorte y sus adorados hijuelos. Lo que el buen hombre se 
dirirtió, es difícil describirlo: lo ensayaremos sin embargo. 

Desde el e&bado empezó Don Simplicio á divertirse cod- 
BoHando sn barómetro, sn termómetro, sn hidrómetro, sds 
callos y la jaqueca de su mujer, para saber si el dia siguiente 
baria buen dia. Sus callos anuncian buen tiempo, la jaqueca 
de sn mujer vientos y el barómetro lluvias. El domingo apa- 
reció sin lluvias, sio vientos y sin buen tiempo, porque estaba 
calmoso y nublado. 

Perfectamente, dijo Don Simplicio, asi no nos achicharrar& 
el sol. A las coatro de la madrugada ya estaba en danza 
nuestra héroe. Entre él y su cara mitad limpian á los chi- 
quillos, les ponen el vestido nuevo , . . . y al avio. Emprenden 
en ayunas la marcha, porque es preciso guardar el apetito 
para el campo. Toman la dirección del canal todos á pié; 
es muy divertido andar á pié : y sobre todo muy estomacal. 
£1 ejercicio et muy sano, y para comer como Heliogábalo, 



L.OOi^lU 



27 

no ha; como hacer antea un buen rato de ejercido. A la 
inedia hora de eatar en marcha, aparece el sol coa toda bu 
£ierza ; esplendor. jQué magnífico es el re; de Iob astros 
cuando perpendicularmente ae deja caer sobre el caminante 
«n lo mas riguroao de la canícula! ¿Qnién no envidiará la 
^lireraion de Don Simplicio al verle andar cada gota como 
una avellana, ain duda del placer qne au partida al campo le 
cauaaba? 

Ya llegó toda aquella fomilia feliz al aitio deatinado para 
celebrar la suspiTada- comida. Deapuea de una hora de reposo 
sobre el blando suelo y al aire libre, porque no había casa 
ninguna en todos aquellos alrededores, empesarou los nenea 
á gritar que tenian hambre. Don Simplicio no podía perma- 
necer eordo á la voz de la naturaleza, ; da la órdes para 
que la comida empiece, ¿parece un pedaio de vaca asada 
envuelta en un Heraldo que sirvió de mantel. Jamas habia 
estado tan interesante el Straldo: su aspecto hizo palpitar 
todos los corazones: hablamos del aspecto de la vaca. 

Has |a;t en medio del entusiaemo general, repara Don 
Simplicio que se ha olvidado el pan en casa. Nada importa, 
es una diveraion en el campo comer ain pan, asf como se 
come sin platos, ni cucharas, ni tenedores, ni cuchillos, ni 
mesa, ni Billas, ni vasos, porque todo esto coDtribn;e á hacer 
mas amana un dia de holgura. ¿Ha; placer que pueda igua- 
larse al de beber todoa con nn miamo cacharro de aicsduz 6 
caqilon', ; estarse repantigados en el santo suelo, llenáodoae 
de hormigas ; asándose & loa rayos del rubicundo Febo? 
Lo cierto es que Don Simplicio ; su bmilia lo posaron gran* 
denkeote en la mansión de Flora, muríéndoae todos de hambre, 
de sed y de cabr, al susurro del agua cristalina que serpen- 
teaba en bulliciosos arroyueloi, salpicando laa flores y cu- 
briéndolas de perlas por el perfume con que embalsamaban 
aquella deliciosa morada, que bacian maa amena el ronco 
graznar de los ruiseñores ; los duldaimos gorjeos de las 
ranas. Deepues de la campestre ; opípara comida, abandó- 
nase la familia & otras diversionea aemigimnisticas. Mientras 
la madre daba la teta al nene menor, que lloraba el áJigel 
de Dioa porque seguramente no le mudaban loa pailalitoB, 



cnjo aromático perfnme bftcia bastante contraste con el de 
las flores, el papá Simplicio ayudaba al mayorazgo en la 
naera diversión de hacer volar la cometa, la niña mayor 
estaba cogiendo cardos, para ornar con ellos la frento de fia 
caro papá, y el cuarto nene, que era otra nena por cierto, 
dábase prisa en atracarse de manzanas verdes qne le dieron 
un célico atroz, mn; divertido para todos. 

Asi se pasaron algunas boras, basta que sonó la del re- 
greso á Madrid. 61 cansancio se babia aumentado con el 
goce de tantos placeres, y babia qne andar dos boras apa- 
tita , como dice el vulgo. El cielo se babia nublado de nnevo, • 
y empezaba á lloviznar. No era aun cosa de guarecerse de- 
bajo del paraguas. Cuando hace calor, no viene mol una - 
Tociadita. 

Carga la madre con el nene mas chiquitin, y el padre 
toma en sns brazos á la niña del cólico. [Qué cuadro tan 
interesante y encantador para los que conocen al amor pa- 

¡Quién no envidiará la auerte de Don Simplicio! Ademas 
dé fa nifia que llera en brazos, lleva la cometa en la espalda 
y á sn primogénita) de la mano. El mocito tiene ya cinco ó 
aeis años, y muestra una afición decidida por la carrera mi- 
litiu*. Gasta chacó de cartón, j el enorme parecas de sn 
padre le sirve de fusil. De este modo emprende sn regreso 
la familia feliz. Para colmo de diversión les coge nn fuerte 
agnacero media hora antes de llegar á su casa y aunque se 
apiñaron todos para guarecerse debsyo del paraguas, no podo 
este salvarles de aquel diluvio, porque el h^o de Marte em- 
pezó á llorar á mocos desplegados j no quiso soltar el fasii. 

A las diez de la noche; tropezando, resbalándose, cayendo 
y levantándose, llegaron caladitos á casa. Figúrese el curioso 
lector con qué gusto ae acurrucarían entre sábanas, soñando 
ya con el próximo domingo para volver á disfrutar las deli- 
das de un dia de campo. 

WsircxSLAO AiGutLS sb Izco. 



T, Google 



LAS TERTULIAS. 

ARTICULO PRIMERO. 

En una noche larga como la esperanza de un pobre, fría 
como amor de vieja y tempestuosa como fiesta de bodegón: 
de aquellas noches de invierno en que el acompasado sonso- 
nete de las goterasi el bramido del cierzo que zumba «n las 
calles, silba en las rendijas y empuja obstinadamente á las 
puertas y ventanas como ladrón inesperto ó como impaciente 
enamorado; cuando el cólera y el tifus y el bubón j todas 
las pestes qne viven del calor, como el camaleón del aire, 
andan no por los cerros de (Jbeda sino por los cerros de 
África, donde los rayos del sol caen perpeadicnlares á la tierra 
poniendo la atmósfera á una temperatura capaz de encender 
los' fósforos de algunos fosforeros de Madrid, que han acertado 
á resolver un problema tan difícil como es el bacer un todo 
incombustible, compuesto de ingredientes ó partes combusti- 
bles: cuando no tenemos porgue temer las susodicliaB pestes 
contagiosas, pero á cada paso nos vemos espnestos á ser presa 
de un constipado 6 tabardillo que nos baga abrir la boca y 
cerrar el ojo (como quien guiña para despedirse del mundo, 
que es el peor de los guiños y la mas mala de las despedi- 
das) la higiene aconseja á no respirar el ambiente helado de 
tas calles, y la necesidad de entretener el ocio obliga t men- „ 
digar una radon de silla y un ladito de brasero en amable ' 
compañía de un honrado vecino, donde pasar alegremente las 
horas que median entre las cinco y media, las seis, seis j 
media, cuando mas las siete, ¿ todo tirar las ocho hasta las 
once de la noche, ñora invariable, porque menos seria dema- 
siado poco, y mas sacarla & la reunión del gremio de las 
tertulias de brasero para elevarla á las regiones del aoirée de 
chimeuea transpirenaica, baraja en mesa y botella en ristre. 

£1 cuarto principal donde por lo regular vive la gente mas 
acomodada y que por esta razón es la mas incomodada por 
la vecindad, viene á constituir el centro ó antro, y si se quiere 
club de la familiaridad vecinal, hospedando las trea 6 cuatro 



30 

mencionadaB hor&g ¿ la modista y dÍBcípulaa del cuarto bajo, 
al empleado en loterías (con toda la famíliota por supuesto) 
del cuarto Begundo, y BUceBiramente é, toda la humanidad 
sin tacha qne duerme biyo un mismo caballete y comparte 
con loB demaB una pieza de paso comuu que ea la escalera. 

Los primeros dias de tertulia son variados y entretenidos 
sin mas que las eternas Tulgaridades de "¡qué temporal tan 

perrol El calendario da lluvias en Capricornio No, pues 

&lta bacia, porque los maldtios taboneros están poniendo el 
pan en las nubesn y contar la aplicación del niño mimado de 
la casa, que deletrea regniarmente á los diez años de vida y 
cinco de colegio, 6 en las agudezas de las señoritas presentes, 
en lo cual las madres tienen singular empeSo y complacencia- 
Una dice: "iJesust mi chica tiene unas manos divinas para 
el plegado.» Y es milagro que no dice también para echar 
pollos.. — Otra esclama: «calle usted por Dios si la mía, 
todita, todita ba salido á mi. i Qué talento el suyo! da unas 
puntadas y hace unos pespuntes que la maestra está estnpe- 
fiícta." Otra no teniendo primores que celebrar en sn ojito 
derecbo, encomia su docilidad, su virtud, que parece que en 
su vida ha roto nn pnehero, todos han sido platos. ¿Loa 
hombres para ella? esctama, lo los puede atravesar. En este 
instante está la doncella haciendo una seña al donceüo de 
euirente que viene & decir: «Mi madre no sabe de la misa U 
media, usted vale nn Perú.» — Hablase lu^o de las mamas, 
y las señoritas corresponden k los obsequios recibidos. nYo 
tengo el genio vivo; pero en sabiéndome llevar ,. .» "Es una 
malva» contesta la hija: el padre niega con la cabeza sin 
chistar palabra. nMi marido, dice otra, tiene buen sueldo; 
pero á no ser por mi administración no había para zapatos» 
La hija aprueba el dictamen ; el padre no le aprueba porque 
necesita algunas enmiendas. 

Resuelta pnes, qne las mamas agotan todas las gradas, 
todas las perfecciones, de modo qne cuando llega el turno k 
los papas, qne siempre los pap^ son el postre de la comida, 
nada bueno queda que dedr mas qne «mi marido es un ángel, 
un bendito, <m bonachón, nn pobre hombre»; io cual bí á los 
ojos de ellas ; ellos es una drconstancU recomendable, á los 



31 

ojos míos ea on üuulto 'desvergonzado. Ha; gr&n diferencia 
del un hombre pobre á un pobre hombre. £1 primero es el 
que carece de medios , alias recursos, vulgo bienes de fortuna, 
por otro nombre pesetas, ; esta es una calamidad horrible 
en una sociedad met&lizada como la nuestra: el segando, el 
pohre hombre, por otre nombre ahna de Dios, tu^o bendito, 
altas bonachón, es lo que yo llamo on alma de cántaro; que 
ei el hombre que dotado por 1& afttnraleza de todas las cua- 
lidades 7 propiedades de marica, solo se diferencia de los 
niños en que ha crecido mas qne ellos y de iM mujeres en 
el traje j en las barbas. Un pobre hombre es un corderíto 
cuando soltero, ; un carnerito cuando ge casa; nunca pisa la 
calle sin pedir permiso i la mujer qnien le prescribe el itine- 
rario y tiempo de camino, interrogindole á su vuelta como 
reo de alta traición ante el tribunal que ha de juzgarle. 
Cuando vuelva á casa no ha de haber comprado botas ni 
chaleco, ni pantalones, aunque le hagan falta; pero cuide de 
no volverse sin un ferroñé, una sombrillita ó unos zapatitos 
de tabinete para la esposa, porqne cuando las mujeres dicen: 
justicia y no por mi casa, no admiten otra ley que la del 
embudo. 

Lo cierto es que de los elogios que las miyeres prodigan 
i auB maridos, ni aun siquiera puede decirse lo que det un~ 
gOento blanco, que ni mata oí sana; son halagos de erizo 
que sangra cuando acaricia, y no obstante, ellos los oyen con 
gran satisfacción, y entre estas y laa otras dan las diez y los 
rednos aun conservan aquella compostura y qniestibilidad de 
rigurosa etiqueta. Se ha hablado de todos y han salido á 
relucir las habilidades de cada prójimo, y ninguno las ha 
manifestado, sin embargo, de que cada ano está rabiando por 
lucirse. El niñíto de )a casa porque le inciten á la lectora, 
cuando se habla de pintura, todo se le vuelve decir si tiene 
un Catón en pasta y nn Fleuri muy bonito encuadernado á 
la holandesa, y ¿ntes que el niño atraiga la atención general, 
ya están las mocitas de la rennion hablando de los estudios 
de Agnado, si tocan la guitarra, y de los de Sobejano si tocan 
el piano. No hace falta mas qne un atrevido d^a: vamos, 
cante nited, fulanita, j en esto siempre la mamá se lleva la 



32 

delantera, y la. nifia hace como ^ne no quiere, j quiere por- 
que se va acercando al inatrumento del mismo modo que tos 
médicos dicen, ngiacias, yo no lo hago por iateres>, cuando 
se están guardando la propina. La guitarra en tales casM 
Buele andar por debajo de alguna mesa ó encima de un ar- 
mario, mas empolvada que un labrador cuando limpia. Las 
clavijas 6 ban desaparecido, ú se han suplido algunas con 
mangos de cuchara que i. lo mejor se resbalan j el concierto 
se queda á buenas noches, Las cuerdas rara vez están ca- 
bales, por lo regular falta la prima, ; cuando de las seis no 
han quedado mas que dos, ya se sabe cuál son; el bordón 
cuarto y el sesto, que seria menester para utilizarla la apa- 
rición de un Paganini guitarrista. Acerquemos pnea nuestra 
muchacha al piano, suponiendo que le haya en la casa, que 
siempre estará mas útil qne la guitarra, bien que por lo 
destemplado y viejo semeje á una carraca. Como es muy 
posible que ta nifia toque mal ; cante peor, es forzoso dis- 
culparla diciendo: nestá constipada, ha tenido ronquera estos 
dias que á no ser por unas pastillas j unas friegas que se 
la han dado, amen de unas gárgaras á tiempo, no sabemos 
adonde hubiera llegado.» Si toca mal se disculpa con estar 
atacada de los nervios ó con haber sufrido dos sangrías y dos 
docenas de sanguijuelas en el brazo derecho. Cuanto mas 
gorda es la mentira hace mas sensación, y casi casi enternece 
i. tos oyentes. La música no es nueva; pero eso no importa: 
los padres tienen buena salida con decir: «nosotros como 
todos los viejos odiamos las cosas de] dia; chica, toca, t«ca 
el wala de Elisa y Claudio y el Mambrú se fué á la gnerra, 
ó canta la Átala, el Gerineldo y la triste Corioa.]i Y no es 
maravilloso que esto se cante en el dia sino qne haya quien 
lo oiga por primera vez, que todo es verosímil. Acábase la 
canción, dan cuatro palmadas los circunstantes j oucei cam- 
panadas el reloj de la sala que suele ser cosa de gusto, como 
que tiene muñecos que bailan y un cuquito que aale de vea 
ea cuando á dedr cu cu cu, y empieza & desfilar la tropa 
para acurrucarse cada mochuelo en su olivo. 

La despedida es una de las coeas méjios espuestas al 
vaivén de bs innovacioaes sociales. Cambiase de gobiernoa) 



33 

cambiase de costumbrea, c&mbiftse de tnyes: haala el idioma 
esperimenta de nc año fai& otro Tisiblea alteraciones; pero 
lo que es la despedida, Dios guarde & usted muchas aBos. 
Lo mismo dos despedimos noBOtros que nuestroB padres; estos 
imitaron á los suyos 7 creo jo que desde Adán hasta el dia 
del juicio la fórmula de despedida habrá aido un molde her- 
méticamente adaptado á las eiigencias de todas las genera- 
ciones. «Señora, á los pies de usted.» — uCaballero, beso & 
usted la mano.» Aunque mudio deban decirse ; mocho ten- 
gan que decirse, viene bien un cinada tengo que decir i usted, 
esta casa es saya» (y para )si la quisiera muchas veces el 
que la ofrece). Los vecinos ya se sabe. aLo mismo digo, en 

el cuarto tiene usted su casa; si en algo puede usted 

disponer de nuestra inutilidad (no es malo el sastre que co- 
noce el paño) puede mandamos sin ceremonia. Mire usted 
nosotros somos mu; francos y sencillos, como que yo soy 
natural de la Alcarria.» 

— «Buena miel!» dice la señora de la casa que es algo 
gotosa. — oT mi mujer, continúa el vecino, se ha criado en 
Tillalon>:, como si dijéramos, el riñon de Castilla la Ti^a. 
La señora no sabe dónde cae Tillalon, pero la gusta mucho 
el queso que viene de allí, y después de darse las manos loB 
caballeros y on beso en cada carrillo las señoras y decir 
abur, abur, que ustedes descansen, & la puerta de la esca- 
lera, se ha concluido la primera nodie y el primer articulo 
de lerluKa. 

ARTICULO SEGUNDO. 

Mir&ndolo despacio y aunque lo miremos de prisa, el pri- 
mer dia de tertulia se diferencia de todos los demás asi en 
la índole de los cumplimientos, como en el modo de pasar 
el tiempo; y por esta razón le hemos hecho objeto de todo 
un articulo. £1 segundo dia de tertulia tiene muchos pun- 
tos de contacto con el primero y participa de algo de loa 
subsiguientes, asi como un hijo se parece á su padre y 
este al suyo, sin qne el nieto y el abuelo sean semejantes 

Compoaicionea jwMUU. 3 



84 

El segundo día de tertalia ja tenemos la confianza qo» 
infunde el conocimiento de las personas; pero falta la qne 
inspira la familiaridad del trato. Ya no hay necesidad de 
tantas cortesías; pero aun es necesario no parecer idiotas. 
No es indispensable estarse en el asiento inmóvil como santo 
de estuco; pero seria grosero rascarse el cogote 7 orear las 
camisas sobre el alaiobre del brasero, 7 contar si el amo de 
casa tiene no divieso 7 el lagar en que le tiene. La seBora 
ha estado todo el santo día sacudiendo trastos eos los zorros 
y desempolvando el techo j los rincones para enseñar tod& 
la habitación á los vecinos 7 aqui empieza un ojeo que pa- 
rece procesión del Corpus. — oMiren ustedes, dice la seño- 
ra, esta es la sala», que suele ser un complicadísimo mos&ico 
en los adornos: los hay de todas razas y edades. Al lado 
de un canapé moderno de rica caoba, vemoí on rancio taba- 
rete de esqnisito pino. Encima de nna mesa de m&rmol con 
elegantes floreros, suele haber nna eacribanla de estaño con 
el tintero de vidrio 7 la salvadera de barro tyicarado, 7 de- 
bajo de una magnifica rinconera, nn sable de caballeria del 
amo de casa que es nacional. No es difícil qne lia7a alfom- 
bra en la sala, pero es probable qne esté tapada, para que 
no se constipe, con media docena de peludos. Si es de loa 
cuadros no hablemos, porque nos veremos precisados á colo~ 
car entre dos estampas francesas un espejito con clavos ro- 
manos, ó el abecedario bordado en linón por la señorita de 
la casa, ó una cosa que no se sabe si es cabeza ó cuerpo 
dibujado por el hijo mayor, el cual ha tenido muy buen cui- 
dado de poner debajo : lo Yco Gulian bentoaa vago La dire- 
cion de doN Uanbrosio Capatero. ' — i<Aqui está la alcoba, 
prosigue la seitora, lo mejor de la casa.» Los casados 
siemiire dicen que lo mejor de la casa es la alcoba: las don- 
cellas de saca est&n por el balcón; 7 los viejos 7 los chi- 
qnJUoB dan al comedor la preferencia. Fuerza es confesar 
que los niños 7 los viejos y los casados dicen tas verdades. 

La procesión se va enterando mu7 minuciosamente de la 
alcoba con todas sus perchas 7 so cama casi cuadrada, lo- 

' Lo biio Juluo V«DlOM bija la dirsccioo deDoo Ambrogia Zaputro. 



35 

coftl denota que allí no dnenne una persona sois, del des- 
pacho del señor que no ae sabe si es despacho de abogado, 
de músico ó de comesübles. Rerlsanse todos los dormitónos 
j piezas de paso ; la despensa con ana dorizos, ; sus ja- 
mones, ; sus tasares, 7 sqb alaceDas basta colarse eo una 
pieza que tiene chimenea j fogón, 7 espetera, j fregadero, 
f tinaja para el agua. ¿Supongo qae 7a sabrán ustedes cuál 
es esta pieza? Pues la Btñora hace k los que la siguen tan 
avestraces, que después de ver todo esto les dice: esta es la 
cocina. 

Ta los vecinos se han posesionado de toda la casa con 
tanta franqueza como puede haber at mea de la reunión j 
con los cumplimientos de «Todo es de ustedes.» 'iMuchas 
gracias», resabios inevitables del primer dia. 

Antes de dar á todos sentados en el gabinete porque esta 
no queremos hacerla cuestión de gabinete, conviene observar 
cierta distinción en los ofrecimientos por mas que se denaiile 
franqueza j seucillez. En los lugares cuando matan un cer- 
do solo se acostumbra á regalar morcilla á los que le matan 
también para que haja correspondencia de agasajos. Tam- 
bién entre los literatos se observa esto de dar un ejemplar 
al qne, pueda pagar con otro, sea de comedias ó de poesías; 
7 esto mismo se retrata en los cumplimientos de tertulia. Al 
que manifiesta buena fortuna, se le ofrecen dos veces 6 tres 
las cosas, al que va de mal pelaje basta' y sobra con la pri- 
mera. No faa7 hombre mas ñiuico, que el que dice que no 
es franco. 

Pero demos 6. la procesión descansando en et gabinete al 
rededor de una camilla con tapete verde 7 veamos qué ciase 
de distracción conviene & la segunda noche. 

¿Se hablará del temporal? No; ponjue esto pertenece al 
primer día. ¿De literatura ó política? Tampoco; porque las 
mujeres querrán meter su cucharada, y no bay cosa mas 
repugnante 7 mas tonta' que una mujer hablando de polfíica 
ó haciendo coplas. Dejaremos á los hombres que echi'O dos 
manos al solo ó al tresillo. (Por no desmayarme no be dicho 
que saquen la latería 6 el tablero de damas, annqtie por lo 
regular suele str el pasatiempo muchas noches de tuda la 
3* 

i. , l^.OO'^IC 



36 

concurrencia.) Pero queriendo abreviar mi narradoD to; 4 
dividir la tertulia en dos partes, loa riejog qne juegan & los 
naipes, j los mozos 7 viígas que echan on ju^o de preudaa. 
Todo es cosa de juego. 

Mucho tiento es necesario en la elección del juego, y eche 
usted juegos, para qae alguno no se dé por aludido. Ponga- 
mos en primer lugar el de apurar una letra j sea por ejem- 
plo la c. tino tira el pañuelo si le tiene, ; si no, le pide, j 
este es un apuro del demonio, porque si uno le tiene puerco, 
otro le tiene roto, otro le tiene, pero es de yerbas, j no Üalla 
quien se vaja sin pañuelo. Dice pues el primero: ha tatiáo 
un barco cargado de ; el que no lo recibe tiene que de- 
cir una coaa qne empiece con c como c&zcarrias. Señorita hay 
que necesita pensarlo una hora, y sale con habichuelaa ó toma- 
ta. Y así se prosigue: ha venido un 6arco cargado de. . . . 
cazurros. El niño de la casa cree que lo dicen por él y ae 
amosca: — cargado de ... coquetas. — Las solteras se dan 
por aludidas y se enfadan: — cargado de... calcos. — EL 
amo de la casa entiende que es pulla y se incomoda. 

Variemos el juego. Una viya tiraba de un naío, lira 
que tira y no pudo arrancarlo. — A las viejas se las llera 
pateta; — tiino un ct^'o, tir& de la vieja, la viya del nabo, 
Ura gue tira y no pudo arrancarlo, — Los fiejos están que 
bufan. Mas valdrá cambiar de juego, no lo echemos todo á 

perder. El arzobispo de Constantinopla el arzobispo 

de Constantinopla .... se quiere desarzobiscongtantinopoli- 
tani2ar...se quiere duareobisconstantinopolitanizar. El des- 
ariobisconttantinopoHtanieadoT que le desarzobisconutanti- 
nopolitanizaref buen desarrobisconetantinopohtanizador será. 
Aqui no solo lo daremos por concluido por el desasosiego en 
que est&n los gangosos j tartamudos de la tertulia, sino 
porque todos haa dado ya prendas suficientes para pasar la 
noche con las sentencias. 

La depositaría de las prendas suele ser una de las mamas 
que no han jugado, y este empleo que á primera vista parece 
insignificante tiene su intríngulis y ha; en él sus cálculos y 
filosofías. Dna depositarla de prendas ha de teuer ojos de 
lince, para ver las prendas: tacto de jugador para conocerlas. 



37 

7 olfato de perdiguero para bamintarias. Coando se sen- 
tencie k hacer un ramiUeíe de flores saca la prenda del joven 
mas bien portado é interesante por ver si luego de bien 
atado y escardando los abr<tjos y ortigas qne le afean le 
regala á su hija. Si Bnrte efecto la pildora, ;a estamos cor- 
rientes: si no, no importa, en otro pez se clavará el anznelo. 
¿Qné sentencia usted como mny agraviado? — Qne diga nna 
quintilla. — Pobre poeta qne se baile en la reunión: ya tiene 
)a depositaría un pañuelo, una petaca 6 un billete del Liceo 
que saca del almacén diciendo con candongo disimulo: {Hom- 
bre de Don qné casualidad! 

|Ea1 que diga nna quintilla, que la diga, esclaman todos. 
— Denme ustedes el pié. — Afai va: Por una convalidad. 
Ko necesita mncbo tiempo el amoscado versificador para 
responder: 



¿Qué sentencia usted? — Que haga un favor y un dis- 
favor. — A Dios: tocó la suerte á la muchacha mas tfmida 
y simple del corro. [Este si que es apuro! ¿Qué dirá que 
no pueda ofender? La pobre chica encaja c por b lo que se 
la ocurre y siente, porque no se la alcanza mas. «Usted es 
buen mozo pero tiene nna tercia de naríz.u — JCI hom- 
bre sin poderio remediar se pasa la mano por la cara. — 
"Usted tiene talento ....pero.... es jorobado.» — Faltas hay 
qne no se edian en cara, responde el paciente. — Por eso 
usted se la echa en las espaldas, contesta la madre de la 
doncella, — «Usted es gracioso pero algo júven.,..» — Toma, 
esos son dos favores. — Dejarlo estar que mas sabe el Cuer- 
do en su casa, qne el loco en la ajena, y esta es una abru- 
madora perogrullada. 

¿Qué sentencia usted? — Que contente. — Salga la pren- 
da. — |AyI del joven que se lleva todas las miradas y aten- 
ciones de las muchachas, — ¿Se contentara usted (dice á la 
primera) con un plato de arrope? — No señor. — ¿Y con 



t^.OOi^lU 



qne U toque el premio grande de la lotería? — Si no juego 
nunca. — ¿Y con casarse pronto? ~ Sí señor. — A otra. 
Foco mas ó memos asi se van contentando todas: hasta que 
llega á su pimpollo, con quien charla al oido cosas qoe no 
tienen que ver con el juego. iQué bien has ido esta mañana 
& misa; te estuve esperando cerca de dos horagl... ¿Eh? — 
Na. — Mañana te daré billete para un teatro casero ¿te de- 
jará ir tu madre?... ¿Eh? — No. — Mira chica tienes unos 
ojos que me ponen malo. Tendrás en mi un esclavo hasta 
la turaba.. ¿Eb? — Me contento, dice la mocita con mucha 
naturalidad ¿qué ha de hacer una? Vaya que no saben salir 
de comidas j premios estos ambidosos. 

Largo de coutar seria tanta sentencia como otMirre j la 
aplicación filosófica de cada una: dejaremos por cousiguietite 
i un lato el tres veces sí y tres vecet no, el soy, tengo y 
quiero, el poner cuatro pies en la pared, el testamento á 
oscuras, el si usted fuera gallo y yo galUna, ¿dónde me 
picarial j otras infinitas. Bástanos asegurar que el juego 
de prendas es la alcahuetería mas decente que ha inventado 
la sociedad j que de un juego de prendas muchas veces re- 
sultan dos 6 tres matrímoDios. 

Los del tresillo bau acabado at mismo tiempo que las 
prendas. Dejemos qoe se retiren los viejos á dormir ; los 
jóvenes á soñar, unos en esperanzas j otros es realidades. 
No será difícil que í los quince días haya un par de bodas, 
y ¿ los diez meses se aumente la tertulia con cuatro ó seis 
cabezas mas, entre niños y nodrizas. [Quién sabe si á mí y 
i, los que lean estos artículos les sucederá otro tanto! ¡Quién 
sabe si Colon y Bonaparte y Copérnico debieron su existencia 
á las tertulias y tantos inmortales descubrimientos y tantas 
hazañas célebres, traerán su origen de un juego de prendas? 

ARTICULO TERCERO. 

Pesadito se va haciendo esto de las tertulias ; pero si al 

cabo y al fin hemos de hincar el diente en la sociedad ¿qué 

mas nos importa á nosotros morderla en las tertulias que en 

los paseos ó b^o cualquiera otra consideradon? Apurada- 



meóte todo es tertuli» en el mniido. Lu hay de noche y de 
di», en ISB otiuu j en 1& calle, en el campo ; en el templo: 
j si DO, loa amigóles que se reeuen en el café por la noche 
4 charlar por espado de tres 6 cuatro horas ¿me dirán uste- 
des que no están en tertulia, aunqae no jueguen al solo ó á 
las prendas como dije en mi artfcalo segando? ; los que por 
costumbre ó casualidad se amontonan á todas horas del dia 
en cualquier punto de Madrid incomodando al prójimo tran- 
seúnte que ora tiene qae echar por el arroyo espuesto & 
sufrir tormento j muerte inquisitorial biyo la rueda de un 
coche, ora estn^arse entre la pared y los que el paso le 
impiden ¿me negarán ustedes que están en tertulia? 7 los 
qoe se dtan en el Liceo y atienden menos i la función que 
á su negocio: unos porque tratan de amoríos j se dan celos 
y quejas y palabras de reconciliación ; regalos de recuerdo, 
«tros si los fondos subieron en Londres y bajaron en París, 
si fulano hjEo nn empréstito de incalculables lenttgas y men- 
gano en el mismo asunto se quebró, es decir hizo quiebra ó 
bancarota. Aquí disputando cuatro copleros si el acento en 
los versos endecasílabos debe cargar en la cuarta 6 en la 
aesta y si tal ú cual soneto es miüo porque tiene sinalefas y 
cacofonías: allá pintores que quisieran imitar el claro oscuro 
de las Vírgenes de Bafael; acullá hombres de estado que 
barruntan una reacdon espantosa é infalible porque está 
apoyada hasta por la Divina Frovidencia. Todos estos seño- 
res repito ¿me dirán ustedes que no están en tertulia? T los 
- que acuden á laa iglesias á decir con verdad: To pecador 



porque pecando están con 

sus coqueterías á 

>irme de la enmienda, en térmi 



irreverencia ; sus requiebros j 
¡ñutos de ofrecer el propósito 
¡DOS de poderles aplicar aquello 



- ¿Fuiste á misa? — 8i señor. — ¿Tiste al c 
No reparé en tanto. — Digan ustedes si van estas gentes á 
hacer oración ó á estar en tertulia. — Y los que se arrella- 
nan en las sillas del Prado formando circulo para murmurar 
de todo Ticho que pasa. Si este tiene rota la levita: si 
aquella lleva un punto en la media, y si la de mas allá es 
castellana, americana 6 mundana ¿están en paseo 6 en ter- 
tulia? Luego es preciso convenir en que por cualquier prís- 



40 

ma que la sociedad ee presente podemos, híd faltar á ]& Ter- 
dad, considerarla en tertulia y por esta razón no deben uste- 
des estrafrarse de que hable tantas veces de tertulias porqae 
esto DO es mas qae hablar de la sodedad y U sociedad es 
materia Inagotable. 

Tan, tan. — ¿Quién? — Gente de paz. — |0h señorear 
[tanto bueno por acal Pasen ustedes adelante, caballeros. Las 
señoras tardan algo mas porqne se están dando besos á la 
puerta media hora. ¡Es muy particular esa costumbre ' del 
beso I En primer lugar sea por celos sea por otras causas 
suelen las gne se besan aborrecerse; pero ¡con qué frenusfl... 
En segundo lugar, que maldita el juego que chupan sus 
labios, porque como dice el refrán «pan con pan comida de 
bobos» y cuando algo agradaran los tales besos seria el pri- 
mer día y nada mas, porque según otro refrán «todos los 
días olla amarga el caldo» £n tercer lugar, la dentera que 
dan á los jóvenes que parece un reto al apetito desordenado; 
y así se les oye decir generalmente «i ay qné cosa tan rica I 
Denme ustedes un beso en acabando» y aunque las señoras 
quisieran cumplirlo de buena voluntad contestan con pueril 
bipocresia: |Ave Marfa Purísimat [Pues aunque estuviéramos 
. locas! 

El tercer día de tertulia y todos los demss son de fran- 
queza para la divéTSion general j así suele adoptarse lo que 
el primero propone. 8i es juego, juego: si baile, baile: y 
aun suele probarse de cada cosa un poco. Hagamos círculo 
grande y tome cada cual un cartón para la lotería. Las 
mamas cuidan esta vez mas que nunca de que sus hijas se 
sienten junto á los jóvenes mas lúcidos j apasionados. No 
importa que por deb^o haya algún pellizco ó apretón de 
manos, con tal que el ciodadano pague por la hija, por la 
madre y por sí mismo, tres jugadores distintos y un solo 
primo verdadero. Sacan las señoras sus ochavos que no son 
muchos por sí pega mal 7 los mozalvetes ponen sobre la 
mesa todo el caudal. El que tiene una peseta, saca una 
peseta, el que tiene una onza, saca una onza y si tieue roas, 
mas ecba sobre la mesa, diciendo siempre aunque no le quede 
un cuarto en el bolsillo: en acabando esto sacaremos mas. 



l^.OOi^lU 



41 

No hay qaien qaiera pasar la plaza de pobre delante de las 
mojereg; esto praeba la eBcelencia del dinero sobre todas lu 
paaioneB del bello sexo. 

¿Teis aquel ciudadano que se está sin jugar porque dice 
que no le gusta el Juego? Decidle que miente, que es porque 
no tiene doe maraTediseg para tomar nn cartou. ¿Veis aquel 
otro que se íDComoda mncbo de perder dos maoos seguidas 
y dice que va á dejar el juego porque tiene mala suerte? 
Decidle que miente, que va é. dejar de jugar porque no tiene 
dio»^. (Maldito mundo que siempre lia de andar jugando 
al eBCondite con la rerdad! 

Las fichas suelen haber emigrado de la bolsa, pero en su. 
lugar se inunda la mesa de judias 6 garbanzos partidos para 
poder llenar los cartones de esa gente atroz qne necesita una 
ficha para cada casilla. Los nombres de los números siempre 
se cantan de distinto modo. A lo mejor oye uno ¡<j va la 
bola: ¡ot capuOiinos. — ¿Cuál es? — El 44. ~ Allá va 
otra: arriba y tOtajo. — ¿Qné es? — El 69.» T asi van 
llamando edad de Grieto al 3S, edad de la» ftMchaohas al 16, 
los anteqjoe al 6, el (tíntelo ai 90, Ja docena del fraile 
al 13, etc. De todo lo demás, que se dietribuya bien el 
dinero y que se llame quinterna é. los cinco números de una 
misma fila, & los cuatro cuaterna, á los tres temo, á los dos 
ambo y al primero una cosa qne no se puede pronunciar mas 
que al reiar la letanía, es cosa de poca importancia para 
que nos detengamos en ello. Haremos que lo dejen pronto y 
eoben un baile. Afortunadamente hay quien toqne aunque 
mal un rigodón, y el amo de caisa entra ea su alcoba i qui- 
tarse el gabán y ponerse el frac ni mas ai menos que si 
fuera á enamorar entonces. La señora en cuanto él sale 
entra también; no crean ustedes que va á hacer alguna cosa 
mala, pero tampoco crean ustedes que va i hacer cosa buena. 
Va á registrar los bolsillos del gabán para quedarse con todo 
lo que encuentra en ellos. Yo pondría mqjeres en lugar de 
hombres éi las puertas de Madrid si fuera del gobierno, porque 
estoy seguro qne sin necesidad de pincho, cogian las piezas 
de contrabando annque fuesen del tamaño de un cañamón. 

¿Qué quieren ustedes? dice el músico ¿wals, rigodón, 



. . I Calle aerted por Dios! dice la scBora de caea, 
Ift Bodedad de buen tono no admite ja mas que rigodón y 
wats. — No hay cosa mas necia ; contradictoria que las pre~ 
teDsionoB de la clase media. En Las reuniones del Avapiés 
campa siempre la sencillez y la natur^idad. Creerían po- 
nerse en ridículo si traspasaran los limites del fandango y 
jota j aeguidülas y esto es plausible y encantador porque 
esti en armenia con todas sus costumbres y modales. En 
las que llaman de alto copete, que como las del Avapiés 
pensamos otro día tomar por nuestra cuenta, hay mucha ton- 
tería, pero liay mucha verdad. Hay la fatuidad heredada, 
pero no existe esa -vanidad postiza tan repugnante en la 
clase media, por el contraste que otrece á cada paso de 
hábitos plebeyos y humos aristocráticos. Por eso ss ve é. las 
señoras de la dase media en lo mas inspirado de flus Bubli- 
midades tónicas salir con un n | Hucliacha, cierra la despensa, 
no entre el gato y se coma la morcilla de roañanat [Mucha- 
chal cuando venga el aguador dile que se traiga una cuba 
mas. " Y por esto se baila wals y rigodón , y no mazurcas, 
ni galops, ni britanos. La danza empieza con wals; esto es 
lo que satisface mas á la gente joven porque es la poesia del 
baile. I Qné hermoso es tender la diestra mano k la esbelta 
cintura de una seductora hurí I ¡qué dulce y electrizador el 
contacto de las GJnieetras manost iCuánt» idealismo, cuiota 
pasión, cuántos encantas para los corazones perdidos en ilu- 
siones de amorl Los enamorados bailando wals son incan- 
sables: aunque por el estado de su salud no puedan andar 
dos pasos sin sofocarse, en oyendo el tree por ocho bus piei^ 
ñas adquieren una agilidad prodigiosa, y los pulmones el pri- 
vilegio de vivir sin respiración. Un tísico y un tullido ena- 
morados creo yo que ssnarian bailando wals ó morirían en 
éxtasis celestial al compás de las inspiradas melodías de 
Strauas — Cuando los jóvenes acaban de bailarle, el corazón 
parece que no palpita por la rapidez de los latidos; pero 
esto y el sudor que por sus frentes resbala desaparece con 
el sosegado y estúpido rigodón que no té por qne lo llaman 
baile y no variacioneí de paseo ó evolueioneí de sala. £1 
.rigodón es el baile fitvorito de los seüores machuchos. Aquí 



43 

«H donde Üeam entrada todaa laa ed&des, DoBa EBCol&stica y 
Don Trifoa, Don Cosme j Doña Foliiuu'ia. Eb cosa eiagalu 
«Bto de loa BOrobreB; parece que ellos marcan ia edad da las 
perBonu, como Bi estas no ae llamaran lo mismo & los ochenta 
años que el dia del, bateo, ; sin embargo se ve por regla 
gmeral que las muchachas tienen nombres bonitos j sendlloB 
como Matildes, Lnisas, Josefas, Irenes etc., ; las viejas casi 
todas se llaman Sinforosaa, Estefanias, Atanasías, Mateas, 
Ciriacas 6 Melitonas, y si son andalnsas nunca falta una 
Dofia Angustias, ni una Doña Milagro, ni una Dofia Consola- 
«ion. Yo creo que esto consiste en que el gusto ha variado 
y qne los nombres que hoy nos parecen feos, chocaban ménoi 
A la gente del siglo pasado. ¿Quién . sabe si se volverán las 
tomas j cuando las Pepitas y las Matildes del dia sean 
nombre de Ti^as, volverán á estar en boga las Ciriaquitas, 
las Estefanitas y las Sinforiaoitas? Allá veremos-si allá llega- 
mos, y mientras tanto notemos cuan satisfecho se manifiesta 
un Don Crísóstomo bailando rigodón y saliendo en la Patto- 
reía con su Eduvigis á la derecha y á la izquierda una Doña 
Robustiana de esas mofletudas señoras que abundan en todas 
las tertulias, y de las cuales parodiando el refrán «no hay 
función sin tarascau, se pudiera decir nno hay tertulia bÍu 
aeñora gorda.» 

Pero hete aquí que el del solo colocado enfrente de Don 
Crisóstomo al tiempo de empezarle , se enreda los pies en 
nna cnerda de retazos de cinta y de bramante con cada nudo 
tan gordo como los del cordón franciscano; ¿qué sogajo es 
este? pregunto. A Doña Robustiana la salen los colores de 

vergüenza; pero dice afectando serenidad yo no sé 

y á poco de decirlo tiene que largarse al retrete con una 
media arrastrando. |Una liga de cordel en nua seftora llena 
de oropeles y perifollos; Este es otro de los contrastea empa- 
lagosos de la clase medio. Las mozas del Avapiás 6 no 
llevan liga de esparto 6 lo dicen, y si se oirece se la atan 
an medio de la colle á to uno del dia. 

Hi antros unos bailan, otros hablan y este rato de descanso 
qne tiene el rigodón de vez en cuando es uno ocasión solemne 
pan las conquistas amorosas; ¡qué bien baila usted, fula- 



44 

Ditat usted ha sembrado en mi pecho el Tolcan de las pasio- 
nes de un modo grato, pero irresistible, dalce, pero desgarra- 
dor. I Si usted correspondiera á mi carííiol — La chica sí 
que corresponde, pero eato no se debe decir la primera vez; 
lo mas que paede aranzar es á decic; ]bí eso se pudiera 
creer < A todas dicen ustedes lo mismo .... en fin , con- 
sultaré con la almohada .... Y efectÍTamente, consultan coa 
la almohada el modo de decir que sí. El amante para estre- 
char mas y mas las relaciones, propone al acabar el rigodoa 
noa comida de campo, ; al par de días tiene usted & todos 
los contertulios comiendo como unos gañanes, bebiendo como 
unos coritos y brincando como anos corzos por esos trigoa 
de Dios, — 



ARTICULO CUARTO. 

He tratado con algaua severidad á la clase media ya por 
la antipatía qne ciertas cosas nos inspiran, como & mi tod& 
lo qne huele k justo medio, ya porque siendo la mas nume- 
rosa y la que conocemos mas á fondo, ha podido suministrar- 
nos mas materiales. Llaman alta clase & los condes y mar- 
queses, propietarios, millonarios y empleados de intendente 
para arriba; y llaman baja clase á los zapateros, colchone- 
ros, jornaleros y casi todo lo que acaba en eros menos cal- 
ceteros que estos aunque lleguen á ricos 6 moeran de pobres, 
ni son de. la clase b^a, ni son de la clase alta, sino de la 
clase media. Ignoro yo qué origen traiga esta claeificacioa 
de categorías, y tengo por un solemnísimo zopenco al qne 
trocó los nombres y dio i. cada uno lo que menos le corres- 
pondía. Si se dice de los señores comparadlas con los que 
tienen menos dinero: ese pisa mas alto, anda mas alto, ó 
sneña mas alto, se dice una simpleza garrafal; porque la 
clase alta generalmente ocupa los cuartos principales, la que 
le sigue que debía ir en descenso ocupa loa cuartos segun- 
dos y terceros, y precisamente lo mas bajo de la gente baja 
anele andarse por las bohardillas. 

Hoy nos toca invadir el piso principal después de salu- 
dar al portero por aquello de: d Nadie pase sin hablar al 



L.OOi^lU 



. 46 

porteroD en lo cual soy yo tan exacto qne cuando oo eBt& 
este señor aunqne esté la mujer ó los bijoB, me cáelo de 
rondón sin hacerles caso*, porque asi como siempre bo acostum- 
bra é. decir: ael rey ó regencia, el presidente ó el que baga 
sus veces» para obedecer al sastituto debisse poner en los 
portales: nadie pase sin hablar con el portero, la portera 6 
los porteñtoe. 

La casa donde ustedes entran es grande como Dn palacio, 
y complicada como el laberinto de Creta. Suele deberse al 
tapicero la alfombra, al almacenista de muebles la rica sille- 
ria, y hasta á la lavandera la cuenta de todo el año; pero 
eso no se conoce en la alfombra, ni en la sillas, ni en el 
camisolín del señor, ni en las enaguas de las señoritas. He 
sido un mtgadero en decir señor ó señora donde solo se 
reúnen monsieures (aunque españoles) y madameB y mademo- 
eelles (aunque españolas). 

En esta casa la etiqueta, ó mas bien la tontería, sube & 
ochenta sobre cero del termúmetro reamur. Es decir qne ea 
una tontería que hierre j despelleja. Se habla á medias 
palabras y estas altisonantes, y sobre todo que estén en boga 
aunque no digan nada. Cuando se trate de colores políticos 
no se ha de decir colores sino maticu. Á tos monarquistas 
se les ha de llamar co n serva il urte , como si por acá hubiera 
cosa digna de conservarse, y ¿ los republicanos radicales. 
Esto proTiai analmente. Está para discutirse el proyecto de 
introducir entre otros géneros de contrabando, el tory y el 
«7^1^ de Inglaterra. jOh! si esto se lleva á cabo, la nación 
española se salva. No bay miedo que necesite recurrir al 
gastado medio de los pronunaamtetitoB, 

En eatas tertulias todo ha de ser vitilento; no se rasquen 
ustedes aunque les pique, ni se estiren aunque tengan sueño, 
ni se riau aunque tengan gana, y cuanJb miren atrás han de 
Tolver el cuerpo al compás de la cabf'.a como los santos de 
yeso. En fin las tertulias de la clase alta soo el camino del 
purgatorio, y apenas puede una persona racional resistir & la 
tentación de dar de mojicones i tanto zanguango mozalvete 
como esclaviza sus sentimientos y sus insliptus & la loca 
preocupación de parecer dandy, vulgo eligante. 



Pero vamOB i. Ter por qaé se tieaen en tanta estima estas 
reuDÍonea ea contraposición de Ia8 de la clase baja. Si es 
por el carácter de las concoirentes , en Dingona parte mas 
bondad, mas seDcitlez, mas generosidad que en la gente 
pobre. ¿Qaé hay en los altos círculos mas qae diplomacia é 
hipocresía? Allí está siempre la miel en los labios y la pon- 
zoña en el alma. Sus diálogos van generalniente cortados por 
entrepaiéntesia ó apartes á uso de comedia. 

Qué Blia esli la CancepcioD. 
(asi a« quedara enunal) 
— Qué bonita as FeJicians. 











Me caDei 








da 


lan podan 


>ao anjambre. 






(Ni 
gai 


lia ^ue paa 


la mas liambre.; 








;HaT hoy 


drama? Eeloj 






Yo 










(i Por ao . 


damat Eate at 






— 


{i Harto a 


sli? No liana ui 


JCU. 


.na.) 



Esto en cnanto á la buena fe j armonía qae debe haber 
entre personas qoe se Tisitan con frecuencia, qne si vamos & 
las costumbres do tiene la llamada b<^a ciase por que arre- 
pentirse de no participar de las de la llamada clase alta. 
Es cierto qne nn jornalero entra en la taberna, pero los 
grandes señores van al café. Los primeros gastan cuatro 
cuartos en una copa de Tino para adquirir fuerzas con que 
soportar el trabajo del dia sigaiente; los segundas ran á 
beber dos 6 tres copas de rom, tal vez para hacer ejercicios 
gimnásticos en salón vedado. Esta es la diferencia qae va 
del vino al rom, ; del café á la taberna. Emborracharse i, 
lo señor es una grada; ponerse alegre á lo pobre es nn vicio 
repugnante, es ana vida religada y soez. En todo es injusta 
nuestra sociedad. 

Si entre cien matrimonios pobres bay nno desavenida que 
anda á picos pardos, entre cien matrimonios aristocráticos 



47 

liA; noreata j naeTe qne andan & pardos picoa, 8i los pri- 
meros tiran la oreja á Jorge, ea para jugarse al tute, á ta 
brisea ó al moa, una libra de castaíiaB ó nn cuartillo de vino; 
el qae sale aficionado al cañé ó 4 los borregas, es tratado 
por los demás como un ente corrompido. En casa de los 
rJcoB ee ecfaao con la mayor ñ-escnra veinte y caarenta mil 
daros & ana carta, y hay qnien pone la mnjer i, un entres 
j qaien la gaoa con na as de oros. Aqnf ee serril y ras- 
trera la gente pobre, porque celebra todos los yicios de los 
ricos por la sola razón de que son ricos; y es una desgracia 
para todos egta sumisión aduladora del que necesita, porqae 
tal en esto como en otras cobbb los hijos del pobre se van 
aleccionando eo la escuela de ta degradante humillación, como 
les ricos engolfándose ea la corrupción qne miran tolerada, 
tal Tez en el crimen que ven aplaudido. Riñe el chico del 
casero con el del inqníüno, y por aquello de qne donde las 
dan las toman, el primero zorra al segundo 6 Tice-versa. 
Ea el primer caso el padre (que es el casero) otieoes razón, 
le dice al muchacho, has de dejarle sin muelas por atreverse 
eoDtJgo.n El chico se ensoberbece, se cree autorizado para 
todo, es rállente, arrojado é indómito. Sucede al rCTea la 
cosa, ea decir que el del inquílino da cuatro mojicones al 
del casero. |MaldÍto! ¿qué has hecho? le dice el padre, ¿no 
Tes que le debemos dos meses de alquiler y nos pnede echar 
i la calle? Sube á pedirle perdón, y si se empeña en pegarte, 
pon las costillas sin decir esta boca es mia. Resultado: el 
chico dei inquílino es cobarde desde entonces, cree qne ha 
venido al mondo para doblar la rodilla al poderoso, y lo que 
nació on hombre se ha convertido en nna muía de labor. 
Es de tal trascendencia esta conducttt de los pobres qoe no 
solo perjudica & los intereses y dignidad racional de su des- 
cendencia, sino al presente y porvenir de toda ana nacioo. 
h»t gente rica es por lo regular la mas avocada al poder, 
8i una criatura arrullada en la cuna de los vicios ocupa la 
tilla ministerial, sus instintos siempre son despóticos, la ad- 
ministración de la justicia parcial, de favoritismo, y en una 
palabra, es la justicia injusticia. ¥ respecto de la adminis- 
tración de la hacienda, figúrense ustede» ta conciencia que 



L.nOO«^lL' 



48 

tendrá un miuBtro fabricado á U baiica, Umado c<m mous 
y labrado í ponche. 

Como laB casas de loa señores son grtmdes, y sus reimlo- 
nes numerosas, no importa que una persona ó dos ó tres ó 
cuatro se vayan & las habitaciones interiores á diligencias 
propias. No es decir que esto se verifique k todas .horas 
sino que está en lo probable. Lo que sí ha; en las tertulias 
aristocráticas {ja se sabe que en todo hay escepciones) es 
machísima alcahuetería en varios conceptos. Con achaque 
del soirée van cuatro embaucadores de profesión 4 robar las 
pesetas con singular destreza. No hay jugador que no esté 
provisto de barajas dotneéticadas , digámoslo así; algunos se 
, avienen á Jugar con baraja ^ena; pero estos son mas temibles, 
porque Uefau la seguridad eu el manejo de los dedos. De 
cualquier modo se llevan el dinero mientras la gente iuoceu- 
tona dice ¡Qué suerte de hombre! ¡Si todo se lo halla 
hecho) 

Por aquf se ve que las tertulias son la alcahuetería de 
los juegos prohibidos. 

Van30s k la parte política. Cu&ndo vean ustedes retirarse 
con sigilo y disimulo al señor de casa y otros pajarracos de 
mal agüero,, coaspiracion tenemos. Allí va & decidirse la 
suerte del pueblo; he dicho mal, la suerte de ellos y del go- 
bierno. La suerte de ellos porque casi todos los que conspi- 
ran tienen por objeto esclusivo ganar en intereses y posición 
social La suerte del gobierno se decide porque de alU ha 
de salir el golpe que por certero le destruya ó por mol diri- 
gido le afirme mas en el poder. ¥ do se decide nunca la 
del pueblo, porque esa eu guerra ó en pas ya está decidida 
desde que el mundo es-mundo: hambre, esclavitud, latigazo 
y contribuciones. 

No son solo los caballeros los que politiquean. También Eon 
útiles ks faldas, si no para tramar y discutir, al menos para 
esplorar. Son spctarias de Francisco Chico, nombre célebre 
que ha personifíi-ado la policía secreta, como Cristo, Hahoma, 
üalvíDo, Lutero y otros sus religiones respectivas. Desgra- 
ciado el que cae bajo la fémla de alguna jomooaza Metter- 
nicb, que por fas 6 por nefas ha de desembuchar lo que 

i. , l^.OO'^IC 



49 

siente, ; á las pous horas ya saben los pronoDciados con 
quien pueden contar y las attoridades & qnien deben per- 
seguir. 

Hasta aqnl la alcahuetarla de la política. 

Tamos á loB amores, y no á los amores de los j6veneBi 
porque estos 3on^ iguales en todu las clases y en todos los 
pueblos. 8e tod, se eotienden y jh tiene usted dos almas 
perdidas sin poderlo remediar. Pero hay en las reuniones 
otros amores de que debemos ooopamos. 

Por lo regular los maridos mueren mas pronto que Us 
mujeres, y cuando las raigeres son asf, cachigordas, cachi- 
alegres y campechanas, no hay afios que las consuman. Tam- 
bién es regular que las tales mujeres hagan ahorros para la 
rejei: de suerte que 6 una sefiora hien carada como el tocino 
gallego, y con dinero para regalarse ¿qué la puede faltar sino 
un amante mimon y zalamero que la haga el rendibú? Por 
otra parte, las naciones han progresado en lujo todo lo que 
han perdido en dinero, y los niuohacboB casquivanillos que no 
üenen bienes, ni raíces, ni oficio, ni beneficia ¿cúmo pueden 
alternar con la aristooracia sin re)(^ ni gabán ni frac? Re- 
medio al canto: se busca un empeño para penetrar en las 
altas regiones; se coge asiento junto í, una vieja Verde, se la 
dice: ]A; Doika Este&nia que remonona ea nstedl La vieja 
acepta, el jAren se remite á las pruebas, y al dia siguiente 
ella tiene querido, y él vestido nucTO. 

Tal es la industria de algunos jóvenes del dia con mas 
orgullo que Don Rodrigo en la horca, y tal es también h 
alcafauMerfa de ciertas sociedades. 

-Con que sacamos en limpio de estas tertulias Ruanda 
positiva para todos: mi^tras anos resuelven el problema de 
asaltar los destinos de la nación, otros despavilan los bolsillos 
de los demaa 4 la banca. Los muchachos de hueU estómago 
hallan vitjas que les mantengan, y las viejas enamoradas se 
hacen por el dinero con paladares á prueba de jamón rancio. 
Buenas estin las tales tertulias! 

JUAH MlSUVIS VlLLIBOAB. 



T.Güogle 



DISPARATES. 

iGran novedadl ¿4jné oiara cow que dÍRparates podfamoB 
..esperar de ti? dirán loa que tengan 1& costniubre de tnírar 
ooiBO yo la firma ¿ntea qoe el epígrafe. ¡Aho aquí i Hoy voy 
i plagar mi articulo de disparates, ; de digpat&tes garrafales; 
pero entiéndase qse no so; jo quien disparata; otros son los 
que disparataron ■ ; tal rez llegue & manas de alguno de los 
qoe tienen la colpa de que disparate ;a este escrito dispa- 
ratadamente di^Mffalado. Bastante diaparaté taasU tí dia: 
tiempo es ya de consolarme y dirertirme con los díspuatones 
(jenos; porque está visto que todo ficho vitiente está com- 
prendido en las conjugaciones del verbo EJisporater: Yo dispa- 
rato, tú disparatas etc. 

No prosigo cwjngando porque todo puede comprenderse 
en este resumen: todos di^^aTatatnoe. Pero en esto de los 
disparates hay sus distindones. Unos disparatamos sin querer 
y otros queriendo; baremot esta separación de materias. 
No hay cosa mas fatal qne la distracción en las imperfeceii>- 
oes morales del hombre. Ella es causa del papel ridiculo 
que por lo regular hace en las calles como en laa tertulias, 
él que por otra parte cansa la admiración de tos que lo co- 
nocen. Un hombre sabio es siempre meditabundo, sinúnimo 
de distraído, j un hombre distraído, así como tiene t«da la 
frialdad hija de su enajeaamieuto para echar 4 andar por la 
calle con botas de montar y en mangas de camisa y saludar 
á los que no conoce y no saludar á loa conoidos, asf cuando 
habla saltan de su boca palabras estravagantes , incoherentes, 
aparecidas al acaso. Esta misma distracción le hace parecer 
rústico como un foncturalero diciendo tal vez «beso 4 usted 
la mano» 4 laa señoras, y "á los pies de usted» 4 los ca- 
.balleros, ó equÍTocando laa palabras sin sentir como alguno 
qae yo oon<Hco que dice ojepto cuando habla, j objeto cuando 
escribe; bien que eato pertenece al número de los disparates 
lin querer, sucede muchas veces cuando el que habla 6ja 
todos sus sentidos en la pronunciación. Palabra hay que se 
masca cinco minutos y aun se queda alguna letra entre los dientes. 



51 

' Pero esoí diBpftrfttea chocan solo catndo se oyen y pare 
mted de contar. Los disparates sin querer que no pierden 

sanca, Bon Iob del cajista: estos son los disparatcB general- 
mente conocidos con et nombre de errata». Pocob ejemplos 
citaremos para dar á conocer ia Índole j la trascendencia 
algunas Teces de estos disparates que con razón colocamos 
entre los inevitables. 

Hablando an periódico días pasados de las fracciones en 
que se divide el partido progresista, por decir la fracción 
Olózaga, pouia la facción Olózaga lo cnal era un disparate 
malidoaamente signiGcatlvo. Otro periódico refiriendo nna 
reunión de contratistas en el ministerio de Hacienda dijo: 
«Serian las dos de la mañana cuando loa cimtraheaidiitag 
desalojaron el ministerio»; y esto de contrabandistas tiene 
una interpretación de todos los demonios. En una novela 
qne yo lei, decia «el niBo era el embeleco de sn padre» por 
decir él embeleso. Y en un diario de la oposición refiriendo 
como nn empleado subalterno habia contestado con inanltos 
al ministro, en vez de decir: ugran bofetón al oficio deS. E.u 
decia ugran bofetón al orificio de 3. E.» 



DISPARATES QUERIENDO. 

Los disparates suelen cometerse á sabiendas , y esto sncede 
maa fádlmente en la gente de talento qne en los tontos. 
Creen algunos que el genio consiste en la travesara y son 
traviesos 6 quieren serlo, y casi siempre lo consiguen á fuerza 
de ensayos y de empeños. Pero las travesuras por imitadon 
son tan pálidas é insustancial es qne con dificnltad llenan una 
vez sQ objeto qne es la celebridad. Líbrese nn hombre tra- 
vieso de no atraerse las simpatías ó las maldiciones de tno- 
dios; porque sus disparates serán calificados por la sociedad 
'inexorablemente diciendo qne pertenecen al gbitro tonto. Los- 
traviesos por instinto son viches de mala especie, perjndidalea 
á la sodedad; pero sus atrocidades llevan nn sello de gra- 
dosa originalidad que seduce. Vamos á loa disparates que- 
riendo de la gente no civilizada; de esos disparates qne los 



L.OOi^lU 



que carecen de inatruccion eoBartuí cnando escriben, qoe ú 
bien pudieran pasar por disparatea sin guírer pneato que no 
tienen los que disparatan obligación de saber mas, llamólos 
JO disparates queriendo, puesto que hacen ünicameota m 
santa voluntad, en vez de consultar con los inteligentes como 
pudieron f debieran hacer en ciertos casos- 
Dejo á un lado los epígrafes j anuncios de los diarios de 
atíbob, porque cada número daria materia para un artículo 
lo menos: to; á dar cuenta de algunos disparates escritos 
en las puertas j esquinas de muchas calles de Madrid, ; al- 
guno ^ne sopa de otra parte, porque no creo yo que en 
Madrid Bolamente se disparata. 

Aqui .se asan asados, dice un rótulo de la calle de Lega- 
nitos; es decir, que el que lleva un par de capones 6 codeos 
crudos se fastidia, porque do ae loa asan mientras no loa 
lleve asados. 

Agvi se pintan salones, dice un pintor en su muestra, 
f á f e que ni de balde habrá quien le dé trab^o, aiqaiera 
por no tomarse el de llevar loa salones á au caaa por esaa 
callea de Dioa dando que murmurar al mundo. 

Se aiguilan camas para matrimonios de caoba. Chúpate 
esa. ¡Qué bueno estarla un matrímosio de caobaí tendido i- 
la bartola I 

Colegio de niños y niñas de ambos sexos. Ta sabíamos 
que había niños de ambos sexos, porque niños es una vos 
como personas que se refiere á ambos géneros mascolino y 
femenino: pero según el autor de etita inscrJpdoD, niúos per- 
tenece eacluaÍTamente al masculino, j para hablar del feme- 
nino ea preciso decir niñas; y en este caso el diaparate es 
mas enorme porque quiere decir niños de anU>os sexos ¡r 
mñiM de ambos sexo» : es decir, niños hermafroditas y niHag 
hermafrodita». 

Tahona de Jesús y Tortas. Ya saben ustedes adonde 
está la Tahona de Jesús ; pueden ver por aua propios ojoa 
este disparate originaL Siempre be oído decir Jeaus Piadoso, 
Jesús Naaareno etc., pero Jesús y Tortas, nunca; porque ea 
DO apellido Tortas que solo cuadra 6 loa tahoneros Zampa- 
Tortas. 



53 

En la calle del Carbón dice nn letrero: Aceite, vinagre, 
jabón y veltu y demás comestíhlet. Buen provecho hagan el 
jabotí 7 las velas al qne tenga bnenas tragaderas, que lo coma 
ni mas ni menos qne bí fuera pechnga de perdiz 6 pata 
de pavo, 

. Subida al peluquero dice la muestra de mncbas pelaque- 
rías. Tal puede ser la estatura de los peluqueros que nece- 
site uno armarse de escalera de mano para poderie dedr al 
oido: quíteme usted estas grefias. 

Se venden eajas para difuntos completos. Esto querrá 
dedr, cqas de marca mayor qne pasen de cinco pies, para 
hombres ; no para niños', pero la inscripción tiene sn filo- 
Bofia, porque qniere decir para difuntos enteramente difuntos, 
DO difuntos á medias. Biim sabr& el que le puso que muchos 
títob Bon condenados por los médicos i. morir enterrados, 
7 que si pudieran romper la c^a y levantar la losa que tea 
cubre, tardarían muchos aíloa en visitar el otro mundo. 

Zapatos para hombres rusos hechos en Madrid. Zapatas 
para hombres rusos ya era disparate, porque la construcción 
física de los hombres rusos es idéntica, prescindiendo del ta- 
maño, 6. la de cnalquter otra hombre' sea español, egipcio ó 
americano; pero lo qne merece la pena de examinarse m 
esto de hombre» rusos hechos en Madrid. Aquf sf que viene 
bien aqnello de á pares como los frailes. 

En la calle del Príncipe ba; una muestra colocada en tan 
buen lugar que lo que aparece en conjunto es: 
Educación de Señoritas 
¿segurada 

de 
Incmdios. 

¡Caramba con la tal edncacionl No ha; miedo qne se 
qoeme, que la empresa de seguros paga. 

Aun me acuerdo de las últimas ferias de esta corte, donde 
entre otras cosas vi unas botas de montar de las cuales pen- 
día un papel que decía, ni mas ni menos que si las botas 
hablaran: Nos venden. Solo faltaba que hubieran atedida 
itnúcionl I traición I 



54 

£a muj BatuTol esto de llamar á las c&Ileí y {riainelaa 
qoe deaemboctut cerca de loa ConsqjoB ó de laa Cortes, calle 
de las Cones, calles y plazuelas de los Consejos: pero es 
gracioso que estos respetables nombres desciendan á dar 
también bd denominación i tiendas y despachos de cualquier 
género. Yo te conocido un Café de ia» Otríea, y esto es 
algo Teroafmil porqne pueden muy bien los representantes de 

la nación tener un café inmediato que les mate la sed 

pero y ¿qué diremos de la Taberna de loe Consejo»? Esto 
puede entenderse de dos modos ó taberna que surta de vino 
i los CoinsejoS) ó taberna donde se dan consejos. £□ el pri- 
mer caso I lúcidos estaban tos consejeros ! ; en el segando 
caso, ¡medrados estarían loa aconsejados! £st« letrero ha 
desaparecido por fortuna. 

En Salamanca el año S3 había el siguiente: Cirujano y 
comadrón de los voluntarios realistas. Se entiende que seria 
ci^^jano de los realistas y comadrón para las miijeres; pero 
él no se anduvo en chiquitas y por si acaso ocnrria un lance 
milagroso quiso que los realistas de Salamanca tuvieran co- 
madrón & quien poder mandar. 

£n la calle de Atocha, ñ'enta al cuartal de la Milicia Na- 
cional, hay un zapatero que tiene una muestra con wios 
suatos pintados á cada lado de la puerta. La de la derecha 
saliendo de la casa tiene U cuarteta siguiente: 



Ib que iDt (lempos eligen 

no dudas tomsr enirada 

piiea na hay duda que aquí sinen. 

En la Otra muestra hay una mano pintada apuntando á la 
primera que est6 diciendo: 



Cansóme de disparatea 7 voy k concluir con una reflexión 
que tal vez será disparatada, pero que yo tei^o la tontería 
de peosar que no lo es. Has qoe tanto arbolado, por mucho 



L.OOi^lU 



06 

qoe eogalane U poblMÍon, j mxs que Unto fiupédrado y 
mejora de lápidaa y faroln, por mai qoe sirran de adorno j 
comodidad , importa i la capital de la nación el dar idea d* 
civilización y caLtura. ¿Forqoé no remediiir entonces enoi 
(Usparatea qué tan mal concepto pneden hacer formar i. los 
«atranjeras de nnestros adelantos! — ¿Y cómo evitarlos? 
dirá tA aTuntaniento. — Uny eeuoilijunente, reipondo jf. 
¿No tienra lutedeB empleados qae sepan ortografía 7 gram&< 
tiea? Pues estabteican ma comisión de censura j obligoeM 
i, todo el vecindario de Madrid k que no escriba nna letra 
en la pared, sin el visto bueno de dicha comisión. Se coor 
- testará qoe los empleados tienen ja su negociado que lea 
ocupa macho, y yo replicaré que en on cuarto de hora a¡t 
pneden revisar lodos los letreros qoe se hagan ai meiUa año 
para Madrid. Digo esto paia que no se entienda que trato 
de crear una oficina con el santo fin de qae me den nn em- 
pleo, porque ni le necesito ni le quiero. Hasta otro rato. 
JcAH Habtihbe VlLLBBOaS. 



UNA CALASÍI&AÜ PUBLICA. 

Para servir á Bies ; i ustedes, jq soy un quídam de 
Guuenta años. Bien conozco que esta noticia no est¿ en la 
categoría de las interesantes, porque su importancia, si alguna 
tiene, se refiere solamente k mi ¡ndifiduo , y yo me precio de 
individuo que ya no pnede interesar si no por sus doblones. 
Pero el decir mi edad secamente y sin 'que nadie me preguntq 
coantos años tengo, sirve para participar á ustedes que boj 
anteindependJentino, esto es, antmoF 4 la guerra de la inde- 
pendencia. Apenas abrí loa ojos, apareció eata señora coa 
todo su aparato de perfidias, de heroicidades, de destmwionea 
y de miserias. Los buenos de. tos españoles se daban; de 
cachiporrazos ci>n los monsieures y andaba una tremolüía de 
todos los satanases. Tenia yo un padre qne dio en la maní» 
de ser buen español, manía que le valió el envidiable derecho 
de pajearse por espacio de cinco meses ora i lo li^i^t ont 



L.OO'^IC 



á lo mcho y i, veces diagonalmeote por el «udiiloBgo p&vi- 
mentó de ud fementido calabooo, propiedad mbaolnta de cierto 
castillo célebre por las bombas que arroja cuando menos íalta 

Desde aquel calabozo salió huyendo como el Señor le di6 
á entender, j ta prole detrás', comimos el pan sin sal no 
amargo de la emigración: no en el peñasco de nnestroi ami- 
guitog loB ingleBes, ni en la tierra qae toles hnéspedes nog 
enviaba para echamos de casa, uno en la bienaventurada isla 
de Mallorca, á cuyos habitantes debia alzarse nn monomento, 
no por BU hospitalidad si por otras muchísimas virtndeg que 
loB esclareceu, sino porque tieneu el buen sentido de gastar 
ab initio unos magníficoB calzonaios, que me rio yo de la 
tierra de Astorga. Seis ahos de guerra de independenda £aé 
un comienxo mas que r^ular para un chicuelo apenas salido 
del cascaron ; en £n , aquellos pasaron como pasan tantas otras 
cosas, haciendo un mal aquí, un bien allá, sacudiendo un 
coscorrón ¿ este, levantando á aquel un par de varas del 
suelo, llenando í, anos, enjugando y esprimiendo ¿ otros, entre 
«yes, lamentos, risas, soponcios, cadalsos, fusilamieutoB y de- 
más alharacas pccnliaree de los tiempos escepcionales , qae 
desde entonces comenzaron i llover como granizada de verano, 
para hacer una verdadera CBcepcion de la regla general. 

Pasaron, como digo, los susodichos seis añoa, y en pos de 
ellM se coló un caballero muy serio diciendo qne la hablamos 
hecho como unos gerifaltes; pero qne en ciertas bromas re- 
presentativae nos hablamos escedidos, ; que aquello no valia, 
y qne vuelta á empezar, y qne conocía ciertos picaros, y que 
-eM forzoso perseguirlos, y qne los habla de dos clases, anos 
anaranjados y otros de color de grana. Los tales comenzaron 
la desfilada, porque tenian en grande estima la integridad de 
sus tragaderos y no era coea de menguarla en un átomo poi 
todo el oro del mundo , cuanto menos por una causa en que 
él estómago no tenia arte ni parte. Torna, puM, á cargar 
con los trastos al hombro, y 6 salto de mata plantarse en la 
tierra clásica de la cerveza y del rom, sin saber ni una chispa 
del inglés, ni poseer mas blanca que la cara, el qne no la 
gastaba trignefia, que éramos los mas. EntónceB buho aquello 



67 

d« pstatu & montODes, dn iub gniBO qne el olor de tigaa 
bifttflk ajeno; porqne propios ni por l&g nnbes. Otros atíi 
años de broma ; Tan doce; para ni diei y ocho y pico, que 
tantos contaba. 

A renglón legnido, vuelta i, casa: tí horizonte ge aclaraba 
y ee oia en las Cabezas on grito qne hubiera sido de salTadon 
& encontrar .cabezas qoe lo encaminaran al bien; y gaat&mOfl 
cuatro abos menos pico, disputando y llam&ndonos bribonea 
los nnoB i los otros, y armando una algarabía que ni par* 
contada es. Vino nn tercero en discordia hijo de nn santo 
BegOD decían, y nos pacificó 6, «n modo qne no habla mas 
qne apetecer. Fué preciso, para que fiíera la paz completa, 
poner pies en polrorosa, bascando nna tierra amiga que car- 
gase con nnoBtra miseria. Hallárnosla, gracias al Cielo, y por 
allá nos estarimoa de Instroa clásicos, oliendo á cada instante 
la frontera qne ooa daba soberbios papirotazoe en la naris 
como si noB dijera: oste gue retían. Loa díei y ocho de la 
cuenta rieja, maa loa trece de la nue*a, forman salro erm 
la suma de treinta y nn años, deliciosamente invertidoa en 
dimes y diretes , en ir de aquí para allá como alma de Gari* 
bay, en aprender idiomas y no aprender á tener sentido co- 
man, y en otras fruslerías de tambres, enfermedades, pri- 
Tadones y demás entretenimientos tan aabrosos como yo 
me Sé. 

Pues sefior, tercera vez á casa para comenzar el miamo 
^erdcio; que si tA eres Terde, qne si yo soy azul; que si tú 
maeeaa & dos carrillos, qne si yo no como mas que con me- 
dio; que si ban de sw dos grados ménoe, que si han de ser 
dos grados mas; que manden abo» los míos, que los tuyos 
harto mandaron. Y en pos de esta barabúnda se sopló de 
rondón una aeüora de muy dnlce trato llamada guerra ñvil, 
que traia nn escudero eoooddo por el nombre de (Miera- 
morbo, y una doncdla de labor apellidada iVo Aoy paga», y 
nn p^e á quien oi poner el apodo de Incendio, y nn lacayo 
de uiss muy largas nombrado si no me engaña la memoria 
Saqnto, y otros tales indiridnos físicos y morales tan apete- 
ciblea como estos, formando entre todos nna conütin, qne 
era cota de chuparse los dedos. Pasó también aqneBo que 



DOB entretuvo deliciosamente por espacio de siete s&itDe liw- 
roB, como Buele dedrae, para deaenaebai. Y vaa treinta y 
ocho cabales- 

Luego todo quedó como balsa de aceite, salras algonu 
lores escepcioneB de motines, pronuucianiieDhis y otras zaran- 
dajas que couBtituyen el pebre de onestra euTÍdiable existen- 
cia i como cesantías, esclaustraciones. Dios jpog dé que 
dar etc. etc. De este trajin van ya dos años, indispensables 
para la snina tntal de aquellos cuarenta, que, en el primer 
renglón dije á nstedes ser piotiparados los que se ban ido 
scnmniando en mi individuo, desde que tare el honor de per- 
tenecer á la honrada familia humana. 

Creo que basta este sucinto relato para que ustedes se 
sirvan computar los quilates de la felicidad que be disfrutado 
en esta vida desde que la recibí. Pues bien: este cúniulo de 
calamidades que ora inflaniaban mi corazón juvenil de patrió- 
tica entusiasmo, ora posteaban mi espíritu arrebatando á la 
esperanza las ilusiones del porvenir, ora exaltaban mi bilis 
con los desaciertos de los goberzíuites y la estulticia de los 
gobernados, ora me llenaban de terror porque los consideraba 
preludio de la social disolución; estas calamidades repito, son 
un átomo imperceptible, una molécula impalpable, un casi 
nada comparadas con otra aflicción que me abruma sin des- 
canso, que dia y noche me sojuzga, qoe amenaza acabar con 
la especie humana, si no se trata de pensar seriamente en 
su des^ucdon. Lob horrores de la guerra, las discordias 
civiles, los odios políticos, las epidemias, los motines, las ao- 
pagaa, los privilegios esdusivos de empleos, las emigraciones 
tienen un término : ó pasan ellos , ó se acaba el individuo 
que los padece, 6 acaban ellos con él. Pero un daño qne 
lento 7 á la sordina va minando las sociedades, porque cons- 
pira contra la constitución física y material de la raza hu- 
mana, porqne cada ves se enseñorea mas de la voluntad ge- 
neral, que no suele estar unánime sino en lo que ata£o & 
producir el mal de todos, este daño es mas temible y aflige 
mas el Animo, en cuanto no se le ve el ñn, á no obm la 
Providencia Ugnno de aquellos raros prodigios que eslremecaí 
foc m ntagnitad y trastornan la faz de las cosas por so ia- 

i. , L.OO'^IC 



ifluenda, dejuido á loa eigloB hond» memoria para 
] j GOireccioQ de lt,i edades. 

Esta calamidad son las trabülsB. 

Que UDO JDTentaae el toro de bronce para asar paulatina- . 
mente á aua enemigos, que el otro para despachar pronto 
millarea de ellos, sin gastar púlyoia, diese i, luz la ingeniosa 
guillotina; que el de mas allá, para acabar con uno solo pero 
muy grande y poderoso, se armaee de un fusil de veinte car- 
tuchos, esto ae comprende fácilmente, porque está en la índole 
de las venganzaij. Pero que un easlre un mal hora nacido, 
tuviese la espantosa ocurrencia de adicionar el pantalón con 
las trabillas, martirizando á toda la raza europea ; llevando 
su mortificación hasta los canfines polares, descargando sos 
iras en millones de inocentes que ni siquiera le conociau maa 
que para servirle, es el colmo de la barbarie, es el refina- 
miento de la crueldad. 

Hágame usted el favor de irse á su casa á mudarse d 
«aliado en un dia parecido á cualquiera de los deleitosos con 
que acaban de regalamos los meses de febrero y marao del 
corriente año. ¿Quiere usted qnitarse las botas? Poco á 
pdco : empiece usted por desabotonar el chaleco, luego los 
tirantes: fajase usted las bragas y comience usted el tira que 
tira de la embarrada bota unida al pantalón mas que la yedra 
al olmo, y quédese usted en camisón, cual otro Don Quijote 
en Sierra Morena, muerto de (ño y contemplando imposible 
U especie de pelele que el susodicho pantaUm forma con las ' 
mendonadaa botas; y si no tiene usted otro, lo cual «s mi^ 
probable, emprenda usted la maniobra de desprenderlo de 
ellas, á riesgo de hacerlo jiras y poniéndose las manos becbaa 
una gloria, si carece usted de criado como es muy presumible. 
Ea esta complicada operación, Uerada feliament« & término 
en unos veinte minutos de reloj, sí no es usted torpe, que 
aeri un milagro ; y luciendo las escoAlidas pantorrillas, si « 
precia usted de elegante, se ha desesperado usted, se le ba 
pasado la hora de la cita, ha cogido un catarro, y se veri 
precisado á hacer canta, ai la tiene, y á Uamar al médico 
para que le cure, si quiere venir y sabe curar. ¿Y todo este 



tnKonio por Quéf Porque k \m sastre, que Dios conñuida. 
Be le antojó inventar las trabillas. 

SIiTBse usted bajarse de repente á recoger el pulido aba- 
nico que se le cayó 6 la dama de bdb amores: jrrrasl rásgase 
' el pantalón en Ifnea horizontal por la parte prepústera, lan- 
zando & los aires un tafanario raaa negro que la pez ó un 
pedazo de camisa, salpicado 6 sin salpicar, con celajes ó 
nabarrones según disponga su bnena ú nata fortuna. Sirvase- 
usted en seguida tragar á mares la Balira, al oír la risita 
disfrazada de compasión cod que recibe el empavesamiento 
de BUS malhadados pantalones la misma bellesa, ante la cnat 
preferiria usted mil muertes al bochorno que tan en ridicula 
le pone. Despídase usted para ir á mudarse, en el caso pro- 
blemático de poseer una reserva, abandonando tal vez el 
campo á un rira) feliz que es hombre de pantalón á prueba 
de abaiiícoB caldas. La dama puede enfriarse de contado j 
nated pierde un buen lance ó una decente colocadon, solo 
porque un. sastre á quien ningún daSo ha hecbo, turo la bn- 
inorada de construir pantalones con notas j comentarios pan> 
perdición del género humano. 

-Y no hablo de aquella tirantez qne afecta el estado normal 
de las rodillas, si usted tiene que permanecer sentado mocho 
tiempo; que obstruye la circulación de la sangre estendieado 
su tiránico dominio hasta los hombros, por la teaidora sim- 
patía que ^erce en los tíranl«B, atrabillando todo el cuerpo 
«n sentido vertical, sopeña de presentar una fignra grotesca 
y deitartalada, si se decide usted á asar con sn cuerpo Ik 
punible condescendencia de aBojorlo áé bus pesadas cadenas. 
Y tampoco miento el peligro de encontrarse el día ménoi 
pensado con tma joroba incipiente, si por desgrada ha pade- 
cido QBted de raquitis y es usted tan esclavo del buen parecer 
y del pantalón tirante, que á ellos sacrifique, no solo el bien- 
estar de su cuerpo y la dulce tranquilidad de sn alma. Bino 
hasta el porvenir de su columna vertebral j la constitutiva 
colocación de sus omoplatos. Y no recuerdo la pésima figunt 
que hará usted cuando por on descuido de sn sastre, salte la 
costura de la trabilla y ande usted luciendo sendos colgajos 
á cada ono de los lados del pié, á guisa de remos de barca 



61 

ó como dos burraderas que deaentonadamente saben 7 b^ut 
ftl echar el paso, denigrando bu merecida fama de hombre 
eomme il fattt y arraetr^dole acaso al aaiddio; porque el 
que no se mata cuando ae le rompe tma trabilla, carece de 
sentido comim. 

£1 hombre filantrópico que ee aieota con ánimo anídente 
para hacer un aacrífido sublime emaadpando & la aociedad 
entera del maa inautribe de los fugoa, merecerá mejor del 
género humano que todos eaoa que ae llaman grandes hombres 
porque descubrieron mundos, ensancharon el dominio de las 
denciaa, conquistaron imperios, sujetaron nadonea. ¿Y por- 
qué lo hideron ? Porque en sus tiempos no - ae gastaban 
trabillas; que á gastarse, á su eatirpadou hubieran dedicado 
todos aus conatos ; no llorara la humanidad loa horrorea que 
solo deben atribuirse á la franquicia de au pantalón en todas 
Jaa aituacíones de la vida. [Obi ai, jo lo vatidnio: vendri 
ese día feliz en que un genio magnifico deateirará esta cala- 
midad de la superfide de la tierra: T«idr& eae día, pero tal 
vez para nosotroa no: porque somos muy pertinaces en las 
modaa necias j tan nedos de todos modos, que nos llamamos 
libres cuanto ma;or es nuestra esclavitud; no hay esclavitud 
mayor que las trabillas. 

JUIíUH ULtUBAHO, 



DEFENSA DE LAS TRABILLAS. 

A vos, ciudadano Manzano, el de los cuarenta años j pico, 
llevada exactamente la cuenta desde que ae publica vueatio 
artícolo hasta hoy dia de la fecha, & voa que valiéndooa de 
soGsmaa con un dedr agradable habda deacubierto una cala- 
ittidad mas entre tas muchas calamidades que la naturaleza 
j loa hombrea vierten sobre loa hombrea y la naturalesa, 
como ai fuera suegra j yerno; & vea me dirijo lleno el cora- 
con de trabilleaco fu^o para exhortaroa al arrepentimiento 
por el crimen de I eaa- sastrería que habéis cometido, descri- 
biendo c(»no calamidad ptlblica el mayor beneficio que un 



L.OOi^lU 



e tijeras, j por lo t»ato condengudo y justo, ha 
podido hacer á la especie animal que concibe y raciociiia. 

En vano esforzado os habéis para convencernos de lo per- 
jndicial de la trabilla, j si atendéis á mi relato forzosamente 
tendréis que convenir, que todos esos males imaginarios son 
nada en comparación de los inmensos beneficios que reporta 
de BU uso la especie hnmana. Empezaré pnes, para lograrlo 
dándoos noticia de mí persona, asi como vos la dais de la 
Tuestra, y ann en esto veréis militar mas razones en faror de 
mi cliente la frabíHa. 

Para serrir al qne me siria, yo soy un quídam (perdóne- 
seme el plagio) de 25 afioB, 15 menos que el señor Manzano, 
primera y poderosa circunstancia que alego en defensa de mi 
causa. Y por si alguno duda que asi sea, razonemos un rato. 
Por confesión individual, el señor Manzano saliú del vientre 
de BU mamá 15 años antes que yo, es decir, en una época 
de ignorancia y de fanatismo, puesto que no había periúdicos 
y sf frailes, annqne en cambio hubiese dinero, crédito y tran- 
quilidad, que bien puede perderse todo esto por el gusto de 
decirle al prójimo cuatro verdades peladsB, y no ver et re- 
pugnante espectáculo que ofrecía el hábito de loa reverendos, 
unido si cerquillo y morrillo, que asi daba el verlo envidia 
como ictericia. 

Dice ns proverbio, y á fe que lleva razón: un joven sigue 
íH primera senda sin que la deje en la vejes. Y siendo esto 
asi, ¿qué afecciones podrá, tener el ciudadano Manzano bácia 
una cosa que no existia cuando hacia el pompón y la mo- 
cita, ni mas tarde cuando andaba á gatas, ni después cuando 
recibiera los azotea del dómine? Por el contrario; yo echado 
al mundo en época mas ilustrada, puesto que ya había venido 
la mota (boy rieja) y vnéltose á ir; desprendido por lo tanto 
de antiguas y peijudiciales preocupaciones, y libre el enten- 
dimiento para apreciar en su justo valor el constante pro- 
greso del siglo hacia su perfección, y consiguiente bienestar 
de la humanidad. 

Es seguro que 6, haber yo comido el pan de la emigración 
participarla respecto á trabillas j otros particulares, de las 
ideas que el susodicho pan impregnó en el cerebro de los 



63 

emigr&doB, debido gin dada á bd calidad, que por ser de otra 
BDene fabricado qae por la tierra de España se nsa, debió 
producir todas esas ideas vagas como los moosieares, 7 me- 
ttüiEadas j madiachas como mflords. Pero igradaa A Dios! 
no ha sQcedido asi; nacido eo España j criado eo la tierra 
de Haría Sma. liabiendo becbo un viaje por la susodictia 
tierra á las grandes y namerosas poblaciones del Falo, Chnr- 
ñana y Torremolinos , todo sin necesidad de úmnibus aéreos 
qae ee lo maraTillogo, si ee considera ta enorme distancia 
que media de unas á otras*), tiste an sin número de c«sa9 
mas, todas grandes, todas sorprendentes j marafillosas , que 
es de apostar no las ba visto ni el emperador de los fistados- 
(Jnidos, ni el presidente de la república de la Rusia, j co- 
mido el pan siempre amasado por maaos de graciosas luga- 
reñas, mis ideas son todas al par constantes j desinteresadas, 
sabrosas 7 en armania con la marcba de las cosas á sa per- 
fección. ¿Y qaé cosa se haUari mas perfecta qne un pantalón 
con trabillas? 

Hi de Laocoou el grupo prodigioso 
ni del mundo laa sieie niBraiilLai. 
obras úliles $on cual las iraLillas. 

Noé plantando la vid y bebiendo e! zumo de su fnito, sin 
precaver que con el tiempo babia de poblarse la tierra de 
Noés; Guttemberg, ensacando su invento qne habia de pro- 
ducir k cientos las revoluciones; Copémico deBCubriendo on 
nuevo sistema astronómico; Cristúbal Colon, nn nuevo mnndo, 
para no ser agradecido ni pagado; Kircher inventando el nso 
de la linterna m^ca; Franklin el de los para-rayos; Le Roy 
sn preciosísimo, si bien algo pnerco brevaje vomi 7 porgante; 
Mendizabal destrayendo las campanas por amor al tímpano 
auricular y tantos otros célebres varones que pasaron los 
mejores dias de su vida trabf^ando para hacer tu nombre 
eterno, son niños de teta comparadas con el grande hombre, 
con et Krtista consumado y sobre todo amante de la decencia 
y de la elagancia, que á faersa, sin duda, de rascarse la 



*)' Legua y media. 



n, Google 



64 

mollen j sostenerse ambos carrillos con las manos, logró 
adidonar el pantaloo, colocándolo de esta suerte en el rango 
de ley ú orden emanada del gobierno español. 

Que la aparición de las trabillas ha causado una rerolycion 
en las ideas del bella sexo, que no por ser bello d^a de 
tener sos manías, es una verdad innegable; esto prueba sa 
importancia. Que 6 virtud de esta revolución el sexo barbado, 
portador de las mencionadas trabillas, ba ganado mncho en 
el aprecio del femenino, es usa verdad fuera de dada; esto 
prueba su escelenda. Un pantalón con trabillas denota ele- 
gancia. Ja elegancia finura, la finura educadon, la educadon 
el ijrechente trato de la sodedad, este trato ingenio, discre- 
don, travesura, y sabido es cuanto agrada al sexo hermoso 
un hombre dotado de tan bellas cualidades. Por el contrario 
un pantalón sin ese predoso suplemento marca cuando menos 
indiferencia, la indifereuda poca aprensión, esta cualidad la 
ausencia de todo sentimiento noble, y sabido es también que 
no es el bello sexo quien menos aprecio hace de las buenas 
dotes que constituyen á un caballero. 

Pero si en lo moral la bondad de la trabilla es suma, lo 
ea sin disputa alguna mucho mas en su parte material. Si- 
tuaciones hay en la vida del hombre que solo puede hacerlas 
llevaderas la sdídon del pantalón. Gaste usted zapatos con 
pico por detras, boy dia de moda, y no lleve usted tisbillas, 
y es seguro que no pudieudo resistir el pantalón á la influen- 
da del pico, saldrá este por encima de aquel á guisa de ve- 
lamen, y á trueque de no ir ridículo, 6 bien tendrá usted i 
cada momento que llevar el talón del pié á la altura de la 
mano, para lo que tendrá que guardar un perfecto equilibrio, 
ó bien hacer de su cuerpo un arco de riolin; á pique, en el 
primer caso, de romperse la crisma, y en d segundo de que- 
brarse: ¿á quién le gustan los bragueros y suspensorios? 
Pues no digo nada si tiene usted que asistir á alguna rennion 
y por necesidad sentarse; u lleva usted las medias limpias, 
que no es &cil, pase, aunque siempre presenta nna figura 
fea; pero ¿y si las lleva usted sucias? y si por casualidad 
tienen alguna marra? Caso seri este de ifiorirse de veigQenza, 
y el modo de evitarlo es llevar trabillas. 



65 

L(k economía entra en muclio también en el invento aaeta* 
ríl y hé aqni sin duda í lo que Be debe haberse generaUíado. 
Un pantalón con trabillaa d^a solo descubierta & la vista 
unas dos terceras partes de) zapato ó bota, que para el caso 
es lo mismo, 7 una ínfima del tacón; vajan ambas partes 
limpias 7 buenas j no importa qne lo demás esté sudo y 
roto, resaltando de aqol que con solo componer 7 limpiar el 
tacón y parte de la pala, pnede durar el calzada toda una 
eternidad. ~- Qoe los pantalones con la tirantez se rompen. 
Remedio al canto: afloje usted los tirantes ó llévelos de elás- 
tico, que hoj es lo mas &cil de encontrar, puesto que hasta 
las ConstitadoDes lo son, 7 el peligro do existirá. Mas aun 
dado caso que asi sea, lo que se pierde por on lado se gana 
por otro; 7 es la maTor esbdtez que toma el cuerpo, y la 
fuerza 7 pujanza que adquieren los nervios de estar en con- 
tinuo ejerddo; cuando menos el vido qne machos tienen de 
llevar inclinado adelante 7 á proporción desde la cintura 
hasta la cabeza, k causa de esa misma tirantez, ba de dester- 
rarse; con lo que se conseguirá que todos anden derechos 
como un huso, que á la verdad bastante &lta nos hace, puesto 
qoe según han dado en dedr, las desgradas de la tierra de 
las anchoas provienen en su mayor parte de la picara eos- 
tambre que todos tienen de ladearse: drcunstanda poderosa 
para que se declaren las trabillas beneméritas de la patria 
en grado heroico emioente, ó coando menos se las dé una 
condecorado!). 

¿Y á cuántos gradosoB ¡nddentes no puede dar lugar la 
rotura del pantalón desde la de un ojal basta la ^ la misma 
trabilla? ¿Quién será la ingrata que al ver saltar un botón 
dd pantalón de usted permita que los lleve caldos, é bien 
vaya incómodo, y no enhebre una aguja 7 con sus pulidas é 
toscas manos no se lo pegue? ¿Y cuánto no goaará usted 
mientras dure la costura, 7 mas si la costurera es una mo- 
rena chorreando grada por todos los poros de su cuerjo, 6 
en su defecto una rubia qne por todos los poros de su cuerpo 
chorree grada? 

Pero donde se d^a sentir toda la necesidad de las tra- 
billas es si tiene usted qoe montar á caballo, ocasión es esta 

CompiMÍtiono jocoiii. 6 



66 

la mas crítica j aügOBtiosa cd qae puede hallarse, dado cabo 
qne trabillas usted no lleve: no teniendo el pantalón snjecion 
por debido, este se Irá replegando por escalonea j toniando 
por asalto las Todillas, hasta que la nuera posición que sobre 
el aniraal usted adopte le obligue 6 capitular. Y ¿dúnde se 
iri por un objeto mas soberanamente ridiculo? Ridiculez qae 
subirá de punto eí es tuted diputado, 7 hay ana Posdata 
que lo observe. Licuado este easo no tiene nated mas que 
elegir entre levantarse la tapa de loe aesoB 6 aaflsiarse que 
ea muerte mucho mas poética ; está en moda. La trabilla 
ea pues una condición de existencia en ciertos caaoe; una 
condición de feliddad ea otros; una neceaidad en todos; con- 
tradecir esto es una blasfemia en saatrerfa; negarlo una he- 
rejía trabillesca. 

Concluyo sentando estas proposiciones que prueban hasta 
la evidencia lo sublime del invento que me ocupa. 

El aiglo XIX camina á su perfección; j siendo la trabilla 
una invención de este siglo, necesario es convenir en an per- 
fectibilidad. 

El aiglo XIX tiene una tendencia marcada en favor de la 
humanidad. Las .trabillas son una invención de este siglo. 
Luego las trabillas son en estremo útiles y necesarias. 

Ojalá que eataa ideas grandes, sublimes y luminosas, como 
el objeto que las prodnce, sirvan ya que no para estender el 
imperio de las trabillas, porque es infinito, al menos para 
vindicarlas del ultraje, que ana pluma mordaz y viperina les 
ha inferido!! 

Sahtiaoo Casilabi. 



UN TRONERA. 
DIABLURA ROMÁNTICA. 



Tronera es un hombre de trueno, alocado, como si dijé- 
runoB un calavera. De estos que hacen las cosas y luego 
las piensan, que quieren á un amigo mas que é, ea dama y 



L.OOi^lU 



67 

se deufían con él á mnerte por qds mala jugada de solo 6 
de biUar. Que gozan en ver rabiar al prójimo y le dan nna 
paliza sin mas Intención que la de dÍTertine. En fin, nn 
calavera ea un calavera ; no digo mas porque todas laa 
esplicacioneB del mondo dejarían pálida é incompleta la de- 
ñnicion. 

Pues hombre de este tenor era Don Félix Crespo cnando 
tenia veinte navidades, 7 estas veinte navidades no sé si las 
cumplió el año 1840 ó el de 1800. Es verdad que tampoco 
sé cuando nació; pero por un cálenlo pmdente se puede ase- 
gurar que nació veinte afios antes de cnmpliF las veinte navi- 
dades, 7 vengan Neirtones 7 Hangiamdes á demonstrar que 
este no es un evangelio aritmético. Pero lo qne menos im- 
porta es saber la fecha del nacimiento, de las veinte navi- 
dades 7 de ta muerte de Don Félix Crespo, ni quiénes fueron 
sos padres (sobre este particnlar solo sé que an padre era 
un tal Crespo, hijo de otro que también se llamaba Crespo). 
Basta saber que Don Félix vivia en Madrid y también deda 
que estadiaba, cosa que no le vieron hacer Jamas, sin embargo 
de que en los cursos qtte estudió de gratnátíca, siempre salió 
sobresaliente según las certíficadones, en filosofía sobresaliente, 
en matem&tícas sobresaliente, 7 en seis afios de medicina 
t«nia SSSSSS que á fuerza de eses podia ser nn Sabio, un 
Salomón, un Séneca, un Sófocles, un San Simen j hasta un 
Serenisimo Señor Senador, cosa bien estraiia por cierto. Loi 
profesores le perdonaban todas las faltas j le mimaban. Unos 
le achacaban A recomendaciones 7 otros h dinero; pero per- 
sonas mejor informadas me han dicho con mucha reserva, 7 
yo snplico á mis lectores que guarden el secreto, que Don 
Félix Crespo se presentaba á un catedrático 7 decia: si usted 
me reprueba le saco la lengua; si me da mata nota le cruci- 
fico y únicamente puede librarse de mis garras diciendo que 
S07 un gran estudiante, el típo de los estudiantes. £1 hombre 
que no quería verse sin lengua porque no le llamaran deslen- 
guado, ni quería verse en la cruz porque no tenia vocación 
de mártir, por toda contestación tomaba la pluma 7 escríbia: 
«Don Fulano de Tal y otras yerbas, caballero etc. y profe- 
sor etc. ... Certifico: Qué Don Félix Crespo ha seguido el 
5* 
i. , L.OO'^IC 



curso de este año con indecible coostancia y aplicAcioD con- 
testando en loB exámenes como un papagalio á las preguntas 
que se te han hecho, por todo lo cnal ha merecido la nota de 
sobresaliente, sintiendo yo que 00 haya otra mas sobresalienteque 
la de sobresaliente', pues en este caso bien la merecía el sobre- 
saliente escolar Don Félix Crespo. Y para que conste doy esta 
qne firmo en Madrid etc. — Fulano de Tal y otras yerbas.» 

Don Félix Crespo era inclinado á todo lo raro y estrava- 
gante. Habla función en el Liceo ¿y se encontraba el^antel 
Pues se iba & casa ^tes á poner el frac mas roto y remen- 
dado y la corbata mas pobre y el pantalón mas amanzanado, 
es decir menos trabiilesco. ¿Se trataba de ir á comer callos 
á una taberna? Allá se colaba Don Félix con rico guuite 
blanco, frac negro de toda moda y pantalón Casilareño, es 
decir abotinado y oprimido como cintura de doncella. En el 
café nunca hacia cosa í derechas. Si pedia dulce se lo ha^ 
bian de servir en vaso; si pedia sorbete se lo habían de dar 
en taza, j si tomaba licores 6 café era preciso que se lo die- 
ran ea la misma bandeja. 

Sucedió un dia qne paseando Don Félis por el Prado 
pasaba un respetable anciano con dos chicas como dos luce- 
ros. Kn las facciones se echaba de ver qne las muchachas 
eran bjjas de su padre y que era su padre él que las acom- 
ptdiaba. Asi como 4 otro se le hubiera antojado enamorarse 
de «na, á Don Félix se le antojaron las das y sin andarse 
en chiquitas se encaminó hacia el papá y las bijas diciendo: 
I Oh qneridos amigos 1 ¡cuánto deseaba ver á ustedes! ¿Dónde 
viven ustedes ahora? ^ oDoode siempre! calle de .... nú- 
mero .... cuarto .. ..« contestó el padre tartamudeando y dijo 
el cuarto, el número y la calle .... pero añadió <i¿quién es 
usted? No tengo el gusto de conocerle.» — No es estraño, 
respondió Don Félix, yo tampoco he tenido la fortuna de 
conocer á ustedes hasta este momento venturoso, pero pro- 
curaré qne nos veamos mas á menudo. Y se despidió de- 
jando á una chica estupefacta, á otra en Belén ; al padre 
en Babia. Le entró tal temblor al bueno de Don Agapito 
(aaf se llamaba el padre), que le sonaban los bidones como 
li faeran cascabeles. Vamos, vamos á casa, dijo, qne 



quiero dar drden de que llame quien llame no !e abran la 
puerta. 

Llegaron á casa y tiraron iél cordón, nadie respondía; 
«in duda la señora mamá estaba también de bareo 6 se había 
dormido. Tilin, tjlin, tiOn. — Nada. — 'niin, tiríliriii, Un 
lio tirílirin. — íQnién? — Abre, dijo Don Agapito mny in- 
comodado; pero I cómo se quedó el buen hombre cuando *ió 
que el que le abría la puerta era Don Félix Crespo, el cala» 
vera del paseol A todo esto la señora aalia de allá adentro 
llorando como nna Magdalena. Una de las bijas se desmayó 
y se d(!J6 caer en brazos de la madre, la madre se desmayó 
y cay6 en los del marido, á este le diú una congoja y cayó 
en los de Don Félix, y Don Félix los tumbó á todos en si 
santo suelo diciendo á la muchacha que estaba punto menos 
que para desmayarse; vamos que esto no merece la pena. 

Y cuando los otros volvieron en si no encontraron i la 
señorita ni á Don Félix Crespo. 

Foco tiempo después se dijo que Don Félix se habia espa> 
triado con la hija de Don Agapito, pero nadie supo k punto 
fijo su paradero. Otros le daban en Madrid y suponían qne 
Itabiéndose dejado crecer toda la barba y tapando sus espre- 
bívos ojos con unas antiparas verdes de cuando el rey rabió, 
era imposible conocerle. Todos los dias ademas habia notí- 
ciaa de calaveradas, poco comunes en la corte y todas ellas 
llevaban el sello díabóUco del carácter de Don Félix. Por 
ejemplo se contó que habiendo visto á un tio cazador prego- 
nando un conejo se conjuraron unos cnantos jóvenes para 
hacerle creer qne era gallo. ¿Cuánto quiere nsted por ese 
gallo? dijo el primero que salió. — No es gallo que es conejo, 
respondió el buen hombre y sigoió su camino sin hacer caso 
de aquel tarambana mosahete. Pero no anduvo mochos pa- 
sos cuando salió otro qne le preguntó también: ¿Cuánto vale 
ese gallo? — No es gallo que es conejo, volvió á decir el 
hombre; no sin alzar la mano y bajar la vista por ver si no 
estaba en un error, SaKó el tercero y le dijo: ¿Cuánto vale 
ese gallo? Volvió á mirar el conejo después de restregarse 
los ojos el pobre cazador j decía para sí: ¿Si tendré yo la 
vista mala? Las orejas son de conejo, las patas son de co- 



70 

nejo, no tiene alu ui pico, va^a no es gallo, no, y proaigaió 
gritando: ¿Quiéu me compra eBte coaejof Saliú entonces de 
un portal ua hombre con muchas barbas, agazapado detrás 
de unos anteojos verdes j por la gravedad del paso y del 
trtye le tuvo el de! conejo por un caballero formal. [Hombre, 
qué gallo Un bermosol dijo este apareciendo súbitamente. 
¿Cuánto vale? £1 del conejo volrió á mirar au prenda y des- 
pués de un buen rato de examen y meditación le alargó 
diciendo: dos pesetas. 

Vi«i^ en Madrid un boticario muj' pobre llamado Don 
MatifiB que tenia roto un cristal del despacho, y no pudieudo 
componerlo de otro modo, habia puesto un papel en elhneco 
que era de tercia en cuadro. A la noche siguiente de empa- 
pelar la vidriera dicen que pasó un joven, metió la cabeza 
por el papel y dijo muy sereno: Adiós seAor Don Matias. 
Paso el pacieutisimo boticario otro papel que fué roto & la 
noche siguiente por la misma cabeza al sahido cargante de: 
Adiós señor Don Matías. Amostazado el boticario jnró ven- 
¿arse ; esperó al otro dia con un garrote de encina. £1 
joven calavera conoció que á la tercera podia costarle caro 
y dijo , si be de pagar yo que pague el demonio. Tenia en 
su casa una estatua no se sabe si era de algún sabio , de 
algún santo ó de algún diablo, cogióla debtyo del capote y 
tomó el trote hacia la botica. Buenas noches, seitor Don Ma- 
tías, dijo metiendo por el papel la cabeza de la estatua. £1 
boticario que esperaba muy armado de garrote levantó las 
dos manos y dejó caer la porra diciendo: ¡Págalas todas, jun- 
tas arrastrado! Y dio tal golpazo en la dura cabeza de la 
estatua qne al estremecimiento de las maderas cayeron todos 
los demás cristales hechos harina. Cuando el boticario bus- 
caba á la puerta el cadáver del insolente mozo que le insul- 
taba, ya estaba este contando á sus amigos el estropicio que 
había causado al desventurado Don Matías. 

Todas estas calaveradas que se divulgaban por Madrid 
hacían creer que Don Félix Crespo no andaba muy lejos. 
Sin embargo de eso al cabo de un a&o se decidió Don Aga- 
pito á ir á los toros y á la comedia con su única hija y su 
mujer. 



L.OOi^lU 



71 

Era dia de gran entrada: do té si picaban Corchado 6 
SeiiUa y bí mataban Montes 6 Romero, como que no me han 
contado tampoco la fecha de la c<»rída. Lo qne sf me han 
dicho «8, que los toros eran maj malos porque amaban al 
prújimo como ¿ si mismos. Los toros son como ios médicos 
j los militares que solo á fuena de uesioatos adquieren 
celebridad. £i último de este dia fui de prueba. Cuatro* 
cientos caballos quedaron tendidos sin contar los heridos y 
contusos. Mat¿ cinco picadores, veinte banderilleros, tres 
espadas j un alguacil. El cuarto espada tiritaba como uQ' 
tembleque. Todo se le Tolvia: suerte de aqui, treta de allá, 
volteretas, ; mas volteretas, y á todo esto Uoviau insultos 
sobre su alma que era una maldición. ¡Anda ladrón! ¡Anda 
cobarde I ¡Anda feo asesino, borracho! de tal modo apurando 
sa paciencia que no pudo menos de decir: si hay algún va- 
liente que se atreva con la fiera que baje. 

No babia acabado de decirlo cuando un mozo atolondrado 
saltó la barrera, le quitó la espada y coa gran asombro del 
público se dirigió lleno de impávida serenidad al animal car- 
nívoro. En su vida las habla visto mas gordas; pero le su- 
cedía lo que i machos valientes que sin conocimiento maldito 
de la esgrima suelen plantar una cuchillada al hombre mas 
inteligente y esperímeutado. iKntral dijo al toro tírándoU 
el sombrero, ¡eutra y acaba coa esta humanidadl y asi que 
T¡6 al toro cerca de sí esdamó; ¡Ah pobre zascandil que te 
gané por la mano! 

El toro cayó cuan largo era, sin mover una pata siquiera. 
Üaa salva de |vivasl y una tempestad de palmadas del pú- 
blico impedían al presidente hacer oír su voz que decia: 
¡Mozo, va usted á dormir á la cárcel por salir á la pUsa sin 
permiso de la autoridad! El héroe de la fiesta era Don Félix 
Crespo para que por eso se acobardara: ¿La autoridad? 
contestó y salió de la plaia entre los bravo* y viva» de la 
multitud. 

¡Era ese hombre funesto! oyó decir á un viejo en la reti- 
rada ; vamos, vamos lejos de aqui dcmde no nos vea. Entre- 
mos en un café, respondió la mujer, j después veremos si tor 
davia hay billetes en el Principe. La hora era avanzada j 



72 

cuando llegaron al teatro la funcioD se iba fc «mpezar, solo 
quedaban dos asientos de camela números fi ; 7 y nn sülon 
de la izquierda que tomaron sin reparo y se colocaron in- 
mediatamente. En el número 6 entre liija y madre habí» 
nna sefiora grave, toda vestida de negro ; con el velo echado 
á qaien instaron para ei qaeria cambiar de asiento; pero era 
tan impolítica qae relmsó dando por toda respuesta en seco : 
Estoy aquí bien. La cazuela estaba mas agitada que de ordi- 
nario, pareda qae basta por el olfato conocían la aparición 
de alguo animal anfibio. La comedia estaba llena de lancee 
que hacían estremecer á la madre y á la hija; pero cuando 
llegaron & la escena en que un joven atrevido asediaba k 
una casada virtuosa sin fuersas para reüstirt |Qué inmoral 
es estol dijo la madre. Pero usted conoce muy bien qñe 
pudiera ser histérico, respondió la del velo: y la madre se 
dejó caer sobre su hombro desmayada. La hija no advertía 
nada de esto embebida en otro incidente dram&tico de mucho 
ínteres. £1 seductor de la madre robaba una de las hijas y 
la arrancaba del seno paternal acaso para siempre y ¿dónde 
la llevará? esclamó st^ozando la joven de la camela. Parees 
hermana áé usted s^un la interesa, contestó la del velo y la 
muchacha cayó también desmayada sobre el hombro derecho 
de la tapada. La cazuela era un laberinto, el teatro un 
guirigay, el escenario un galimatias. Don Agapito que pre- 
senciaba la catástrofe desde el sillón corria como un gamo 
i la cazuela. Cuando entró en ella todas las mujeres huían 
de la del velo como si fiíera on basilisco. Don Agapito entró 
en sospechas y sin mas ni mas arrancó la blonda á la miste- 
riosa tapada, d^ando ver los ojos sarcásticoB de Crespo y 
dos patillas como dos cepillos que hadan con el traje de 
mujer un espantoso contraste. 

Usa docena de hombres se lanzaron sobre él y atmqne 
ninguno supo si le había p^ado ó no, se le encontraron 
accidentado y casi moribundo al levantarse. ¡Yo mnerot 
decía ¡que me lleven al Hospital I Ninguno qaeria cwrgar con 
él; pero Don Agapito que hubiera deseado verle si era po- 
sible en la sala de los tinosos, le tomó á cuestas y pian 
piano le condujo á donde solicitaba. Cuando entró en el 



l^.OOi^lU 



73 

Hospital ae d^ó caer el fingido moribundo y dando ima car- 
cajada satánica le dijo al ñttigado Don Agapita: ¿no ea ver- 
dad que tengo mal peso púa difunto? El viejo qoe conoció 
la pillada se quiso retirar «Tergoiuado; pero Crespo se lo 
estorbó diciendo: Poco á poco; ahora me toca k mf. Y agar- 
rando k Don Agapito por la cintnra le condujo á la sala de 
los locos. Don Agapito porfiaba qne estaba en su sano jnicio; 
pero como Crespo era conocido del colegio por b^er estu- 
diado medicina, fiíé creído de loa practicantes que encerraron 
al bnen viejo, d^ándole por mucho favor en libertad las 
piernas y los bran>B. 

La Inoa entraba por la ventana qne daba & la part« de 
Atocha y & sn tibio resplandor ee divisaban caneando horror 
y miedo los visajes de los maniáticos. Uno qne se levantaba 
en camisón k representar un pasaje del Edipo, otro que 
defendía nn pleito, otro que cantaba el entierro de sus padrea 
concluyendo con un solo de segnidillas 6 jota aragonesa, 
coalndo vino í interrompirles una loca escapada do la sala 
de mujeres qne de un brinco se plantó en las hombros de 
Don Agapito, de otro se abalanzó ¿ nn garfio pendiente del 
techo y metiendo el pincho por deb^o de la barba socó loa 
sesos pegados en la punta. Todos los locos se arremolinaron 
k contemplar tan aterrador espectáculo y hasta el supuesto 
loco Don Agapito con los ojos encendidos y los labios v«v 
tiendo espumartuo cayó en el snelo sin sentido esdamando! 
¡Hija mía! ¡hacia un año qne mis brazos paternales no la 
acariciaban! II Loe rayos de la tuna cada vez penetraban con 
mas esplendor en oqnel asilo de desesperación. Lágrimas 
frias resbiüaban por las maulas de Don Agapito y la con- 
Auion de su cerebro casi no le dejaba oir el ruido de una 
calesa qoe pasaba y ana voz qne gritaba ¡Don Agapito 1 jDon 
Agapito I Asomóse como pudo á la ventana y en el metal de 
la vos que pronunciaba su nombre conoció al infernal 
Crespo. 

— ¿Y mi mojer? dijo et desventurado viqo. 

— No quería dejarme andar y la rueda de este calesia 
ha pasado sobre su pescuezo, contestó el caminante. 

— jYJia muerto? 

i. , Google 



74 

— Toma, no que no. 

— ¿Y mi qaerida hija? 

— Aqui la UeTO. 

— ¿Cómo que llevftrlik? Es mi bija. 

— Sf Beoor; pero yo me la llevo. 

— Ella DO le quiere á usted. 

— No lo sé, pero yo me la llevo. 

— Es usted im tuDante, ou galopín, un ríllano. 

— 8í señor; pero yo me la llevo. 

— Yo te maldigo ¡infamet 

Aquí di6 una carcajada Crespo que hieo eñsar los cabellos 
del vi^o, 7 partió con la calesa sio dar otra contestación que 
jarre coronelal — 

n. 

Pasaron días, pasaron meses, pasaron años sin tenerse 
noticia del paradero de Crespo y bu querida. Don Agapílo 
que merced i la bueoa asistencia y conocimientos de los 
&cultativoB habla curado de su locura, se entretenía por el 
dia en ir á caza 6 é. pescar al casal, y & eso del anochecer 
se metía en la parroquia k rogar por el alma de su miger 
7 sus hijas, victimas tas tres del insaciable tronera protago- 
nista de esta f&bula. Mientras el viejo descansa un poco j 
contemplamos su aspecto sombr{o, su gesto displicente, retra- 
tando al corazón que lucha con la cólera y el resentimiento; 
miénteas con paso trémulo concurre por la milésima vez fc 
hincar la rodilla en el altar de su devoción, observemos no 
mu; distante del templo una taberna graduada de botellería 
y con ribetes de fonda. Hay en Madrid muchas trampas de 
esta especie, merced ¿ las preocupaciones aristocriticas de la 
sociedad. La sociedad no lleva & mal el que se beba vino, 
sino el que se pongan los pies en el umbral de una puerta, 
en cuya maestra diga: Taberna ó Despacho de vino. A<f 
es que los taberneros que no han creído conveniente á sna 
intereses el desprenderse de la gente de levita, porque saben 
que entre la gente de levita hay tantos borrachos como entre 
la de chaqueta, han ideado un medio de hacer converger á 
los bebedores de todas dases y calibres, bnscandofara esta- 



■,Goo«^Il' 



75 

blecer bu Industria tiendaB de dos puerta*-, en U aoft ae Te 
ei mostrador con dos jarras, una de Tino tinto ; otra de Tino 
blanco, y los correspondientes Tasca k las medidas de cuar- 
tillo y medio cuartillo que en el mostrador descansan boca 
ab^jo. Gener^mente bay reloj da pared con la esfera ester- 
colada por las moscas, j lo que no falta en abundancia son 
anos bancos de pino guarnecidos de grasa, comparables solo 
i las mesas de la misma habitación. Encima de la puerta 
donde todo esto se encuentra, dice: Taberna de vino, como 
si foera Ifdto decir; Taberna de chocolatel La puerta inme- 
diata es un misto entre puerta y balcón. Parece balcón 
porqae tiene persianas Terdea, y parece puerta porque esti 
«n el piso bajo al nivel de las aceras. Encima de esta puerta- 
ventana se lee: Certeza, j dentro hay tal vez todo cuanto se 
quiera menos cerveza. Es el ambigú de la taberna donde 
los melindroBoa aristócratas dcToran chuletas de camero, 
choriíos cocidos, sardinas con casaca y los sabrosos y gra- 
sieotos callos que hacen i cualqniera chuparse los dedos, 
aunque do sea mas qne porque no se peguen. 

Tal es el sitio qne ocupa Don Félix Crespo con otros 
Tarios amigos, en celebridad del áhimo triunfo conseguido 
por aquel malvado. — i>i01s?>> — dijo á los demás llevando 
Á la boca el vaso. No podo aporaiío sin estremecerse, á la 
mitad dd trago tovo qne descansar, se pasó la mano por la 
frente, tendió la vista á un entierro que crnzaba la calle y 
como animado de mayores fuerzas. para el crimen apuró lo 
restante del vino esclamando: á la eahid de la difunta. 
I Bravo! ¡bravo! gritaron los que le acompasaban, qne eran 
dignos discfpnlos de Crespo en la carrera de la prostitución, 
y orgulloso el maestro con el aplauso de aquella ebria socie- 
dad, contóles la satisfacción de su alma por la muerte de su 
última mnjer , í pesar de lo repugnante que habia sido para 
él tan terrible asesinato. »Eb la única mujer, dijo enterne- 
ciéndose, que he querido con frenesL Por mucho tiempo ha 
ejercido sobre mi. un poder ilimitado. Tan imposible me 
pareció ákUtes de conocerla hallar una persona capaz de en- 
frenar mi libertinaje, como después de amarla romper las 
cadenas con qne habia amarrado mis piernas, mia brazos y 



76 

mis pasioQfB. He tenido diaa de cobarde let&rgo, en qne & 
la manera de aqneUa serpiente qne al sonido de nn inatra- 
mentó músico se deja matar, hubiera permitido al dalc« ai- 
hago de sn toe deepeduar este corazón, que en el Bepnlopo 
han de respetar Iob gneanos. Pero se empeñó en qne no 
habla de qaerer i. nadie mas que k ella, j jo recobrando 
mis enervados brioB la sentencié á no darme mas celos- Y« 
ven ustedes que lo be cnmpUdo. Es )a séptima de las qne 
la iglesia permite.» 

La séptima? dijeron los otros, piíes es usted capaz de 
segar mas cabezas de mujeres qae nn gallego espigas. 

En este lostoote pasaban de vuelta los sepultureros j 
demás qne acompaiiaron al cad&ver. 

¿La habrán enterrado ;a? No pueden haber concluido 
tan pronto, dijo uno. 

— Vamos á verlo, respondió Crespo, y cinco minutos dea- 
paea ya estaban escandalizando en la iglesia y fastidiando ¿ 
los devotos que se marchaban ¿ paso redoblado. Solo un 
viejo tuvo valor para permanecer allí, y por no ser inter- 
rumpido en las oraciones qne al Todo-Poderoso dirigía, se 
zambulló en on confesoBarío. Los alborotadores !o observa- 
ron y con macho silencio y disimulo le cerraron las porte- 
zuelas y ventanas, que clavaron para mayor seguridad. L» 
gente despejó la iglesia, los calaveras tomaron el pendíngoe 
y el sacristán dio una vuelta á la llave y se fué dejando den- 
tro una muerta guardada en una caja y un vivo sepultado en 
un confesoDaiio. 

£1 vivo era el buen Son Agapito y la muerta era su hija 
Ednvigis que ya es bora de que digamos su nombre. 

Como las doce de la noche serian cuando un quejido 
lúgubre y penetrante, salido de hacia donde el cadáver estaba, 
vino á sacar al viejo de su éxtasis. Su acalorada imagina- 
ción le dibujé mil visiones Ñintásticas en todos los ánguloe 
del templo. Aplicó sn pupila á la rejilla del confesonario y 
solo rió una lámpara moribnnda al rededor de la cual revo- 
loteaban las lechuzas sedientas del aceite qne gota á gota 
habia sorbido la torcida. El aletaso de una de ellas dejé á 



L.nOO<^IU 



77 

oscuras aquella muuion de horror, ; segunda vez repitieron 
laa bÓTedas el triste eco de ud gemido feraeml. 

El TÍejo, ¿ates cobarde j atolondrado, sacó fuersaB de 
flaqueza esta lez, rompió de un puAetaso la rejilla de sn 
prisión, y tentando aqní j tropezando alU, llegó i, la mitad 
de la iglesia. Ya no habia luz en el templo ni luna en el 
horizonte, el tibio fulgor de las estrellas penetraba Utnguida- 
mente por laa altas ventanas, esparciendo un crepúsctdo vago 
é indefioible qne apenas se diferenciaba de las tinieblas. Con 
tan escasa luz es imposible percibir ud objeto apacible y 
sosegado; pero regularmente se nota el moTimientA de los 
cuerpos. Don Agapito observó que el del ataúd levantaba la 
cabeza, y hubiera echado & correr si no temiera romperse las 
naricea contra una tapia ó un ñtcistol. Lu^o repuesto de su 
sobresalto se abalanzó al difunto queriendo sujetarle por las 
piernasj pero no bien tocó en las plantas de loa pies, cuando 
la joven amortajada dio un grito de rabia, y con un delirio 
inesplicable se precipitó en los brazos del viejo gritando: 
¡Perdonl ¡perdonl ¡déjame vivirll 

Don Agapito se quedó atónito, la que él creía muerta 
estaba viva y sn voi le babia herido en el alma: aquella 
voz le tenia confuso, necesitaba oír aquella voz y sin 
embaído desesperaba de volverla k oír, porque la joven 
estaba 'otra vez cadavórica, y no podía conocer á quien 
tanto le interesaba porque la oscEiridad no permitía divisar 



Poco después el padre y la hija se habían reconocido, y 
esta contaba con lengua balbuciente y apagada la despedaza- 
dora historia que el viejo interrumpía con ligrimas y besos. 
»Ha tenido esposa, decía ella, que no le ha vivido mas que 
veinte y cuatro horas. Escepto yo, todas han sido millona- 
rias, y 6. estas fechas me atrevo á joror que no tiene un 
coarto, porque entre el vino, el Juego y sus desenfrenados 
placeres ea capaz de disipar mas de lo que puede adquirir.^ 
Pensaba el viejo, como la mayor parte de la gente, que para 
matarlas las daria un veneno ó nn pinchazo en sitío que no 
se pudiera descubrir; pero Eduvigis reveló el secreto que nadie 
conocía contuido la muerte que Crespo quiso darla. 



78 

Dijo qse despaes de atarla los brazos j las piernas al 
catre, pretestando que era antojo, estUTO gnu rato haciéndola 
cosquillas en las plantas de los pies que empeíalian por ren- 
dirla ; acababan por matarla. Sin dada asegorado de la in- 
&libilidad del medio, habia Don Félix imaginado inevitable el 
fin, y esta seguridad le hizo no apretar tanto como t«nia de 
CDStnmbre. Por negocio de cuatro cosquillas menos resucitó 
la presunta muerta, y fué por la cofte divulgado el secreto 
de matar mujeres. 

Avergonzado Crespo de af mismo do podia presentarse de- 
lante de la gente porque sus remordimientoB le tenian en 
constante zosobra. Todo lo interpretaba mal. Eu un semblante 
serio leia el rencor, el que pasaba distraído y no le sala- 
daba, era que le hada un desprecio, el que le salndaba 
afable le tenia miedo y el que se sonreía le hacia burla. 
Fatigado con esta inquietud solo aobelaba la muerte, pero no 
una muerte vulgar ; cobarde. El suicidio estaba muf gastado 
j desacreditado-, valia mas morir en un patíbulo. En el 
patíbulo perecían algunos hombres de bien, valía mas el sai- 
cidio. Uno ú otro había de ser, j resuelto á ello empezó sus 
diligNicias presentándose á la justicia. Los magistrados tem- 
blaban & la presencia de aquel monstruo, y en vez de pren- 
derle le daban prudentísimos j loables consejos: ¿querrán 
ustedes creer que no hubo un solo juez que se atreviera con 
el convicto y confeso criminal? Si hubiera sido inocente y sin 
infiíijo de hldaa ó pesetas, ;a le ajnstarian tas cuentas. 

Desesperó Don Félix de morir en garrote, cojo espectáculo 
tanto le enamoraba por el carácter novelesco que él qaería 
imprimirle. En primer lugar pensaba matar al cnra qne se 
quedara con él en la capilla; en segando lugar trataba de 
hacer la tentativa de escaparse en el camino ; presentarse 
luego, solo porque hubiera alguna corrida. Sentado en el 
tablado se le habría antojado regularmente almorzar bien para 
marchar con fuerzas al otro mundo, hnbiera echado un trago 
de lo de Valdepeñas por dar un soplo si tenia espuma ; de- 
cir como el otro : «ñiera espuma que daña el hígado.» Y 
como esto no le fué posible, porque tuvo la desgracia de que 
ningnna autoridad atendiera á sos Bolidtndes para entregar 



79 

BU caeilo &1 verdugo, resoMÓ gnicidarse; pero de modo qne 
fbera imposible la laWacioii. 

¿Recordar&D naestroB iMtores aqnel Don Matías el boti- 
cario de los encerradoB de papel? Foes otra fez va & habér- 
selas coD Crespo el desventurado farmacéutico. Una maiana 
que el buen hombre Be a&iiaba en aae ungüentos j sos 
emplastos se presentó un hombre á quien no conocía con nsa 
receta, folsa tal Tez, pero que por la identidad de la firma 
conocida le autorizaba para despachar un veneno. Dún Ma> 
tiaa observó al joven los ojtw espantados, el cabello descom- 
puesto j mas convulso que agitado el pecho. No sabemos 
todavfa si le inspiró horror 6 compasión, despachóle después 
de pensarlo bien j alargando el tósigo fatal murmuró entre 
dientes: «siempre es bueno obrar piadosamente.» ¡Adiós 
sefior Don Matiaal dijo el tronera despidiéndose, y Don Ma- 
tías arrepentido de su bondad al conocer la voz empezó á 
patear ; tirarse de los pelos. 

PiAo á paso camino del canal se ve una pareja intere- 
sante qne descansa de vez en cuando y aun asi cree que 
Madrid j el canal han estrechado las distancias ¡ tal será la 
conversación, el cariño, los sQeios de ventura ó los recuerdos 
de dolor que escitea aqaella ansia de viaje. 

A pesar de todo ;o le idolatro, dijo á su padre la mucha- 
cha y los ojos de ambos se clavaron entre s( con espresíon 
distinta. Hubiera Don Ag&pito acabado por prenderla si por 
demasiado próximos al puente que hay cerca de los molinos 
no se ¿jaran los caminantes en una escena trágica que borró 
todas sus impresiones pasadae. 

Sobre la barandilla del puente estaba un hombre haciendo- 
preparativos para el infierno. Primero le vieron beber nn 
liqnido de mal color que le hizo arrugar el gesto: luego se 
ató una soga al cuello con nudo corredizo ; al otro estremo 
habia una piedra de dos arrobas cuyo peso te iba á poner 
la garganta como un fideo. Tenia en la mano una pistola 
cargada y estaba inclinado al río para zambullirse en el 
agua en el momento de levantarse la tapa de los sesos. La 
muerte no podia estar mas bien desafiada. Si escapaba del 
veneno iba á morir del tiro, si este faltaba debia perecer 



80 

ahorcado, j últimamente de morir ahogado no podía librarse 
porque la profundidad era inmeoBa y Crespo nadaba como un 
manojo de martilloa. 

Cuando el padre j la bija oyeron el tiro y' vieron caer al 
hombre rezaron por él un padre nueetro y se acercaron sin 
esperanza á socorrerle. Nada se divisaba en el agua entur- 
biada con el golpe del cuerpo, y solo en la superficie aerpea- 
ban las pompas y espumarajo que produce la respiración del 
que se ahoga. 

¡Válgame Dios qué truchatan grandel dijo Don Agapito 
Tiendo una sombra en el agua: echó el áosuelo y tira que 
tira trajo el caerpo exánime del desesperado mozo que dio 
en Tomitor agua y saltó en tierra tan listo como ¿otes. ¡Es 
éll dijo la muchacha. ¡El es! repuso el padre. [Son elIos> 
contestó Don Félix, y arrodillándose les pidió perdón de sus 
pasadas locuras prometiendo enmendar sus errores. A sus 
juramentos j sus lágrimas ni el padre ni la hija pudieron 
resistir y los tres marcharon reunidos á casa donde vivieron 
muchos a&os en paz y en gracia de Dios. Por la noche se 
iban de tertulia á casa de Don Matías el boticario, agradeci- 
dos porque conociendo las intenciones de Crespo en vez de 
nn veneno le dio otra bebida insignificante, y eacepto lo del 
vraeno y lo del aneuelo no pudieron saber mas acerca de la 
salvadon milagrosa del que tantos resortes tocó para abaa- 
douar la vida. 

No se lo digan ustedes á nadie; pero yo que estaba de- 
tras de Crespo vi que al caer la llave de la pistola torció un 
poco el cañón y en vez de conducir la bala á los sesos, se 
deslizó por la superficie del pescaezo j rompió la soga que 
por estar atada á la piedra le hubiera hundido ó le hubiera 
ahorcado. — 

Juan Mabtimbz TiLLBRaAs. 



n, Google 



IMPERFECCIONES DE LA NATURALEZA. 

AI leer el epígrafe de eita artículo confieso qne habrá 
quien sospeche haberlo eBcrito su autor al salir del anbigú; 
pero pn Dios y en mi ánima que no ei así, y que esto; mu; 
lájos de haber empinado «1 codo antes de ponerme á escribir. 
En primer Ingsf, mis lectores saben j& qne no soy aficionado 
á comer, y siendo esto así, mal podré haber perdido el juicio 
por una cosa tan bellaca como es tragar un poqnillo, espo- 
niéodome á la neceñdad de beber despnes, j consecutivamente 
á DO saber lo que me hablo. En segundo lugar, eso del am- 
bigú es para gente que tiene dinero, y si yo lo tunera, no 
emborronaría papel á fin de esoíbir este artíetilo. Y en lagar 
tercero (que no siempre se ha de decir tai tercer lugar), basta 
que yo les diga á ustedes que escribo en ayunas mi articulo, 
púa que me crean de baeui fe y para qse no atribayao al 
licor de la parra lo que á ugtedfs les pueda parecer á prí- 
mera rista menos coaforate con mi formalidad y mesuro or- 

Digo y repito, pues, que la oalaraleEa es imperfecta, y« 
que lo que dijo Don Alonso el Sabio del sistema solar de sus 
tiempos, á Eaber, que si él hubiera criado los cielos los hu- 
biera dispuesto mejor de lo que estaban, según Ptolomeo de- 
cía, eso mismo mutatis nuitanclia digo yo de todas y cada 
una de las partes de la Daturakaa, y lo digo con formalidad. 
Pero para probar esta proposición neceaitaria yo millones de 
tomos, y ni cieo que el lector tendría paciencia para leerlosi 
ni auQ cnando tuviera yo la habilidad de esciibjrloB, debería 
ir diacnrriendo por todas y cada una de las partes que cons- 
tituyen este gran todo, para salir airoso de mí prueba. 
Bastará limitarme, pues, i un pequeilo y estrecho círculoi 
pero que por estrecho que sea, no por eso dejará de ser el 
mundo en resumen. £1 lector conocerá desde laego qne el 
asunto que he tenido á bien elegir para el articulo presente 
es el Ao»ifrr« ni mas ni menos, y como quiera qne todos los 
filósofos hayan dicho de él que es un mundo en pejueñú, no 
Camimiiciciufd jutosaa. 6 



podrán uGtedeB menos de conveoir ea que laa imperfecciones 
á él reUtÍTae aon trascendentales al grande, con U sola di- 
ferenda de que si en el mundito de que hablamos aparecen 
los defectos en miaiatura, las del mvndato de que no querc' 
mOB hablar tienen que ser tan gordas como el puño y aun 
mas qae el pnAo tal ves. Pero no crean nstedes ahora que 
para probar ;o mj aserto voy á recurrir & tantos lugares 
comunes como se están esplotando continuamente por la turba 
moralista j flloeófica. Lejos de ser asi, las imperfecciones 
de que TOy i hablar ninguno las ha notado hasta ahora, k 
lo menos que yo sepa, y por otra parte seria muy mal mi- 
rado, ponerme yo á discurrir seriamente á la manera qne lo 
hacen los susodichos filósofos, pudiendo yo sustituir mis bai^ 
baridades á tas suyas con tanta ó mas razón que ellos, j con 
mas originalidad sobre todo, gracias, ya que no al genio 
(porque eso seria faltar & la modestia) al sublime talento 
que Dios me ha dado. Prescindiré, pnes, de considerar al 
hombre bajo su aspecto moral, limitándome esclusivamente á 
la parte física, y sin citar para ^emplo de sus imperfecciones 
á ningún tullido, ni bizco, ni jorobado, ni cojo, sino al hom- 
bre que mas perfectamente . formado se repute entre todos, un 
.hombre como el Apolo de Belvedere, verbi gracia, un hombre 
si se quiere, como el mismo Aáen en persona, antes de mor- 
der la mansana. No me dir&n ostedes que un tipo como ese 
les pueda parecer sospechoso, ó sea objeto de recusación. 
MiUon se deshace en elogios en presencia de tan bello ideal, 
Milton es sin embargo ua niño de teta, y él si que babia 
bebido cuando tales cosas decia. A haber twido yo el cargo 
de formar al hambre, otra cosa saliera por Dios; pero para 
qae ustedes paedan saber lo que hubiera salido, necesario 
será qae entremos de Heno en nuestro asonto notando las 
faltas é imperfecciones de qne hablo y qne ustedes admirarán 
como otras tantas bellezas, ni mas ni menos qne el aut«r del 
Paraíso perdido. 

Ante todas cosas yo hubiera formado al hombre con nna 
costilla de mas, lo coal, sobre presentar mayor igualdad y 
equilibrio en uno j otro lado, me babiera ahorrado el trabajo 
de formar la mnjer con aquella malhadada costilla, y á la 



83 

oonaidencion de astedea dc^o cnanto imbier* ganado el hom- 
bre á poderse paaor sis mnjer. Vean, paes, ustedes ahí ima 
&lta cometída por la naturaleza, i no ser que en materia de 
costillas crean ustedes que las faltas soa tohra», eu cnyo 
caso no tengo incouTeniente en convidar 6. ustedes & comer 
UD plato de chuletas á cualquiera hora del dia. 

En segundo lugar, ;o hubiera criado al hombre con dos 
puertas de menos, con lo cual le hubiera evitado la golosina 
que le entrú por la una, y no hubiera tenido tampoco ocasión 
de desmandarse por la otra, y ai ustedes me arguyen ahora 
con que formado asi el hombre no hubiera podido respirar, 
yo lee respoudrá que ni todo lo que Be respira merece salir 
de all& adentro, ni todas las ñmciones que con las talea puer- 
tas se hacen nos dan motivo para recordarlas de nn modo 
satisfactorio. Ademas que para dotarle del don de la respi- 
ración le hubiera puesto yo doa fuelles, uno debiyo de cada 
lobaco, y era negocio concluido. De todas maneraa, y presdn- 
diendo enteramente de la eueatioD posterior, la sela necesidad 
de comer es ya una imperfecdon tan grande, que casi todas 
las imperfecciones humanas dependen de ella, no siendo la 
menor la neceeiiiad de escribir algunos artículos de ves en 
cuando para satisfacer esta maldita propensión i. comer, y aef 
salea ellos. 

En tercer logar, yo hallo mal la nariz donde eat&, al me- 
nos existiendo el hombre en los términos en que ae halla 
fonoado. Yo se la hubiera puesto al lado de la otra puerta, 
y con eao cuidarla mejor del modo ; oportunidad con que 
pone en juego el segundo de sus órganos respiratorios ¡ y no 
que ahora comete setecientas barbaridades, porque como tiene 
la nariz tan lejos del mal que hace á las de los otros, lo que 
ménoB tiene presente es la comodidad ajena, y todo por ca- 
recer de un indicador que regule sus tacañerías. Fuera, pues, 
la nariz de la cara, y encajarla en el polo antartico. 

¿Y qoé diremos de las pantorrillas ? Que es la mayor 
atrocidad tenerlas en donde se ven, porqae vamos á cnentaa, 
señores: ¿hay golpe que duela mas qne el que uno ae da en 
la espinilla? ¥ todo por oo tener la pantorrilla delante, en 
cuyo caso hallaría uno el consuelo de embotar el golpe en 
6» 



84 

aqueltn almohada, j esto do es indiferente por Dios. Los 
perros eo cambio casi siempre acometeu por detrás, y T«an 
ustedes una linda merienda para los ma; atrendoa en las 
' pobres y tríates paotorrlllaa. Encimóme pues la eapinilla de- 
tras , y qne muerdan Iiaeao j no carne- ¿ Negarán ustedes 
ahora que la cosa se hizo al revés? 

Tampoco me bailo bien cod el pelo de que llevamos cu- 
bierta la cabeza, diga lo que quiera el autor que mas arriba 
nombré, sobre la cabellera de Adán. Yo hubiera formado 
esa cabeza tan lisa j pelada como un guijarro, j á buen se- 
guro que entonces eídstieBe un solo calvo en el mundo, ni ae 
criasen en ella el alffO j aon algos de que habla el seitor 
Sancho Panza con aquella gracia j socarronería que ustedes 
tendrán bien presentes. 

Pues ¿7 qué diré de los dedos que la naturaleza nos puso 
en los pies, y que sin servir para maldita de Dios la cosa, 
lo único qae producen es callos ; otras pejigueras por el 
estilo? Pero ustedes dirán que quien los produce no es ella 
sino los malditos zapatos, á lo cual contestvé 70 que esto; 
mal con tas manos también : si la naturaleza no dos las hu- 
biera dado, trabajo le mandaba 70 al zapatero que quisiera 
caLíamoa loa piéa. Mas ahora recuerdo que sin manos no 
rae hubiera sido posible escribir ei presente artículo, 7 esta 
es una razón mas que suficiente para bailarme contento con. 
ellas. Eao ain embargo no me probará la utilidad de los de- 
dos pedestre. La naturaleza podía habernos datado de un 
casco , ni mas ni menos que al rucio del que arriba menté 
poco há. De este modo hubiéramos tenido un calzado infini- 
tamente maa barato que ahora 7 mas análogo sobre todo á la 
índole 7 circuDatandaa de nuestra especie, en su ma7orfa á 
lo menos. ¡Harto maa protegida se hallaria eDt6nces la in- 
dustria, y no que ahora es una lástima el abatimiento en que 
yace la triste profesión de herrador! 

Por lo que toca & laa or<gas, no las hallo mal donde están, 
pero las hubiera querido mas grandes, por una infinidad de 
razones : la primera, porque asi las hubieran podido menear 
á toda BU satia&ccion los que ahora laa mneveu á medias: 
lo segando, porque siendo de cierto tamaño, los peores hom- 



L.OO'^IC 



bres del mundo quedarían coiiTertidoa en ángeles de cabeza 
arribo, con solo cortarleE el cuello : lo tercero, porque en caso 
de calor nos podrían servir de abanicos; y lo cuarto en ña, 
porque así me parece á mi, y cada cual es dueño de tener 
las orejas qne guste. 

En bnanto á los dientes, claro esU que bailándome mal 
con la boca, no deberé de estar mu; saüsfedio con ellos; 
pero JA que los hablamos de tener, fuese siquiera en el sitio 
donde coloco ;o la nariz, j- así cwgaria ¿1 mu; bellaco con 
esos dolores de muelas que nadie merece cual él. Con eso 
quedaban las na^as convertidas eo dos regulares mandibnias. 
j nunca nos parecería duro el asiento, aun cuando no tuviese . 
mullido. A bien que la Diosa Cibeles tiene mas fortuna que 
jo: Tajan ustedes al Prado, j allí la verán aentadita sin mo- 
verse de su carroza de mármol , gracias á su tafanario de 
piedra. 

Los ojos me puecen mal donde están, á lo menos elnoo, 
7 entiéndase que .hablo de los de la cara. En lugar de tener 
los dos en la urente, ¿por qué no nos puso la naturalesa el 
ano de ellos en el tozuelo, y asi hubiéramos visto á los que 
nos pegan por detrás? Organizado asi el hombre, hubiera 
podido dormir con el uno mientras velaba con el otro, y vean 
ustedes cuanto hubiera ganado una policía secreta verbi gra- 
cia en tener esbirros asi. Demás de eso, formado el hombre 
como fo digo, la mitad de los tuertos que ahora existen lo 
serian de la parte de adelante, y los otros de la parte de 
atrás, lo cnal hubiera sido la cosa mas divertida del mundo. 

En cuanto i, los codos me parece que deberían ser cuatro 
7 no dos; quiero decir que cada brazo estaría mejor con un 
codo de mas, y ¿ la parto opuesta del otro, ; asi podríamos 
doblar loa brazos susodichos del modo que ahora lo hacemos, 
y en sentido opuesto también, lo cual no me negarán ustedes 
que seria una ventaja de mas, y ventaja inapraciabln , para 
los torpea como 70, que á la menor indigestión que tienen se 
ven en la precisión de llamar una vieja provista de su cor- 
respondiente jeringa, y todo por no tener uno la flexibilidad 
suficiente en los brazos para salir cada coal de su apuro sin 
ayuda de vecino. 



86 

Por otra razón semejante debieran aer cuatro también las 
rodillaa. Personas conozco yo que no hacen otra cosa qne 
tirar cdccb, y les rendria muy bien jugar lag piernas h&cia 
atraa para eacadir el aire mejor. 

Las manos no debieran ser calvas, sino peladas, y con eso 
ahorrariamoB los guantes, comida demsBÍado cara para peti- 
metres como yo, y sobre todo en Madrid. Verdad es qne 
entonces seria moda raparlas, como es ahora ilevarlas vesti- 
das; pero moda por moda ; exigencia social por exigencia, 
á mi rapamiento me atenga. 

El gaante de oaTaja costaría & lo sumo nn real por muio, 
con escepcion de la gente plebeya que por cuatro cuartos 
podría afeitarse las dos, y aun por mecos si no se rapaba 6. 
dos t^as. Vayan ustedes ahora i, comparar esa múdica re- 
tribución barberil coa los diez y doce reales que nos cuestan 
los guantes, sirviendo Bolo para uno ó dos días cuando del 
modo que digo bastaba afeitarse las manos de domingo á do- 
mingo, y andaba uno decente. ¿Y qué variedad no reBultaria 
en las manos, i tener pelo como yo digo, y i eiigir rapa- 
mientos la moda? uno iría con la palma pelada y con el 
metacarpo vestido; otro pondría sus cinco sentidos en Uetir 
rapados los dedos y cubierto de pelo lo demás ; otro se ra- 
paría el pulgar y dejaría peludo el meílique; otro tendría la 
vanidad de nombrar dos barberos de camera, el uno para la 
maco derecha y el otro para la zurda; y otro en fin podría 
salir á barbero por dedo, y aun i barbero por artjcnladon 6 
folaoge, ú como se deba decir. 

Eu cuanto á los dedos de que bafalo, hubiera hecho yo 
que cada uno de ellos tuviese por remate una campanilla 6 
cencerra 6 cualquiera otra cosa que faiciese ruido, en cuyo 
caso no hubiera tenido inconveniente en dqar loB ladrones 
con nfias. 

Pero ahora que nombro las uñas, ¿sabrán ustedes decirme 
para qué diantre nos sirven los tobillos? Ustedes dir¿n qne 
esta pregunta es nna transición espantosa, pues maldita la 
conexión que hay entre laa uñas y los tobillos, á lo cual con- 
testaré yo que en efecto dicen ustedes bien, pero tiendan 
ustedes la vista por mas de cuatro escritos de los que se 



87 

publican todoi los dias, y ei natedes «Dcaeiitraii en olloi. 
mu conexitMi qae en el tnio, contUnto en qae ma ftiruiquen* 
natedes los tobillos de qae eit&lu hablando, y qne nunca be 
podido saber para qué demonio son boenos. 

Yo hubiera puesto la lengna en parte ménOB húmeda que 
la que ocupa ahora, como dice muy bien Saavedra Fi^ardo, 
aunque á Hennosilla le parezca mu; mal; y por lo que toca 
A la saliva, la hubiera hecho despedir por la orejo, para que 
asi no me salpicasen algunos cuando rae hablan. En este 
caso hubiera podido decir Arriaza hablando del jaque que 
llamaba al toro 

¥ escupiendo rf travee por la orejiya, 
lo cual no me negarán que seria infinitamente mas enco que 
escupir n trove» por el colmillo, como dice el sueodi^o se- 
ñor y como puede hacerlo cnalqniera. 

Pero yo me estiendo demasiado: y para probar Usimper- 
feccioDes dé que adolece la naturaleza, basta y sobra con lo 
que llevo dicho. Ademas de eso me dnete tamUen la cabera, 
y gracias k esa imperfección que se me olvidaba apuntar, me 
es imposible pasar ndelante. ¡Qué no hubiera formado yo at 
hombre á lo menos de cuello arribal Diérale yo dos cabezas 
en vez de una, ó le hubiera dado noa sola, pero amoviiile 
como la magistratura eipa&ola, y con eso me quitaría ahora 
la que me está doliendo (la cabeza se entiende) para enca»- 
queterme la de cualquiera otro exenta de tal pejiguera. ¿Qué 
TeuUgae no tendría uno enténces para lucirse como escritor? 
Y todo sin cansarse una pizca, porque con quitar la cabeza 
á Zorrilla, bastaba por ejemplo para sobresalir este humilde 
servidor de ustedes en el género lírico; y para tudnne como 
dramático pediría prestada la de Hartzenbuech , y para hacer 
un epigrama ó para escribir un artfcalo en el género atrot, 
arrancaba & Villergas la suya, y salla nno del paso. Verdad 
es que entonces podría dudarse si lo que yo escribia era mío 
4 ajeno; pero yo también dudo ahora si lo que otros escriben 
es suyo, y eso que no hay esa amovilidad de cabezas que yo 
quisiera en nosotros. Pero be dicho que me dnete la mia, y 
habrAn de disimular mis lectores si les he calentado la suya 
con tanta majadería y disparate. Yo que los reconozco como 



d primero, ao Mj tin embargo el primer dispantador qae 
entre noBotroa se pme í eBcribir. Otro dia tal tck hablaré 
á ustedes nse despacio acerca del paiticolar. 

Mieü£L AeDein Pbimcifk. 



UNA ONZA DE ORO. 

En los tiempos que corremos el que tiene una onza de 
oro tiene diez y seis duros, que no es poco, ó trescientos 
veinte reales qoe parece mas y no lo es. A veces el que 
tieae una onza oo tiene un cuarto, porque ó lo sabe un des- 
ollinador de cofres, vulgp ladrón, j alivia el peso & su pró- 
jimo, porque también los ladrones tienen pM^imos, ó lo ave- 
rigua el gobierno y por si la industria j comerdo de aj«B ó 
cebollas ó versos, que usted ^erce produce tanto mas cuanto, 
se queda á baenas nocbes, por via de contribudon ó préstamo 
volontario por fiíerza, qne son las únicas ganmtíai establea 
consignadas en las constituciones modernas. Pero ;o me rio 
de los gobiernos y de los ladrones eo este particular. Tn*i«ra 
JO mucbas onzas de oro que poco cnJdado rae daría del 
mundo por mas enemigos del bolsillo ajeno que espiasen mia 
pasos. 

£1 dinero es nn antidoto universal que cora todos los ma- 
les como Mr. Le Roi, y mejor. Y no se crea esUi una ob- 
servación inútil por lo trillado, á pesar de cnanto dijo Que- 
vedo y otros qne no fueron Quevedos. El dinero ba ñdo en 
todos tiempos un caballero respetadfsimo, porque ante su 
dignidad el mundo entero ha humillado la frente; pero el 
siglo diez y nueve, investigador A toda prueba, ba hecho 
descubrimientos importantes en la materia. £1 dinero eo 
nuestros dias es la justicia, la religión domjiiante es el dinero, 
la moral el dinero, la política el dinero, y basta el honor es 
un sinónimo de diaero. Antiguamente se revolucionaliau los 
pueblos, en el dia se revoluciona el dinero. La aristocratáa 
de la sangre, la del talento y otras arlstooracias que caduca- 
ron, baa d^ado ancho campo donde enseAorearse pueda el 



L.OOi^lU 



poderoM caballero Don Dinero. Para ser Senador es predso 
tener cuarenta mil reales de renta, para escribir de política 
depositar cuarenta mil reales, para tener voto electoral pagar 
siete reales de habitación y temblando esto; el |dia en que 
hasta el santiguarse un católico entra en las cantribadonee 
de CQOta fija. No es nuestro objeto meiclamoH en la política; 
hemos citado estos ejemplos, no tanto por manifestar defecto» 
en la Constitución rigente, como para probar que en todo 
cnanto se elabora en el dia entra el metálico como ingrediente 
indispensable, como poderoso j general elemento. 

Pero haj diferencia entre el dinero suelto y el dinero 
agarrado. No es lo mismo tener una onza, que t«uer dies 7 
seis duros, y aunque parece que vale lo mismo porque según 
los lógicos, don cosas igualte á una tercera son igutüea entre 
sí, j segnu los matemiticos él orden de factores tto altera el 
producto, y á pesar de que en caso de dada cnalquiera pre- ' 
ferina los machoe pocos á los pocos muchos, á imitación de 
oqael Señor de mil pueblos que renunció uno por ser Señor 
de novecientos noventa y nueve, que es menos j abulta mas, 
y sin embargo estoy por la iurersa ; nada me importa no 
tener dies y seis duros con tal de tener nna onaa de oro. 

E^ primer lugar ana onaa de oro como qne ido es nna 
onza, no pesa mas que usa onea y s» pued» \\m»T am íbco* 
modidad en el bolsillo. Lle*e usted diec ; seis duros 7 verá 
qué figura tan bonita presenta. Si se lo pone en el bolsillo 
del cbaleco parecerá que tiene tetas poatixas; si en el del 
pantalón, como estamos ton desmoralizados, w. toma por cosa 
mala y si en los del frac no se puede andar porqne los fal- 
dones jnegan y las corbas pagan. Ajtodan ustedes, á esto el 
inconveniente del peso 7 la posibilidad de que la tela se 
rompa y cada moneda se marche por sn lado, de modo que 
cuando alcance nna le hayan los transeontes birlado la> 
demás. 

Otra ventea está en el laconismo con que se puede eapre- 
sar un ciudadano, como por ^emplo, cualquiera dice: apuesto 
ana onza ó si me costara una onza, y nadie dice: apuesto 
diez 7 seis duros, ó haria una muerte si no me costara mas 
que diez y aeh duros. 



90 

Otra venlAJa es que para enaeñar un hombre bu dinero, 
puede sacar con cnalquier pretesto una ODia, pero sería una 
ridiculez para hacer alarde del dinero meter la mano en el 
bolsillo y sacar un puñado de duros. Luego, como el oro 
produce ana sensación tan vira y tan agradable, j como no 
se sabe si al que al descuido enseña una onza le quedan mas, 
es mu; fácil pasar por rico ; esta es una fortuna por no 
decir un maforazgo positiTO. 

El que enseña una onza con el pretesto de no cambiar, 
tiene derecho para pedir prestado á todo el mundo. A uno 
le dice: ¿tienes una peseta que me hace falta? por no cam< 
biar esta onza..; 6. otro: ¿me prestas uu par de reales? 
Y como una peseta ú un par de reales entre caballeros es 
cosa en que no se repara, la onza de oro ha atraído con 
m&gica virtud algunas cantidades que qnedan é. beneScio del 
último poseedor. Y como en una corte tiene uno tantos ami- 
gos j conocidos, resulta que puede una onza de oro reditnar 
sin esposicion ni cargas de ninguna especie, tanto como Una 
casa de cuatro pisos j doce balcones en la calle de Alcalá. 

Ha; mas; va usted con una onaa de oro á comprar zapa- 
tos ó unos tirantes ó un pañuelo ó una coritata. Para eso 
no debe entrar en los grandes comercios donde tienen cambio 
00 digo ;o de una onza sino de mil. £1 especulador de la 
onza debe elegir las tiendas de mala muerte, donde no tengan 
para cambiar un Napoleón. - Es claro que en cuanto vean 
echar una onza con arrogancia bonqueril sobre el mostrador, 
tanto por ganar un parroquiano tan rico, como por no pasar 
la plaza de pobres, han de decir: «¡Ave Uorial ¡cambiar una 
onza por diez 6 doce reales! Vaya, vaya, ya volverá usted 
por ahí.» £1 otro dice entre si: "ya se ve que volveré . . . 
las espaldas» y contesta retírindose: «por aqui vendrá el la- 
cayo con esos maravedises.» Pero la venida del lacayo tan 
esperada como la del Mesías obliga á cantar en la tienda: 

El que mpem desespera 
j el que viene .luüca Llega: 

6 acordándose de las coplas del Mambrú: 

1. 1, .. ■■.Google 



Si es pan los unores do hay atractÍTo como una ooza de 
oro; aunque tenga un hombre ojos de pulga, jaran ]as mu- 
chachaB que le han visto ojos de bney, j sin mas (carantías, 
ni mag recibo, ui mas fiador le entregan el corazón ú cosa 
que lo valga. 

Pero donde se luce una onaa de oro ea en el café. Co- 
nozoo JO UQ ciudadano, que es el que me ha dado materia 
para este articulo, que tiene tanto carifio k una onza, com< 
pañera de glorias y fatigas por espacio de diez años, que 
ngnca se separa de ella por mas que lo amenaza todos loa 
días. En cuanto ve un corro de personas Conocidas allá ae 
encaja; trata de lo que tratan, come de lo que comen y bebe 
de lo que beben. Si pagan voluntariamente se aguanta como 
un zorro. Si no hay quien pague saca una onza j eulóDces 
no falta quien diga: no, no cambie usted, tengo yo suelto; 
y la onza vuelve í. su sitio coma la baqueta á la caja del 
fusil, como el pájaro á su nido, como cuerpo abandonado en 
el espacio que busca su ceub'O. No para aquí la mata de 
mi amigo. Huchas veces encueiitra k un camarada en la 
calle y le convida k almorzar ó á tomar café, por de contado 
con ánimo decidido de no pagar. Procnra que el gasto no 
suba demasiado porque entonces faltaba el preteato para dejar 
de cambiar la onza, y después de ei^llir como tiaa su^a, 
llama al mozo y le enseña su onza, y el compañero echa 
mano al bolaillo con la consabida fórmula de: do catubie 
usted, tengo suelto. Algunas veces insiste en pagar, hace que 
se incomoda; pero como el mozo alargue la muio pronto, 
retira la suya diciendo: bien, consiento en que hoy paguen 
ustedes, pero yo me vengaré. Y efectivamente se venga en 
bacerles pagar siempre que les convida ó le convidan. 

Jvíw MARiitraa Villeboas. 



n, Google 



ORIGEN DEL CARNAVAL. 



ConfeeemoB que es una BÍngularfaima cosa el CarnaTal. 
No hay formalidad pasible en cuanta él aparece. No hay 
gravedad que no vadle, ni prudencia que no titubea. Orande& 
7 pequeños, hombres j miserea, imbéciles j eabioa, Tnrones 
de refleiioQ y mozalvetea evaporados, todos se interesan coa 
mas ó ménoB ardor en ga efímero tránsito; nadie se le muestra 
comptetainente abyecto- £1 Carnaval es on periodo de diit- 
padon 7 de locara: at«Bora placeres para todas las edades, 
diversiones para todos Iob gustos, distracdoueB para todas las 
clases. Las m&Bcaras, los bailes, los féstineB son Iob primeros 
elementos que satisfacen en estos dias toda suerte de esi- 
gencias. 

La vida del hombre es un donoso mosaico, pero compuesto 
de piedras falsas; toda ella es ttna farsa ridicula que mientra» 
haya hombres seguirá representándose en este picaro mondo. 
Ahí, sin ir mas lejos, tiene usted geutes que dorante once 
moBea y medio del año cifran toda su atendon 7 conato en 
parecer prudentes, discretos, reservados, sensatos 7 juidosoa 
en fin ¡ qne se martirizan acaso para ostentar un estertor que 
jamas pueda dejar concebir de ellos ni una idea de atolon- 
dramiento, de ligereza ó estravaganda. Coando hablamos, 
cuando habláis voBotros mismos, lectores amados, sin que se& 
esto nn agravio, cuando hablo 70 ... . cuando hablan todos, 
en una palabra, procuramos hacerio con moderación, con toda, 
la reflexión posible para qoe no se nos tenga por tontos ó 
por escapados de alguna casa de Orates: pero hete aqui qne 
llega el mes de febrero repartiendo á todo vicho viviente 
maBcarillas 7 dóminos y ....patatrás (Dios nos teaga de su 
santa manot todos los andamioa de las bellas apariencias 
esteriores de prudenda y drcnospeccion se desploman. 



93 

Bien conotco que )& gravedMl de la TidA reclama algas 
intermedio de desahogo. £^ una necesidad confesada y aten- 
dida en todos tiempos y por todos los siglos. Un corto pe- 
ríodo de locura alai^a la existencia del hombre: todos los 
pueblos han reconocido esta verdad. Los antiguos judíos te- 
nian su goral, los persas y los babilonios Sus íacea», los 
griegos sus croniae, loe romanos, mas ardientes en todo, 
tenían no solo bdb satiimates como los grifos, sino también 
BUS baeanah» y lupercalee. Los judíos modernos tienen su 
pttrim, los moBulmanes su bet/ram, los ingleses su clmetmas 
j los demás pueblos el carnaval; pero observad bien, mis 
amados lectores, que la esencia de todas estas fiestas antiguas. 
y modernas ha sido siempre la mesa, el baik, las máscaras, 
las diversiones, la risa. 

Celebráis el Csroaval en gracia de Dios; pero ¿sabéis bien 
lo que es el Carnaval? El Carnaval es usa licencia para que 
toda persona decente pueda correr como un loco por esas 
calles de Dios con un rabo mas largo que el de Luzbel, y 
nn pedazo de cartón en la cara haciendo el oso delante de 
todo el mundo. Los primeros sacerdotes cristianos se des- 
gañitaban declamando contra las bacanales; pero las locuras 
de aquella época hablan echado demasiado hondas raices en 
las costumbres para que las gentes renunciasen á ellas. Los 
catecúmenos no teniau inconveniente en someterse al bautismo 
y adoptar la nueva ley, con la condición de qne no se les 
privasen aquellas diversiones isvoritas. El hombre era inse- 
parable del neófita, y el neóflta apasionado de aquellos pla- 
ceres, á los cuales quería hacerle renunciu' el bautismo. En 
esta lucha entre el ente positivo j el ente de razón, no siempre 
se llevaba el último la victoria. Se apetecía el bautismo ain 
renunciar 6 las máscaras. Tertuliano se queja de esto amar- 
gamente; pero hubo que ceder é. la fuerza de la costumbre y 
transigir. Así es, que la institución del ayuno pcqiaratorio 
á la fiesta de la resurrección, ú la pascua cristiana, imponiendo 
una dora penitencia de cuarenta días de austeras privaciones, 
dio motivo á que intes de entrar en esta rigorosa cuarealena, 
permitiese el crístianismo todas las locuras del Carna- 
vaL Pero uo solo eran permitidas en esta época. Los 



94 

miniBtrOB de 1& religloD eran los que mas se aprovechabiui 
de semejante tolerancia para eolaiaree en cambio de bus 
privaciones, ; llevaron el delirio basta el esiremo de disfra- 
sarae en nmchiiB circunstancias Bolemnea j hasta en las pom- 
pas fúnebres y entierros. Si no me creeiB, consultar podéis 
los estatutos sinodales que Hincmar, arzobispo de Reims, di6 
en 853 á su iglesia. Este prelado prohibió & los religiosos 
de BQ diócesis el emborracharse (perdóneseme la espreaion) 
la víspera del dia de los difuntos, de lo que puede lógica- 
mente deducirse que aquellos santos varones tenían la oostum- 
bre de coger un lobo como un templo en aquel dia. Prohi- 
bióles, como digo, comer, beber, cantar ; bailar la daiua del 
oso. El Carnaval, jamas autorisado y siempre tolerado por 
la iglesia, se celebraba en las comunidades religiosas, l^ee 
ya algunos siglos que el último domingo de Carnaval te cele- 
braba en Roma una fiesta 6 la que asistía el papa i caballo, 
rodeado de todos los cardenales- Las gentes, á pié los pobres 
y los ricos á caballo (esta es costumbre de todas las épocas) 
iban en procesión al monte Testado, donde se hacia on sacri- 
ficio solemne. Empezábase la función por inmolar un oso. 
Era el símbolo del diablo tentador de nuestra carne. Mata- 
ban en seguida unos becerrillos, que decían significaban el 
oi^Io de nnestrOB placeres. Qne el diablo fuese represen- 
tado por un oso, fácilmente se concibe, su fealdad podía 
jnatificar la comparación; pero qne los inocentes becerritos 
fuesen el símbolo de la voluptuosidad j del orgullo, es diñdl 
de concebir. 

En el siglo XY tenian también los cardenales )a costumbre 
de disfrazarse j pasearse por tas calles de Roma en carrozas 
trionfales, con la cara tiznada, precedidos de trompetas y 
clarines: y como se disfrazaban en las iglesias, lo prohibió 
en 1456 el concilio de Soíssons; y por último, el concilio de 
Toledo prohibió en 1666, que los eclesiástJcos se disfrazasen; 
pero como los frailes de Espaila ban sido siempre alegres y 
afidonados á la zambra y gresca, ñieron los únicos que con- 
tinuaron en dertas solemnidades, disfrazándose j bailando en 
el coro. 

En algunos países se ven durante el moderno Carnaval, 



particulormeiite en Italia, disfraces alegórícoi que no áejta 
(le tener mérito, ocurrencias felídsiinaB que divierten sin ofen- 
der 6, la uiDa moral; pero en esta bendita España, no obstante 
de que el Cuiuval dura el año entero porque todo el miuido 
anda disfrazado, con máscara de hombres de bien los unos, 
de patriotas los otros, de liberales estos, de constitucioiíaleB 
aquellos, estando naij lejos de ser lo que aparentan; en 
España, digo, se reducen las felices ocurrencias de los aficio- 
nados, & hacer el oso por las calles, tt vestirse de esteras y 
reTctcarse por el lodo, á. pasearse por el sol con par&gn&s 
rotos, á. ponerse cucuruchos en la cabeza, á beber en un orí' 
nal (con perdón sea dicho) ; decir cuatro picardías al lucero 
del alba. 

Wbhceslao Atsualb de Izco. 



EL AMIGO PEGOTE. 



Un amigo pegote es un verdadera enemigo-, i 
arroja la piedra j levanta la mano con otra, j está c 
mente hiriendo ; preservando siempre del ataque por el velo 
con que encubre sus tiros. Los halagos de un amigo pegote 
son confites dados con trabuco que estarán todo lo dnloe que 
se qoiera, pero matan á corta distancia. No baj medio de 
deshacerse un hombre de enemigos asi; porque no enüenden 
las indirectas, j se hacen los desentendidos á los desdenes 
con taJ serenidad de inimo, que les autoriza para e)ercer sus 
crímenes confiados en la impunidad. Al contrario sucede con 
el enemiga que no se disfraza, porque se le ve venir j se 
pone uno en guardia hasta llegar una vez á las manos; lo 
cual da á unos ; otros carta de seguridad para en adelante. 

Teogo yo un amigo de la especie de los enemigos diaüra- 
zados, cuja carga no me es ya posible soportar sin que me 



L.OOi^lU 



96 

«entra medio de libertarme de ellaí porque todos los be te*- 
tado tnfractuo sámente. Ni las indirectas del padire Cobos, sí 
los iuBiiJtoB m&s mueados bastan á librarme de su sombra 
qne me peraigue sin cesar, interpretando todas mis pnUas 7 
dsridades como chanzonetas hijas del bnen bumor. Si alguna 
vH le avergflenio delante de gente, todos nos ponemos cido- 
radoB minos él, y cuando esperan los demás qne tome el 
sombrero y se vaya, salta muy serio: [Qué aprensiones tiene 
este demonio! ¿V^ ustedes eso qne esti diciendo? Fnee es 
hombre qne do se halla sin mi. — Y esta es una verdad 
como uD' templo , porque la encuentro en todas partes. Esto 
me da (anta ira que hasta de replicarte se me qoita la volun- 
tad, y entonces él engreído con mi silencio dice: ¿Ven uste- 
des? él que «día otorga. ]Anda camastrón! si no fuera por 
mi, ¿cómo te verías tú? — Y ¿qué quieren ustedes qne se haga 
con un hombre así? No bay mas que dos caminos: 6 dejarle 
ó matarle. Si le dejo me está dando cordel para ahorcarme 
el dia menos pensado, y si le mato me ahorcan de fijo. Aquí 
viene de molde el cantar: 



Cuando vine yo á Madrid qne no tenia dertamente k donde 
volver los ojos para ganar una peseta, me veía lo que se 
llama entre espada y la pared. Andaba huyendo de todo el 
mundo por no verme en la afrenta de recibir obsequios sin 
poder corresponder á ellos. Dormía de dia y me levautidMi 
ai anochecer como murciélago, con roas vista qne un lince, 
mas oido que los gatos, y mas coraje que los gorriones. Str . 
lia i dar un vistaao por esas calles para consuelo de tripas 
sin atreverme á concurrir á tertulia alguna. Los cafés oran 
sitios verd&deros para mí por dos razones; la primera por ne 
verme en el compromiso de tener que convidar & alguna per- 
sona, y la segunda por si los mozos me equivocaban con otro 
qme se hubiera ido sin pagar, y me daban una manta de las 
que no se hacen en Falencia. Aun en la calle peligraba mi 
segtuidad personal, y eso que todavía no soñaba en escribir 



97 

d Baile de Ptíiata, y andaba con tanta cautela como reo d« 
lesa majestad en tu gobierno absoluto. Hasta los dedos se 
me hadan huéspedes ; cuando de lejos vela uno que me pa- 
recía haberle ruto en otra ocaBion, me pasaba á la otra acera 
diciendo para mi: raya coo Dios, le desprecio. Al pasar por 
laa tiendas, como siempre están iluminadas, bajaba la cabesa 
y levantaba el embozo de la capa hasta las c^as, mostrando 
que era fiio lo qne en realidad era miedo. Asi pasé algunos 
meses como qnien dice comiendo el negro pan de la emigra- 
don, 6 si les parece á ustedes, prisionero en mi propia casa, 
incomunicado para la sodedad , sin mas distracción qne los 
grillos que el hijo de mi patrona cogía en el campo, porque 
era en el mes de mayo, de suerte qne ni el requisito de los 
grillos faltaba para ser tu rerdadero preso. Dos meses hada 
ana reí que no podia pagar i. la patrona ni tenia esperanias 
de adquirir dinero por ningún lado. Oradas qne la infelÍB 
era prudente j conodendo mi posición la respetaba en medio 
de sus apuros; pero llegó nn dia m que ya no pndo mas, y 
me suplicó la proporcionara algo aunque no fuera todo. To 
porque no dijera, tomé la capa y salí & rer si racontraba 
alguna cosa; pero ¿qué habla de encontrar si nada se roe 
habia perdida? Por otra parte ¿fc qtüén pedia yo prestado 
si todos mis amigos estaban tan tronados como yo 7 Salí sin 
embargo 6 hacer qne hacemos, sin saber si tirar por la calle 
de la Fadencia ó por la Costanilla de los Desamparados; 
t«do< los caminos me eran iguales. Por fin me interné eu el 
barrio de Buena-dicfaa, siendo yo el rigor de lo contrario, y 
no tuve tiempo para meditar en la crisis del momeóte, cuando 
vi nn hombre qne venia hida mf con los brasos abiertos. 
)Qracias á Diosl dije yo, qne sin duda encontré la buena 
dicha; pero cual fité mi tristexa coando me encontré con un 
amigo de la nifies que me dijo : ] Cu&nte me al^ro de ver^á 
ustedl porque acabo de llegar y no tengo casa conodda, y 
por un olvido involuntario me he venido sin dinero. To no 
sabia cómo evadirme del compromiso; porque de buenas 4 
primeras dedírle: duerma usted en la csUe, era una atroddad, 
y calcnludo qne ofredéndole mis servidos con frialdad no 

Compoiicioiui JDcoa». 7 



.LnOO'^k' 



acepuría nadft, le faice los camplimientos de coatiunbre : Amigo, 
yo de poco puedo aerrir, no obsUnte en la calle de Ul, nú- 
mero tantos tiene usted su casa. 

— Con mucho gusto iré á hacerle compañía todo el tiempo 
que esté en Madrid; tengo amigos qae me recibinan con los 
brazos abiertos , pero antes quiero cumplir con usted que con 
nadie. 

— Conmigo tiene usted cumplido; ademas 70 no le podré 
ofrecer grandes cosas. 

— No importa; si no bay mas que sopas, sopas come- 

Ud sudor se me iba y otro se me Tenia: est^a resuelto 
á trocar las seíjas si volna á preguntarme; pero el maldito 
no necesitA de esto que me di6 la mano, y por cierto que me 
apretó la mia en tales términos qne me la dejé entumida. 
Iba yo & dedr abur y tuve que decir ¡ay! Me plantó en se- 
guida un abrazo de aquellos que le á^aa i uno sin respira- 
ción por cinco minutos, y se despidió diciendo: ¿Con que calle 
de tal, número tantos? Hasta luego. 

Cuando volvt á casa ya estaba mi patrona mas consolada; 
pues babia hallado quien la prestara doscientos reales. No 
me determinaba yo é manifestarla el resultado de mi espe- 
dicion ni mucho menos el desdichado hallazgo del barrio de 
Bnena-Jicha; pero el amigo me ahorró este trabtyo dando un 
fuerte campanillazo y tomando después posesión de la casa 
diciendo: amigo, dispense usted si me he detenido un poco 
mas; le habré bocho esperar demasiado. Tuve que perder la 
vei^enza 7 decir & la patrona el compromiso con aquel hom- 
bre ; ella la pobre era de tan buena pasta que dijo: ¿Cómo 
ha de ser? Comerá lo que haya. Sacó un colchón y le 
tendió en el suelo para mi, dejando al otro por amo de la 
alcoba, 

Pero el buen amigo era tan delicado que nada le venia 
bien: el dia siguiente se quejó de que la cama estaba dura, 
y la patrona que era una pobre ri^a se resolnó á ponerle 
mi colchón diciéndome: no tengo mas que el otro donde yo 
duermo ¿cómo ha de ser? tendrá nsted que dormir oon- 



L.OOi^lU 



migo. Y JO reapondi ¿cómo ha de ser? tendré que dormir 
con usted. 

Ha la comida toda se lo voItís hacer gestos j esparav»- 
nes; ja porque la comida estaba sosa, 7a porque estaba sa- 
lada j prorampieodo en desTergAenzas 6, lo mejor concluía: 
yo no sé por qué sufre usted ese trato. EsUs mujeres son 
unas puercas que no -saben su mano derecha para nada... 
Yo estaba en brasas. Aseguro por quien soy que me iba 
calando et huésped j tentaciones me daban de romper para 
siempre; pero esto era bochornoso para mí jr le dejé que 
hiciera lo que le diera la gana, consolándome con la idea de 
que pronto arreglaría sus negocios ; me dqaria en paz. 

Un día se levantó de buen talante después de leer en la 
cama el correo (cuyo porte pagaba la patrona). Te voy i 
dar una buena noticia, me dijo: has de saber que mañana 
tendrás en tu casa & mi mujer, con el niño menor, la niüera 
y dos hermanos mios. Me apresuro á darte la nueva porque 
conozco tn genio y sé que te alorarás. — Como si me rallaran 
las tripas, dije yo para mi, y él prosiguió haciéndome la 
descripción de lo gnapota que estaba toda su fomilia. Ta se 
ve, decia, ai comen por los codos ... 

Lo que pasó de ^If en adelante daría matería para ma- 
chos tomos. Considere el lector mis apuros y los de la pa- 
traña, buscando camas y que comer para toda aqnella gente. 
Considere que asf estuvimos cerca de seis meses, y dígame 
si me desempeflaré yo mientras liva áe ios deudas contraídas 
entonces, y si merezco condenanne aunque muera en pecado 

Salía yo nua mañana de casa á tiempo que llegaba un 
hombre preguntando por mi amigo. Kotrú aquel hombre, j 
yo, anhdando saber algo que me librara de aquella plaga 
que habia invadido mi casa coa tauta deEÍachates, me paré á 
la puerta y escuché este diálogo: 

— Vengo á qne me pague usted lo que me debe. 

— Hombre, me encuentro sin un cuarto. 

— Es que si no, vendrá tm aguacil y se llevará lo pri- 



L.nO(1<^IC 



100 

— ¿Por qué lo ha de llevar, ai yo ofrezco pagar cuando 
pueda? No faltaba maa que me dejase usted sin aUlas y sin 
niesaB y sin todo lo que bay en casa que es mío y á nadie 
le debe nada. 

— PueB, señor, desde aquí toj á casa del Juez. 

— Hombre, aguarde usted unos días. En cuanto venga 
mi criado, que es ese que salía cuando entraba usted, escri- 
biré á mi mayordomo y. . . . 

No le dejé acabar la frase, entré como un desesperado 
diciendo: ¿Quiénes su criado de usted? Ya pueden ustedes 
todos tomar la puerta ó les echo por el balcoo. Y efectiva- 
mente desocuparon la casa pidiéndome mil perdones. £1 
amigo al salir de casa me dijo: espero que este lance no 
entibiará nuesU^ amistad, y me diú nn apretón de mano tan 
atroz que todavía me resiento cuando tomo la pluma para 
escribir estos artículos. 

A pesar del modo TÍolento con que arrojé al am^ de mi 
casa, por aquello de que cuando uno no quiere no riñen dos, 
no puedo una hora verme libre de su sombra. A las horas 
de comer le tengo ¿ la mesa; cuando voy al café me le en- 
cuentro allí dispuesto á tomar un sorbete después de que- 
brantarme la mano, j si huyo del café de costumbre y me 
meto en otro, parece que el maldito me busca por el ol&to 
como perro perdiguero; no bien me be sentado cuando siento 
darme la palmadita en las esptddas didendo: vengan esos 

dnco Escribo este artículo con el objeto de leérsele 

siempre que me visite', pero ni por esas, estoy convencido 
que no se dará por aludido y ser& capaz al verse retratado 
de esclamar dando una carciyada: ¿Será posible que baya 
hombres de tan poca vergfienaa? 

JüÁN MáHtinbz Villibsas, 



n, Google 



CADA UNO EN SU CASA 1 DIOS EN LA 
DE TODOS. 

<<¡Puea eatando Dios en todu partea, decU el coofesor aI 
peDÍtente chicuelo, eaUrá también en la cueva de tu cual» 
— "No, padre, u — <c¡Ergo pilleteU — «Ho píllete qoe en 
mi caaa no ha; cueva.» — Pero nosotroa tenemos cueva sin 
caaa ó mejor dicho, carecenioB de ambas cosas ala vez, por- 
que somos cali usofractuarios de un aposeuto k piso bsjo, 
en calle estrecha, con mas un gigante de la arquitectura mo- 
derna enfrente, cuya funesta pantalla nos hana cegar iotes 
de tiempo, en el caso imposible, de qne un edificio k la Ar- 
den del día, dorase mas que nuestra vista, y en la actualidad 
es harto corta por desgracia. En cambio de esto jamas he- 
mos dudado de la bondad divina, ; con una verdadera fe it 
ciegas creemos qne Dios se digtta observamos en nuestro 
bumilde gabinete, desde cuyo sitio esperamos su ayuda para 
que corra con facilidad la pluma que con arreglo á lo preve- 
nido en las escuelas de prima, se halla entre los dedos de la 
mano derecha. Y sépase aquí, como cosa de gran interés, 
que nuestras plumadas podrán ser malas, annque seria de 
desear que fuesen buenas, pero proceden por linea recta del 
ala izquierda de un ganso , y esto cuando menos no es moco 
de pavo. Últimamente encomendemos á Dios la pluma y 
ya puede dictarnos el diablo mismo, qne el triunfo no es 
dudoso. 

Empieno pues mandando (circunstancia precisa para que 
no me obedezcan) qne no entre nadie en mi cuarto. La con- 
signa no puede ser mas fácil, ni el santo y seña menos sus- 
ceptible de equivocación: oEstá? -~ No, se5or.**Esta res- 
puesta sobre llevar consigo todas las virtudes de obediencia 
y respeto necesarias, es algo mas breve que la oficiosa pre- 
gunta de; nSi yo supiera quién es usted ~ pero ya se ve, 
luego!...» — No tengas cuidado, dice el tarambana (porque 
en estos casos todos la dan de calaveras) y suele ser mi 
amigo F... que añade: »Para mi no se niqa nunca; lo mismo 
hago yo con él.» (Hay que advertir que en las pocas vetes 



que he ido i su casa nnoca estaba en ella). ~ «En ese caao, 
contesta el fámulo, pase usted adelante.* Y miénb-as llevo 
diez minutOH eBcasos de Boledad j me felicito por loa gran- 
diosos resultemos de mi negativa, oigo ruido en el pasillo qne 
condnce á mi habitación; tararean un aria istarareable, j el 
redoblaste de la orquesta son los taconea de anas botas, da- 
ros por mas seibas, mal que le pese á mi casero 7 li pavi- 
inento de su finca. La primer idea que me ocurre es en- 
castillanne en la última linea de mi indefenso gabinete y la 
segunda ponerme en pié para dar una vuelta á la llave; pero 
la tercera parte de mi plan, ó la primera de otro, estaba á 
cargo de mi amigo que se adelanta á mis intenciones alzando 
el picaporte, y diciéodome por todo saludo: «¡Qué bárbaro!» 
Algo roe asusta el apostrofe pero no tanto que me impida 
protestar el endoso sin desctiento y acto continuo le replico: 
»Qué bruto I" 

Parodiamos después, como complemento del saludo, las 
chanzas de los aguadores y mozos de esquina terminando los 
ejercicios gimnásticos par quitarse mi amigo la levita para 
qne le cosan uo rasgón que se hizo en la espalda (de la le- 
vita) al dar en tierra con mi tintero, mis libros y varias otras 
cosas, que cuando cayó el velador, no tuvieron un San Vicente 
que las d^ase en el aire como al albañil de la historia. 
Acércase al espejo en mangas de camisa y le da por reir i. 
carcajadas; yo me rio también porque me figuro que habrá 
motivo para ello. Una de las cosas que no creeré jamas es 
que haya quien tomando la risa por una ocupación como otra 
cualquiera, mate el tiempo riendo. Desgraciadamente los 
muebles de mi cuarto no vuelven á su estado primitivo aun 
después de restablecida la calma; y tengo esto por una des- 
gracia, n6* porque yo sienta que mi escribanía no sea de plata 
sino porque quisiera que el vidrio no fuese tan frágil. Y ya 
que esto fuese inevitable seria rouy útil que la tinta conser- 
vase su forma sólida, cuando se rompen las paredes del frasco 
en que se encierra; pero estas reformas caligráficas son para 
mas despacio, y casi es m^or habilitar un bote de pomada 
para que sirva interinamente la plaza del difunto (Q. E. F. D.) 
tintero de cristal. 



103 

CeuD laa ríaotedu d« mi amigo al ver en pié mi velador 
y que me dispongo k escribir. Suplicóle ailendo, y me le 
otorg*; pero coge noa pluma, ; si estoTo felli como mozo de 
cordel, no lo está menos como criado de servido ocioso, po- 
niendo so nombre en cnantos papeles tienen la fatalidad de 
esUr en mi mesa, y la desgracia de caer en sus manos. 
«I^istima, le digo, que no te llames Juan Pérez, ó Manolo 
Fernandez, ; fueses poniendo tu nombre con carbón en todas 
las calles de Madrid. i> Y aquf laraentamos otra vez la poca 
estabilidad de los edificios modernos, qne deatmje este medio 
de pasar á la posteridad. 

Condaye aquella por persuadirme yo de que es mucbo 
m^or sacrificar la parte por el todo, y aunqne los cascos del 
tintero y los papeles emborronados me denuncian como in- 
molada naa parte de mi lyuar, conozco que es indispensable 
sacrificar otra por lo menos, y despoes de dd detenido exa- 
men, resuelvo en aato defiaitivo ofrecer mi persona á la 
disposidoo de mi amigo; para lo cual escondo el coello y 
parte de la jeta en una chalina, cubro la camisa con las so- 
lapas del gabán y ea unarcbemos» digo. — AJbns, responde 
el camanda, y tan» con^limtns afiade en tono de burla por- 
que salgo el primero de la faabitadon. Apéoas ganamos la 
calle, me pregunta — íqoé bacemos? — Ho sé, respondo, 
estoy i tus órdenes, desde que te empeñaste en no dejsrine 
escribir ... creo que para ello tendrías tu plan. — No habia 
resuello nada, pero ¡mprorisaremos algo en que pasar la ma- 
ñana, iremos de visitas. — ¿De visita, é. las doce, y con esta 
facha que yo llevo? — Igual á la mía en un todo. — Buen 
consuelo. — No te apures, hombre, seríin visitas de negliasi. 
— Sea lo que quieras, le dije, y en el idioma que te dé la 
gana. Y á estas palabras siguió nuestra llegada á casa de 
las señoras de M...qae por desgracia soya y fortuna de mis 
pies era la mas próxima; pero los criados de esta cata eran 
incorruptibles, y la consigna inviolable. Por mas protestas y 
hasta súplicas que empleamos, no conseguimos nada; ellos ae 
quedaron diciendo: "No redben» y nosotros nos fuimoE con 
la incomodidad á otra parte. 

Y en tal parte nos recibieron con mal gesto, gradas á que 



L.OOi^lU 



104 

cruzaba una de Im aeAoraa por la anteHalft, y annqoe ella 
fiada eD sus talonea no ae daba por sorprendida, nosotros la 
Borprendimos saludindala. Hlzonos pasar á la sala, protes- 
tando no estar vestida; pero para decirlo ocultó la cara en 
el pañuelo, ; esto nos dio é. eateoder que estaba también sin 
adobar. Hora y media tardó en salir, y no fué mucho por- 
que los cosméticos se dan muy pronto, pero se secan lauy 
tarde; y aunque nosotros (asi se evitan iaterpretadonea mali- 
ciosas) no hablamos de estar tan á boca de abrazo que nos 
manchase el barniz, sin embargo no conviene secar eiaa pin- 
turas al aire Ubre porque se hacen grietas, y el cutis aofre 
luego con la restaaracion. A mi se me hizo breve ta ausencia 
de nuestra joven, porque mí amigo Joaquín (hora es ya que 
sepan ustedes su nombre) toca muy bien el piano, y & mi rae 
gustan mucho los waUes de Strauv». Alli nos comprometieron 
para un concierto por la noche y nos exigieron palabra de ir 
al Prado. Joaquín creyó hallar la piedra ñlosoüil en lo mismo 
que yo veía un prolongado tormento; él no sabia en qué pa- 
sar la mañana j encontró distracción para todo el día. 

Las dos menos cuarto serian cuando dc^&mos aquella casa, 
y aoD no babian pasado quince minutos, cuando llamamos á 
otra, algo recelosos de encontrar en la coma á sus dueños; 
pero nos sncedió tan al contrarío que á tardar cinco minutos 
mas en llegar, los ball&mos durmiendo la siesta. (Tal es la 
revolución que han suirido nuestras costombres, hasta en la 
parte gastronómica, que nos causa estrañeza la &tmilia que 
fiel 4 sus banderas tiene el laudable patriotismo de comer á 
las dos y cenar & las diez.) Apenas conocimos nuestro error 
quisimos botamos 4 la calle, pero la campanilla nos obedeció 
demasiado pronto, y un sacudimiento metílico había conmo- 
vido 4 la pacifica lamilla, en el momento critico tal vez de 
estar humeando el puritano batallón de los veteranos garbaa- 
coB. Aquella pobre gente no tenia la franqueza necesaria 
para decir «no recibo» ni era bastante despreocupada para 
mover las mandibulas en nuestra presencia. Hiciéronnos pa- 
sar 4 la sala y unos tras de otros, por disimular, fueron sa- 
liendo lodos, esfarz4ndose en repetir que no estaban comiendo, 
sin observar la servilleta prendida al ojal, que por distracción 



L.OOi^lU 



105 

«acftba uno de ellos. Yuias Teces quÍHÍmos despedirnog j no 
nos dejaron, con cuya imprudencia dieron lugar á que uno de 
loa niñoB dijese á sa padre: "¿No es verdad, papá, que no 
Acabunoa da comer basta que ae marchen estos señoree?» 
Figúrense los que alcaocen á comprender todo lo terrible de 
-esta sitaadoD, cuál se pondría la madre, ; paren un poco la 
atención en imaginar los diferentes colores que tomarian las 
maíllas de las hijas jóTcnea, qne veían todo su prestigio por 
tierra, con aquella inocentada. Porque ya sabrán mis lectores 
que la hora de comer es ona de las principales pruebas aris' 
tocráticas qae exige nuestra moderna sociedad. 

iMiseria de mundo! ... (esclamo aanque naufrague el estilo 
festivo en esta esclamacion) miseria de mundo, que se han de 
Apreciar las personas según las horas que tengan de aplacar 
el hambre, j ha de valer mas el que come á las seis, impor- 
tando para ello una costumbre estranjera, que el castellano 
legitimo que fiel í los usos de sus mayores engulle el célebre 
<M)cido á las dos en ponto de la tarde! De aquí nace esa 
turba de necios y necias que bajan al Prado á las ties, 
oliendo á garbanzos, contra los esfuerzos del Pachuli, y di- 
«en que comen k las seis, apellidando plebe á los que en- 
«uentran de retonio para sos cosas. Pero aplicando este 
principio oon todo el rigor de la ley, nadie mas aristócrata 
qae el infeliz cesante ú la pobre viada que adquiriendo una 
peseta á las doce, pone la comida é. la una, y cnhre la mesa 
i las ocho de la noche! 

Últimamente conozco que á llamarme Dios por un camino, 
no ea ciertamente por el filosófico, y dejo para otra clase de 
j^nte la sesuda tarea de regenerar sociedades: porque á mí 
me ocurre ahora imitar á cierto estudiante que comiendo á 
rancho con otro camarada, vio un hermoaiaimo trozo de carne 
en el polo ártico del plato, que era el de sa compañero, y 
queriéndole trocar por una gran patata que habia en el an- 
tartico, hacia el cual estaba su persona, empesó á probar sus 
conocimientos geográñcos diciendo que el mundo era una 
bola, y que daba vueltas y vueltas. Y á todo esto hacia gi- 
rar la fuente hasta que logró cambiar los polos con sus 
respectivas tajadas. Pero el otro conocía bien la estrategia 



L.OO<^!U 



106 

'7 replicó: xSf, todo eso es tony derto, pero deja el mnndo 
conforme estaba.» 

Esto qaiere decir que 70 me separé de mi amigo, ; como 
la prueba de aquel dia era la única qne me faltaba par» po~ 
ner eo planta nna resolución, qae bnena ó mala, no sujeto 
al juicio de nadie, he resuelto imprimir anas esquelas, qae & 
guisa de circular pienso repartir & todos mis amigos. Y por 
si acaso háblese alguno, qne por ignorancia de su domicilio 
ó por otras causas independientes de mi voluntad, no la re- 
cibiese, he determinado reproducirla á continnacion. 

Señor Fulano de tal. 

De hoy en adelante, tteted en su enea, yo en la mia, y 
Dios en la de todos, haita el valle de Jbn^fat. 

Antonio Flobse. 



ABUSOS DE LA NARIZ. 

Hacia el comedio de la cara, un poco mas arriba de los 
bigotes; entre carrillo y carrillo, y i mitad de camino como 
vamos de oreja á oreja, plantó la mano dá omnipotente una 
protuberancia algo visible en los cbatos y escesivamente no- 
table en los que desearían serlo. En esta protuberancia en- 
cerró el órgano incomprensible del olfato, cnal centinela avan- 
zada del estómago y allí lo puso sobre la boca , para dar 
testimonio de la bondad de las tajadas y tragos, y conceder 
ó negar U entrada según traiga ó no cada manjar sus pape- 
les en regla, ¿ guisa de alcalde de barrio 6 de aduanero 
fronterizo. Pero así como la susodicha protuberancia recibió 
estos dos cometidos ú oficios que modernamente llaraariamos 
misiones, quedó encargada también de servir de desagiiadero 
6 letrina de los ojos; porque escremento de los ojos es, lector 
candido, aquello que estrepitosamente estraes cada y cuando 
desabrochas el paSezuelo y te tapas con é\ la cara. Por 
último, &rm6 el Criador las entradas ó ventanas de la propia 
protuberancia con agudos y tecios pelos, estacada do no pe- 



L.OOi^lU 



107 

netra el Toimdor insecto qne pretendiera acaso hacer d nido 
en aquellos cdncavos OBcoros. 

Si no miente mi fisiológica eradicioD, creo gae á estas 
fnndones j á la de prestar algún adorno al rostro está limi- 
tada la condición nut«rial j social del Imito referido, qne el 
Talgo conoce por el nombre pedestre de naris, ? al coal no- 
sotros, la gent« de letras, solemos aplicar la misma deoo- 
minacion en plural, sea en el sentido recto, 6 sea en el 
flgniado. ' 

' Como el oficio principal de esta órgano visible se ^erce 
invisiblemente, por residir su busilis en la parte interior, no 
se ofrece obstáculo alguno para qne sn forma esterior varíe 
al infinito, según la habilidad ó el capricho de cada padre ó 
madre, ó según las caídas 6 capirotazos qne cada individuo 
vaya recogiendo por esos mundos de Dios, que no le faltarán 
á poco qne se descuide. Por lo tanto, sin que de ello se 
resienta el órgano consabido, ni sufra demasiado, generalmente 
hablando, la armonía de las facdones bumuias, encontramos 
á cada paso narices chatas como altramuces, agudas como 
epigrama de hambriento, remangadas como hábito de cocinero 
de frailes (cuando los habia, se entiende, y tenian hábitos y 
cocina y qué cocinar), mangas como San Basilio, en dÍM-y- 
seis-avo como novela, traducida, blancas como palomas, mo- 
radas como el pendón de Castilla, y hasta pias como caballo 
de nifio mimado. Otros articnlistas de narices, siguiendo la 
Knella de nuestro inmortal Quevedo, han dicho ya cuanto cabe 
en prosa y verso acerca de estos ranos accidentes narigales, 
escitando (esta era sn piadosa intención) la.cólera de mas de 
diez atrabilarios, qne en cada articulo de narices devoran usa 
personalidad, porque no son capaces de ver mas allá de donde 
alcanzan las suyas. Dejaré pnes, como punto suficientemente 
disentido, esto de tamaños y colores, j con permiso de los 
que puedan ofenderse de mi atrevimiento, entraré en el campo 
todavía virgen de los abnsos que con la nariz se cometen. 

Hay percances transitivos, esto es, percances cuyo impulso 
nace de un individuo y refluye necesariamente en otro indi- 
viduo diverso, quedando el primero Ubre é incólume y mas ó 
ménoB lastimado el segundo. Entran en este número aquellos 



108 

que la torpeía, la depravada ídI^hiíob j hasta el egoiimo 
. están produdendo todos los días. Y para qoe el lector poco 
arieado oo se esté daado de calabuadas en valde, pondré 
algon ejemplo de estos tales abusos traasitivos. 

Abusa de mas de cuatro narices, hiriéiidolaB mas 6 menos 
mortalmente , la débil viejezaela que armada de an paraguas 
de cinco leguas de diámetro cnyos bordef y puntas andan 
constantemente ai exacto nivel de las narices propias de las 
personas ni altas ni bajas, que son las mas, sin reparar tos 
destrozos qne va cansando, signe irapávida ^u linea recta 'coa 
una tenacidad qne de heroica pndtera calificarse. Verdad es 
que Qo ha; vieja que no se crea dueña de la acera j de la 
calle, j que no desprecie á los que pasan, á los que pasaron, 
á los que pasarin y á los que pueden pasar. 

Abusa de ocbo ú diez mil naricea, según sea la concur- 
rencia en el paseo, la elegante damisela que, por modo ó por 
necesidad de tapar algún hedor indomable que trasuda ó le 
mana de algún lado, se carga la ropa ó el pelo ó el pañuelo 
de esta maldecida confección moderna, llamada miel de Ingla- 
terra, y que es pura y simplemente una variedad de la 
especie almizcle, que, según Hoffmann, hace huir al mismo 
diablo. 

Abusan los taberneros que frien en detestable aceite i, la 
puerta de sus establecimientos, los carpinteros que calientan 
la cola en medio del arroyo, las castañeras, los molenderos 
de chocolate, los qne encienden el fósforo pestilencial para 
quemar el hediondo cigarro de á seis maravedís, las pollerías, 
de las cuales procede, sobre todo en tiempo de calor, la nau- 
seabunda emanación de los corrompidos despojos; pero abusan 
tantos otros y tantos, que fuera no acabar el sacarles á todos 
á la colada. 

Porque al enristrar la péñola, oh lector condescendiente, 
ha sido mi esclusiva intención tratar de aquellos abusos que 
llamaré reflexivos por recaer la acción sobre el individuo qne 
la ejerce, así como llamé transitivos ¿ los que pasan desde 
el abusador al abusado; logrando de este modo suministrarte 
como de paso una tinturílla modesta de mis profundos cono- 
cimientos en gramática. 



Hay hombrea que se dan tono á costa de va* narices; «a 
decir, Igombree que no tienen otro medio de bacer papel sino 
el de Mormentaree la trompa. Verbi gracia: llega de las Fili- 
pinas en ciento treinta j siete dias de navigadoD la fragata 
¿Sirena : k los veinte j cinco, coaudo mas, veréis k Don Onofre 
que era un bnen moco bace diei j siete aAos ; literato hac« 
nueve, sonarse les mocos quinienlss veces en Ia« doce faoraa 
útiles, si ¿otes de la llegada de la fragata se los sonaba solo 
diez ó doce, coibo se suena el vnlgo. Y ¿por qué asi? Por- 
que el tal Don Onofre ;a no es ni buen mozo, ni literato, ; 
necesita ser algo para papelonear, y ahora ([ob flaqueía ; 
deleanabilidad de las glorias bnmanas!) se contenta con ser 
el primerito que usa loa pañnelos chinos que acaba de traer 
de Manila la fragata Sirria. 

Pues, ya que la palabra literato acabo de estampar ¿qué 
podré decir que él mismo no diga, de aquel público escritor, 
que asiendo la pluma con la derecha y. colocuido la naris 
entre el índice y el pulgar de la iiqnierda, no pone una frase 
en el papel sin el sendo tirón de narices, que parece que se 
las Taya afilando para ordeñar mas f&dles las ideas de su 
desvirtuado cacumen, y está sin ceaar, tira qne tira y soba 
que soba, basta qae dan ña ú la tarea ó el papel ó lo que 
es mas frecuente las ideas? 

Por DO remover los estómagos susceptibles, pasaré por 'alto 
í aquellos individuos , victimas infelices de su pasión á la 
estatuaria, que dia y nocbe sin sosiego ni descanso, se barre- 
nan las narices para obtener ciertos productos medio secos, 
á que dan luego varias y caprichosas formas con los dedos, 
arrobándose y estasiándose en esta maldecida operación, cual 
pudieran al escuchar las melancólicas armonías de Mozart, 6 
los desgiuradores ayes de Desdémona y de Korma. 

Gitana también, y no lo haré por no ser pesado, i loe 
que dejando cuatro sentidos cesantes, tienen concentradas to- 
das las sensaciones en el del olfato, y huelen la camisa qne 
se van á poner y la silla en que se sientan, y el paño qne 
compran para nna capa, y el aire para saber si llueve, y la 
llave de la puerta para conocer si vino alguien, j nunca hablan 
sino del hedor de loa pasillos del teatro y del aroma que sale 



lio 

de casa Fortia, j del que exhalan las r^as de las boadu 
cocinu de las casas de mi flor. Estos hombres narices son 
mas numerosos de lo qae tú crees, lector benérolo, y á poco 
qne observes, ahf te los encontrarás como llovidos. 

Concluiré mi desapacible artículo volviendo la atención i 
esa inaforía inmensa de gente tabscosa, que otro Dios ao 
conoce, ni otro afán, ni otra delectación que eL incomprensible 
frenesí de meterse á cada triquitraque en ambas las ventanas 
aquellos átomos negras, comprados á buen precio, que si en 
el principio de sa uso pudieron cosquillear agradablemente 
el olfatorio sentido, no sirven , al cabo de iClgun tiempo , mas 
qne para atiborrar el conducto de la respiración, prodncir un 
delicioso gangueo artificial, dar al público el espet^áeulo ri- 
sible de una gota de color de ámbar en ta punta de la naris 
suspendida, j que al cabo cae eu la pechera ó en el plato, 
que es peor; á el otro espectáculo aflictivo de un pañuelo 
oscuro (claro daría mái^n i correr), en cuyos senos confu- 
so* ... tranquilizaos, lectores, uo digo mas. 

Compadezcamos á esos infeUces que no pueden pasar 
agradablemente sus horas sin d auxilio de su nariz, qae en 
la nariz ponra la rida y abusan de ella en todo momento, 
sin acordarse siquiera de que no poseen mas de nna, por 
mas que algunos vanidosos repitan sin hallar contradicdon; 
johl [tengo ya muchas naricesl 

JcLiAJi Manzano. 



n, Google 



LA NOCHE DE SAN MARCOS. 



6 por modcjlo , ü por t 



T saLgB lo qu. saliere. 

¡Mal Ttjaigar te ae vuelva! detáa, un ricote francés á bu 
mujer en tiempos qne nuSEtros amados vecÍDOs, loe que mo- 
ran allende los Pirineos, comeoiaban á eDriqaecerse de nues- 
tras sobras, ó m^or dicho, de nuestras &IUs. Y ¿quién 
podii dar con la causa qae movia al buen Gillet, qne tal era 
el nombre del gabacho, pora prorumpir en sentíante de- 
nuesto? Ni ¿quién adiTinar el motivo que obligaba aguardar 
silencio á la desveuturada esposa, dado que no era muda, oi 
tímida, ni prudente, sino que á una competían en ella todas 
las perfecciones mujeriles? Pues era el caso que tenia di- 
vertida la boca con el blgado de un ave que daba ocupación' 
6, BUS mandíbulas; que el marido apetecía tambieo aquel bo- 
cado, y que habiéndolo ella asido á tiempo ; gan&doeelo por 
la mano, dio origen & aquella pendencia, mas bien parecida 
& una morisca zambra que & una mesa de cristianoB. 

Aquí tienen los quejumbrosos moralistas que andar á 
vueltas con la virtud como con moneda de cambio, haciéndose 
intérpretes de su valor ; queriendo subirla á cada punto de 
autigaedad para doblar el peso de bus quilates; aquí tienen 
un matrimonio tan cabal como lo desean: un mismo gusto 
dominaba en ambos, 6 como ahora se dice, uuas mismas eran 
sus afecciones, llevando esta homogeneidad, simpatía ó como 
quiere llamarse á un estremo tal de coincideacia, que todas 



L.OOi^lU 



112 

suB diKDBÍooes prorenian de esta completa oDlfomiidad de 
pareceres. Vex linbo qae se le antojó k Gillet veatíne la 
8a;a de sa mnjer, pues tín dada había nacido para la toga 
6 las hopalandas; j □□ dejó esta en cierta ocasión de consi- 
derar CQánto mas útil era, aun para el paseo, el bastón de 
su marido, que el engorroso abanico de que ella usaba. 

Cuéntase pues que & Teces no se contentaban con hablarse 
redo, sino que también venían i las obras, j había pnñada 
por la parte det marida, j pellizco por la de la mujer; pe- 
llizcos por cierto no mny parecidos á loa que dan los taba- 
cosos en caja propría. Con todo, en ei lance del hígado 
consabido, se contentaron con desearse de todo corazón el 
uno al otro la raaerte: j no pudiera dudar nadie de la sin- 
ceridad de BU deseo con solo ver su negra catadura, j el 
horrible gesto que & su imprecación acompañaba. Acaeció 
esto la Tíspera de San Marcos, santo i. quien atribniati sus 
devotos el raro milagro de revelarles lo futuro, j era por lo 
tanto creencia del pueblo de nuestros héroes en aquellos días, 
qne el que hacia las doce de la nodie estuviese en vela de- 
lante de sn iglesia , vería ir entrando en el pórtico las sotn- 
bras de todos los feligreses que fallecerian en el signimte 
año. Nuestro famoso hacendado, aunque francés, creía i pié 
jnntillas en esta superstición, y desde el punto en qae pro- 
firió el anatema mencionado, se le vino k las mientas que 
pnes tan próxima tenía la fiesta de su buen santo, bien podía 
convencerse de si era su mal deseo tan eficat como lo espe- 
raba: 7 asi no mucho antes de laa doce, salióse quedito de 
sn casa, y á gnisa de sepulcral fantasma, enderezó sus pasos 
hada la i^esía. Ocurriósele en este tiempo k sn mujer el 
propio pensamiento, 7 agujada también por el mismo anhelo 
que sn marido, se dispuso como pudo, j por distinta via 
concurrió al tenebroso misterio que debia celebrarse delante 
de la parroquia. 

Estaba la nodie del santo mas lóbr^a que cueva de sal- 
teadores, y solo de vez en cuando dejaba ver la luna su rostro 
resplandeciente por entre las espesas nubes qne de intento 
paredaa agolparae para ocultarla. Rompióse una vez el tene- 
hroBO ytío y ¡válgame Díosj ¿quién pedr& dedc á súbito 



118 

terror que se apoderó de bub alaaa cuando se vieron tan 
cerca el uno del otro, teniéndoBe por fantasmas? Baste saber 
que se quedaron mas pálidos qae dos espectros, y qne ambos 
se dieron priesa í guarecer en el pórtico de la Iglesia ; pero 
Bobrecogidos de nnero espanto, tan grande como el deseo qne 
alH los condujo, se pararon y retrocedieron. Volvió la OBcn- 
ridad á tender sn manto, ; á su favor pudieron recobrar el 
perdido espíritu. 

FAcil es figurarse qvc cada uno creyó ser el faTOreddo & 
quien San Míreos babia marcado el destina de su compañero; 
así que con tan lisonjera idea, gozosos en estremo, marido 7 
mujer partieron h&cia casa por el camino que cada uno trajo 
á BU venida; j como acostumbraban vivir aparte después de 
todas sus pendencias, se metieron en distintos cuartos, sin 
Bospecbar siquiera en su reciproca aventura. En seguida 
llamáronlos & cenar, j en vez de mirarse en el antiguo cefio, 
se colocaron juntos, no sin gran regocijo en su interior por 
considerar respectivamente el destino que loa aguardaba; j 
entre otros platos tes sirvieron una cbuleta de ternera esqui- 
sito manjar ^ue de continuo tea bacia en otro tiempo repe- 
larse; mas ahora, aunque ella lo veia y se le antojaba, decia 
entre sí por el marido: come, come, que cuando mas solo te 
resta un año; — y otro tanto consideraba él en su InteHor. 
Ofreciéronse varias veces la tajada, hasta qne por coman 
impulso guiados, compartieron la ración; y luego que hubieron 
concluido se retiraron pacíficamente á descansar, lo cual basta 
aquella nocbe, no habian jamas logrado que se verificase. 
Al siguiente dia, que era casualmente el de cumpleaños de la 
mujer, obsequió esta á Gillet con el fatal hígado de la pa- 
sada contienda, bien porque se apiadaba de la efímera vida 
del pobrete, ó porque reflexionó que después de muerto, esta 
y mejores cosas podría ella comer á su sabor en los siete 
días de toda la semana si le ptacia. El marido por sn parte 
tampoco se descuidó en bacerla varias finezas. 

Continuaron asi por espacio de seis meses, en cuyo tiempo, 
si no se acrecentó el amor que se tenían, mostrábanse al 
menos condescendientes basta un grado que no se conocerían 
tal vez algunos de nuestros mas enamorados matrimonios. 



114 

Maa frecuentee qoe nuDca eran ahora los motiroe de gdb 
re;ertaE, pero menos sénaB ; mas raras Ibanlas haciendo 
ellos de día en dia, como que miraban con indiferencia lo 
presente y se fijaban Un boIo en el porvenir, consideran doBe 
el uno al otro tan sagrado como si ya hubiesen fallecido. 
A los diez meses llegó el cumpleaños del marido. Sentáronse 
& comer al mediodía; pero ton desganados estaban ambos, 
que los mejores platos qnedaron intactos sobre la mesa. El, 
apoyando en ella los codos y metida la cara entre sus ma- 
nos, atisbaba por entre Iob dedos el rostro de su mujer; y 
comenzando el escrutinio por loa ojos, tigurábaaele que se 
escapaban de sus órbitas; después creía ver como se iba con- 
sumiendo la carne de sus mejillas, y concluyó por transfor- 
mar la femenil cabeza en un mero capat moTtuum. La 
mujer, repantigada en su enorme poltrona, miraba de hito 
en hito á su mando, y entregada L las mismas ilusiones, 
advertía que le iban asomando los descarnados huesos, y el 
color rubicundo de su cara lo comparaba al blanco yeso de 
un insensible basto. No es pues estraño que caminando sus 
pensamientos por la misma senda llegasen al mismo punto 
donde el marido fué el primero que rompió el silencio. — 
Mujer, dijo, bien quisiera engañarme, pero parecéis una di- 
funta. — Sobresaltóse ella al oirle, que aunque sus ojos no 
veiau mas qne la im&gen de la muerte, estaba muy distante 
de concebirla dentro de sí misma; y por esto al rer conver- 
tida en contra suya su propia idea, se quedó cual si la losa 
de un sepulcro se hubiera desplomado sobre su cabeza. Vol- 
viendo DO obstante en su primer acuerdo, y tomando el per- 
dido hilo de BU discurso, contestó con el mismo tono: Pues 
yo quisiera que vivieseis tantos años como i mi me restan. — 
Gillet entonces concibió el deseo de vivir algo mas tiempo, 
pues que segnn sus cálculos á dos meses cuando mas se alar- 
garía la «ida de la cuitada, y esta reflexión le dejó algún 
tanto pensativo. — Fero como ya en los pot;treros meses se 
habían acostumbrado á respetarse sus gustos, á perdonarse 
sus estravagoncias y hacerse mutuamente el sacrificio de sus 
inclinaciones, la mujer llegó á serle útil al marido, después 
agradable y por fin querida, tanto que recordando su p«re 



115 

cederá exiateDCis, se lastimaba continuamente y esclamaba 
coanioTido qoe iba i aer maj desventurado cuando se hallase 
viudo. Has ella no Be dolía tanto de la pérdida, sino que 
estaba aturdida en coasiderar la ceguedad de aquel hombre 
que cada vez se deslizaba ua poco roas h&cia el sepulcro, 
como bastaban k demastrArselo, á mas de su entera fe en 
los milagros de San Míreos, los síntomas de mnerte que tan 
claros en su semblante descubría. Por to que, dando sn 
caerpo por perdido, creyó que ios deberes de cristiana le 
imponían el de avisar al que tanto descuídala el alma, la 
proximidad de sn postrer momento; y así con voz pausada, 
como la gravedad del asunto lo requería, preparó la cuestión 
en los siguientes términos. — ¿Cómo estáis, Oillet mío? — 
Fuerte como un toro, querida, (y ella meneaba la cabeza) j 
deseoso de qne gocéis de igual felicidad (él también imitando 
sn meneo). Siguióse im profundo silencio que indicaba hallarse 
el marido muy ajeno de temer la muerte j de disponer el 
viaje á la eternidad; mas como hay siempre cierta propensión 
á ocnitar la verdad disimulando, la buena seüora creyó ser 
esto lo que su marido hacia, y determinó por lo mismo des- 
embucharlo todo de una tez, afirmándole que debía morir 
muy pronto. La sorpresa que estas palabras causaron en el 
ánimo de su oyente fué mucho mayor porque tenia la boca 
abierta para descubrírle este mismo secreto é, ella; pero al 
punto conoció el oráculo de donde la infeliz había sacado el 
Tatíclnio. Volvióse pues á mirarla y le preguntó con cierto 
asombro: iQuél ¿eetnvisteis en el pórtico de la iglesia? — 
SI qoe estuve. — Y ¿me visteis ... así ... en forma de espi- 
rito? — Como la nocbe estaba oseara solo descubrí vuestro 
semblante; ibais hacia la iglesia por el boquete de los zar- 
zales cuando yo llegaba al cabo del plantío. 

Al punto quedóse Gillet estupefacto, pero por ñn desahogó 
su corazón oprimido tanto tiempo hacia con una fuerte car- 
ctgada. Largo rato permaneció asi riendo y mas riendo, cada 
vez con dobles gritos parecidos á los histéricos acentos de 
la hieua; y la pobre mujer que ann no sabia cuál era la 
causa de su regocijo, mas bien lo tuvo por nu delirio ó una 
boqueada de las que & la muerte preceden; y ya comenzaba 



116 

á retorcer sus muios y «Isar el grito & los cielos, cuando él 
p&n acallarla le dijo: Mujer, tú estás loca; lo que viste allí 
no era mi soinbra, sino jo misino; jo te vi & ti también, 
deseoso de que Dios l« quitase de mi lado, pero gracias á 
su bondad vives aun, j esto es cabalmeute lo que hace dies 
meses no hubiera yo dicho sino con increíble seutlmieuto. 
Ella nada le replicó, porque pasaban tantas cosas por su 
cabeza que no hubiera sabido eeplicarlas; mas por último se 
arrojó á loa brazos de su esposo, le estrechó fuertemente 
contra bu pecbd, f mostróle asi que también ella participaba 
de su alegría. Desde aquel momenlo, ya absteniéndose de 
toda' dieeneion, ya toIeráüdoEe mutuamente sus impertió en das, 
UegaroD á ser los dos esposos mas felices; pero débese ad- 
vertir que BU ventura no llegó á colmo hasta que se vieron 
sanos y placenteros ambos en el peligroso día de la fiesta de 
San H&rcoB. 

Catetako Bosbll. 



ATRACTIVOS DEL INVIERNO. 



Pues señor, no hay que darle vueltas: la mejor estación 
del año es el invierno- Las empresas de los teatros logran 
f&cilmente buenas entradas. Los gastrónomos saborean ricas 
ostras; y asi que empieza á helar, sacian su apetito con el 
sabroso besugo. Los ministros de la corona pueden infringir 
impunemente las leyes sin temor de asonadas ni motines, 
porque la sangre no hierve como en el mes de julio, y loa 
patriotas prefieren asar castañas y calentarse en el brasero á 
pronunciarse entre lluvias y nieves. Loa limpia-botas bailan 
de gozo porque tienen grandes lodos á su favor. Los médi- 
cos se hacen de oro con los constipados y pulmonías. Los 
boticarios venden pastillas pectorales que ea una bendición 
de Dios. Los estereros se hacen poderosos. Las doncellas 
hacen nuevas conquistas todos los dias con los íraucesitos que 



L.OOi^lU 



117 

Be descuelgui del Pirineo é. límpiftr nuestras chimeneaa y 
nuestroB bolsillos con sos micos y sns Órganos. Hay no obs- 
tante padres muy espaíioles, particularmente en las boste- 
rfos, y apenas ven que un fronebute de estos camela i. sus 
bijas, á escobazos me to plantan en la calle. Así debían 
barrerse de España todos los eetraojeroG que esplotan la 
miBa de nuestra ignorancia. 

Los pretendientes sobre todo desean que llegue el in- 
vierno, porque los días de Navidad son los dias del turrón, 
y el turrón es el abmesto predilecto de tos españoles. Si 
JoTellanos viviera en estos tiempos, mudaría el epígrafe de 
sa célebre obríta de Pan y toros en el de Toros y turrón. 
Pero ademas de todos estos y otros aficionados que tan pode- 
rosos motivos tienen para quorer el invierno, hay otros apa- 
sionados á esta estación que el vnlgo ignorante califica de 
rigorosa. Estos apasionados son los verdaderos inteligeatee 
en la materia, y á buen seguro nadie podrá negarles la razón 
cuando patentízan las venteas de los meses de noviembre, 
diciembre y enero á. los de mayo, junio y julio. 

La monotonía del verano es insípida. El resplandor del 
sol alumbra siempre con sus mismos rayos. Las flores espar- 
cen sin cesar idénticos aromas. Los campos siempre ver- 
des — Obi esto es insuportable, esto es atroz. Dicen los 
aficionados al verano, que para eso están las tiernas avecillas 
que con BUS trinos ; gorjeos encantan 4 cuantos tienen un 
corazón sensible b. las delicias de la armonía. ¿Y qué, deci- 
mos los defenaores del invierno, puede compararse el débil 
canto del tímido ruiseñor, con los animados y penetrantes 
dúos que en el mes de enero entonan de t^as arriba los 
enamorados gatos? Y la lluvia? Puede haber cosa mas deli- 
ciosa que la lluvia? Oh, cómo me entasiasma la lluvial Hable- 
mos siempre de la lluvia! 

Algunos lian dicho que la lluvia es monútona. ¡B&rbarosl 
Que se apliqne este epíteto al sol, santo y bueno-, porque al 
cabo, según la definición de Mr. Arnal, tñ boMI n'ent qu'un 
grand clou Jaune fiché dona le firmament par la main d'un 
audacieux ttq^üsier; pero la üavia monótona! Bah! ¿Cuándo 
han visto los que tal absurdo profieren cosa mas variada y 



118 

tmenft que la llnvia? La niebla, el roclo, el granizo, la lluvia 

menuda, el aguacero, la piedra, la nieve, la tempestad hé 

aquí un mosaico encantador de predosidades. 

¿Haf espectáculo nag grandioso que el de un redo agua- 
cero . . . sobre todo cuando se le contempla desde una ven- 
tana detras de alguna vidriera perfectamente cerrada? Nada 
falta al golpe de vista. Cuando log cataractas del cíelo (estilo 
bíblico) ge abren en domingo, es cosa de alquilar balconea 
en la Puerta del Sol. Lcb que han tenido la imprudencia de 
salir de casa sin mujer y sin el paraguas, conocen entúnces 
las ventajas que lleva el último mueble sobre el primero. 
I Qué placer no proporciona ver bajo un solo paraguas pro- 
tector el pintoresco grupo de un matrimonio con chiquillos! 
Y digo, cuando la cristalina lluvia es de las que suelen caer 
acompañadas de un recio vendabal, contra el cual no puede 
resistir el mas impermeable tafetán, de ese furioso huracán 
que se lleva sombreros y pelucas .... oh I entonces la respe- 
table pareja que se' había puesto eu camino para ir á lucir 
el traje de Ioe días de fiesta, ofrece la maravillosa perspectiva 
de un lance verdaderamente romántico. Solicito el marido 
por BU precioso paraguas, abaudoua el brazo de su cara mi- 
tad , j se clava en el suelo para salvar el susodicho mueble, 
que el viento le ha vuelto como un calcetín, y parece querer 
arrebatárselo de las manos, del mismo modo que acaba de 
arrebatarle el sombrero en el momento que cae de una azotea 
una maceta de flores j le abre el cráneo. La recatada esposa 
no hace caso de la catástrofe del marido, ni del chubasco 
que [a inunda, ; solo piensa en su angelical pudor, por ma- 
nera, que para no dar en espectáculo sus contornos, toma la 
posición de Véuus de Médicis y lucha contra el ñiror de 
Bóreas, que parece se empe&a en descubrir á los espectadores 
las mas ocultas formas de la victima. 

Seria nunca acabar si quisiese liacer una minuciosa descrip- 
ción de todos los atractivos del invierno. Bastante he dicho 
hoj de las bellezas de la lluvia. En otro artículo me. pro- 
pongo demostrar los placeres del frió, las delicias de los sa- 
bañones y particularmente los heroicos lances del reuma cere- 
bral, bien persuadido que una vez leídas las razones en que 



ñindo mi opioion, todos mis lectores dirán conmigo que nada 
hay comparable á los encantos del invierno. 
II. 

Después de las encantadoras escenas que presenciainoB en 
I ; que algunas de ellas bosquejé en mi articulo 
, qué cosa mas agradable y recreativa á lus ojos del 
filósofo, que ver en un dia de aquellos en que se hielan las 
aguas del estanco del Retiro, estarse una madre junto al 
' brasero, calentándose las rodillas j enfriándose el cogote, con 
su gatita en la falda, para que el animalito no se resfrie, ; 
llorando un chiquillo á su lado á moco tendido, que se rasca 
con ferocidad los sabañones ! 1 1 Cada dedo del angelito parece 
un salchicbon de Vich, y sus manos se asemejan á esas guan- 
ees monstruos que ponen los guanteros por muestra á la 
puerta de sus fábricas. 

Si grandioso y magnifico es el espectáculo de los sabaüones, 
vive Dios que en nada le cede el qne ofrece la humanidad resfriada. 

jEeeet chum! .... jEeeet chuml grita con arro- 
gancia el mortal dichoso que tiene la fortuna de coger un 
buen constipado, de los que califican los inteligentes de ence- 
falitis incipiente que penetrando por las membranas dvra 
mata; pía máter y araeniides, no se contenta con la irrits- 
dou de las meninges ó fiógonis cerebral, sino que simpati- 
zando y haciendo cosquillas en la pituitaria, membrana si- 
tuada en los senos frontales y fosas de la nariz, produce el 
estrepitoso estornudo .... el majestuoso ¡Eeeet ... chuml á 
cuyo eco atronador felicitan todos los oyentes al mortal cons- 
tipado con las corteses frasea de ¡Salud! ¡Jesús! jDios os. 
asista! ú otras que demuestran basta la evidencia que el 
hombre acosado de una cefalalgia catarral merece las simpa- 
tías de todos los demás, cualquiera que sea el matiz político 
y literario á que perteDczcan. En una tertulia, en el salón 
de las Cortes, en el Senado, en la iglesia, dondequiera que 
resuene el ¡ Eeeet . , . chum ! 

Todos rinden su saluda 
con bnodadoi* oflcacia 

|0 poder dol esWmudol 

i:,<„v.<iT.Güogle 



120 

¥ no se crea que solo en España merece bien el que 
estornuda. Loa italianos le saludan con cierta esclamacioo 
cariñosa que manifiesta lo mucbo que se interesan per la Btta 
felicita. Los franceses le tributan uuob su A vos souhaite! 
otros IHeu votis béKtssel Lo mismo que los ingleses God 
bless yOTí! No se muestran mecos corteses los alemanes ma- 
nifeslaodo Hochaehtung für die Gesundheit del que estor- 
nuda. ¥ por este estilo saludan al estomudador en los de- 
más puntos de todo el orbe; por manera, que para ser uni- 
versalmente querido, uo hay como coger un buen constipado 
de cabeza. Hasta Dios protege á loa que adolecen de esta 
enfennedad; pues el refrán dice que Dioa ayuda a) que 
estornuda. 

ün antor franchvfe ba dicho no obstante, qne el reuma 
cerebral es la majar calamidad del mundo cuando establece 
su cuartel general en las narices de un actor, de un orador, 
ó de cualquiera persona obligada á hablar ó á cantar en 
público; pero JO replico que no perjudica nada al hombre, 
cualquiera que sea eu posición eo la sociedad, el nunca bien 
ponderado catarro cerebral, que le pone la nariz abultada, 
m^estuusa j colorada como un tomate , dándole el aire de 
ángel . . . esto es, de íingel mofletudo j lloran, con sus ojazos 
saltones ribeteados de coral. ¡ Oh imagen encantadora j 
sublime ! Y el actor? Y el orador? Si k la elocuencia de sus 
palabras se añade el sonido bronco de polichinela j el estam- 
pido del estornudo, qué mas se puede desear? Y si el héroe 
constipado se sienta en los bancos de la oposición, qné minis- 
terio por fuerte ; parlamentario que sea, resiste á una an- 
danada de estornudos? Dícese que el mismo Júpiter fué aco- 
metido por esta terrible enfermedad j que solo pndo librarse 
de ella & merced de un formidable hachazo que le aplicó 
Vulcano en las narices. Bien se conoce la ignorancia de los 
tiempos antiguos! El siglo presente, siglo de ilustración j 
de progreso, nunque no sea mas qoe por la gloriosa i 
clon de los fósforos que han sustituido al pedernal, al esla. 
bon y á la yesca; este siglo de mejoras positivas ba descu 
bierto también como un gran remedio para las narices escla- 
Tas de un pronunciamiento catarral, inundarlas de sebo ar- 



L.OOi^iU 



121 

diente, que cual b&Uftmo odorífico ; consolador, aplicjulo 
éjitM de acarrucarBe entre sábanas, produce maraTÍUosoa 
etectos. 

Con todo, penetrado de qne uno de los mas bellos atracti- 
TOB del invierno, es la multitud de reumas cerebrales que nos 
regala, me atrevo á aconsejar á cuantos sientan sus efectos 
en las oaríces , que por abultadas que las vean, por encama* 
das j lastrosae que se les pongan, no hagan uso jamas de 
semejante remedio, y mucho menos siendo casados, pues el 
sebo no huele á rosas, 7 podría el catarro tener consecuen- 
cias fatales para la cabeza del enfermo. 

Wenceslao Aiouals be Izco. 



SACRIFICIO DE FANDILAS. 

Tengo para mas Iribijn 
dot oiurlOB bsjoi, r 08 digo 
que muj de veras loaldigo 
los plcaroi cuarioa b«joí. 

Pues se&or: (de algún modo se ha de comenzar j este le 
recomienda el uso). Pues Señor, necesario es que yo escriba 
porque también me aqueja esta enfermedad tan generalizada 
hoj, como en otros dias la gripe ó el cólera. Solo podía 
detenerme una consideración, y era la pequeña de si mi artf- 
ctdo produciría un efecto diametralmente opuesto al que me 
propusiese, y en esto no cabe vanidad, porque hablemos en 
raioQ, después de tantas y tan buenas cosas como en este 
períódico se hau leído, ¿qué debe parecer el escrito de mí 
knmílde pluma? La pincdada de un restaurador, asesino del 
precioso lienzo; el sajón que no habla en un interesante 
drama; nn remiendo, en ñn, de paüo de B^ar en el costoso 
fraque qne, como argumento conclayente de su talento, pim- 
ienta engreído Borrel al mas opulento de sus parroquianos. 
Mas afortunadamente para la civilización. La Risa es un len- 
guaje tan espresívo y generalizado, que uo dudamos en afir- 
mar que de no lograr se asome á los lindos labios de Is 



L.OOi^iU 



bella BOBcrítOTa aqiiella graciosa mueca del agrado, alcanzará 
poBitÍTamente una de las BourÍBas qae cada uno es dueño de 
interpretar á bu uiajiera, ; esto siempre ea algo. 

Cnáa dichoso será, cuánta gloría alcanzará el afortunado 
escritor que pueda trasladar fielmente á la posteridad los 
sabrosfaimos di&logos cod e) sastre que reclama el valor de 
una levita, qoe fué, las bruscas interpelaciones de algún usu- 
rero en escala menor, la tiemíeima relación de nuestra inde* 
finida patrona, viuda provecta, que de continuo amenaza con 
hacer sonar la campanilla para despejar el salón si no es- 
cucha el sonido de la metálica; ó cualquier otra de las infi- 
nitas delicias con que se ameniza la vida de los afortunados 
hijos de Eva que desde 1300 al dia han visto la luz en esta 
bendita patria de los Padres Santos y de los niños de Ecija, 
sin traer la posdata de ser propietario mayordomo ó. . . . ó, , . 
asCDlista. Pero no faltará digno cantor que trasmita tan pre- 
ciosos datos históricos á nuestros futuros prójimos , que se 
desesperarán por no haber podido alcanzar loe tiempos de 
tanta ventura y bienandanza. ¡Paciencia! 

Ya que no puedo yo entretener con tan agradables des- 
cripciones, les referiré un suceso, que calificarán como gasten 
aunque á mi juicio nada haya tenido de gracioso. 

Creo habrán ustedes recibido, señores lectores, la atenta 
esquela qne les he dirigido ofreciéndoles mi nueva habitación; 
por lo tanto juzgo una redundancia el decir donde se baila 
situada mt humilde choia, mi pobrt altyamiento, mis cuatro 
pande», etc. He pensado seriamente en la razón qne hu- 
biese para dar el honroso dictado de Calle á la de mi domi- 
cilio que, con su perdón sea dicho, no pasa de una modesta 
callejuela, y solo he podido hallar la de que en nua & otra 
banda de la misma existiría alguna casa de propiedad de un 
regidor de la M. H. villa que convencido de la necesidad de 
darla importancia, (pues que hay notable diferencia entre que 
un pié de terreno valga tres reales 6 ciento) entablaría nego- 
ciactoDes diplomáticas, y poniendo en juego todos sus cono- 
cimientoB, lograrla por último el feliz resultado de dar el 
nombre de calle al misero callejón. 



123 

Ero el primer dia que ocupaba el oueTO domicilio, el sol 
iluminaba una caaa frontera á )a mia, que está al norte, aca- 
baba de deaajnnarme, j dirigía errantes miradas por la 
estancia, pensando ea dar diversas distribuciones é, los esca- 
sos muebles de mi pertenencia; acababa de colocar en on 
rincón mi sable, bastón j paraguas, ó sea los tres poderes, 
como dice mi palrona, cuando en el dintel de la sala apa- 
reció un sugeto para mi desconocido, j cu^a facba mostraba 
no pertenecer í ninguna de las once familias en que, según 
un sabio naturalista, se hallan divididos los hombreg de mundo; 
el personaje elevó su cabeza con orgullo, estiró la compli- 
cada corbata, llevó las manos al estrecho pantalón, y después 
de infinitas cortesías dijo : 

— Caballero, usted no me conocerá. 

— Cierto que no tengo ese honor. 

— 8o;, para lo que guste mandar, el amante de Robus- 
tiana, la joven que vive en el cuarto bajo. 

— Sea mu; enhorabuena, ; celebro saber que en el piso 
bajo hay júvenes. 

— Y vengo á exigir de usted un favor. 

— Vaya en gracia, murmuré, apenas be entrado en esta 
casa 7 ya andamos con favores. 

— Porque el padre de Robnstiana, que es un tirano, se 
«pone & nuestra pasión j . . . 

— Es nrcedad por cierto la del tal anciano. 

— Dice que nunca permitirá que se case . . . 

— Prodigio! dichoso usted, hombre de Dios, cuántos desea- 
ríamos encontrar un padre con tan poco comunes pensa- 
mientos. 

— Es verdad, pero Robuatiana se obstina eu que es pre- 
ciso casarnos. 

— ¥ usted ¿qué dice? 

— Qué cosas se ocurren á usted! Es el caso que durante 
el tiempo que esta habitación ha estado desalquilada, nOB 
hatláhamos en la gloria 

— Ya, y con la ocnrreucia de venir á habitarla, les he 
trasportado al infierno, j eso quiere decir en buen castellano 
que desaloje, que . , . vaya, vaya, que esto es muy grande. 

i. , , t^.OO'^IC 



124 

— No señor, lo qae es . . que tutea aos vefamoB en esta 
sitio, j ahora , . . 

— Es imposible que lo verifiquen? pnes crea usted que 
lo siento, y si pudiese ... 

— Sí señor que pnede usted, y Robuetiana me ha encar- 
gado le diga. . . 

— No tiene nada de corta la tal niña. 

— Si lo. dice usted por mo&, sepa qae Bobustiana, aun- 
que tiene 80 años, no solo no es vieja sino que . . . 

— Concluyamos. 

— El encargo es que tenga asted la bondad de permitir 
nos veamos en este sitio cuando á ella j á ni nos sea 

— Donosa ciertamente es la exigencia. ¿Usted cree por 
ventura? .. 

— No señor, no creo nada; pero necesita ver & Rolms- 
tiana. . 

— Y b& encontrado que mi casa es la mas adecuada para 
BUS visitas nocturnas y criminales. Pues amigo se ba llevado 
usted un solemne chasco: no puedo ni quiero complacerles, 
y espero 

— Si señor, debe usted esperarlo; á su cargo irán las 
consecnencits, porque es muy poca caridad, y si nsted hu- 
biera necesitado de mi oficina ó de mi ciencia, seguro podía 
usted haber estado de ser servido. Pero hay mucha diferen- 
cia entre un cin^ano y nn hombre como usted. 

— Usted es cirujano, tal vez el de la esquina? . . . 

— Sf señor, soy Fandilas . .- |ay Dios miol ¿No escuchas 
unos golpécitos? 

— Cierto, cierto: eso ¿qué quiere decir? 

— Robustiana que viene. 

— Pues digo i usted que no se detiene en pequeneces; 
natural era que esperase. 

— Tiene nn carácter muy impetuoso : voy & abrir la 
puerta. 

— No señor, lo que usted va é, hacer es decirla tenga la 
bondad de volver por donde ba venido. 



125 

— Imposible, imposible; su padre puede sentirla ; .... 
convénzase UBted de la necesidad de 

— De que usted ; esa señora se vayan al campo de 
Guardias, y no molesten k personas que no están para fasti- 
diarse con semejantes sandeces. 

— Silencio, por favor, no gritéis, escuchad coa qué temor 
llama: concedcdme esta gracia y os juro ... y el barbero se 
postrú i mis pies cost&ndome gran dificultad el reprimir la 
carcajada; miré á aquel hombre enjuto y estrafalario, con su 
fraque de ala de pichón y hombreras en forma de dragonas, 
y me convencí que no pertenecía k la clase en que se hallan 
vinculadas las calaveradas, y mucho menos á la de loa se- 
ductores. Fandilas me acosaba con sus súplicas, Kobustiana 
impaciente llamaba con mas fuerza. 

— Diez minutos es el plazo que concedo para vuestra 
entrevista; y estaré presente y. . . 

— Mucho se lo agradezco 6. usted. . . . 

— Agradece á qne mi patrona no está en casa. 

Oh! si supiese .... pero no lo sabrá que aun debe tardar 
nn buen rato. En esto apareció en la sala Kobustiana. Figu- 
raos, amables lectores, una mujer de la edad ya dicha, de 
tez acobrada, de mal gesto y aspecto desagradable, sobrecar- 
gada con multitud de adornos j cintas, cuya poca gracia y 
mala disposición revelaban á tiro de ballesta ser obra de 
casa, y de casa de mal género. Después de una reverenda, 
Kobustiana condujo á Fandilas á un estremo de la sala, y 
comenzaron una animada discusión, aunque preciso es decir 
por honor de la verdad histérica, que ella únicamente hablaba, 
pues el cirujano solo contribuía coa algunos monosílabos j 
mtdtítud de ioclinaciones de cabeza en señal de aprobación. 
Por mi parle cantaba & media voz, y revolvía los papeles de 
mi mesa para distraerme del poco grato papel qne estaba 
representando. 

Transcurrieron algunos minutos cuando se escucharon 
desaforados golpes en la puerta, y aun mas desaforadas voces, 
que inmediatamente fueron conocidas, pues Fandilas se tapó 
los cgos y Kobustiana lanzó un grito lastimero. £1 momento 



126 

era una Terdadeni crisis que jo juzgué lo mas conTeniente 
que sTanzase á su 6d : resueltameote me dirígf á la pnerta ; 
di libre entrada al padre, qae según la facha y cierto olor- 
cilio debia ser Blmacenista de aceite; el buen hombre sin cui- 
darse de mi, continuú gritando: ¡Donde se hallan esos íd&- 
mes, dónde estfiíi que los voy k asesinar! . , . 

— Padre, perdonadnos. 

— SI, dijo el barbero, perdonadnos. 

— Seductor, hombre sin conducta, ahora recibirás el pre- 
mio de tus maldades, dijo y se lanzó al sable que estaba 
en el rincón; yo temiendo los efectos del furor paternal me 
interpuse, diciendo: 

— Conténgase usted y respete se halla en casa que no es 
U snj^ 

— También con usted me las habré, encubridor. 

— Señor mió, lo que estoy yo . . . 

— Ks contribuyendo á la perdición de mi hya. 

— Cese usted en sus insultos, pues de no... 

— Se lo diré k usted cien ?eces, si Beñor. 

Yo couocia que el hombre tenia razón y qoise hacerle en- 
tender lo que babia ocurrido; pero el anciano no lo permitía, 
pues continuaba diciendo: — ¿Todos son ustedes contra mí? 
pues bien yo haré qne se me respete, y abriendo el balcón 
comenzé á gritar con mas fuerza: |ñiTorI ¡Bocorrol jvecinost 
i socorro I... 

— Escache usted, hombre de todos diablos .... 

— ¡Padre!. . . 

— ¡Vecinos! . . . 

¡Obi psra colmo de la desesperación, en aquel momento 
fatal se presenta mi patrona y escucha que el motivo de la 
algazara es una seducción , y juzga que el reo soy yo, y qne 
el templo donde se ba quemado el mal incienso es su casa, 
; grita también y patea ; prodiga insultos y amenazas, y su 
furor crece basta el punto de enarbolar mí bastón, y yo atur- 
dido de tantas voces y queriendo oponer algnna defensa al 
sable del padre y al bastón de la patrona, alzo el paraguas 
y me pongo en ademan hostil . . . 

i. , L.OO'^IC 



127 

¡Momeatofi de hombie conñiBionl algunas personas de 
aquellas que siempre eDCuentrno un placer eu ver renegar al 
prájimo, se habían introducido en la habitación fonnando 
ana barrera de carne humana, que difícilmente podo romper 
un destello de la autoridad municipal, vulgo Alcalde de barrio, 
que no tardó en presentarse atraído por el alboroto. Gran 
triunfo consiguiú con escuchar ; ser escuchado, pues se mez- 
ciaban formando un coro infernal los agudos cbillidoe de Ro- 
bustiana con los suspiros mayúsculos de su amante, los de- 
nueatos y amenazas en tono de sochantre, que espresaban la 
ira de la patrona, con los gritos del padre interpolados de 
asmáticas toses y mis espreaivM interjecciones con los ruegos 
de algún oñcioso redentor. Por fin, foeron entendiéndose j 
escuché á Robustiana que decia: 

— Señor, este Joven y yo somos víctimas de una pasión, . . 

— También yo, niunnuré. 

— Y mi padre se opone ¿ ]& realización de naegtros 
honestos intentos. 

— ¿Ustedes quieren casarse? dijo el Alcalde. 

— Si sefior, y Fandilas no es ningan perdido, pues tiene 
su tienda de cirujano muy acreditada. 

— ¿Qué dice usted como padre que es de esta joven? 

— Debo decir, que si sus fines son esos . . . ¿qué he de 
hacer? renunciaré á mi venganza. . . . sean ustedes todos testi- 
gos: que se casen. 

Y se mudó repentinamente la escena, mi patrona dirigía 
miradas de asombro al convencerse de su error; los amantes, 
es decir Robustiana, se mostraba gozosa, pues que Fandilaa 
continuaba imperturbable tapándose los ojos. Respecta á mi 
persona solo diré qae creí en conciencia que todo había sido 
una trama diabólica para casar al barbero que era la verda- 
dera víctima de aquel drama; mi patrona requirió con buen 
modo á los piofanos abandonasen el terreno, lo qae verifi- 
caron en estremo disgustados del desenlace de aquel suceso. 
Bobastíaua con gestos y monadas empalagosas me suplícú, en 
gracia de mi condescendencia, que asistiese á so boda, y 
deseando librarme de sus ¡mportunidades, ofrecí caando quie- 
sieron, y si ustedes, amigas lectoras, no están tan fastidiadas 



L.OO'^IC 



128 

como JO me hallaba en ai^uet raomento, puede enceder que 
asiata á la función para luego tener el singular honor de 
referírsela á ustedes. 

JuÁH Gakcia di Tosbxs 



EL SENADOR. 

Por último, aunque vamos á dar nna idea de un perso- 
naje que tan directamente se roza con la política, no tengan 

cuidado loe asustadizos fiscales, que no tratamos de entrome- 
temos en terreno vedado, y mas bien que un ente político 
queremos bosquejar un tipo nacional , ya que hasta ahora no 
se ha dignado emprenderlo en su publicación el editor de los 
Españoles pintados por si mismoa. Un senador es un miem- 
bro del senado. El senado es una parte del poder legislativo; 
el poder legislativo es un retazo del cuerpo político y el 
cuerpo político, en España, en nada se parece á los demás 
cuerpos, porque si atendemos á las dimensiones, ni tiene lon- 
gitud, ni latitud, ni profundidad, ; si observamos las cuali- 
dades que pueden hacer impresión en nuestros sentidos, difí- 
cilmente lo percibiremos, ni por el sonido, ni por el tacto, ni 
por el olor, ni por el color, ni por el sabor. Pero prescin- 
daraos de estas reflexiones, porque vamos penetrando en ter- 
reno vedado 7 no es nuestro ánimo rozamos con la política. 
Antes de hablar del senador AecAo, diremos algo del sena- 
dor en ciernes ó sea del candidato para senador. En primer 
lugar, el que aspire & merecer tal distinción necesita que le 
haya salido la muela del juicio. (La constitución previene que 
tenga cuarenta navidades, es decir, que haya comido turrón 
cuarenta veces.) En segundo lugar ha do tener mucha barriga, 
consecuencia de haber comido tanto turrón. El senador que 
viene flaco se constitcye en la obligación de criar mucha 
panza, de suerte que, como las mujeres casadas, cuentan los 
progresos de la tripa por los meses del embarazo. Un sena- 
dor en el primer mes aun conserva la forma regular, pero un 
senador de nueve meses apenas tiene banco donde repanchj- 



129 

gane; D« lo dicho se infiere que no ae ube cuU circQtts- 
tancia es mas precisa, ai ser senador para criar barriga, d 
criar barriga para ser senador. 

El candidato para senador ha de tener cuarenta mil reales ' 
de renta, requisito índispeasahle mas que el saber ; el talento 
para ser buen l^islador en Espaga. Porque Tamos á cuen- 
tas: ¿qué ha de entender de códigos, ni de principios políti- 
cos, ni de presupuestos, ni de coaliciones un hombre que no 
tenga cnarenta mil reates? Esto es tan imposible como no 
poner fin nosotros i esta cuestión, porque vamos penetrando 
«1 terreno vedado ; no es ánimo tiuestro rozamos con la 
política. 

Desde qne el senador, lo mismo que el diputado, entra en 
candidatura con probabilidades de tríonfo, empieza por en- 
sayar hasta en el trato familiar, las voces técnicas de 1^^- 
lador. Si disputa con el aguador, que no es difícil, porque 
también los senadores beben agua, por razón de categoría, 
quisiera tratarle como & nn escl&ro; pero como necesita estu- 
diar BU papel de senador, en lugar de «usted miente, vaya 
usted enhoramala» es capaz de decirle «8. 3. se equivoca», 
6 «folla 6 la verdad el señor preopinante.» Cuando la mujer 
propone algo, no dice como ¿ntes, me parece bien ó me 
parece mal. Si tiene gana de di&chara contesta: pido la 
palabra en contra; y alU ensarta nn. discurso muy formal 
sobre la conveniencia de comer arroz con pollos, sobre la. 
necesidad de que las mujeres sean hacendosas j quieran 
mucho i sus maridos, ó en fin sobre lo qne verse la propo- 
sición. Si está de baen talante y no tiene gana de conver- 
sación, ó hace una seíia con la cabeza como para votar que 
si, ó responde con mocha prosopopeya: aprobado sin disensión. 
Dios libre k los hijos de faltarle al respeto y mas á la mnjer 
de inspirarle temores, jOhl entonces la sesión es mas aca- 
lorada: amontona citas de Séneca, aglomera sentencias de- 
Montesquien y encaja c por b todas las fábulas morales de 
Oampoamor. Mientras tanto la mujer puede que esté mur- 
murando los romances de Quevedo. Pero el senador tomando 
una posición grave y en tono solemne, oon majestad sena-' 
tonal, esclama: con tales ejemplos de inmoralidad y de cor- > 

Camposicionsí jocaiBi. 9 



130 

rupcioa ¿cómo no entorpecerse j pualüane las carcomidas 
ruedas de la máquina gnbemamental? Kl matrímoirio es una 
instilación salTadora; las prerogatívat qne ella concede al 
marido ó sea el pod^ ^ecutivo de la familia, han de ser 
respetadas j obsenadas con religiosa eacnipnlosidad: de lo 
contrario los elementos de corrupción cunden como el aceite 
j es de temer que se derrumbe el edificio.... Aqaf la mujer 
y los chicos se estremecen, miran á las rendijas del techo j 
quieren tranquilizar al candidato diciendo: ¡ahí no hay nada 
que temer, el edificio est&casi nuevo! ... El senador tomando 
la campanilla de la escribanía y levantando et votarron, es- 
clama: lal órdenl isilenciol ¡dejadme concluir! ]al orador no 
se la intenurapel tirilin, tirilin, tin, tin, tin..., quiero decir 
que se derrumba el edificio tocial, es una metáfora, son 
nstedes unos idiotas; bien se conoce qne no están acostum- 
brados al rigorismo de las práctica» parlamentarias. 

Llega la época de las elecciones \ qué intrigas I qué mane- 
jos para hacer triunfar su candidatnral todo se vuelve circu- 
lares á sus depeadieoteS) cartas á sus amigos, recados á sus 
conocidos, jtodo para qué? para entrar en tema j esponerse 
á no ser el preferido por la corona. Estraña manera de 
hacer senadores; qne á cualquier hombre de opinión conocida 
imposibilita de serlo, porque cuando se conoce que un cíoda- 
dano ha de servir á loa intereses y miras del trono, no le 
propone el pueblo, y cuando se consagra á loe intereses del 
pueblo, no le elige la corona. 

Ya es senador el candidato. Si no vive en Madrid tiene 
que trasplantarse con anticipación: menos por asistir á las 
juntas preparatorias que por lavarse la cara y las manos, 
comprarse peluca si es calvo, y si tiene pelo domárselo á 
faersa de hierro y pomadas. £n un hombre que tiene 
40,000 reales de renta, es casi preciso comprar coche, y si 
ha de darse importancia de hombre grande, debe llevar gofas, 
lente ó anteojo de larga vista aunque vea como un lince. 
Los senadores como gente machucha y de dinero son moros 
de paz, y asi no se desviven el día de apertura por ocupar 
el centro itqaierdo, ni el centro derecho; se sientan donde 
m^jor les cuadra y se recuestan bien sobre el mnllido respal- 



131 

do, y ya que no son Un ardientes patriotag qne se desTivaD 
por robarse con h. política, eod tan cómodOB aeílores qne té 
recrean en rozar bu espalda con el terciopelo del banco. 

El senador, como cualquier hijo de Teciuo, es mas amigo 
de loa ingresos que de los gastos : así es qne las atenciones 
de su casa se van cubriendo con un orden admirable. ¡Quién 
dirá qne los que tan celosos y entendedores se manifiestan 
en la economía doméstica, en tratando de la economía polftica 
no saben lo que pescan! Pero be dicho mal; pescan y Eaben 
lo que pescan , y algo mas diria de la pesca si no fuera por 
qne entraríamos en terreno vedado y no es nuestro ánimo 
rozamos con la política. Salgamos de tan cenagoEO atolla- 
dero, y veamos como el senador atiende i las obligaciones de 
BU familia. Regularmente divide la operación en partes, y 
para ir en todo conforme con su estudio parlamenlario, estas 
partea las llama presupuestos y así calcula: 

Presupuesto de comida tanto. 

Presupuesto de zapatos cuanto. 

Presupuesto de la lavandera., tanto mas cuanto. 

etc. etc. etc etc. etc. 

Deposita los fondos ea sn mujer y no tenga que pedirle 
un ochavo mas para gastos estraordinarios; pues esta clase de 
contribuciones jamas son votadas por el cuerpo legislativo que, 
como el cuerpo ejecutivo, está reasumido en el cuerpo gordiflón 
del señor senador. Cuando la mojer le sorprende el bolaillo y se 
le descarga por vía de empréstito no reintegrable, como hace 
todo gobierno con sn nación, el senador que quiere la fiel ob- 
servancia de las leyes establecidas , exige de su mi^jer aquel 
mismo dia 6 aquella misma noche un bilí de indemnidad. 

Hay senadores lo mismo que diputados de dos clases: 
charlatanes y mudos que también pueden dividirse en em- 
brolladores y autómatas. Los primeros hablan en todas las 
cuestiones, sin formar opinión í salga pez ó rana. Tan pronto 
como se anuncia una propoiídon ya eBt&n con el ¡pido la 
palabra ! Si otros la piden en contra et orador embrolla la 
pide en pro y viceversa, y algunas veces habla y mas habla 
sin que el público sepa en qué sentido, lo cual no es de 
estrañar porque el orador tampoco lo sabe. El senador mndo 
8* 



132 

6 auUmata ea un iDstrnmeDto dócil del amigo maa audaz, y 
asi se le ve siempre votar (qoe es lo único que hace) del 
nÚBino modo que bu mas iofluyente amigóte. Si este dice 
haches, él dice haches, j ai erres, erres, j si el amigo se 
encoge de hombros, el autómata, por variar, también se 
encoge de hombros. A esto está reducida toda la ciencia de 
un senador de este calibre, aunque por lo regular suele darse 
importancia 7 hace creer que si no habla es porque no se 
le antoja. Solo qne siempre le da la gana de lucirse en las 
cuestiones que sabe que no han de reBolrerse en el senado. 
Si loa amigos de café le pincban, sabe incomodarse ; decir 
que el dia siguieote piensa hacer una furibunda y cáustica 
interpelación; pero llega la hora, las tribunas eatán repletas 
de amigos del interpelante, por todos lados se anuncia con 
solemnidad y pompa que Don Fulano se va i lucir. Abreae 
la aesion y Don Fulano no parece, lo maa que hace Don Fu- 
lano es enviar una comunicación al señor presidente mani- 
festando que tiene una pierna mala, y necesita licencia por 
dos meses para ir é. tomar los baños de Trillo. El aenado 
qneda enterado de la comonicaciou; loa amigos de Don Fu- 
lano quedan enteradoa de que no sabe hablar y por eso no 
se presenta, y yo quedo enterado de que Don Fulano ha ido 
la noche fintea al ministerio y le han convencido como á al- 
gunos que pudiera citar, si no fuera porque el articulo ea ya 
demasiado largo y voy é. ponerle fin, y sobre todo porque 
enlxarlamoa en el terreno vedado y no es nuestro ánimo ro- 
zamos con la política. 

Juan Martutbz Villeboas. 



MODAS INGLESAS DE INVIERNO. 

Dfceae comunmente qne la Inglaterra marcha al frente de 
la civilización europea. Y esto por qué? Porque los ingleses 
Bon loa entea mas estravagantes del mundo. Ergo Be deduce 
de esta verdad que la ilustración ea hija de las estravagan' 
ciaa y que La Sisa, enciclopedia de extravagancia», es madre 



138 

de la iluBtracioQ. Es decir, que La S.iia es el mejor perió- 
dico de Espaíta, al qae toda persona decente debe suBcríbirse 
Bi qoiere contribair á la prosperidad de bu patria j ponerla 
al nivel de la Gran Bretaña. 

Dejaos pnes, amabilísimos lectores de ambos sexos, de 
segnir las modas de Paria. Estravagancias hay también en 
Francia; pero no paedeu ponerse en paragon con laa de laa 
ninfas del TámesiB y de loa elegantes de la soberbia Albiou. 
Mientras los hijos del Sena se arropan y acurrtican ante las 
marmóreas chimeneas de los salones de Paria para precaverse 
de los rigores del inriemo, los ingleses hacen alarde de sns 
brioB y deBafian con bus estravagantes modas las intemperies 
de la sañuda estacion- 

Así que anochece, todos los elegantes de Londres se alige- 
ran de ropa en términos que se quedan en camisa. Los 
hombres en camisa de hombres y las mujeres en camisa de 
mitjer, esplicocion indispensable, porque llamándose en inglés 
Shirt la camisa de hombre, y Shift la camisa de mujer, no 
puedo yo traducirlo con la sola palabra de camisa, porque si 
se dijese que las mujeres van en Shirt y los hombres en 
Skift, se diría que los hombres van eu camisa de mi^er ; 
las mujeres en camisa de hombre; pero poniendo la cuestión 
tn m verdadero terreno, el resultado es que la última moda 
es no tener ñrio, y como el alambrado de Londres está man- 
dado recoger por ser cosa muy antigua y de mal gasto eso 
de los faroles y del gas, los elegantes andan que bebeu los 
vientos por aquellas calles de Dios, con un candil en la mano 
(a lamp). 

La gente respetable sigue también esta moda, que pare- 
cerá inverisímil & los que no tengan un profundo conocimien- 
to de laB rarezas de loa ingleses; pero si alguno de mis 
lectores no da crédito 4 las presentes lineas, puede tomarse 
la molestia de ir á Landres y como no encuentre á todos los 
elegantes eu camisa, consiento en paBar yo por descamisado 
todo el resto de mi vida. Repito pues, que las personas de 
respeto v^n también muy serias en camisa por las calles, y 
lo mas que hacen para calentar el cuerpo de vei en cuando, 
es detenerse en alguna taberna (PubUe-Bauae) engullirse on 

i. , L.O,0<^IC 



134 

C&cho de queso (a bit of cheete), ana patata (a patato) j 
luego a glass of runt, esto es un vaso de ron. 

De este modo van matando el tiempo loa tiernos esposos 
hasta media noche, que se reúnen todos ios elegantes en 
Segent Street, se zurrim mutoamente el bullarengue, j se 
retiran calentitos j gordos cada mochuelo á su olivo, pero 
para meterse en cama j conservar el calor, el esposo se viste 
de coracero con su espadón, su casco, su coraza, sua botas 
de montar con las correapon dientes espuelas, y la amable 
esposa Tiste también su gracioso uniforme. 

En esta forma se acumican entre sábanas diciendo ella 
Good mght my ¡ove, buenas noches mi amor, y él Good nigkt 
tiig soul, buenas noches alma mia, j al decir esto huelen á 
un tiempo un ramillete de ruda y se duermen como cachorros 
(son of a bitch). 

La palabra ramillete se compone en inglés de doa voces 
it saber: Nose-gay, nariz alegre, y vive Dios que si el ra- 
millete es de Tuda como los que estin de moda en Lúndres, 
puede alegrar las narices, como los carros de Sabatini. 

Wenceslao Ayquais de Izco. 



MODAS, 

Ya hace tiempo que los redactores de La Risa tentamos 
cierto desasosiego, cierta zozobra, cierta impresión inespli- 
cable, sin que pudiéramos dar con el por qué 6 sea la csosa 
de estos efectos, ni mas ni minos que cuando sale ano de 
casa dejándose algo olvidado, ni se determina á volver, ni 
aderta á andar, sabe que le falta algo, pero no sabe lo que 
le hlüí j suele caer en la cuenta á la mitad del camino, 
cuando la urgencia de su comisión no le permite rtíro^adar: 
Le dicho mal, retroceder, que viene á ser lo miamo, sin que 
pueda darse interpretación política. Afortunadamente p&rft 
nosotros y para nuestros suacritores, aunque hemos recor- 
.dado tarde, no hemos llegado tarde, y por aqnello de que 
mat vale tarde que nunca j lo de que nunca es. tarde si la 



L.OOi^lU 



135 

dicha e» buena; qnetiendo ademaü cnmpLr coa la midos 
clásica de deleitar instmjendo y vice-Tersa; dcíeosoa de nnir 
lo útil á lo agradable, j en ana palabra dispuestoa i hacer 
cuantas m^oras nos sea posible establecer, hemos resnelto 
crear una sección con el epígrafe de este articulo, que tendrá 
á nuestros elegantes lectores j lectoras al corriente de los 
adelantos, noticias, figurines 7 demás concerniente al indis- 
pensable arte de currutaquería. Nuestros suscrítores sin 
corresponsales franceses, ni ingleses, ni portugueses, ni rusos 
(porque aquí lo que queremos es independencia ttacional) 
sabrán do solo la moda présbite y la pasada, sino la futura, 
que es ca&nta Tentsga podemos ofrecerles y cuyas noticia^ 
como es de inferir, no podríamos recoger nosotros sin cuan- 
tiosos desembolsos de correspondencia. 

Moda corriste. 

Como la flstacion no consiente mucha ropa que digamos, 
asi el tnge de señora como el de caballero están puramente 
reducidos á lo egterior. Las señoras van sin camisa, ni refajo, 
ni enaguas, ni corsé. Llevan solo un vestido de tafetán su- 
mamente fino con mucho vuelo bsjo, sin ser palomino, dos 
esclarinas de vuelo también proporcionado con sus correspon- 
dientes guarniciones; fairutas por tirabuzones y un sombrero 
de forma piramidal que con el resto del trt^e viene á.pre* 
sentar exactamente la figura de un embudo 6 de un cubilete. 
Un alfiler con el retrato al óleo del novio 6 del marido, som- 
brilla enana que apenas da sombra al pico del sombrero y 
guante blanco. 

Kl traje de caballero es mas sencillo todavía. Consiste 
en un sombrero de tela, vulgo jibus. Saco blanco, abrochado 
todo el verano para no constiparse, y sobre todo cuidando de 
llevar las manos bien abrigaditas en los bolsilloa. Botones 
grandes como tomates y pantalón ajustado hasta la oprimida 
bota. El que no rompa el pantalón á la segunda vez de 
ponérsela no es elegante, y lo mismo el que no quede cojo 
por las mordeduras del calzado. 

Moda venidera. 

Traje de corte. Para caballerq: papalina, corbatín de 
suela con un letrero gue diga «viva mi dueño», saca de verano 



136 

eon 00 puedllo largo en el bolsillD, calzos corto blanco, 
medias negras caiadaS) alpargatas con espolines, j ana vara 
de medir por bastón. Unos Uefarán al saco cerrado con 
lacre, otros con oblea, y algunos oon cerrojos y candados. 

Para señora: zapatos de aguador atados con tonüía, medias 
coloradas, cainlla, collar de pincbos, guantes de ct^allerfa, 
bigotes postizos la que no los tenga naturales, j sombrero 
calañes. 

Traje de pateo. Para caballero: descalao de pié j pierna, 
en calzoncillos, &bc verde con caponas, babero y bonete. 
Para señora: Cbonclos, calzón de maragato, aobrepelliz y 
canana, paragaas colorado, melenos trenzadas y cbacó. 

2V(vc d« comino. Para caballero: botas de montar y 
enaguas con gnamiciones; faja encamada, chaqueta de ala- 
mares y montera gallega. 

Para señora: calzón de ante, estribos de madera con gal- 
gas, coraza y carabina, guante blanco, pulseras, ferroñé j 
sombrero de l«ja con escarapela tricolor. 

Traje de montar á la inglesa. Pantalón de papel blanco; 
sombrero y caballo de castor, irac de bnle, y una ballenita 
en lez de látigo. Las espuelas estin muidadaa recoger. 

Estamos esperando unos figurines de que daremos inme- 
diatamente cuenta & nuestros elegantes. 



UNA TUNDA A LAS MODISTAS. 

¿Basta cnindo, señor, hasta cuándo la ilnatracion del 
sigío XIX ha de tolerar la maldita invención áá coiié? 
¿Cómo en esta nación, católica por escelencia, se consiente 
un ente que insolente y torpemente intente enmendar la plana 
al Omnipotente? ¡O obcecación ; ceguedad humana! ¡O mo- 
distas rebeldes y tenaces, y qué cuenta habréis de dar en el 
tremendo dia del valle aquel! Dios en el principio de los 
tiempos dijo: «sea Juana jorobada»; y vosotras, pronuncia- 
das contra este decreto del Altísimo, dyisteis en vuestra in- 



137 

Benutez: nhagunos ud coreé á Juana, j aea con él maa 
derecha que un buso.» Y también quiso el seSor DioB que 
Juana fneae uu vastago de la familia de Ñoño Rasura: mae 
TDBotras cou impiedad inandita dijisteis: «toma este corsé, 
Juana, j eEclamen los que con él te vean : meUora svttt ubera 
tua vino.» Y el Señor, que sin duda quiso liacer un semi- 
diablo, ordenó también que Juana no tuviese eu donde t^us- 
tane ana ropaa, á oo colgáraelaa de los hombros: pero voso- 
traa dijisteis cou insolencia: «Animo, Juana, que ahí tienes 
on corsé que te dará caderas j cintura & pedir de boca.» 
Y ¿sabéis, modistas fatales, lo qae habeia hecho? Oíd, ofdt 
Me habéis puesto en nn insufrible potro, me habeia aacrifi- 
cado , eoy vuestra inocente victÍDia. To vi por mi mal á esa 
Juana, yo la creí un semi-Dioa, yo la idolatré, yo (y esta es 
la mas negra) me casé con eUal ... Una noche, no: un dia, 
día para mi fatal, dia deagiaoiado, dia de doscientos mil 
demonios I Un dia, digo, hallándome en la plenitud de mis 
derechos maritales, quise considerar en ropas menores á. tni 
consorte, para alabar en sua perfecciones la sabidaria j om- 
nipotencia divina. Pero ahí se habia despojado del malha- 
dado corsé, 7 su espalda asem^ábase al dorso de nn drome- 
dario. Quedaron invisibles sus caderas apareciendo eu lo 
demás tanqutm tabula rata in gua tUhil ett depicttan. En 
aquel instante mí ilusión ae desvanecié juntamente con ni 
dicha. Doré y maldije mi estrella; j abismado por el re* 
cuerdo del ego eos coiyungo, falté para volverme loco. 

Cuento ék esta fecha diez añoa de martirio, j en ellos me 
ba regalado Juana tres hijas raqnlticas j cnatro zambas. 
Ved ahí los pemiciosoa efectos de vueatra obra. Mas si 
creéis continuar siendo el azote del género humano, ai pen- 
sáis que se ha de consentir maa la plaga de vuestros corsés, 
os engañáis ¡voto A bríoal Pasaron ya los tiempos del osea- 
rautismo, y vino un aiglo de laa lucea. 

C. F. 



),<,n;=dn,GtXl«^lL' 



MI VIAJE A LA ALCARRIA. 

Una de Ua roanfia tnaB comuDes eo esta dichosa época 
de escritores, fósforos y motines es el escribir de viajes, sin 
que muchos de los qne así escriben hayan pasado de las 
tapias del Buen-Retiro 6 del paseo de San Vicente. 

Fablicó nuestro amigo fra; Gerundio una curiosísima obra 
de viajes, é inmediatamente cundid la moda de tales escritos; 
y literato de nuevo cuño conozco 70 que esti concluyendo el 
seito tomo, de gruesa volumen, de una obra de este género, 
en que describe un viaje que verificó á Carabanchel de Abajo, 
donde permaneció un dia, dando al anochecer la vuelta á la 
capital, de donde habla salido por la mañana en nn caballo 
de alquiler. 

Asi es, que nada hay mas ñrecnente hoy dia que ei leer 
en las esquinas anuncios de semejantes obras, 6 el. tropecar 
i cada paso en los periódiens con artículos de viajes que, 
según las costumbres descritas en ellos, los cree el lector 
hechos por la Uesopotamia, mas bien que por cualquiera de 
las provincias de España. 

Por no ser, pues, menos qne los indicados viajeros, voy á 
describir algunas de las que observé en un pueblecillo de la 
Alcarria, de cuyo nombre ni quiero ni debo acordarme. 

La noche que llegamos á él otros tres compañeros y yo, 
fuimos convidados por un robusto mozo, gran tocador de gui- 
tarra, ¿ acompañar ¿ diez ó doce de aquellos rústicos galan- 
teadores en las músicas y serenatas con que trataban de ob- 
sequiar á otra porción de moanelas no menos rústicas qne 
ellos. Reunida la ooniitiva en la Plaza, j armados todos los 
mancebos de grueslsimos garrotes, seguimos por una estrecha 
■ y oseara callejuela basta la mitad de ella, donde habitábala 
hija del tío iSab^on, dama del capataz de aquella gente: 
después de un cuarto de hora ocupado en templar loa instru* 
meotos, con voz un tanto aguardentosa, entonó uno de ellos 
al compás de un desafinado violin y de dos menos afinadas 
guitarras, la siguiente canción que un zapatero poetastro de 
aquella tierra compuso á propósito para la función de aquella 
noche: decia asi: 



Siguieron & esta copla otras por el misino estilo, ; á poco 
rato la requerida doncella, abriendo la ventana, -arrojó una 
^an torta con manteca y -como medio celemín de aveUamaB 
qae el correspondido galán recibió con cuidado «q la msnt« 
4ue llevaba, diatribuyéndolas entre tos circunEtantes : y dando 
en seguida las buenas noches á la alcarreña Dulcinea, se 
retiró esta de la veotaüa , y la alegre comparsa se marchó, 
como suele decirse, con ia música é. otra parte. 

Haj entre aquellas genteB una costumbre sobre serenatas 
bastante rara, j que se observa con mas rigor qae la consti> 
tucion qne nos rige en España; esto es, que est& escrita 
fara todos los españoles annque muchos, desde los ministros 
hasta los mas insignificantes esbirros, no han querido en 
ningún tiempo ser regidos por ella, que algo tiene también 
de rara como ta costumbre que trato de esplicar: desde 
tiempo inmemorial está prohibido (no por la joBtícia del 
pueblo, sino por los garrotea de los mozos) i cualquiera mo- 
sálvete que no cuente catorce inviernos, pues do siempre han 
de ser primaveras, el dar músicas por la noche & otras 
jóvenes que como ellos empiezan ya i, piñonear, voz tomada 
del dicdooario de loa andaluces. Cumplida la edad, los que 
tratan de obtener la facultad de rondar, entregan tres peset&s 
al presidente del dicbo tribunal garrotesco, que se gastan pot 
la noche en aguardiente, en celebridad del ingreso del joven 
en el gremio de los rondadores; siendo castigado sin apela- 
don el qne se atreve á usar de esta facultad sin los reqiiis^ 
tos indicados. Una escena de esta especie presenciimoa aquella 
noche al dejar en paz á la hija del tío. Sahaüon, cuya torta 
y avellanas les sirvieron de aliciente para apurar los sendos 
vasos de aguardiente, producto de las tres pesetas, y que el 
nuevo rondador sirvió ¿ ios demás sin probarlo él, por ser 
este el ceremonia], recibiendo de todas partes enhorabuenas 
|)or pertenecer ya á tan escogida é independiente clase. Con- 
cluido este simulacro de consagración, siguieron todos calle 



140 

abija, acomp&fiandii loi mas de ellos aquella desentoDada 
orquestra con estapendos j atrooadoreB rebuznos, con los que 
anunciau au llegada & las amarteladas alcarreBas qae al día 
siguiente, para roauifestarles el desvelo que pasan por ellos, 
les dan uotida de las veces que les han oido rebnzoar, á la 
manera que las damas de otros tiempos contaban los suspiros 
qus al compás de sn laúd exhalaban los tiernos trovadores 
entre las amorosas y dulcísimas endechas que al pié de sus 
rqas entonaban; siendo lo mas particular entre estas damas 
de la Alcarria, que se engrían j mnestren orgullo de qne sus 
adoradores imiten con perfección en sns rebuznos al pacifico 
animal' de quien son propios-, y verdaderamente no deja de 
tener mérito esta habilidad de rebuznar; única circnnstancia 
qae falta á mochos que conozco yo, para asemejarse entera- 
mente al cuadrúpedo en cuestión. 

No hablamos aun andado veinte pasos, cuando uno de los 
directores de la fiesta insinuó que se debía preferir en la 
serenata á la sobrina de la Qm^era, sd adorada prenda; j 
asi era preciso se dirigiese la comitiva á su casa con pre- 
ferenda k las demás: pero á esta petídon le sucedió lo que 
sncede en el Congreso con la mayor parte de las que se pre- 
sentan, paes encontró nna oposidon decidida por parte de 
algunos de sus compaCeroa qae reclamaban para sus respecti- 
vas prójimas nn privlle^o igual-, alegando uno de ellos en 
abono de so demanda, haber gastado aqndla noche diei cuar- 
tos para encordar nna de las guitarras, por lo que reclamaba 
la preferencia de la música á favor de su novia, la nieta del 
tio Lechuga; y entre si habia de ser la privilegiada la Ornt' 
jera ó la Ltchura, pasaron de las insinnadones & las amena- 
zas, de las amenazas í. los insultos, de tos insottos & los 
bofetones, de los bofetones á los garrotazos; y divididos los 
mozos en dos partidos, menudeaban los golpes de tal manera, 
qne mis amigos y yo por prudencia nos retiramos con paso 
uu tanto apresurado huyendo de aqud encarnizado combate 
entre lt<Auios j con^g. A la msfiana siguiente supimos 
que de la noctnma batalla habia salido dos cabezas abiertas 
y cuatro brazos rotos, amen de algunas contusiones en Isa 
espaldas, y que los que habían quedado sanos se hallaban en 



141 

la cárcel i, disposición del juez de primera instaocU que 
tiabia empez&do en este aaonto por la prisión de loa agre- 
sores, j del escribano, qne había empezado por aa parte por 
el embargo de sus bienes con la santa j caritatita idea de 
asegurar las venideras costas: único objeto y fin de la jnsti- 
da entre esta clase de a?es de rapiBa que Buffou no se acor- 
dó de describir. 

Haciendo reflexiones nos encontrábamos sobre la anterior 
ocurrencia , cuando el tio Mediaeapa, en cuja casa nos bospe- 
dibamos, exigió de mi le acompañase de hombre bueno á un 
juicio de conciliación que iba á celebrar con el tio Vigomia, 
actual cobrador de contribuciones: no pude menos de acom- 
pañarie, de lo cual me alegré después por la sigoiente chistosa 
escena qne tuve ocasión de presenciar. 

Sentado el alcalde sobre una mugrienta silla, s teniendo 
delante un antiquísimo arcon que hacia las Teces de mesa, al 
«Qtrar nosotros, dijo con voz de autoridad, y sosteniendo la 
barba con la mano izquierda: — Se » á escoraenzar el jui- 
cio; el tio Mediacaña diga pues lo que le dé la gana sobre 
el particular. ~- Entonces mi cliente, metida la roano derecha 
en el pedio y la izquierda en el bolsillo del calzón corto que 
usaba, se esplicó de este modo: — Bien sabe su mercé lo 
atrasado que me encuentro y la miseria en qae viven mi 
miqer y los nuevo hijos que Dios se ha servida darme y qtte 
creo llegarán muy pronto á diez según he sabido esta mañana. 
Pues ha de saber su mercé qne el tío Vigomia, que está 
presente, me buscó hace medio año para qae condujere á 
Madrid á un comandante con su mujer y dos cadetes, dicién- 
dome qne él me pagaria el importe de los bagajes de loa 
fondos de propios del Ayuntamiento qne, con perdón sea 
dicho, por lo que voy viendo, solo son propios del tio Vigor- 
ftia. ¥ así, señor alcalde, quiero que so mercé le mande 
satisfacerme esa cantidad, que ya podía haberio hecho con 
lo qne se está gastando coa la mi^er del Chalo que aegun 

malas lenguas — Señor alcalde, ínterrumpiú el tio Vigor' 

tita enseñando los puños, no permita su mercé qne me insul- 
ten; porque si no se me administra justicia, yo me la tomaré 
por mis manos; dejemos en paz al Oioto y 4 so mtger. 



142 

porque 8i DO, fo también diré lo qne el tío Mtdiacapa está 
hacienda con la hija del tio Besuguillo; dando que reir al 
di&blo todos loB diaa, j escandalizando & todo el paeblo. — 
Buta ;a, dijo el alcalde, de esos asnotos tan puercos, j Ta- 
mos al que nog esti ocupando; siga usted, tio Vigomia. — 
Ya no teogo nada que decir. — ¿Y usted tiene qne decir algo 
mas? — Solo qne su merced esamine bien ase documento 
que me ha escrito hoj mismo el sacristán, y ea él verá el 
comprobante de mi pretensión. — Lef6 el alcalde e! docu- 
mento presentado por el tio Mediacapa, que ;o copio del 
original, ; no quiero defraudar de él á mis lectores. 

Decia asi: — Nota que 30 Martin Moreno Mediacapa 
presento al señor alcalde de la cantidad que me debe el üo 
Ft^orntn por haber llevado á la corte los bagaes siguientes: 
1.° Un comandante; nn macho ..... SO rs. 

2." su mnger; — una borrica 14 

3." dos cadetes; — dos pollinos ... 30 
Total de bestias: cuatro. Importan.. 64 rs. 

Mabttv Moebno. 

Según la redacción del anterior documento, copiado á la 
letra del original, no se puede saber si el total de la cuenta 
se refería al comandante 7 su familia, 6 fi las bestias qne los 
trasportaron á la capítol. 

El alcalde, oida la evasiva contestación del cobrador de 
las cootribudones, mandó que este pagase inmediatamente la 
soma adeudada, amen de doce cuartos al alguacil que le citú, 
y tres reales i. su merced por los derechos que, según sn 
legislación particular, le competían. 

Al dia siguiente nos lleraron á visitar los pasoe, que son 
una porción de magnificas estatuas de piedra qne representan 
la pasión de Jesucristo, existentes en un oscuro subterráneo 
de una capilla estramuros del pueblo, y fabricadas por loa 
cristianos refugiados en aqnel sitio cuando los moros domi- 
naban aquella pobladon, según nos esplicd, refiriendo algunos 
milagros, el Cicerone qne nos guiaba. 

FcegontAndo uno de mis compañeros por qué una bella 
estatoa de Judas tenia las narices de ;eso siendo lo demás 
de piedra, nos contó que de tiempo inmemorial se encontraba 



143 

de eia mtuier& & causa de que una tgz en semana unta. 
Época en que el pueblo anbe 4 rezar, un mozo indigiuda de 
que Jadas hnbiete vendido k JesucrUto, le pegó nn garro- 
tazo, en su crúüaua exaltación, j le echú ka narices al 
snelo; costumbre que se repite todos los años, siendo nn 
triunfo entre loa mozos el derribirselas primeni, habiendo 
sucedido algunas veces grandes riñas entre ellos por atribuirse 
la preferencia en tan santa mntilacion, que dura todo el 
tionpo de la coaresma; pues pasado este, le pegan al apa- 
leado Judas unas nueras narices de yeso, que han de ser 
despegadas en el año tenidero i impulsos de nn nuevo 
garrotazo. 

Algunas otras costumbres particulares y raras podia rela- 
tar en este artículo; pero ha salido ya demasiado largo, j 
bueno será dejar tela cortada para otro dia. 

Jdak Rico t Auat. 



MODAS DE parís. 

Ya que pusimos 6. nuestros lectores al corriente de las 
modas de Londres: jasto es que les enteremos de las que 
imperan en !a capital de Francia. Traje de paseo (toilette 
de promenade) para caballeTOí. Los sombreros est&n man- 
dados recoger. Solo se estiluí en loa salones de baile, eo 
los términos que mas adelante esplicareraos. Para abrigo de 
la cabeza se llevan pelucas enormes, hechas de melenas de 
perro de aguas pintadas de azul celeste 6 carmesí. Los 
fraques son de suela charolada. Ya no se estilan botonet; 
en su lugar llevan todos los elegantes on par de huevos daros 
ó pasados por a^ua en medio de la espalda del frac El 
pantalón es de grana con galones de plata y trabillas de 
papel. Nadie lleva camisa, chaleco ni corbatín, y para pre- 
servarse del ñio, es de gran tono fumar en tos sitios mas 
concorridos, para cuyo caso se lleva á prevención una pipa 
en el bolsillo izquierdo del pantalón. Los guantes se usan- 



L.OOi^lU 



144 

de 4*muco rellenoE de p^ja. Las botas de paño neg^o. Tri^e 
de baik para teñortu. £1 peinado á la coup de vent con 
una pluma de cola de gallo, eetá mnj en tiso (est surtout 
/orí <n vogue). Jabón negro de cartón con manga corta. 
Vestido de mahoa (nanki») con nna almohada que abulte el 
tafanario. Medias azotea de estambre 7 zapatos de terciopelo 
carmesí. Loa ramilletee de flores naturales, las joj-ae y antí- 
gnoa abanicoa (bijovx et teentaih andene) han sido sneti- 
taidoB por nn gordo salchichón de Vich, que empuñan con 
una gracia singular laa mas elegantes coquetas de Paris. 

El traje de btúle de loa caballeroa es Eumamente sencillo. 
Consiste en sombrero, frac, pantalón, medias y zapatos, todo 
de bule y mnj ajustado. Et sombrero no se qaita para bai* 
lar, pero se lleva bastante ladeado. El frac es de manga 
corta; los guantes blancos de algodón. Al romper la orquesta 
acompañan todos los elegantes de ambos sexos aus primeras 
piruetas entonando la canción siguiente: 



Tra la la la la la 



Wenceslao ArauALS se Izoo. 



COSTUMBRES RUSAS. 

San Peieriburgo G de febrero de ISH. 



Gracias & mia amigos, pude conseguir dinero para el riaje. 
Graclaa á mi dinero logré un asiento en laa Peninsulares, 7 
gracias á estas, aalf de la corte, no sin sentimiento de perder 
por algún tiempo los goces ; guaridas que en Madrid me 
hablan propordonado mis diez años de permanencia. Metime 
en la dUigencia como Pedro por su casa, después de calcular 



145 

y temblar y recelar y reflexionar qué clase de ccmpañeraa 
me toeariao. Decía yo, porque aabia que todos los asientos 
estaban ocupados legítimamente; si i cada ano le diera la 
gana de ser un hombre gordo, j quien dice un hombre dice 
usa mujer, ¿qué seria de mi cuerpo y de mis brazos y de 
mis piernas atravesando en prensa tantas leguas? Y se conoce 
que mis compañeros de ri^je, que ya estaban acurrucados 
cuando yo monté, abrigaban el mismo temor; porque cuando 
les anunciaron mi llegada, sacaron la gaita por la ventanilla 
y esclamaron con tono de satisfacción: ¡Albricia, que también 
es delgado! Tocóme buena gente en honor de la verdad, y 
no aventuraré nada en decir que también yo simpaticé con 
los ritueros. A la media legua escasa de camino, todos sa- 
bíamos nuestras vidas y milagros ; sacamos cada uno nuestra 
merienda, y tomamos aliento para conseguir con finimo tan 
larga y penosa espedícion. Mi compañero de la izquierda, 
joven del año setecientos y pico, abi^do según nos dijo, y 
no segnn las apariencias, traia sumei^do en un bolso del 
chaleco un irasco de licor de apio, que nos brindó sin duda 
de muy buena voluntad, y nosotros porque no dijera se lo 
bebimos con la mejor fe y sinceridad del mundo. Valia este 
ciudadano un caudal para compañero de viaje, sino ftlera por 
un maldito mozo que tiene en casa, á quien él llsTna su ca- 
chicán; porque sin duda le viste de deshechos, y aunque una 
prenda se le caiga de mugre, ¿otee que tirarla, prefiere ir 
incomodado todo el camino i. que so cachicán carezca de 
ella. Digo esto, porque cuando rompimos la marcha le vimos 
un sombrero entre las piernas, que desde que hay sombreros 
en el mundo no se ha visto cosa mas detestable. Era de una 
cosa que en algún tiempo fué seda sobre fieltro y ahora tenia 
honores de grasa sobre sebo. Si le hubieran arrimado una 
mecha, arde él, arde la diligencia y ardemos todos como 
hachas de viento. Era mas que viejo, porque los viejos solo 
se quedan calvos de la cabeza, y él no tenia un pelo en todo 
el cuerpo. El ala había volado para siempre á pesar de que 
su amo le daba muchas alas con sua caricias: la copa era 
tan pequeña que no podría uno emborracharse aunque se U 
bebiera llena de ron; y por último, lo mejor que tenía era 
Couiposictones jocosor. 10 



146 

la cinta de mía seda blanca mnj parecida al bramante. Fi- 
cadoa todos de la cnñosidad, preguntamos al camarada qoé 
destino reservaba para aquel mueble tan indtil. ¿Cómo que 
inútil? nos contestó el amigo: si est& casi nueTo, d^en uste- 
des que le pasen la plancha, ; verfui cosa de gusto. A fe 
qae le está esperando mi cachicán, qae si no ñiera porque 
va á contraer matrimonio, y le quiere estrenar aquel día, 
maldito si yo enajenaba este glorioso recuerdo de mis ante- 
pasados. ¥ esto diciendo, le tomó con ambas manos con mu 
coldado que si llevara un nüio Jesús de cera 6 un castillo 
de dulces. Entre estas j las otras, pasamos los Pireneos con 
un frió que nos soplábamos las unas. Echamos nn sueño, j 
cuando despertamos deseosos de lomar un refrigerio, j mas 
de estirar las piernas, preguntamos al mayoral que cuándo 
mudaban el tiro. Ya pronto, respondió el de la diligencia, 
en llegando á Moscow. lA Moscowl exclamamos todos los 
viajeros asombrados. jSi señores, á Mosconl replicó el ma- 
yoral; y dando cuatro latigazos á las muías, prosiguió la 
marcha cantando: 

En Cádií iropeiú un IraiJe 



Paró por fin el coche, bigamos á comer, y por unas pa* 
tatas fritas con agua, que nosotros llamamos cocidas, nos 
hicieron aflojar on duro por barba. Nosotros decíamos que 
eran cocidas, y el posadero sostenía que eran fritas; y no- 
sotros contestábamos ¡que no son fritasl y el posadero repli- 
caba ique no son coddasl ; entre estas y las otras, y sobre 
si faeron fritas ó fueron cocidas, se armó una de palos, que 
ya me pesaba baber salido de Madrid, como á Don Frutos 
Calamacbo baber abandonado á Belcbite. 

Harto de llevar las piernas encogidas, tuve por conve- 
niente no volver á montar en la diligencia, y continué mi 
camino en el caballo de 6an Francisco.' El termómetro apun- 
taba 10 bajo O, y yo crei perder las narices de frió, como 
sncede por esta tierra á mas de cuatro. Encontré muchos 



t^.OOi^lU 



147. 

caminantes Bin orejas , sin narices y sin dedos , ; eso qne se 
toman muchas precauciones, ; apenas sale un liombre de bu 
casa sin llevar un brasero en la tripa colgado como qníen 
lleva una caja de fósforos; pero amigos míos, en Kusia hace 
mucho frió, principalmente en MoBCOW desde que le quemaron 
sus habitantes con motivo de la invasión de Bonaparte. Yo 
espero salir pronto de esta tierra de nieves, y aunque me 
derrita loe liuesos piensa no parar hasta la linea equinoccial 
donde los pájaros se achicharran de calor. 

Cosas mu; originales tengo que contar de Bosia. Sus 
costumbres son tau chocantes , que á cada paso o&ecen 
espect^uloB increíbles á los hijos de mediodía. AquJ come 
el que tiene pan, y el que no, ayuna; pero lomas admirable 
está en que^todos comen por la boca, huelen con las narices, 
oyen con las orejas y andan en dos pies , escepto algunos 
que andan en cuatro como en España, no sé si por instinto, 
ó porque no les han enseñado mas. Lo que no me estraña 
nada, porque estoy acostumbrado á verlo en mi tierra todos 
los dias , es que por acá los pobres son millonarios y los 
ricos piden limosna, Los jóvenes están todos con un pié en 
la sepultura, y los viejos empiezan é, vivir. A los soberanos 
se les trata como si fueran verdugos, y los verdugos mandan 
y tienen vasallos y condecoraciones y tratamiento de Miyes- 
tad. Hasta los virtuosos son malvados, hasta los liberales 
son serviles, y hastA los creyentes son ateos. Todo anda 
trocado por esta tierra, señor Ayguals: no venga usted por 
aquí, donde los literatos están podando viñas, y los labra- 
dores hablan de literatura, que es de ver á estos patanes cri- 
ticar á los ingenios j dirigir la opinión pública. El año pa- 
sado un mozo de labor que era alcalde, metió preso á su 
amo. Es verdad que luego el uno le despidió, y desde en- 
tonces que no come; pero por un gustazo ¿quién no lleva un 
trancazo ? 

Lo que divertiria á cualquiera de esta, tierra lo mismo 
que á mf, es él ver todas las profesiones trocadas. Es de 
ver al cura tomando el pulso á los enfermos, y el herrador 
cantando misa y confesando á los devotos. El sacristán afi- 
lando tijeras, y el boticario gritar por la noche en la calle 
10* 



148 

las doce en pnnto y sereno! II Aquí cortan el pelo 7 

afeitan los caipinteros con el escoplo j la azuela; y yo por 
mis propios ojos be visto h un sartenero estaíJar las patas Á 
un galgo que se perniquebró cayéndose de la cama. Y por- 
que el perro no san6, quisieron formar causa al calderero y 
embargarle los bienes, i lo qne el pobre bombre contestó: 
¿qué bienes, señores, si do tei^ mas que nna burra vi^a, 
que está para entregar el alma al Redentor? 

Me olvidaba lo mas interesante de las costumbres rusas, 
que es la parte de diversiones. He estado en el teatro de 
Moscow, que es un puerto de Guadarrama: he dicho poco, es el 
Polo Ulacial; pero la compañía, no he visto cosa mas caliente 
y destemplada, no sabe hacer mas que tragedias. Algunas 
veces parecíame oír los versos de Bretón de los Herreros ; 
0on Ramón de la Crus-, pero luego me desengañaba de que 
lo que presenciaba no era saínete ni comedia de costumbres, 
porque en este género de composiciones no hay catástrofe, y 
las ñinciones que yo he visto, todas han acabado en una es- 
pantosa y sangrienta degollación. Salió una noche el autor 
á anunciar que al dia siguiente se despedía la compaiUa con 
la representación de Carlos n. ¡Pobre Carlos II! Los tr^es 
no eran malos, pero había anacronismos y contrastes tan 
graciosos como una Inés con ropaje antiguo y peinado k la 
moda, y un fray Froilan con barbas de capuchino y hibito 
de dominico. Sin embargo, la función fué completa; porque 
para darla mayor ínteres, convino la empresa en rifar ¿qué 
dirán ustedes? ¡un carnero!!! Apenas podía yo creer lo que 
escuchaba. Se han visto en el mundo monstruosidades, como 
niños de tres cabezas y corderos con cuatro patas; pero rifar 
tin camero en ana función dramática es uu fenómeno que no 
han visto los nacidos. Merece ser embalsamado el autor de 
la ocurrencia, y ocupar un lugar preferente entre los bichos 
raros de la Historia Natural. Con mas miedo que si metiera 
mano en cántaro para salir soldado, presenciaba yo la rifa 
del camero, rogando vivamente al cíelo que no me tocara la 
suerte de llevar los cuernos á casa; pero no me valió. Parece 
que la suerte dijo para mí, al que no quiere caldo, la tasa 
llena: 7 asi fué, salió el 12-i premiado, que era eiactomente 

i. , l.^.OO<^!C 



149 

el número de mi asiento. Corrfme al pronto de vergOenza: 
pero Inego dije: venga la pieza, que mas Tala aJgo quenada: 
puede quct ai Dios me ayuda, dentro de un siglo tenga una 
piara de dos ó tres mil cabezas de ganado; y esto; resuelto 
á dar al carnero una vida como on obispo. Ocurrióme alguna 
dificultad al tiempo de bautizar la criatura, porque llamarle 
Carlos S hubiera sido rebajar la dignidad del carnero. Ll&> 
marle &ay Froilan, sobre ser impropio, tiene algunos tíbos 
de reacción; por lo cual determiné llamarle el hechüado- 
Solo me resta decir por ho;, que pian pian me vine con mi 
hechizado & esta aldea de San Petersburgo, donde pennane- 
ceié hasta que las nicTes me dejen tomar otro rumbo. Aqoi 
esto; sin saber de ustedes, ni de los compañeros de diligen- 
cia, ni del cacbican cn;o sombrero tan alegres ratos me di6 
doraate el cataiuo. 

JUAK UAnTINBZ VlLLEBSAS. 



MODOS DE PASEO. 

IiM reden casados salen á paseo de bracero llevando un 
perrito galgo como símbolo de la fidelidad. La novia debe 
aparentar calor aunque sienta Mo. De ahi proviene el llevar 
la capota caida. Las capotas á la demier son embudos guar- 
neddos de papel dorado. Las sombrillas ban ido reducién- 
dose hasta tal punto, qae las señoras mas elegantes llevan 
nu solideo unido á un saca-trapos. El chai es de estera fina 
de Elche. El vestido debe tener mucho vuelo para que quepa 
debajo el armador de corcho 6 de algodón, j tan largo que 
no se vean los pies í fin de poder ahorrar el gasto de me- 
dias 7 zapatos. 

Los caballeros llevan el sombrero de terciopelo carmesi, 
copa elevada, ala ancha j arremangada por detrás. El uso 
de un gran cuello de ciunisa está tan en voga, que loa mas 
elegantes se ponen el cuello en el cuerpo j los faldones muy 
almidonados salen de la corbata de suela que es también 
bastante alta. La barba á lo patriarcal es signo de buen 



150 

gusto, así es que los jóvenes de gran toDo que son por ua- 
turalezA imberbes, la llevan postiza de esparto de Cartagena 
ó de Almería. Sigue la moda de los higos secos por botones 
y del bastOD de tambor major. Los guantes tanto para seño» 
como para caballero son de damasco, el de la mano deredia 
canneBÍ y el de la izquierda amarillo. Se ajustan i la muQeca 
por medio de un bramante ó un poco de pan mascado. 

Las E^oritas solteras mas elegantes van por el Prado 
saltando sucesivamente una por encima de otra gritando: 

A la una le daba la muía. 

A las dos le daba la coz. 

A las tres los tres hijos de San Andrés; 1, 2 j' 3. 

A las cuatro brinco y salto. 

A las cinco salto ; brinco. 

A las seis machaca la vieja los ajes en el almirez; ma- 
chácalos bien que son para comer, machácalos mal que son 
para cenar. 

A las siete tente capiruchete etc.: mientras que los papas 
f las mamas las siguen atracándose de melón. 



LOS BEYES. 

Había en un pueblo de Qalicia dos hermanos gallegos, 
que eran naturales de Galicia, pues también puede haber 
gallegos de otras provincias, j lo voy i probar sin catarlo. 
Cuando un castellano vi^o, de Castilla la Vieja, echa nna 
fantárronada ae le dice que es mu; andaluz, si es testa^ 
rudo, vizcaíno; ; si tiene todas las cualidades que se atri- 
buyen á los hijos de la ribera del Miño, gallego le llaman 
y con gallego se queda. Ko ea mi ánimo ofender á los 
hijos de Galicia; antes por el contrario, su carácter be- 
llísimo j servicial, su corazón leal y fiel á prueba de 
bomba, y sus formidables costillas á prueba de cuba, lea 
liacen en general acreedores á la consideración de los es- 
pañoles; pero voy i decir lo que todo el mundo dice de los 



161 

gallegos, en lo cual habrá uim mezcolenza de agrio y de 
dulce, de feo ; de bonito, de grande ; de pequeño, de mala 
7 de bueno, de blanco y de castaño oBcuto. 

Cosas. baeDftB qne se dicen de los gallegos: estas eqiÚTa- 
len & la mitad de las obras -de misericordia que ascienden i, 
siete, á saber: fieles porque raro es el gallego que espera 
hacer fortuna por malos medios, ; es tal la repatadón que 
gozan en esta parle, que en Undrid, donde un ministra cuando 
quiere visitar á un amigo necesita llamar 7 decir quién es , y 
manifestar lo que quiere al criado que si no está bien seguro 
de la bondad del que llama no le abre la puerta; en este 
mismo pueblo, repito, los aguadores entran en las casas á 
todas horas del dia 7 de la noche aunque baya mqjeres sa- 
las, 7 aunque las casas estuvieran embaldosadas con ochen- 
tines. (Entre paréntesis, me gustaría mucho títíf eu una casa 
de tan bueo piso.) 

Otra de las buenas cualidades qne se atribQ7en á los ga- 
liegos de Galicia, es la de ser amables y esta proposición creo 
qae merece ser aprobada por unanimidad; la tercera es la 
de ser hnmildes; ¿se procede á la votación? queda aprobado. 
Se dice en cuarto lugar que son trabajadores y en quinto qne 
son honrados. Estas dos cualidades pueden confimdirse en 
una, porque para mi un hombre honrado debe ser trabtyador, 
7 no concibo un hombre trabajador qne do sea hburado. Es 
así que loa gallegos son trabfgadores , ergo tos gallegos son 
también bonrados k carta cabal. 

En sesto lugar se dice qae los gallegos son forzudos; los 
qne se levanten dicen que sf, los que lo duden que va7an al 
patío de la aduana 7 hallar&n hombres capaces de cardar con 
un carromato 7 Uev&rseto á cuestas hasta Faris de Francia, 
porque hasta Paría el de Madrid seria muy poca cosa. T 
ahora que viene á pelo, vean ustedes que cosa tan rara; loa 
forasteros creen que París es mil veces mas grande que Ma- 
drid; y los franceses llaman á Paris la gran ciudad, la capital 
del mundo, siendo asi qne Paris no solo cabe dentro de * 
Madrid, sino qne apenas ocupara en el paseo del Prado unos 
tres 6 cuatro mil pies superficiales. 

La sétima cualidad recomendable de los gallegos es la de 



152 

ser baenos soldados, j de esta hay quien quiere rebinar la 
mitad del valor, diciendo que son buenos soldados de i. pié, 
pero malos pora la caballería; esta parte en mi concepto 
debe quedar también aprobada con la enmienda ; ya tienen 
oatedes discutidos 3 aprobados siete artículos que hubieran 
ocupado siet« meses á un congreso de diputados. 

Vamos é. la parte lastimosa. Son acusados los gallegos 
de ignorantes; j en prueba de ello cuando se quiere referir 
un cuento en que el protagonista es, no un pobrecito sino 
un pobrezote, se dice que el lance le pasó á aa gallego. 
También se les acusa de tacaños, ; es tan general esta idea, 
que cuando se trata de tachar & un hombre de interesado y 
roñoso, se dice que es como un puño ó como un gallego, de 
lo cual se deduce que los gallegos son iguales i los puños, 
por aquel axioma de que dos cosas iguales á una tercera, 
son iguales entre sí. i + 2=6 3 3+3=6, luego 34-3=4+2, 
y está probado matemáticamente. 

¥ por último , se critica á los gallegos de tener fatales 
estremidadee: malas maaos ; malos pies, ; esto no carece 
de fundamento, porque una pisada de un gallego es capaz 
de producir una gangrena en pjés casteUauos, y respecto 4 
lu manos preguntemos 6, loe jugadores de billar que cuando 
tienen una bola media vara de la tabla dicen que no ha; mas 
que cuatro dedos de gallego. 

Pero vamos al cuento: había dos gallegos que ademas de 
ser gallegos eran hermanos: uno se llamaba Toribio y otro 
Bartolo, de los cuales el último decidió venirse á Madrid á 
ganar la vida como lo habían hecho sus padres ; sus abue- 
los. Poco tardó en disponer el viaje ; tomó Bartolo un mor- 
ral con un par de camisas, unos calzones y la merienda, y 
echándose los zapatos al hombro tomó el tole hacia la capital 
de España- No había andado Bartolo trescientos pasos cuando 
dio un tropezón y se rompió uu dedo. Esto cualquiera lo 
hubiera tenido por una desgracia menos Bartolo que, resig- 
'nándose con el dolor fatal dijo muy conforme: «lOh qué for- 
tuna la de ir descalzo! si llevo el zapato puestu me lu rompulu 
Siguió maestro Bartolo todo el camino sin mas novedad pen- 
sando siempre en escribir á su hermano Toribio á quien 



l^.OOi^lU 



153 

quería eutrañablemente: con efecto, á los dos días de estar 
en Madrid enristró la péñola ; puso 6, au hermano la siguiente 
carta ea su idioma, qae ;o me he tomado la libertad de me- 
dio traducir al castellano. 

«Quendu hermann Turibin: Llegué é, esta corte felizmente 
la vispera de lúa Rejes j te voy 4 contare lo que pasóme. 
Dijénuune qne en dia tal, todus lus buenus cristiauuB t&ú 
á esperar & los Beyes, ; que para verlus megore, habia de 
cargare con una eacaleira. Abráceme á la escaleira por ver 
luB Reyes el primeru , con tantu goza como si te abrazaré & 
tf. La noche era fría y aindamáis cain unos copve de nieve 
como mi monteira, y toda la noche andubimns de Heroidea 
á Pilatus; mas lléveme a demu si lus Reyes nn estaban mas 
allá de Santiajo. Fera en fin me dieran bien de cenare; 
ech&mus on tragiñu de licore, y si bien me hicieron res&iare, 
bien el estómago cálenteme. Ta soy venturosu; ¡a no en* 
vidio á lus mas poderoisos de la uogtra térra, saber&s comu 
cómpreme nna plaza de aguadore que te o&ece para lo que 
gustes mandare tu hermana 

Bartolumé.u 

Efectivamente, bay en Madrid, en el pueblo mas culto de 
España costumbres tan ridiculas y cbocarreraa que harían 
poco favor á la aldea mas miserable y atrasada. Una de las 
escenas grotescas que uo ha podido destruir la ilustración, es 
la que se ofrece eu la llamada noche de Reyes. Vayan us- 
tedes á la puerta del Sol y verán lo que es bueno y barato: 
desde lejos se siente on gran ruido de cencerros y zambom- 
bas que parece que va á pasar una procesión de demonios, 
y lo que pasa es un gallego cargado coa nna enorme esca- 
lera, acompañada por nna mnltitnd de granujas que le van 
alnmbnndo con sendas hachas <te viento. Otros le dan nna 
música infernal de cencerros, y trayendo y llevando al mócente 
qne lleva la carga de aquí para allá y de allá para acá, atra- 
viesan la población doscientas veces en medio de las carca- 
jadas y los silbidos de la multitud. 

Yo no creo qne la preocnpacion llegue al estremo de qne 
todos los qne cargan con la escalera vayan de buena fe á 
esperar la venida de los Reyes magos; pero algunos estoy 



154 

convencido de que lo creen tan de ver&B, que cuando ama* 
nece el dia seis sin haber visto á loe Beyes, se llevan nn 
chasco solemne; hay otros que saben lo que pasa, pero sí les 
dan de cenar y un par de pesetas, son capaces de cargar con 
la escalera haciendo í las mil maravillas el papel de tontos. 
Sea por preocupación ú por malicia, me parece sensible que 
tales costumbres hayan sobrevivido á otras mncho mejores 
que han caducado. 

Sin embargo, se conoce que Bartolo con solo entrar en 
Madrid se civilizó un poco, pues cuando estaba en su tierra 
se llamaba Bartolo á secas y luego hemos visto qne en sn 
carta se firma Bartolomé: lo cnal no debió sentar mny bien 
á Toribio, que sin duda atribuyó el mé i un esceso de or- 
gullo que BU hermano tenia de verse en Madrid, con lo cual 
querría dar á entender que era mas que todos los gallegos 
que no hablan abandonado la tierra. Digo esto porque á log 
pocos días de escribir Bartolo á sn hermano recibió la con- 
testación en estos términos: 

«Mi estimado hermanu Bartola: Mé alegra muchu que 
haigas ilegadu con la cabal salud que para mí deaeu; la mía 
buena i Deo gradas. También me alegni que te diviertas 
tantu, y que puedas ya cargare cun la cuba, pues ya te con- 
sideru tan grande home comu Deo, que al fin cargare con 
la cuba ó cai^are con la cruz todu es cargare. Solu síentn 
y me pesa lléveme o demu que tengas tanta vanidade porque 
estás en la corte, qne te firmas Bartolu-mé y no Bartolu comn 
Deo manda, y lo que yo te puedo decir es, que si porque 
estás en la corte te firmas Bartolumé, yo que me estoy en 
mi tierra me flrmn 

Taribiv-mé.» 

No he vuelto á saber nada de Bartolo ni de la correspon- 
dencia con sn hermano-, si por casualidad descubro alguna 
cosa mas se la contaré gustoso á mis lectores. 

JCÁV MaHIIHBZ VlLLEfiftAS. 



n, Google 



DISTRACCIONES DE DON ANACLETO. 

Don Anacleto está empleado en la adnana. Tiene la cos- 
tumbre de desajunarse con una taza de té con leche, que 
al ir á la oficina, toma en el café nuevo. Suele con frecneo- 
cia meterse en cierta botica que ha; inmediata al café, y 
dando nn par de palmadas en el moBtradar, grita muy Berio; 
«mozo una taza de té.» Sale el boticario, j reconociendo 
Don An&deto su equivocación, le pide mil perdones, olvida 
BU desayuno y se dirige precipitadamente á la oficina. Allf 
encuentra í au jefe, y ciego de cólera, le toma por el criado 
j le reconviene agriamente porque todavía no ha arreglada 
el brasero. Lo mas particular es que esto acontece en el mes 
de julio. £q cambio entra en el despacho un mozo de cor- 
del, y haciéndole Don Anacleto mil cortesías, le presenta 
varios docomentOB para firmar. 

Rara vez deja Don Anacleto de llevar su pluma á mojarla 
en la salvadera, cuando escribe, y al concluir algún estado, 
carta ú factura que le ha costado algunas horas de ímprobo 
trabajo, coge muy satisfecho de su obra el tintero, y derrama 
sobre ella la tinta creyendo ponerle arena. Hay pues que 
empezar la tarea de nuevo, y como Don Anacleto es corto 
de vista, nada puede escribir sin antiparras. Las busca por 
todos lados, y loa benditas de Dios no parecen. Se arrodilla 
y revuelca por debajo de la mesa mojándose las manof en 
ciertas cosas que relucen como los cristales de sus anteojos- 
pero estos no parecen, y el bueno de Don Anacleto se desa- 
lona hasta el punto de saltársele las lágrimas de rabia. En- 
tonces para enjugarlas lleva una de sus manos á los ojos y 
tropieza con las benditas antiparras que creía perdidas y ha 
tenido impertérritas en sus narices. 

El es de quien se cuenta que encontrándose un día con 
uno de sus mas Íntimos amigos, le dijo: «Señorita, con que 
su mamá de usted sigue difunta?» Y una vez que otro de 
sus amigos le notició la muerte de un pariente, contestó muy 
tranquilo: oBahl yo espero que su enfermedad no será cosa 
de cuidado.» 



156 

Coando anda por la calle, empieza su cODverBacion coa 
un amigo, y á lo mfgor se jauta con otra persona siguiendo la 
misma conrersacion ; ai esta persona le hace reparar en su 
distraccioa, suelta Don Auacleto grandes carcajadas, retrocede 
algunos pasos j coge del brazo & un caballero que juzga es 
su primer compaiíero. Empieza á censurar la conducta de 
cierto Don Bonifacio su Tecina, j á decir pestes del modo que 
se d^a gobernar por su mqjer, hasta que la cólera del agrá* 
viado que suele insinuarse con algún bofetón ó puñetazo asas 
elocaente, hace ver á nuestro distraído que estaba hablando 
con el mismo Don Boni&do. 

Mi sefior Don Anacleto es aficionadlümo á loe buevos 
pasados por agua; no cena otra cosa. Sabe que, por regla 
general esperimentada por los mas hábiles cocineros, bastan 
cuatro minutos de submersion para que el huevo cocido tenga 
su verdadero punto. Pone mi héroe su cafetero en la lumbre, 
7 cuando hierre el agua coge con nua mano bu reloj ; con 
la otra un huero; pero vagando su imaginación por regiones 
aéreas, sumerge su reloj en el agua, ; contempla maqninal- 
mente el huevo para sacar el reloj bien cocido 4 loa cuatro 
minutos. 

Cuando Don Anacleto encuentra en la calle alguna pasiega 
que lleve en brazos algún niño de sus amigos, se acerca con 
amabilidad á la pasiega, la hace tiernas caricias, la da un 
beso, y luego dice al chiquillo- "Dará nsted no recado á los 
señores.» 

Jamas ba llevado Don Anacleto bien botonado el chaleco : 
regularmente coloca el primer botón en el tercer ojal. 

Un dia que debió entrar no sé por qué negocio en uno 
de los aposentos de palacio, le hicieron d^ar el bastón á la 
puerta. A su salida estaba su bastón junto al del mismo 
portero. Tomó el uno por el otro ; se iné muj serio á pa- 
sear por el Prado hecho un tambor mayor. 

Aunque algunas distracdonee suelen darle malos ratos & 
nú distraído, no es esto lo mas común, pues geoeralmeote 
suele distraerse Don Anacleto en provecho suyo. Si toma algo 
con sus amigos en el café, nunca es él el pagano. Si su 
casero no está muy á la mira del vencimiento del alquiler, 



167 

á buen seguro que no será Don Anacleto quien se acuerde. 
Seria no acabar si tratase de enumerar todas las distracdo- 
nes de mi héroe. Concluiré pues con la que le ocnrriú al 
pié de los altares cnando estuvo á punto de casarse, y por 
una de sus distracciones acabó á mouterozos, como suele de- 
cirse, la solemnidad del acto. 

Don Anacleto se mandó hacer un troje de boda may ele- 
gante. Estaban muy en boga los pantalones ajustados; pero 
el sastre se los hizo tan estrechos á Don Anacleto, que este 
estaba sufriendo lo que no es decible mientras duraba ta 
Bonta ceremonia. Maldita estrechez 1 decia repetidamente entre 
dientes el novio cuando sentia el dolor que le causaban sus 
elegantes pantalones. Yo esto; por lo ancho, ^adia pora 
si el pobre Don Anacleto. En esto llegó el caso de hacer 
el cora al novio la pregunta de costumbre. ¿Queréis por 
esposa á Doña Hortensia? ... y el pobre novio, k quien mas 
que nunca estaban atormentando sus pantalones, repitió: «No 
mas prendas estrechasl No quiero eio." ¿Qué dice ese ham- 
bre? esclamaron todos atónitos, ; él figurándose estar entre 
los aprendices del sastre «si señores, repetía colérico, ; no 
quiero eso: yo estoy por lo ancho, por lo anchova j á conse- 
cuencia de estas espresiones hubo una pelotera de San Quintín, 
y mi Don Auocleto perdió una noria riquísima, por no ser 
aficionado á pantalones augustos. 

Wenceslao Atouals de Izoo. 



EL BU DE SAN ISIDRO. 
I Anda salero 1 ¿Después de tanto como ae ha dicho del 
dia de Son bidro me vengo jo con estas once ovejas? .... 
¿Y qué quieren ustedes? ó llego á tiempo ó no llego á tiempo; 
ei llego á tiempo bien me pueden ustedes perdonar, pues & 
cualquier desdichado de este mundo se le dice: «Dios le per- 
done 8i llega & tiempoi) y de esto á rondar un año, estoy por 
lo primero porque mas vale llegar k tiempo que rondar un 
año. Si no llego á tiempo, paciencia; harto trabajo es el 



i^.oo'^ii: 



158 

mío, y como decia un enfermo que tenia un grano mu; gordo, 
viendo que el médico no le aplicaba remedio ninguno, entre- 
leuido en probar la eecelencia de la ptya para los sombreroB: 
seftor doctor, baeta ja de paja; al grano, al grano. 

Y el grano es San Isidro de Madrid que es nn grano tata 
. que regular j sino es mas que regular por lo ménoB no es 
un grano de ama. Es el caso, que todos los lugares de Es- 
paña tienen un patrón ni mas ni menos que las modistas para 
hacer chalecos de moda, solo que los chalecos suelen pare- 
cerse á los patrones mas que los pueblos, y sino dígalo Ma- 
drid qne teniendo por patrón nn siuite de reja y arado es 
el pueblo menos agricultor de teda España. Y ya que va 
de equívocos hasta en esto se diferencia el pueblo de la sol- 
datesca: loB pueblos se contentan con un patrón j los solda- 
dos necesitan una patrona para cada jomada. 

Estos patrones de los pueblos son obsequiados con gran 
pompa y solemnidad por sus protegidos todos los afios el dia 
de su nombre. Solo que aunque son santos no admiten be- 
samanos como otros que no lo son, y lo mas que hacen es 
conceder un par de días de cr&pula y jaleo. En unae partes 
se celebra la función, con noviUoB, en otras con dulzaina 6 
tamboril, y Madrid que está por lo positivo, con llenar el 
estomago de cosas que sepan bien y se peguen i. los ríñones. 
Esta es la menos necia de las solemnidades paironiks. 

En primer lugar notaremos que la fhncion de San Isidro 
se divide en dos. Fiesta para los señores, y fiesta para la 
gente común. Los primeros van la víspera por parecer seño- 
res aunque sea á pié y sin dinero; porque es mas túnico an- 
dar í pié la víspera que en coche el dia. El vulgo ú populo 
6 gentuza, como yo, vamos el dia IG que es lo mas raciona, 
y dejémonos de cumplidos. A fe que mas de cuatro van de- 
sertando de nnestro gremio y acabarán por confundir las 
clases; 6 los señores, viendo que las chaquetas invaden el 
territorio de las levitas mudar&n de parecer y se volverin 
las tomas. Sea como quiera yo estoy por ir cuando se me 
antoje, digan lo que digan; porque lo mismo hay que ver y 
que andar y que comer el dia antes que el dia después. El 
que tiene para pagar carruaje tiene todo lo qne puede ape- 



159 

Uixi, ai ademas lleva merienda. Los que no tenemos mas . 
que nueali'OB pies nos fastidiamos doble, porque sobre la carga 
del camino leñemos la del pontazgo, que aunque uo se llame 
pontazgo es cosa de pagar, j de haber de pagar, lo mismo 
se me da á mi que Be llame contribncion que pontazgo, que 
alcabalas, que lanzas, j que medias -anatas. Hablo de la con- 
tribncJon de 8 mrs. de ida y 8 mrs. de vuelta, total 16 mrB. 
que tiene que aflojar un prójimo por pasar snos cuantos pa- 
litroques, por milano del Santo soetenidos, á los cuales hay 
personas iaa descaradas que dan el nombre de puente; pero 
los que le construyen para comodidad del público poco les 
importa que esté con todas las reglas del arte ú no, y lo 
que ellos dicen y dicen muy bien: tente puente mientras co- 
bro. El negocio es llenar el bolsillo con gajes de los demás 
y húndase el mundo y haya naufragios y gárgaras por fuerza, 
'suponiendo que el Manzanares lleve agua á la sazón suficiente 
para hacer gárgaras y salga el sol por Antequera. 

£1 puente no es moneda que echan en saco roto los mo- 
zalvetes y si hay apreturas menos. Ant«s es esto lo que ellos 
buscan, y mas cuando por los cuatro costados hay mucha- 
chas con quien rozar la suave y cariñosa mano. Menos ino- 
cente es el qne mientras ellos se entretienen con caricias de 
esta especie, se ocupa en quitar lo que llevan mal puesto, 
lo mismo al gato que á quien le atusa, pudiendo decir á la 
salida: 

No nía ftii! mal en Ja llesM: 

pero mal mi lengua dice , 



Por lo demás la pradera de San Isidro en este día es el 
campo de la igualdad , el cuartel general de la democracia. 
No importa que duques y marqueses concurren ¿ desvirtuar 
esta denominación, A. eclipsar este viso de popularidad: lo 
que hacen con esto es rendir un homeniije de veneración al 
pensamiento preponderante del siglo XIX, porque tal vez un 
conde aqui , un barón allá y otros dos títulos , formando entre 
los cuatro un cuadrado perfecto, son citantes adornos para 
recrear la vista de un enyesado albañil ú de un tiznado car- 



l^.OOi^lU 



160 

. bonero, que ea el pnato céntrico devoran en compa&la de 
una palurda hembra, sua ma^as, mas ene tortítlaa , y nna 
bota de uDeve meses cargada. O al roTes : todo nu Escmo. 
Seftor tiene qae rosar au lustroso fnc por todos lados con 
lo que ellos llaman gente del bronce. 

Respecto de comidas no atcamío yo qne tonga de estro- 
ordinario el día de San Isidro. Cnatro tendochos á guisa de 
coTacbndas portátiles, en mala alineación colocadas como re- 
gimiento de reclutas, con varios géneros, nnos líquidos y 
otros sólidos, pero qne todos vinieron á este mundo con la 
misión sagrada de colarse por el callejón (con salida) que 
tenemos todos entre barba y narií, para llenar el vacio que 
hay entre pecho y espalda: géneros todos compuestos con 
los mismoB ingredientes, por cuya razón debiui bautizarse y 
se bautizan con un nombre común; pero viene luego el obispo 
qne es el que rotula los comestibles y bebestibles y al confir- 
marlo hace diez ó doce hmilias de una gola casta. Los 
licores, por ^emplo, suelen componerse de aguardiente de 
Gañas, agua de la fuente del Berro y miel de la Alcarria; se 
divide la gran porción en frascos dándoles distinto color, anos 
con zumaque, otros con azafrán y no pocos con albayalde 
y tiuta, y se les encaja después un papelito á veces impreso 
y á veces manuscrito que diga Noyó, Perfecto atnor, Leche 
de Vi^as, Aceite de Venus y otras zarandajas que fksdnan 
á la multitud y si do la llenan el ojo la llenan el cuigo. 
Ademas qne basta que un hombre se empeñe en estar en- 
fermo para que se muera sin dolencia alguna; lo mismo es 
la gente para comer y beber: basta que nua cosa se llame 
requesón para que aquello nos sepa i requesón annque sea 
queso de la Uandui bien duro y bien colorado. Lo cierto es 
que cada frasco que tiene de coste dos ó tres cuartos, se 
vende á dos ó tres reales, usura qne basta i vindicar á ese 
montón de contratistas que hoy tienen & centenares las fincas 
y hace seis años no podian pagar una habitación de dos 
pesetas como se sucede á mi. 

Nada diremos de los bailes improvisados, unos de carácter 
popular y otros mistos, porque es muy general en tales oca- 
siones ver un señor frac bailando seguidillas, qne es el ana- 



161 

cronismo mas atroz que imagiiuu'Be puede. Tampoco babla- 
remoB del íio Vivo que con eug caballos de madera Jul dado 
mas dÍBfi de gloría & sus dientes, qae otioa á la patria con 
buenos caballos de carne ; hueso, j jinetes de lanza en ristre 
embutidos en coraza j casco. Tres cuartos cuesta el áax dos 
vueltas en la máquina del Uo Vivo, j por tan poca com 
seria una tacañería el d^ar de columpiarse y hacer drcttloB 
concéntricos al compás de una murga que cuando ae la ve 
' tiene clarinete j fagot, peio ctiaado se la oje no aparece 
mas que el pom, pom, pom del bombo, j el chim, chim, 
chim de los platillos tan destemplados que parecen collar de 
cascabeles ó sonajero de niños. 

Pero todo esto es grande por el entusiasmo que lo pro- 
duce, j porque todo contribuye á dar animación al gran cua- 
dro cuyas angelicales bellezas encubren cualquiera imperfec- 
ción j sobre lodo, porque á mi me ha dado materia para 
emborronar papel en este que no tiene pretensiones de ar- 
ticulo de costumbres, sino un culto aunque humUde tributado 
h la festividad del dia de mañana 15 de mayo de 1843. Queda 
de ustedes hoy víspera 14 su afectísimo S. Q. B. 8. M. 

Juan UinTrní TiLLBseAB. 



A FR. GERUNDIO. 

BeTerendisimo Padre: al verle sacudir el polvo de loa há- 
bitos, acomodarse las mangas y la capilla, y echar mano al 
hisopo para conjurar los espíritus malignos, todos loa her- 
manos que composea la comunidad de La Eisa le desean 
mil prosperidades y recomiendao desde abora vuestro serASco 
celo, si es que de recomendación necesitan las festivas pro- 
ducciones de Vuestra Reverencia, cuyo estraordinario mérito 
es recoDOcido y apreciado dentro y fuera de España. De 
todos modos, con el afecto mas sincero y por lo que pueda 
valer, exhortamos & todos loa pecadores ae animes í depo- 
sitar en vuestra reverendísima manga la corta limosna de 
ocho reales al mes en Madrid, diee en las provincias y vein- 

Composicidiiea jocoias. 11 



tiocho por trimestre para adquirir TueBtroa santot ejercicioB, 
que deeúe %1 5 del presente mes (junio de 1843) Terün la 
pública luz cada cinco dias con el aoiilio y miaeiicordia de 
Dios. 

Pero permita, Reverendigimo Padre, que con toda efica- 
cia le enpliquemoa no abandone á bhb hermanos de La Sisa. 
Por las llagas de su padre San Francisco acuérdese de estos 
miseros penitentes, que sin su colaboración quedarían cual 
descarriadas ovejas á merced de las tentaciones del demonio- 
Declare á los fieles en sus santas publicaciones, que para 
solaz de ans graves tareas nos favorecerá de ves en cuando 
con alguna produccioncilla k la manera de la de Calvas y 
Pelucas que publicó La Büa j que tan merecidos aplausos 
ha granjeado & Vuestra Paternidad Reverenda. Declárelo 
asi en obsequio del acentrado afecto que le profesamos, y 
recomiende en sus sabias páginas las páginas de La Sisa, 
si es qne de su preciosa recomendadon le parecen ellas me- 
recedoras- 

Tampoco quisiéramos que vuestro apredable lego echase 
la memoria de nuestro Ambigú en manga rota. En él se 
hace soberbio chocolate j á Tirabeque lo mismo qne á Vues- 
tra Paternidad Beverendfsima , se lo dará nuestro amabili- 
aimo codoero con esquisitos bollos, siempre que favorezcan 
con BU presencia el Ambigú de £a Sisa, donde hay ademas 
para loa boenos amigos abundantes provisiones de cuanto 
Dios cr!6. 

Con este motivo, hermano Fr. Gerundio, me repito de 
V. P. M. R. atento obligado servidor Q. Y. M. B. 
A nombre de la comunidad de La Sisa 

WeHCSBLao Aiodals db Izco. 



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FR. GERUNDIO 

' A LA COMUNIDAD DE LA RISA, 

Riaa, y plaoer, j gasto, y alegría, y coroplacCDcia , j 
satisfacción, y contento, y deleite, y gozo me ha cansado, 
hermanos risueños, é. mi, Fr. Gerundio, la atenta y festiva 
invitatqría que á nombre vuestro se ha dignado dirigirme el 
hermano Aygualg de Lseo. Protestóos ¿ fe de reverendo, j 
juróos por mi santo escapulario, que al propio tiempo que 
me habéis ruborizado coa las ínmerecídaB laudes que vuestra 
bondad me prodiga, me obligáis en términos que fuera yo el 
mas ingrato de los seres risibles, y que mereciera en castigo 
pertenecer 4 tos entes llorones, si no dejara descansar algunos 
ratos el hisopo de conjurar y las disciplinas de sacudir espí- 
ritus malignos y políticos malandrines, para dedicarlos á reir 
con vosotros, y á solazarme con los hermanos de esa comu- 
nidad riente. Yo no dejaré tampoco de aprovechar la pri- 
mera ocasión que se me depare para recomendar i. la lar- 
gnfsima comunidad gerundiana en mis predicaciones las fes- 
tivas p&ginas de i-uestra Bisa; puesto que ademas de merecerlo 
ellas, lo merecéis aparte los apreciables hermanos que cons- 
titDÍB la corannidad. Y esto, no porque Xa Risa necesite 
mi pobre recomendación gerundiana , que harto por sí misma 
se recomieoda, sino por cumplir en ello el amistoso deber que 
con vuestras nuezas á mi reverendísima habéis impuesto. Leí 
á mi lego Tirabeque la parte de vuestra misiva que i él iba 
dirigida y encaminada; y al oir que le convidabais con vues- 
tro Ambigú, que le ofreciaís nada menos que soberbio cho- 
colate con esquiBit«8 bollos, con el apéndice de las abundantes 
provisiones de cuanto Dios criú, se le entreabrió la boca, y 
asomándosele ¿ los labios una sonrisa que d^aba entrever la 
delectación morosa en que se bafiaba su alma y bu cuerpo; 
" señor, me dijo, á esa comunidad serviré yo de buena gana, 
y si tales cosas tienen en el Ambigúl y con ellas me con- 
vidan con tan buena voluntad como parece, desde boy pueden 
contar con que no haré un feo á su convite; antes por el 
11* 



164 

contrano asistiré puntnaliaente 4 ciuntos AmbiguU» qnieran 
darme, cuanto mas que los hermanoa de esa cofradía deben 
ser todos de humor alegre j jaranero basta no mas, que es 
la gente con qnien ;o congenio.» 

«Y dígales usted de mi parte, j perdone usted la con- 
fianza, que si basta de hof do me ha entrado la tentación 
de asistir á la mesa de esa buena comunidad ha sido por 
dos cauGas; la primera porque hasta ahora no me habían 
convidado, y yo no soy de aquellos que se meten de rondón 
á comer de gorra donde no sou llamados; y la segunda, 
porque no habiendo visto basta el dia en sn Ambigul mas 
qoe muchas sopaB, muchos cocidos ; muchas menestras, no 
se había presentado manjar ni vianda que me tentara el cuarto 
sentido; pero que una vez que ellos aseguran tener tan buen 
repuesto en su cocina, cuenten con un plato j un cubierto 

■Y en cuanto á fo del soberbio chocolate que dicen me 
dará su amabilísimo cocinero, dígales usted que pongan unos 

puntos suspensivos que esta es materia en que nos 

veremos el cocinero de Za Eiaa y el del ^r. Gerwtdio, y 
qoe estoy dispuesto á habérmelas no solo con él sino con los 
mismos padres maestros de la comunidad, y i. liquidar quién 
lo gasta mas soberbio y quién sabe hacerlo mas soberbia- 
mente. Y sobre esto añádales usted lo que guste, que yo 
no le digo mas, porque nos veremos y nos entenderemos.» 
¿qu( tenéis, hermano Ayguals, fielmente copiada la contesta- 
ción de mi lego Pelegrin al último párrafo de vuestra epís- 
tola, y de ella haréis vos ó la alegre comunidad el uso que 
mejor os parezca. 

Por lo que hace á mi reverencia, digo como él que nos 
iremos viendo y entendiendo. Y en el Ínterin, ofreciendo 
mi gerundiana capilla á todos los padrea de la orden risueBa, 
y dándoles las gracias por so afectuosa invitación, queda ale- 
gremente ¿ sus órdenes su atent« servidor y capellán qoe con 
la risa en los labios no acierta á besar nada. 

Fb. GBBintDIO. 



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MODISMOS Y REFRANES. 

Sb verdftd incuestionable pan el antor de este artículo, qae 
el primero j mas TolaminoBO, y maa verdadero, ; mas ameno, 
j mas anblime, j mas detallado, y maa inteligible de todos los 
libros, es el libro del mundo : como que ee un libro que da materia 
en cada una de sus páginas para elaborar un eia námero 
de librotes en cuyas fuentes beben su inagotable ciencia, la 
inagotable prole de literatos, cuyos inagotables escritos, re- 
bosando inagotables chispazos de ioagotable numen y erudi- 
ción inagotable, eoa la admiración del mundo mismo, origen 
esencial de todas las concepciones intelectuales. Cada uno 
de los hombres somos sin reparar en ello una biblioteca am- 
bulante mas 6 menos estensa, mas ú méoos superficial, de 
donde el filósofo y et artista, y el literato estractan en cada 
sesión tm volumen de obserraciones científicas, un coi^junto 
de historietas y anécdotas volgarea qae engalanadas después 
con los recursos que presta una imaginación florida y escu- 
driñadora, producen en todos nosotros una sensación de la 
novedad. Que todas las investigaciones de los libros escritos 
por los hombres son debidas al universal libro del mundo, 
es cosa sabida; y por consiguiente las luces que los libros 
de los hombres prestan al humano entendimiento, como luces 
prestadas, son miserables reflejos, imperceptibles al lado de 
la antorcha qne los- produce. La luz de la lana nunca puede 
compararse en calor y brillantez con la del sol. Ahora bien 
podremos resolver fácilmente la cuestión de si los refranes 
son concepciones del poeta trasmitidas al vulgo ó si por el 
contrario, parto del vulgo que recoge el curioso observador 
para dar amenidad, y tal vez algún viso de. originalidad & 
Sns producciones. Yo creo que el vulgo inventa y el poeta 
no hace mas que pintar. El vulgo seria nn escelente retra- 
tista, si poseyera el secreto del colorido. En esta parte el 
poeta tiene una indisputable superioridad sobre el vulgo; 

Hay refranes en prosa y los hay también en verso, y ea 
unos 7 en otros se advierte cierto desaliño que no solo hace 
presumir que sean aborto del vulgo, sino que muchos van 



166 

pasando de libro en libro, j de generación en generación sin 
siquiera sufrir la lima de) poeta ni la del critico , mil veces 
mas inexorable. De todos modos los refranes castellanos en- 
cierran unas verdades como puños, y apenas bay orador j 
escritor que no apele á su recurso come complemento á como 
auxilio en medio del periodo mas lógico y mas elocuente que 
se puede concebir. 

Ejemplos: Un periodista de la oposición lamentando la 
Boerte del pueblo y la mala elección de bub representantes 
dice «quien bien tiene j mal escoge, por mal que le vaya no 
se enojen y qnedariamos t&a satisfechoB de esta sentencia ai 
un periódico ministerial no replicase, concediendo que el go- 
bierno sea OD mal para la patria, con otro refrán que nos 
d^a estupefactos. £1 ministerio, dice, es on mal, pero la 
oposición es otro mal y nosotros defendemos un mal contra 
otro mal, porque como dijo el otro: «baza mayor, quita me- 
nor» y sobre todo porque «del mal el ménoS" j si noB apuran 
un poco afiadiremos, que entre el mal y el bien optamos por 
lo primero, porque como dice e! adagio: «no hay mal qae 
por bien no venga.u 

Tenemos efectivamente re&anes muy exactos y que vienen 
bien en ciertos casos, como v. gr., se levanta un hombre de 
BU asiento y al volver se le encuentra ocupado. Se librará 
muy bien de decir como nuestros revolucionarios turroneros: 
«quítese usted para ponerme yon, porque debe estar persua- 
dido de que el que tiene el asiento no le cederá, con solo 
el derecho de propiedad que le da el retraa tan conocido de 
todos "d que fué & Sevilla perdió la silla.» ¥ son los re- 
franes una muletilla de que nos aprovechamos según las cir- 
cunstancias. Cuando & mi me dan una coBa la tomo al con- 
tado diciendo: «el que no es para tomar no es para dar»; 
cuando me piden dinero digo que soy estudiante y encajo 
aquello de «gente estudiantina, gente sin monedas»; Biloque 
me piden es algún libro, con todos mis ribetes de literato 
digo que no le tengo. ¿Que quieren ustedes? añado cuando 
se asombran de que yo no tenga un libro: «en casa del her- , 
rero cuchillo de palo.* 

Si oa Bugeto se empeña en que vaya con él á alguna fun< 



167 

cion y DO tengo ganos de bq compaifa, digo: apura lo qoe 
habrá que ?er ya nos lo dirán de valde»; pero como me 
agrade la proposición le acometa con nua retahila de re&anea, 
como estos: «Bueno es ver para no pregunta.» «Ojos que 
no Ten, coraíon que no siente.» «Dónde vas Vicente? — 
Donde va toda la gente.« 

iJgunos de los re&anes admitidos como axiomas entre 
noBotros ó est^ muy distantes de la verdad, ó para llegar 
¿ ella necesitan de una hipótesis. En loa que distan de la 
Terdad comprendo yo el siguiente, no obstante su tono sen- 
tencioso y decisivo: «quien bien te quiere te hará llorar.* 
Los redactores de La JUsa queremos bien i todo el mundo, 
y estamos muy lejos de desear que llore nadie; al contrario 
deseamos que todo vicho viviente se suscriba & La Risa por- 
que decimos con cierto autor que ustedes no conocen y yo sf: 

LsgrimBs fuera: cese el pesar; 



quien bien le quiera te harú reir. 

Dice un refrán que «mas valen pocos muchos que muchos ■ 
pocos " y esto puede ser verdad y puede no serlo. Yo me 
atrevo i hacer un capital con muchos pocos, tau grande como 
cualquiera con pocos muchos. Para echar ¿ un lado cuestiones 
diría yo: nmas valen muchos mvchos, que pocos pocos», J 
esto no admite réplica. 

«Mas vale poco y bueno, que mucho y malo.» Este y 
otros refranes parecidos son lo que una nuez vana y un» 
bizca durmiendo, que hasta partir la primera, 6 abrir loa 
ojos la segunda uo se nota el engaño. Podrá ser verdad que 
en ciertas ocasiones valga mas poco y bueno que mucho y 
malo; pero sería mas cierto aun el refrán si dijera; nMas 
vale mucho y bueno que poco y malo.» 

uMas sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena.* 
Tampoco transijo: la Perogrullada de prímer orden estaría 
en decir: ornas sabe el cuerdo en su casa que el loco en la 
ajena." To lo mismo digo del adagio: «mas vale lo malo 
conocido que lo bueno por conocer.» Lo malo conocido ó 



l^.OO'^IC 



dcBconocido siempre es malo, aef como lo baeno, es boeno 
siempre. Por eso quiero ;o que desaparezca lo eustente, 
porque es tu malo qae coalquier otra cosa venga, por maU 
que sea, seri mejoT. Lo que jo oeceiito qae me pmebea 
para estarme quieto ea, que lo presente es boeno, j qae lo 
que repga ser& malo, j entonces me daré por feliz con la 
qne tenemos; porqne como aficionado á las grandes Terdades 
digo con PerogruHo: «mas vale lo bueno conocido que lo 
malo por conocer.» 

Pero bay dicbos migares, cnjo origen desconocemos, tal 
como estos: «para las qae bilan qae yo deTSBo.» iiTo me 
entiendo y bailo solo,» y las que acabo de citar (verdades 
de PerogruHo.» Solo se dice que hubo un PerogruHo qae k 
la mano cerrada llamaba pu8o , y si esto es verdad el tal 
Perogrullo era lo que nos convenia en el siglo diez y nneve, 
porque ya estamos hartos de verdades á medias y de hipó- 
critas, y de diplomáticas. 

Daré la esplicacion de algunos modismos cayo origen ha 
llegado á mis oídos, annque no respondo, de la exactitud; 
porqne no soy ministro, y solo los ministros son responsables 
'de 8QB actos, segan la Constitución rigente. 

Se dice de uno que coiriá en cuanto vi6 el peligro, que 
«tomó las de Villadiego» y este es un modismo qae los es- 
tranjeros no aciertan á traducir. Hay francés que leyendo 
cierto pasaje del Qaijoto, dice: tom6 las evillas de Don Diego. 
Si no me han informad» mal, hay en Espafia un pueblo 
llamado Villa-Diego, donde se hacen esquisitas alpargatas, y 
si esto es verdad, está esplicado el dicho vulgar, que quiere 
decir: tomó las alpai^tas, porque sabido es que este calzado 
viene de molde para corrar. He dicho que viene de molde y 
DO sé la razón, como tampoco sé por qué se dice hablando 
de an sugeto revoltoso: «el mejor dia te ahorcann; yo creo 
qae el dia qae ahorcan á an hombre es el dia peor de la 
vida para el ahorcado. Esto se parece í lo qne decimos 
cuando estamos enfermos; si tenemos un divieso muy malo 
6 nn constipado peor esclamamos: qné buen constipado tengol 
qué buen divieso me ha salido en tal parte! Asf como cuando 
á uno le han herido bien 6 le han metido en an calabozo 



ñfmáe está tan bien preao qae no pnede esc&par decimos : 
•Fulano está muy mal pmo; Henguio eBtámny auü herido.» 
Por bí mía lectores igaoran el origen del didio vulgar ; 
lahl me las den todas» voj ¿ esplicarle tal como me lo hi- 
cieron tragar. Cuéntate qne hnbo an corregidor en ana vlUa. 
Cnéntase qne este corregidor tenia nn alguacil muy tonto. 
GaéntaBe qne hubo en el pueblo nna riña. Cuéntate que el 
alguacil mandado por el corredor tai & poner en paz i loa 
combatientes. Cuéntaae que estoa en lugar de respetar al al- 
guacil, le arrearon cnabv bofetonea j le echaron de alU con 
c^aa destempladas. Y cuéntaae que el alguacil toItíó al cor* 
regidor, mediando entre los doa el siguiente diilt^. 

— Señor corredor, cuando yo rey i una parte á nombre 
de Dsfa, no represento á neía? 

~ Sf hombre, af. 

— Y cuando represeoto & usía, no soy la misma persona 
de uaiá? 

— Si hombre, sf. 

— Y ai mi persona ea la persona de usia , mi cara no ea 
también la de asfaf 

— Sí hombre, sí. 

— Y coando pegan una bofetada en esta cara, no es pe- 
garla en la cara de uala? 

— 8f hombre, si; pero ¿dónde vas & parar? 

— Señor, á que loa de la riña me han dado cuatro bo- . 
fetadaa ea esta cara, qne es la cara de aafa, y por conai- 
goieote usía ha sufrido también lae bofetadas. 

Kntáncea el corregidor cou toda la formalidad que ustedes 
pueden figurarse dijo: ahí me las den todas. 

Esplicaré también d dicho Tulgar: nlo dii^o dicho y la 
JKca i, la puerta. •> Dicese que andaba un rey catando , res- 
tido de cazador. Dfcese qne le encontró nn sngeto que venia 
^ pretender. Dfceee que hablando con el rey incógnito, qne 
entonces era nn simple cazador, este le dio pocas esperamaa 
en el negocio. Dlcese qne el pretendiente asegura al caza- 
dor, que si el rey do le hacia justicia !e llamarla rey injusto, 
rey impio y otros insnltoa aem^antes. Y dfcese que a) dia 
^guíente tenían el pretendiente y el rey estotro diilogo. 



170 

— Señor, yo rengo á pedir jaatiGia. 

— ¿Y ai yo no quiero hacer justicia? 

— Yo DO puedo creer qae V. M. tao benigno como es, 
d(Je de bacer jastíciti. 

— Pero 7 si se me antoja no hacer justicia. 

— V. M. el mas justo de los reyes no pnede menos de 
hacer justicia. 

— Bien hombre; pero suponte tú que yo no quiero hacer 
justicia. * 

£1 pretendiente se le quedó mirsjido j conociendo que el 
que le hablaba era el cazador del dia antes, le aplicó la boca 
al oído y le dijo: Seflor, lo dicho dicho, ¿Sí? contestó el 
rey; pues mira, la jaca tienes á la puerta, ya estás aquí de- 
mas. Y el vulgo que tuvo noticia del suceso, dijo desde en- 
tonces eu lances parecidos: «Lo dicho dicho, j la jaca á la 

Y espUcaré por fin las indirectas del P. Cobos, aunque 
esta es de aquellas cosas que por sabidas se callan. 

Había un padre guardián, no sé donde, que cono todos, 
se tomaba unas jicaras de chocolate de padre y muy señor 
mió. Un amigóte del fraile, aficionado al chocolate dio en 
visitarle á menuda y siempre ¿ la hora en que tomaba bu 
paternidad el chocolate, el cual padre era tan fino , que siem- 
pre mandaba hacer otra jicara para el amigo. Pero como el 
amigo estuvo abosando de la bondad del padre días y mas 
dias, hubo este de quejarse del amigo pegoton á lo cual 
contestó el lego que quedaba de su cuenta echarle una in- 
directilla para hacerle perder la costumbre. Convino el padre 
guardián, y notó que el amigo no volvia por el convento, y 
deseoso de saber la indirecta del lego, que se llamaba el P. 
Cobos, le preguntó al cabo de quince dias, qué habia dicho 
á su amigo qne no habia vuelto ni aun á visitarle. Una in- 
directa, le contestó el padre Cobos; le dije, mire usted señor 
Don Fulano, no sea usted bárbaro j vayase á su casa á tomar 
él chocolate; porque el padre guardián dice que es usted un 
glotón salvaje, y cada vez que usted viene le hace una gracia 
como si le rallaran las tripas. El amigo que oyó tales in- 
directas tomó el tale háicia su casa, sin decir esta boca es 



L.OOi^lU 



171 

mia, y cajó tan ea gracia al padre goardian la ¡Ddirectilla 
que la dÍTDlgó y desde entonces fueron proverbiales en Eb- 
pafia laa indirectas del padre Cobos. 

JuÁH Martínez Tilleboab. 



NOTICIAS DE ESPAÑA Y DEL ESTRANJERO. 

£d Goatemala, caserío antiguo de Calida, acaba de parir 
una *aca cinco chotos. El apuro para darles de mainv es 
grande; porque las vacas solo tienen cuatro pezones. Hay 
opiniones varias sobre el modo de compartir el sustento á 
los animalitoB; pero los mas están contestes en que mientras 
cuatro de los cinco hermanos maman, el infeliz sobrante los 
está mirando como □□ babieca. 

— Un hombre cuyo nombre se ignora, qne no se sabe de 
dónde es, ni dónde residía, Be ha embarcado no sabemos 
dónde, sin si^er á qué punto se dirige ni el objeto de su 
espedicion. 

— También se ha embarcado el emperador Nicolás en un 
zapato con toda su comitiva y ochenta mil caballos de la 
Guardia, unos dicen que va é. poner la república en Polonia 
y otros aseguran que viene á. tos novillos de Getafe. No se 
asusten ustedes de la gente que viene ea un zapato porque 
ea un navio que se llama «zapatón en el cual caben ochenta 
mil caballos de la Guardia con el emperador Nicolás j bu 
imperial comitiva. 

— Hay en Francia un lugarcillo marítimo en donde todas 
las mujeres tienen cara de pescado, cuyo prodigio ha dado 
margen & interesanteB comentarios entre los antiguos natura* 
listas que han tratado de averiguar el origen de tan singular 
fenómeno. Mr. Al^andro Dumas asegura que proviene de 
que las mujeres no comen mas qne pescado en aquel pue- 
blecillo, de manera que bí su alimento se hubiese limitado al 
bacallao, se hubieran quedado sin cabeza las pobres luga- 
reñas. Esto no parece verosímil, porque si así fuese babria 



172 

hgtl)ido en España ciertas conmnidadea religiosas compaestae 
de aalmonetes ; besugos con corona, barbas y capucha. Ver- 
dad es qoe no ba dejado de baber eu todos tiempos Talientes 
truchas con b&bitoe .... permítaseme esta cbanzoneta sin 
malicia. Con todo, asegura otro sabio que el verdadero mo- 
tivo del fenómeno en cuestión, es un castigo del cielo, por- 
que allá en tiempos remotos se Juntaron las mozas de aquel 
lugar el viernes santo, ; despreciando los preceptos de la 
iglesia, tuvieron la criminal humorada de nerendarEe una gran 
caauela de arroz con pollos. Los demás sabios que ban tra- 
tado esta importante cuestión opinan que las tales bembras 
pertenecen á la casta de la sirena, que como todo el mundo 
sabe es una coaüeion de pez j de mi^jer. 81 esto es asi; 
confesemos que las sirenas de Francia son bien poco encan- 
tadoras. Lo mas positivo es que todo ello no es mas que 
una solemne mentira, inventada por los redactores de La 
Bisa para hacer reir con esta nueva estravagancia. Si no 
se han reído nuestros lectores, querrá decir que hemos dicho 
sandeces en vez de chistes, cosa muy común en el dia entre 
los que la echan de graciosos. 

— En nna acción muy reñida que ban tenido en M^tco 
los generales Sta. Ana 7 Bnstamente, se dice que una bomba 
pegó á un soldado en la cabeza j como es de inferir le dejó 
descabezado. Los periódicos americanos añaden que si con- 
forme le dio en la cabesa le da en un pié, el pobre soldado 
regularmente hubiera tenidv la desgracia de quedar cojo. 

; Prodigio de ¡a prensa! 

En Nueva-York va á publicarse nn periódico enciclopé- 
dico. Está en prensa el número primero que contiene solo 
en el folletín la historia de Boma, la vida de los doce após- 
toles y todas las obras de Scribe, Dum&s y Victor Hugo, con 
los retratos de estos célebres literatas pintados al óleo. Las 
dimensiones del papel son estraordinarias : tiene cien pies de 
longitud y noventa 7 nueve 7 tres cuartas de latitud. Cons- 
tará de seiscientas páginas, cada ana de las cuales 'lleva 
veinte columnas y millón y medio de grabados. La letra mas 
chica del periódico es como una alpargata, 7 las del título, 



L.OOi^lU 



qne ea the Gnat'), son cada una como tres vecea la cam- 
pana de Toledo. Saldrá doB veces al día ; se stucnbe pw 
dos reales al a&o. 



UNA ESTRA VAGANCIA. 

¿Qné cosa es pensanienU)? Hé aquí nna pr^^nta que á 
mi mismo me bago, y que í pesar de toda sn liaiira, apura- 
dillo me yeo para contestármela. En efecto ¿quién ea capaa 
de hacer la delmicioD de este caballero, antojadizo cual niSa 
de quince abriles, ridículo (; no ea amor propio) como el 
que esto escribe, j feo i veces como el estrado qne de su 
persona, h&bitos é inclinaciones ha hecho el demócrata A7- 
guala de Izco? Y ya que por incidencia he tocado eate par- 
ticular, permítaseme que de él deduzca, que si La Bisa canaa 
riaa, se debe aclámente á la fealdad de sus redactorea, me- 
jorando los presentes. Mas vuelvo á mi asunto, j salga como 
Batiere, qne no es cosa que en el siglo de lo positivo se pare 
ningún hijo de Adán en pelillos, porque de lo contrario me- 
nester seria que me dejase la cabeza, 7 ainda mas, como 
de pedernal un pialo-, lo que no entra en mia cálculos, por- 
que este serridor de nstedes es en eatremo aficionado al 

bello seio, ae entiende; ; admírense uatedes lectores 

de la consonancia que guarda con el pelo este bello. Por lo 
tanto, lectores, mirad oblicuamente hacia la derecha, luego 
hacia la izquierda, ; de derecha á izquierda volviendo los 
ojos, leeréis. lo que á mi soberana voluntad le place escribir 
y á, la de ia Risa publicar. 

Es el pensamiento .... ¿qué será el peaaamientó? En 
cuanto á mí, no me queda duda que es algo, pero en el algo 
está la dificultad ..... Es el pensamiento . . . icallel ¿T 
ja se ve qué es? ¿quién lo duda? ¿Pero, qué es? ahí está 

') The Gmt ligniBca «n ingLéi ti Vm^íId . . ;Dgnds iriamoi á puir >i 
H tiuilaie el Eíefanle^ 



L.OOi^lU 



174 

el busilis .... Eb el pensamiento . . . . Ytt di en el bu^is 
; en la dificultad! El peosamiento en ana cosa intiaible, 
inodora, sin color ni sabor, en fin una cosa ignal al pensa- 
miento; y ¡vive Dios! qne nadie me diga lo contrario, qne 
capas aeré de recomendarlo al ciudadano Tillergaa como pié 
para un epigrama; porqne nadie puede hablar mejor de la 
boda que los novios; y tengo para mi que si el pensamiento 
es parte integrante de mi existencia, como cristianamente creo, 
y tengo sobre él algún derecho, nadie como yo, podrá hablar 
de sus propiedades. ¡Propiedades! ¥ ¿cuáles son las pro- 
piedades del pensamiento? Muchas sin duda; pero entre ellas 
sobresale esa espuitosa volubilidad de que da taa repetidas 
pruebas, que no parece sino que nació para ser patriota del 
siglo XIX. Condenado siempre á no gozar de reposo , tan 
pronto se remonta hasta el Empíreo, ; se entretiene en de- 
cirle cuatro piropos á Venus y en echar una mano de coo- 
versacioD con Capricornio, ú bien en jugar ¿ la gallinita ciega 
con las siete cabrillas, como desciende á las profundas y ló- 
bregas manfiiooes del Ayemo, y mide las dimensiones del 
rabo de Flnton, ó contempla el pudibundo candor de su con- 
sorte Frosérpina (que si tiene pensamiento no dejará de fijarlo 
de vez en cuando en el famoso suplemento que al dorso sn 
esposo tiene); cánsase de esto, y fija su dominio en el espa- 
cio; y allí .... allí es regular que juegue con los insectos: 
luego se recrea con la muerte, á pocos segundos se halla en 
la batalla de Marengo con el gran capitán del siglo; al ins- 
tante goza con la hérmíga que en guardar se afana; á poco 
en el ^uita que remonta su vuelo hasta las nubes; y así en 
descensos y ascensos y quedando en medio , y pensando en 
la maerte y en ta vida, y refocilándose con el doncel ó con 
la doncella, que será según el seso del individuo á que per- 
tenezca, vieue á fijarse en algo que lo absorbe todo por largo 
rato, aunque el asunto no sea digno de que en él se fije ni 
el tiempo necesario para decir ahí Y esto cabalmente me 
sucede á mí ahora. 

¡Ojalá qoe en cambio mi pensamiento se ocupara en ser 
canónigo: annque no ... . de esto fuera bueno que se hubiese 
ocupado años atrás, pero ahora seria nna locura, ni menos 



176 

en aer ministro, que cosa seria esta para tirarse de l(w pelos 
y ya he manifestado que & los mloB los estimo quizas en 
mas de lo que valen {y cuidado qoe son rubios) puesto que 
cojo un tabardillo cada vez que tengo la desgracia de poner 
mi cabeza entre las pelicidas manos del diplomático barbero. 
Pero me distraigo, cosa que nada tiene de estraño, cuando 
tan de moda se han hecho las distracciones, que nadie esti 
en lo que hace. Ya se ve, j como falta nn presidente que 
me llame í la cuestión! Pero al caso. 

Es el caso peliagudo como barba de romántico; es el caso 
mas grande ; estupendo que ha ocupado pensamiento ha- 
mano; es un caso monstruo, 7 dicho está lo bastante para 
probar bu importancia. Redúcese 6, nada menos que á de- 
mostrar im gran secreto en el que nadie hasta de presente 
ha Sjado la consideración, un elemento poderoso que existe 
en la sociedad, j que pasa desapercibido, como pasan tantas 
otras cosas grandes y maravillosas al propio tiempo qne otras 
de menor cuantía mueven una zambra estraordinaria. T prueba 
de ello ¿á qué no adivinan ustedes cuál es el medio mases- 
pedito qne tienen los hombres para comunicarse? — A qué 
si? la lengua. — Pues están ustedes equivocados, no es la 
lengua, es cierta quisicosa que acerca á tos hombres sin 
conocerse, y obliga á hablarse ¿ los que con otra vez que se 
vean se ven das veces. ~ No diga osled mas, que ya sabe- 
mos lo que es ... la simpatía. — No, qoe es el peligro. — 
Tampoco: es la concomitancia. — ¡Jesosl ¡qné disparatel lo 
que acerca nnos hombres 4 los otros, es el genio. — Ríase 
usted, de eso; lo que los acerca es .... — Vaya, dígalo 
usted niña. — Si me da cortedad. — ¿Se dan nstedes por 
cachifundidoB? — Si, nos damos; mas digalo pronto. — Po- 
quito á poco, que no estamos en ningum ventisquero, y mien- 
tras mas tarden en saberlo, mayor será su cnriosidad. 

Entre loe muchos y prodigiosos inventos que ha hecho el 
ingenio humano para acercar á los hombres, merece un dis- 
tii^ido lugar este de qne trato. Mayor es su virtud que la 
del vapor, porque sí bien este sirve para salvar pronto lar- 
gas distancias, no tiene el poder para que de buenas á pri- 
meras se vaya fulanito derecho á menganito y le hable. El 



176 

iüTeato que me ocupa, viejo como 1a risa, es tiu vehfcnlo 
poderoBO para las relaciones mutnas de los indÍTÍduos en so- 
ciedad: es nn medio gastado Bin qne por ello haya caido eu 
desuso (y en esto conocer&o ustedes todo lo que vale) para 
igualar las condiciones sociales; es en fin un poder que esta- 
blece la mas justa libertad, j que pone k nivel ; une por 
un momento al clérigo con el militar, al escribano con el 
eaoribano, al periodista con el fiscal, al ignorante con el 
sabio, y etcétera. Y es de admirai que una vez de por 
medio de este poder, guardarBe todos podr&u de dejar desai- 
rado al que lo invoca, que capaz será por la n^^a honrilla 
de armar una de todoB los diablos y convertir en campo de 
Agramante el BÍtio en que Be encuentre: ni es para menos 
el asunto porque cada cual tiene su aquel como Dios se lo 
baya dado, y bien merece que se guarden algunas conside- 
raciones al nivelador de tas clases. 

jOh invento de loa inventoB! yo te saludo y tu poder ad- 
miro! ¿Lora bien; supongo que ya quedarán ustedes ente- 
rados, y habrán venido en conoci miento del objeto que motiva 
este artícnlo, pero si por la mucha torpeza de ustedes no com- 
prenden una cosa tan clara y tan espllcitamente manifestada, 
fumoso me será sacarlos de duda. 

Encender vn cigarro. Hé aquí el gran caballo de batalla 
de este articulo; bé aquí el medio poderoso de comnnicadon; 
hé aqni lo que acerca & tos hombres sin conocerse; bé aqui, 
en fin, en lo que uadie ha hecho alto, á pesar de ser ma- 
teria para escribir gruesos volúmenes, y digna de que los 
vates templen sus cltaraB para cantar sus merecimientos! Oh, 
tú, el primero que eoseñasts que era cosa lidta que mi ci- 
garro en el cigarro de otro se encendiera! Oh, tú, ingenio 
cual no otro clarol Oh, tú, civilizador de la humana especie, 
recibe este corto tributo de admiración que dedica á tu me- 
moria el que mas de una vez ha tenido lugar de probar todo 
to que vale encender un cigarro! pedir la candela!!! 

No hay que aaombrane, lectores, de este nú entuüasmo 
fomatérico. Atended i las causas que lo incitan, y tendréis 
qne confesar de buen 6 mal grado, que es josto y como justo 
noble, y á fuera de noble desinteresado. Porque ese invento 



177 

sDblime no qneda reducido k lo muiifeBtado: hay ua tnilloQ 
de C08a§ mas pata probar su escetencia. ¡Pedir la candela! 

Y eo ese hecho ¿qué haj de particular? dir4 aljfono. Pues 
es nada: figuraos que el pedir la candela es un barámetro 
seguro para conocer los puntos de educación j de finura que 
el pedigüeño calza. Encienda usted un cigarro ; coloqúese 
en sitio público; y verá como al olorcillo se le dejan venir 
encima mas de un aficionado é. echar por boca 7 narices 
humo; y desde este momento pnede usted dar principia á 
sus observaciones. — Amigo, ¿me hace nsted el favor de qne 
encienda este cigarro? Alce usted la cabeza & esta invitación, 
y mire quien se la hace; y aunque usted no quiera, se en- 
cuentra frente á frente con nn hombre templado á los tiem- 
pos del rey Favila, que en buen hora sea dicho, ha sido el 
único que ha sabido morir como á los de su clase conviene. 
Le da usted la candela, y luego que enciende, se la devuelve 
& usted con el correspondiente «agradecido, amigo.» Por su 
llaneza y por la minuciosidad con que le pide á usted la 
candela, tiene usted forzosamente qne venir en conocimiento 
que el tal individuo es un hombre formalote é incapae, por 
lo tanto, de faltar 4 laa reglas de buena crianza. — Caba- 
llero, ¿tiene usted la dignación de participarme sus ardores? 

Y usted al oir esto cae al momento en la cuenta de que el que le 
habla es un elegante á la dernter, un &tuo, que mejor se 
dejaría cortar las narices que espresarse de un modo natural. 
— ¿Me permite usted? le dice á usted otro: un modo de 
pedir tan conciso revelará á usted al punto que este ciuda- 
dano es poco amigo de gastar saliva, y tiene en mucho su 
estómago para estragárselo fuera de tiempo. Poc de contado, 
qne para comprender lo que el tal ciudadano pide, necesa- 
rio es mirarle i las manos, y que el cigarro supla con su 
elocuencia muda y tabaquera el fin de la frase. — ¿Me hace 
nsted el gusto? Quien asf pide la candela pone en duda el 
sexo á que pertenece, porque lo que es á, mí, varos desde 
que uii mamá me echó al mundo, no me ha ocurrido jamas 
la idea de pedir qne me hagan el gusto, ¿ ningún individuo 
de mi sexo, y supongo que á ustedes les habrá sucedido 
otro tanto. — Y qné no le dará á usted que pensar de la 

CompúucloDu JacoMi. 12 



178 

edncBciou de aquel que coa voz ronca le diga: Camaráa, me 
da' esté la candela? Con todo y & pesar de que por buena 
lógica Be convence usted de que tal modo de pedir imperativo, 
j mas que imperativo nn tanto si es ó no amenazador, no 
es el mas 6 propósito para que usted acceda á bu deseo, es 
aegoro que no le hari usted esperar mucho tiempo, por 
aquello del canguelo. — Pues, ; el ¿señorito me haaosté favor? 
dónde me lo d(^a ust«d? Quiere usted una prueba mas cUra 
7 positiTameote poútiva, de que el aficionado al cigarro es 
un pedazo de alcornoque con ojos, que no ba podido salir 
de la miserable condición de mozo de muías ; ; quien dice 
de molas dice de usted ó de cualquiera otros que tengan ó 
bayan tenido moEos. 

Y no es solo en el mero hecb</de pedir la candela donde 
se conoce la condición y finura de cada quisque; lo es tam- 
bién en el modo de coger el cigarro: gaznápiros seráo los 
que le cojan con el auxilio de los cinco dedos; entreverados 
los que lo tomen con tres; elegantes tos que lo hagan con 
solo los dedos pólice é Índice, y finos de toda finura los que 
el cigarro coloquen entre el Índice y el del corazón. Largo 
seria enumerar las diversas maneras con que se pide candela; 
largo seria también una relación detallada para hacer mas 
palpable la esencia de este descobrimiHito, que acercando 
á todos los hombres, engendra amistades lo mismo que dis- 
putas. Y nadie se estrañe de esta última parte de mi pro- 
posición. 

Las mejores instituciones siempre se cormmpen en manos 
de los hombres: ¿cómo había de librarse la que me ocupa 
de dar en este escollo? Así es que no todas son flores; y 
ocasiones ha habido en que por una negativa & dar candela 
se ha armado la de Dios es Cristo. Mas esto nad» vale, ni 
tampoco la incomodidad que osted á veces sufre por causa 
de esta peregrina invención. Supongamos que nst«d es ca- 
sado, y que ¿ su cara mitad le ha dado jaqueca, verdadera 
ó ficticia, que esto no es del caso; supongamos que usted la 
quiere mucho y que al momento ae atortola y sale k la calle 
en busca de remedio; supongamos qne lleva usted un cigarro 
encendido, y signiendo en la suposición, qne enmedio de su 



179 

carrera sale nn qnfdem y le intercepta el paao dirigiéndole 
la palabra en cualquiera de Iob modog que van espreudos; 
¿qué hará usted en este caso? aegarle ta candela, no, por- 
qne daría lugar á disputas; no tiene usted maa remedio qae 
dejarle el cigarro y abstenerse de fumar salvo el consaelo de 
maldecir en su interior al importuno. Pues ¿7 si nated va 
por el Viático para su suegra, j mas si es rica ; no tiene 
mas hija que la pichoncita de osted ; sale un cualquiera y 
le pide candela? Se desesperará nsted porque do es cosa de 
perder nn momento en asunto de tamaña importancia, que 
crecerá si en lugar de ir por el Viático, va á arisar á la 
parroquia que vaya por el cuerpo de la düunta. 

Mas como quiera que estos no sean mas que Innarilloa 
imperfectos , casi imperceptibles al lado del grandioso j ciri- 
lizadoT invento de pedir la candela, convengan ustedes todos 
conmigo en qne el cerebro que tal concibió merecía estar en- 
garzado en diamantea, si q'emplo ba,j en la historia de ha- 
berse engarzada en diamante algún cerebro. 

Savtuqo Casilabi. 



VIAJES POR ESOS MUNDOS. 

Pnerlo da San nigael Arcángel í 13 di 



Salí de San Petersburgo, soplándome las uñas de frió. 
Nevaba si Dios tenia qué, y martiriEábaine la idea de tener 
que atravesar ana dilatada y escabrosísima sierra; porque 
aunque en mi siUa de manoa do llevaba capote ; sí capota, 
decía para mi capote: si aqttf nieva ¿qué será en la sierra? 
Encontré por mi desgracia «1 el camino nn hombre cUqniív 
ritin llamado Pedro, qne desde qne nadó por ser negro como 
un tordo le posioxin Perico, y después, atendiendo á su hu- 
manidad liliputiense dieron en llamarlo Periquito. Dfjome 
que no teniendo bienes de fortuna, sus padres le dedicaron 
al estudio. Hubo grandes discusiones acerca de la profesión 
que maa le convcmia, ; conociendo su natoral aversión al 
12* 



180 

trabajo j en incUnacioa á las muchachas y al chocolate, le 
metaeroD en un convento; y estando en el convento, le hicie- 
ron profeBaí, y c¿tate Periquito hecho fraile. 

Iba fray Periquito montado en una burra parda, que tenia 
la tripa como todas de color de nube. Por eso cuando qniere 
llover, decimos que está el cielo de color da panza de burra. 
Llevaba unas alforjas muy grandes, que le serTiaii de estri- 
bos para resguardar bs pies del rigor de los hielos , cuando 
sentimos un alboroto que á mí me puso en gran cuidado, 
temiendo qne nos asaltase alguna cuadrilla de bandoleros; 
pero el fraile me disipó el miedo didendo: denme lugar á 
sacar los pies y annqae nos ataque un regimiento de facine- 
rosos, DO sabe usted quien soy yo cuando saco los pies de 
las alforjas. Ech6 pié é. tierra, j la burra delante, que tomó 
por aquellos cerros el trote del cochino. Yo rogaba á fi^y 
Periquito que no soltara el ramal, porque decía para mi: 
este maldito fraile será capaz de alguna barbaridad si se le 
va la burra. Obedeció mi mandato, con tonto mas celo, 
cnanto que el alboroto campestre crecía por momentos. ¿Quién 
sabe, decia fray Periquito', hoy se casa un vecino de la in- 
mediata aldea, llamado Gamacho: puede que sean las bodas 
de Camacho lo qne nos tiene sobresaltados., y cosa de bodas 
pareda ; porque vimos atravesar una piara de cabras que iban 
huyendo de un lobo, y detras del lobo ladraba un perro, y 
detrás del perro trotaba el pastor, que aunque nada llevaba 
roto, gritaba como un descosido: ¡que se me van las cabras! 

El pastor, el peno, el lobo y las c^ras desaparecieron: 
una densa niebla inundaba el horizonte, y nosotros prose- 
guimos nuestro camino hasta encontrar con on rio que debía 
ser millonario de puro caudaloso. Fuimos & pasar por el 
^eute, y no me atreví porque estaba roto. Buscamos el 
vado, y vimos atravesar un animalucho de mala catadura, 
que á pesar de sa estraordinaria magnitud me pareció una 
rana: hizo un cuarto de conversión, y se me figuró pez; j 
decia el fraile: no, pues et animal no es rana: y contestaba 
yo: pues no me parece pez, y en la incertidumbre esclamá- 
bamos á dúo: ¿si será peí? ¿si será rana? Por si no era 
lo uno dÍ lo otro, no me determinaba á pasar el vado, ni 



l^.OOi^lU 



181 

me resohia tampoco á atravesar el puente; pero el fraile 
gritó: ¡miedol j jo respondí pregDntuido : ¿qaién dijo miedo? 

y añadir el rio Be ha de pasar, con que al vado 6 á la puente: 
j DO pareciéndole bien al fraile « tomamos el tole por el rio 
abEvJo haata dar con una barca cuyo barquero ae llamaba Cal- 
derón. £1 fraile te hizo mil reverencias pensando que aquel 
hombre era nuestro famoso Calderón de la Barca; pero yo 
nunca crei tal cosa, porque me consta la fecha de la muerte 
del poeta espaQoI. Toda la orilla del rio estaba cuajada de 
nieve, y de vez en cuando topábamos con montones de ce- 
nizas de las hogueras que hace el barquero para calentarse 
dia y noche; y yo viendo tantas cenizas, y diciéndome el bar- 
quero que eran suyas, esclamé: |Y&lgame Dios, & dónde haa 
Tenido ¿ parar las cenizas de Calderón de la Barcal 

Encontramos unos gitanos, y como yo iba é, pié me dirigí 
al mas viejo, dicieudo ¿cu&nto quiere usted por ese pollino? 
£1 gitano no quiso entrar en ajuste hasta que yo no pro- 
bara el valor de la bestia, y al efecto mandó & un mttcbaoho 
manco que montara, y le di6 una lesna para que se la cla- 
vara al burro cuando hiciera el remolón. Montó el mucha- 
cbo, y el borrico, que solo tenia un ojo abierto, á pesar de 
estar i punto de cerrar al ojo, dio tal carrera que bebía los 
vientos. El chico, aunque manco , le metia con disimulo la 
lesna hasta el coraxon*), cantando por lo bajo la doctrina 
cristiana de esta suerte: contra estos siete vicios hay siete 
virtudes: contra li^uria, castidad; contra pereza, una lesna 
.... Y el padre respondía : ¡ aprieta manco I ¥ yo que conocí 
la treta, procuré no abrir la bolsa ni cerrar el trato, diciendo 
qne el borro era viejo, porque tenia mas bigote y pera qne 
un cabo de gastadores, á la que contestó el picaro viejo: no 
seBor, el burro no tiene pera ni pero. Conociendo yo la de- 
bilidad del burro, tiré del rabo y bice andar ocho pies & lo 
cangrejo. ¿Cómo quiere usted, le dije mtónces al gitano. 
que compre yo una bestia que recula con tanta facilidad? Y 
el tuno de gitano, que |para todo tenia salida, me contestó; 



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señor, déme usted doble dinero: ¿pues qué m&s quiere uBtad 
qne tener una bestia qae aada tanto iiácia atrae como h&da 
alante? Lo cierto es que no hicimos chamba, y fray Peri- 
quito j fo llegamos á un Ingar de cuyo nonüire no quiero 
acordarme. Pidió fra; Periquito una baraja: yo le dye que 
si se trataba de jugar al mus, y él me contestó: no hay mus. 
Pusfmonos k jugar é, la maltUa, j nao decía: |Si tiieron 
triunfo las copas 1 y oüo: [Si fueran triunfo las espadas! 
hasta que dqo el fraile: oros son triunfos. Y como el ñ^üe 
que iba compaAero mió, quena atender k mi juego y yo al 
sayo, uno de los contrarios que se llamaba Antou Perulero, 
nos gritó: [manda Antón Perulero que cada cual atienda & 
su juego I Lo que mas me desesperaba, era que siendo todas 
mis cartas malas tan en grado superlativo, que rayaban en 
malazas, maletas y malísimas, no hubiera ninguna en dimi- 
nutivo como malillo. Luego el de mi izquierda, que se lla- 
maba Birlibirloque, tenia un modo de jugar, que chupaba loi 
cuartos á todos; y no digo que nos los chupaba sin sentir, 
porque demasiado lo sentiamos nosotros. Juraba yo qne aquel 
hombre nos ganaba por arte del demonio , y él porfiaba que 
no, que era por arte de Birlibirloque. Al fraile le iban tan 
malas cartas como á mi; pero se consolaba llenándose las 
narices de rapé, y diciendo ¿cómo ha de ser? A mal dar, 
tomar tabaco. 

Las cartas son lo mismo que las de Madrid, eacepto los 
reyes, qne todos tienen una cachiporra al hombro, de suerte 
que en lugar de decir el rey de bastos, dicen la porra de 
bastos, y como los reyes en todas las barajas valen doce, 
de abi viene sin duda el decir: porra y tres quince. Ui 
compañero perdía el dinero como un bobo, y yo como otro 
bobo; de suerte que el bribón de Birlibirloque dijo al despe- 
dirse con nuestros maraTedises: entre bobos anda el juego. 
Quedamos con luz y á buenas noches, sin mas dinero que lo 
justo para tomar un bizcocho y un cortadillo de vino para 
toda la noche; y como i las ocho del dia siguiente hablamos 
de romper la marcha, esclamábamos mi compañero y yo al 
tiempo de beber: lYíilgame Dios, con esto y un bizcocho hasta 
las ocho! 



183 

Llegó !a hora j laB tripas se me afligían; por lo cnal me 
reaolvi á pedir & la moza nn poco de pan que ella me dio 
de muy malA voluntad, trat&ndome de tonto; pero yo dije: 
tú d&me pan y llámame tonto. Tai taé mi aturdimiento, que 
DO me atrevi í salir del pueblo: el fraile que habia vendido 
el alma al demonio, se faé tan listo como alma que lleva el 
diablo. 

£1 mesonero, qae también es herrero y alcalde constitu- 
cional del pueblo, es un tío Lila, que sabe mas que Mer- 
liD, y voy & contar algunos lances que presencié en pocos 

Andaba un pobre tio vendiendo eap&rragOG, ; le dijo el 
herrero: ¿caánto quiere usted por ta mitad de los que lleva? 
£1 esparraguen), aunque no era cubero bueno ni malo, bizo 
un cálculo prudente á ojo de buen cubero, de lo que valia 
la mitad de sus manojos; y le contestó: una peseta. Ckirriente, 
dijo el herrero; y cogiendo nn cncbillo, que por cierto no 
era de palo, y eso que dicen que en casa del lierrero cu- 
chillo de palo, empezó á partir los espárragos por la mitad, 
quedándose él con lo de la punta y devolviendo al vendedor 
el tronco. Clamaba el tio que aquello era una injusticia; y 
respondía el herrero; yo he ajustado la mitad, y lo ajustado 
ajustado; y como ademas de tener razón era alcalde, quedó 
la cosa asi. Bien conocia el alcalde que era una injusticia; 
pero decia como todos los mandarines del mundo : justicia, 
y no por mi casa. 

Juróselas el esparragnero, pero en valde, porque el infeliz 
tuvo que abandonar su comercio y se puso & vender piga. 
Un dia que el buen hombre pasaba por casa del herrero con 
un gran saco lleno de paja, le dijo este: ¿cuánto quiere 
usted por ese saco de tierra? y como el otro le contestó qne 
era de paja, replicó el herrero: pues mire usted qne á mí 
nome había parecido saco de paja; pero supuesto que es 
paja se la voy á comprar con condición de que la han de 
comer mis mochos; y si no, me toha de dar usted de valde. 
Quedaron corrientes, porque deda el pajero: ¿cómo no han 
de comer mi psja los macbos? y uno y otro se ñieron á la 
fragua á hacer la pruebo. Loa herreros llaman machos á 



184 

los mozos grandes de hierro con que ellos trabajan: asf es 
que aunque la paja era buena, no la comian los machos del 
herrero; y él decía con mncha soma: iqaé mala pajal juola 
comen los machos I AmúBtazúse el pilero y le dijo: ¿cómo 
han de comer la paja si los tiene usted muertos de sed? Y 
esto diciendo loa arrojó en un poio de ochenta Taras que 
babia en la fragua; j el que qniso sacar de valde nn Baco 
de paja que no valia ocho cuartos, tuvo que gastarse un do- 
blón en sacar los machos del pozo. 

Convidáronme & un ojeo de liebres en la mar, y en este 
puerto pienso permanecer hasta qne el herrero me escriba; 
pues se ha encargado de hacer un camino de hierro para 
Madrid, de modo que mientras no se acabe la obra, pienso 
no ver á mis antiguos amigos- 



COSTINUACIOS. 

Mfdinx deJ Campo 24 de mano da \ñU, 

Como yo tenia mas ganas de ver mi patria que de comer, 
me despedí de los nevados campos de Rusia, antes que el 
herrero de quien bable en el articulo anterior concluyera el 
camino de hierro para Madrid; porque al paso que va, creo 
que nunca si Dios quiere ae acabará la obra. Bastará la 
razón de ser útil á Espaiía para que no tenga fin el tal ca- 
mino. Hay en la corte un teatro de Oriente que ha costado 
á España mas pesetas que una revolución, pero cuando estaba 
casi coDcluido, dijeron los que manejaban el tinglado: ;alto 
aquil y el suntuoso edificio naafragó á la orilla, quedando 
útil solamente para tragedias de malas costumbres, simulacros 
legislativos j ensayos de sesiones, interpelaciones, revolucio- 
nes, suspensiones y disoluciones. Queeedo empezó el chisto- 
sísimo poema de Orlando Furioso, y Eépronceda el Diablo 
Mundo, admiración de la literatura contemporánea; pero Que- 
vedo y Espronceda dijeron: ¡alto aquil y dos dejaron sola- 
mente la muestra del paño que estarán vendiendo en el otro 
mundo. Pero eso cuando yo oigo dedr que se trata de grandes 



185 

empresas de navegadoa, caaaleB ; caminoa, digo para mi; 
todo requiere acabar ea lugar del adagio que dice todo quiere 
empezar; ; que somoa moroB y muj moros por maa que nos 
jactemos de cristianos, puesto que todas nuestras obras, si 
no en la solidez, al menos en la duración, son obras de moros- 
Pero volvamos á mi viaje. Era el amanecer cuando tómelas 
de Villadiego hada Castilla la Vieja. Habria sudado uu cuarto 
de legua, cuando después de atravesar un rio, me encontré 
con el consabido frule de las alforjas, que iba muy lenta- 
mente en el burro mientras yo .é, pié corría como un torero. 

— Mucho corremos, me d^o. 

— Poco andamos, le contesté. A lo que él añadió-. 

— Tanto andamos como corremos. Y prosigufmos nuestro 
diálogo. 

— ¿A dónde va usted con las alforjas? 

— A CastUla la Vieja. 

— ¿A Castilla la Vieja? Yo pensé que itia usted á algún 
pueblo vecino. 

— Pues ya ... . para ese fit^e no necesitaba ;o alforjas. 

— ¿Y á qué lagar va usted? 

— No me acuerdo del nombre; pero ya daremos coa éL 
Allí tengo un primo llamado Pascasio Jiménez, con quien 
pienso permanecer basta que me den la conveniencia que perdi. 
Por ahora, dijo, no tengo miedo á la suerte; porque anoche 
gané mil quinientas pesetas á la banca. 

— [Dichosa snertel 

— I Dichosa maña I Tenga nsted un cigarro ¿ la siüud 
de las mil y quinientas. Y me dio una petaca que tenia en 
la tapa un espejo, de lo cual inferí que el iraile había robado 
á ojos vistas. En eso empezáxaos é, subir una cuesta muy 
alta, que nos dejaba sin aliento; y yo, viendo que el burro 
del fraile iba á paso de tortuga, entoné cbunguefindome la 
seguidilla siguiente; 

El burro de Fr. Tedro 
Dioa le hsndtga. 
Mes corre cuesii abeja 

A lo que el fraile, viéndome sacar una cuarta de lengua 
como perro eo agosto, contesté en el mismo tono: 



quiflto mi burro . 
yo me las subo. 

Mas deseoso de alhagar que de complacer al fraile, le 
ofrecí nn huevo crudo, que por haber atravesado el rio, ya 
era pesado por agua; pero él lo rehusó diciendo: mil gracias, 
he almorzado ya dos veceB, y ademas es dia de ayuno .... 
Me admiré de que al amanecer hubiera almorzado ya dos 
veces, y le pregunté ei comia mucho, ¿ lo que contestó: nuo 
seSor, soy mny arreglado en laa comidas. Mire usted, pro- 
siguió, suelo tomar el chocolate en la cama, y después duermo 
un rato. Me levanto á las nueve, y me tiro al coleto una 
tostada con manteca y leche: me pongo á rezar hasta tas 
diez que es la hora del almuerzo. Entúnces si acostumbro k 
zamparme un par de pichones, una tortilla de jamón y poco 
mas de una pata de caAiero. Se supone qne entre bocado y 
bocado echo tm sorbito en nn vaso grande, como de cuatro 
dedos de gallego. Salgo á diu- nn paseo, y vuelvo é. las once; 
saco el chorizo de la olla, y me lo como. No entra en mi 
cuerpo mas en toda la mañana, y ya me tiene usted como 
UD relú hasta las doce, que es la hora de comer.» 

Al oir esta prueba de su arreglo en la comida, no pude 
menos de recordar un chascarTillo bist^co que conté á su 
paternidad, y referiré i, ustedes. 

Pues seüor (el pues señor es introducdon indispensable 
en todo cuento), sabrán ustedes que en mi logar bay una 
cuesta que Uaman la cuesta del Cuco, por la cual atraviesa 
un camino, y por el camino pasaban unos carreteras en derta 
ocasión (qne la ocasión en los cuentos aunque sea dudosa, 
siempre se ha de decir cierta). Llevaban carros de carbón 
y, como es consiguiente, para subir la cuesta necesitaban 
buenos pares de bueyes, Efectivamente cada animal podia cal- 
cularse que pesaba sobre treinta y seis é. treinta y ocho ar- 
robas : he visto muchos animales de cuatro orejas, pero pocos 
de tan bueoa marca. Admirábanse todos los transeúntes de 
ver unos bueyes tan colosales, porque á no haberlos visto sin 
trompa, cualquiera los hubiera tenido por elefantes. Uno de 



187 

loB carreteros, cargado de tiukta esageradon, dirigiéadoee í 
los qae tanto se pasmaban de la inmensidad de sa ganado, 
les dijo: «señores, esos bueyes no son tan grandes como pa- 
rece; y en prueba de ello, que entre mi compañero y 30 
nos comemos uno." Apostaron los pasajeros ana onza é. qoe 
no, y el carretero iba k depositar la soya cuando recordó 
qne tal vez en aqnel día no podría veriflcarse la apuesta, 
^porque gn compañero estaba convaleciente de un cólico. "Sin 
embargo, añadió, vamos á ver qné dicen Fueron todos al 
pueblo inmediato, donde estaba el enfermo cadavérico, punto 
menos que espirando. Pero á pesar de todo, era tanta la 
confianza que el estómago de este inspiraba al otro, que le 
enteró del compromiso. Entonces el enfermo se incorporó, 
y con voz trémula y flaca reprendió al compañero en estos 
términos: apero hombre iqué te bayas metido en este beren- 
genall £1 estado de mi salud es peligroso, y los médicos ' 
ban ordenado que esté quince días & dieta: no obstante, por 
no d(!]arte mal, lo mas que yo puedo hacer, es comerme los 
dos cuartos traaert» y el menado.» 

Entendió el fraile la aplicación del cuento, y medio son- 
rojóse al pronto como buen doncello; pero pasóse el enojo, 
y andando andando , y yendo días y viniendo dias, entramos 
en España, donde vimos á toda la gente en movimiento, como 
amenazada de una general conflagración. Todo se volvía cor- 
ríllos y murmullos desde que vieron los hábitos del ñiúle. 
Unos hadan esparabanes de júbilo, y otros de melancolía. 
Decia yo: ¿ai serti mi compañero el Mesfas que tanta anima- 
ción produce sa venida? Llegamos á una tienda de géneros, 
y dijo el fraile al comerciante con esa altanería y superiori- 
dad de padre de abnat: ¿tienes guantes de seda? El de la 
tienda, que era hombro ya de barba en cara y pelo en pecho, 
arrugando el entrec^o, contestó al de los hábitos en el mismo 
tono: SI: ¿cómo los quieres, dobles ó aencilloa? — Sáquelos 
usted dobles, djjo el fraile. — Téngalos usted, respondió el 
comerciante. — Al subir de la tienda, noté que la casa tenia 
fachada de convento: hicimos un saludo no tan frió como el 
del comerciante, que nos despidió con ceño de comprador de 
bienes nacionales. 



Prosegnimoa nuestro camino: el fndle se quitó loa bábitoB, 
conocieado que no era bien recibido todavía este traje, y 
«lescubrió un trabuco entre narai^jero ; UmoDero. Yo le ma- 
nifesté el grave riesgo que babia en llevar armas, y él me 
sacó de cuidado, diciendo que ae fingiría oGcíal del reem- 
plazo; j nos vino bien la treta, porque como á la sazón ae 
cataban reuniendo los oficiales de la provincia de Talladolid 
en la Nava del Rej, bacía donde caminábamos, nos dieron 
crédito los alcaldes de monteríUa. 

tUy 4ntes de la Nava un pueblo que Uamaii Tillaverde, 
donde ocurrid una cosa digna de contarse. Pasaban, el día 
intes que nosotros, unos oficiales, y viendo dos palomares & 
la entrada, preguntaron á un bombre llamado Juan Molina, 
¿cuál era el del señor Pedro Fernandez? Este ciudadano, 
dueño del otro palomar, les dijo: aquel de la dereclia: má- 
tenle ustedes todas las palomas, que es un picaro revoltoso. 
Pero le salió mal la cuenta, porqne loa oficiales dijeron, que 
antes bien querían saber cuál era el palomar de Femaddes 
para no bacerle daño; y se fueron al de la izquierda, que 
era el del mal intencionado Molina , donde creo que bicieron 
gran deatroío. 

Tuvimos noticia del lance , y fray Periquito ofreció vengar 
el ultraje hecho á un amigo político: en efecto, cerca de 
Villaverde puao su trabuco en regla. Diú la casualidad de 
que á la entrada del pueblo hallásemos al referido Molina, á 
quien no conocíamos, y el iraile le preguntó cuál era el pa- 
lomar de Fernandez. Escamado Molina del dia anterior, trocó 
laa señas y apuntó al suyo con el objeto de que le respeti- 
aemoa; pero ¡cuál fué su sorpresa al ver correr á mi com- 
pañero hacia su palomar, gritando como un desaforado: ¡que 
no le quede una paloma á ese bribón! Corrió Molina tns el 
fraile que al oir decir «son miasu entendió que aquel era 
Fernandez, le dijo: pues bien, primero voy á matar á usted, 
y después á las palomas, y echándose el trabuco á la cara, 
dio á correr tras el buen Molina, que se refugió en la iglesia 
como criminal que se acoge al sagrado, mientras el religioso 
le mataba la mitad de las palomas. Bien libre está Fernán- 



t^.OOi^lU 



áez de qae bu contrario vuelva é. dar espticacíoaes cutuido 
le pidan las señas de su palomar. 

Y ahora, le dije í mi compaílero de vi^'e ¿cúmo saldre- 
mos si toma cartas en el jue^ la comisión militar? — Bus- 
caremos la salvación en la ñiga, me contestó; y cuuido esto 
no sirva, apelaré á las mil y quinientas, qne es tribunal 
que tengo en el bolsillo, 7 no me puede desairar. 

Lieg&mos al lugar, donde ira; Pedro tenia el primo, j 
llegamos como cura que dice misa, es decir, entre dos luces- 
£1 pueblo es un caserío libre de ladrones; porque aunque 
pasen cerca no pueden dar con él. La calle mas larga es 
mas corta qne el vestido de una manóla: las casas parecen 
bocas de conejos; al tejado todo se va en caballete, pero tan 
sutil, que cuando se sube algún gato, tiene qiie goardar el 
equilibrio como si bailara en maroma floja. La torre no tiene 
veleta, porque la robó un enano. No puede haber secretos 
en el lugar, porque aunque uno bable b^o en bu casa, le 
oyen todos los vecinos. En fin es un lugar que debiera lla- 
marse Cañatnon, pues no dndcr que el m^or dia se lo al- 
muerza nn jilguero. Para que se vea que siempre el mas 
nüsemble tiene mas humos, han dado i, todas sus calles nom- 
bres altisonantes é. uso de corte. Hay calle de Cantarranag, 
calle de las PkUeeias, calle de la Independencia, calle Mayor, 
que es mayor el letrero que la calle, y para leerlo se nece- 
sita microscopio. En medio de noa rend^ita imperceptible 
que llaman CaUe de Pompeyo, bay nna casa que tiene en- 
cima de la puerta una inscripción escrita á dedo con polvos 
de homo, que dice: 

Casacon 

sistorial 

Y como el renglón de abajo se ha borrado con el aire, 
nosotros preguntamos á una mujer que pasaba por allí, si 
en esta casa rivia algún hombre que se llamara el tío Casa- 
con. Y diciéndonos que era la casa de concejo, la pregun- 
tamos por el tio Pascasio Jiménez, y no nos supo dar razón, 
k pesar de ser el pueblo tan chico. Fuimos casa por casa 
preguntando, y todos se encogían de hombros , sin doda por- 
que en los lugares á nadie se conoce por su verdadero nombre. 



190 

Noa decidfmoa pues, á averigaaT la casa áá cura, j este nos 
informó de cómo hablamos de acertar con el tio Jintenez, qae 
filé pr^untando por el tío Pajalarga. Aal lo tudmoB f coa 
efecto le encontríunos en casa, ' qne nos recibió con mucho 
cnmplimiento lo mismo qne aa miger, que era justamente la 
tia á quiea prepintámoa por PaBoasio Jiménez, ; no snpo 
dar razón por ignorar el nombre de bu marido. 

Bendito sea Dios, dijo el tio PaBcaaio, qne han Tenido 
ustedes en un dia en que tengo buena cena. Como habla 
militado tiene ciertos terminachos soldateacos que engaflan; 
7 así es que al pronto nos dio nn alegrón refiriendo los por- 
menores de la mesa. Saca, la dijo á su mi^jer, saca esa 
fuente de íwmha-navíot: j eran peces como alfileres, que en- 
tran ciento en cada cucharada, Bolo qae ttiTímOB que comer- 
los con los dedos por no haber otra cosa. Diatmnlen ustedes, 
dijo la mujer, que desde qne noa robaron las cncharaa de 
madera en la guerra de la independencia, no me he acordado 
de comprar otras. Pidió el marido después de ios tumba- 
navloa una perdie-eamómica ■ ;o tenia ganas de verla en la 
mesa para apoderarme de la mejor tajada; pero [Cuál fné mi 
pesadumbre al ver qne la tal perdig-tconimica era nna ce- 
bolla asadal Oradas que la rebozaron con miel; pero como 
no babia con qué lavarse las manoa, Be nos quedaron los 
dedos pegadoa para toda la noche. 

Acabóae la cena: el tio Jiménez empezó á dar gradas & 
Dios, ; noB enctqó mas Padre-nnestros ; Ave-Marlas qne días ■ 
tiene el año. Por el alma de nuestros padres, por el ángel 
de nnestra guarda, porque nos libre Díob de malas tentado- 
nes, por los que mueren en pecado mortal, ; qué sé yo 
coantas cosas mas. Por decentado besó el pan, echó la ben- 
didon á la mesa, ; nos mandó t la cama con el correspon- 
diente satndo de «hasta mañana si Dios quiere.» 

Dormimos juutOB mi compañero ; yo en un jergón qne 
tenia la paja tan corta, que se nos clavaba en el coraion. 
¿Quién dirá, esdamAbamos nosotros, qne este jet^n es del 
tio Pajalarga? Ademas el entarimado era el ladrillo, y como 
la ropa era vieja y mal midada, creyendo estar Bolos nos en- 



L.OOi^lU 



191 

coatr&mos con doscientoa mil compañeros Tfigenes que nos 
hicieron mártires; de Buerte que estuvimos toda la santa noche 
ein poder pegar los ojos m despegar los dedos. 

Joan Maetinbí Vh-lbeoís. 



MENTIRAS AL REVÉS: COSAS QUE NO SON. 
CUENTO ESTRA VAGANTEMENTE INAUDITO. 

Erase on pueblo sin casas, situado en las ilusorias ribe- 
ras de un rio seco y su límpida corriente, cuyo paradero se 
ignoraba, jamas había gerpenteado entre los montes llanos 
que no se eleraron en medio del hermoso paisaje que oirecen 
& la admiración del espectador ausente las escarpadas llanu- 
ras que casi estavieron á ponto de circundarle cuando re- 
ventt) el terremoto de Oran. Allí, sin jamas estar, Tivia me- 
día familia, porqae la otra mitad que debían formarla los que 
faltaban, no habían nacido. 

Esto sucedía en el ^o 1999; es decir, & últimos del siglo 
que viene. , 

Felizmente esta familia fué siempre desgraciada, y por 
una casualidad traída & propósito, ninguno de sus miembros 
se parecía ó asemejaba en el rostro, á no aer en los ojos, 
las cejas, la frente, la nariz, la boca, la barba, los carrillos, 
las orejas j la cúspide que casi eran iguales. Y digo cúspide, 
porque en aquellos tiempos se llamaba asi la cabeaa, por ser 
lo mas elevado de los talones. 

A dicha media &milia pertenecían varios anímales, como 
un gatito muy mono que había muerto algunos años después, 
un perrito Undisimo que tampoco había naddo, y un lorito 
muy parlanchín, la hembra de los dos únicos primitivos que 
salieron del arca de Noé. Pero d^emos los animales y agar- 
remos las personas. 

Los principales personajes, pues, de la media familia, 
eran una madre que se llamaba Doña Semlramis (la cual no 
había tenido abuelo)'j una 14ja que no tenía nombre. Habi- 
taban una casa sin paredes, techo, puertas ni ventanas. No- 



tábaae que la mamá era mas joven qae la hija; bien porque 
la hija tuviese mas añoa que au mamá, 6 bien porqn« la mamá 
no contase tantos como ta hga. Lo cierto ee que á entram* 
bas aerria un criado fiel que euTÍudó siendo soltero, hombre 
de estatuía colosalmente enana, secamente gordo, cojo de 
vista 3 bizco de las piernas. 

Una noche, muy tenebrosa por cierto, serían como entre 
diez ; tres de la madruga, cuando el sol alumbraba el ^obo 
con todo el fulgor de sus rajos abrasadores en el mes de julio, 
la nieve se desprendía de la atmósfera eo copos tan grandes 
como mantas de Falencia, y los habitantes de aqaella comarca 
bailaban el trípili de puro frío, entrú saliendo el criado , y 
dijo á la señorita sin nombre con una voz tan enteramente 
apagada que no formaba el mas leve sonido : «señorita: un 
hombre desconocido que ni vino ní se fué, ni he visto ni veré, 
acaba de no entragume eata caria con cierto ademan de mis- 
teriosa secreto, j con un vozarrón mas ronco que un trueno 
sordo, didéndome sin hablar que á ningún ser futuro ta en- 
tregase aino á usted.» 

La joven tierna como pezuAa de bney cuiaino, y sensible 
c^o el peñón de Gibraltar, abrió la carta que no estaba escrita 
en papel ni cosa que se le pareciera ni se vislumbraba en ella 
una sombra de letra humana; j leyó las siguientes palabras: 
«mujer corpulental un hombre invisible os ama con la odio- 
sidad mas frenética que engendraron los siglos futuros en 
un corazón volcánico. Adiós : — Posdata. Dentro de catorce 
minutos oa espero en el torrente de loa Alamos, ó moriréis. 
Juro respetar tu voluntad bosta el catafalco de las horcas 
Candínas, donde serás inmolada á dogal colgando con el mayor 
entusiasmo de una pasión inspirada por Satanás para ser en- 
terrada en la Transilvania si á la cita faltáis. Adiós, hija 
del Antecristo; ¡os espero I ¡os espero I al torrente de loa 
Alamos. » 

Por curiosidad quisiera yo ver á alguno de mis lectores 
en la prensada situación de la joven sin nombre, suponiendo 
que dentro de catorce minutos era forzoso presentarse en el 
torrente de los Alamos, que diata de allí cua»o mil quinien- 
tas cuarenta y tres leguas y media de mar y tierra, y con- 



193 

Uniundo snponirado que entonces no eran conocidos loB va- 
pores marítimos ui terr&cueos, ni siquiera los globos atmos- 
féncos. 

Sin embargo, aunque los historiadores que dejaron de es- 
cribir sobre este hecho que no sucedió, ningfun pormenor nos 
trasmitieron acerca de los medios que empleó la jéveu sin 
nombre pata acudir exactamente á la dta, lo cierto es que 
antes de los catorce minutos ja estaba ella roncando sobre 
la espuma del torrente de los Alamos cansada de esperar á 
su trovador. 

Por tradición de los difuntos que murieron desde aquel 
siglo hasta ñnes del actual, se cree que un trasporte tan velos 
lo verificó la joven á caballo so un relámpago; coaa muy po> 
sible en verdad si se considera la gran diferencia que existe 
entre los relArapaKOS de entonces y los relámpagos de ahora, ó 
bien sea entre las exhalaciones antiguas ; las exhaladones 
modernas, como lo demostraron el rey Doña Uraca y la prin- 
cesa Nabucodooosor en sus tratados sobre la transformación 
de los cuadrúpedos, de la cual escluyeron á los españoles, 
comparando nuestro desgobierno con la eternidad. 

£1 reloj de la catedral de Carabanchel de abajo anunciaba 
á los rasos las trece del día (porque en aquellos tiempos todos 
los relojes tenias en el horario las 24 horas del dia, y las 
sefialaban todas unas tras otras del modo que podian unos 
mal y otros bien, como en la actualidad que hay relojes & 
propósito para no saber jamas la hora que es), y el de la 
torre del diablo en (Juebec apuntaba las 18, lo que demos- 
traba que el de la catedral de Carabanchel no corría tanto 
eomo el de Quebec, cuando el trovador invisible aparece en 
el torrente de loe Alamos, se arroja sobre la mujer sin nom- 
bre, y le da un beso en cada codo, según costumbre de aquel 
siglo en que la mayor prueba de cariño era besarse los co- 
dos los amantes, y permanecer asidos reciprocamente de las 
orejas con ambas manos mientras hablaban. «Yo soy, le dijo 
él ¿ ella, un recuerdo espautoso del diluvio universal; ignoro 
quiénes ser&n los que vengan á darme el ser, porque aun 
no he nacido, pero serA muy regular que me dé & luz nna 
princesa que se llamará Margarita de Borgoúa. Tengo de 

Gompaaieicinei jucoaai. 



L.nO(1<^iC 



194 

laa tinieblas é. cumplir mi destino que es achicharrarte. 
(Entónc«s el amor se llamaba chicharrón, amar era achichar- 
rar.) 8i correspondes al chicharrón que te profeso, proal' 
gDÍó el invíBíble , veré calmada la dicha mas desastrosa qne 
alcanzó la posteridad: si no me achicharras con todo el vital 
entusiasmo que me aniquila , concédeme el favor de darme 
un faerte soplo por detras, y me verás desaparecer entre las 
altas nubes que arrastran por las' catacumbas.» — <i Yo te 
adoro con la mas recóndita execración que te consagra mi 
alma, replicó la hermosa horrible, yo te achicharraba cua- 
renta y dos añOB antes de conocerte; cuatro lustros antes de 
ver la Inz pública; mas antes aun de tu venida al mundo te 
idolatraba en el resplandor oscuro de la nada, porque com- 
preudf que tú habías de ser algo; que habías de ser el ser 
que activase la idolatría con que te abomino.» — Y bien, 
mnjer; ¿conoces la eternidad? — No: jamas estuve allá. — 
¿Por qué no has ido? — Porque no sé el camino. — Pero 
tu padre estará allá. — No. — ¿Qué hace qne no se muere? 
— No puede morirse: no ha nacido: también mi padre es 
postumo. — Me lo habia pensado. — Pues entonces, sf- 

Al pronunciar la joven estas palabras, on trueno espan- 
toso que dejó de oírse en todos los puntos del globo y del 
espado retumbó con la mas dulcísima armonía en los anchos 
torreones de la inexpugnable ciudadela de Albacete, al cual 
siguió un relámpago oscuro que apagó todas las luces del 
teatro del Príncipe, acompañado de un eclipse de sol visible 
en el puerto de Almansa y en Mirailores de la Sierra que 
disolvió todo el requesón que estaban elahorando en aquella 
láctea comarca. La lluvia se desprendía de las nubes á cán- 
taros, pero sin llegar á tierra, de modo que los transeúntes 
veian llover sobre sus cúspides, y no se mojaban pizca ni 
media. Esto inundó de horror delicioso á los habitantes de 
la Nneva Celandia, mientras los dos amantes atravesaron á pié 
en dos minutos y medio el mar glacial desde el cabo del Norte 
en la Lapooia, tocando parte del mar de Karskoé, el de la Amé- 
rica septentrional, el de Penjinsk, el del Lama, el del Japott 
por la manga de Tartaria y el mar de Jeso, el Jonio y el de 



195 

la China, el gr&nde Océano oriental, por el archipiélago de 
las islas Carolinas, ; el de Salomón, ; el del Espíritu Santo, 
tocando parte del mar equinoccial, atravesando bajo del Ca- 
pricornio y del Trópico en el mar de las Indias, costa de 
las islas de Madagascar j linea de Ecuador, á entrar en el 
golfo arábigo, corriendo al trote por el mar Rojo y golfo 
pérsico, el mar Negro j el Caapio, el Mediterráneo, el Adriá- 
tico 7 el Báltico hasta la casa de Doña Semlramis. 

• ¿penas esta Joven anciana mamá viá llegar á su hija su- 
dando de frío ; asida de un hombre de aire, ae cubrió el 
rostro con los pies, lanzó un aullido melodioso, ; se pnso & 
bailar en la azotea repicando los talones ; dando volteretas 
como una loca. 

Era preciso aprovechar aquellos turbios momentos, ; loa 
amantes no sabían cómo organizarse ni dónde esconderse, 
porque al trovador invisible le atacó un sueSo tenebroso que 
le hacia dar cabezadas en los hombros y orejas de su que~ 
rida. Üo habia mas tio pásame el charco que dormir, j en 
la casa soto tenían un catre de 65 pies de elevación, al cual 
se subía en un gran cesto pendiente de un largo j gruesa 
macarrron italiano pasado por una garrucha. «Entra en ese 
hermoso cesto, le dijo ella á él: ;o te subiré al catre donde 
velaré tú sueño, ; luego me subiris con mucho tiento, que 
no soj para colgar.» Rizóse la primera operación; después 
subió él á ella; mas ¡cuál fué el espantoso placer de esta 
feliz desventurada, cuando en vez de su amante solo encon- 
tró en la azotea del catre un esqueleto ensangrentado, sin 
mas traje que unas botas de andar á pié con espolines , y 
una casaquilla de raso inglés carmesí! La desgraciada leyó 
el esqueleto, y decía: "tu madre no es mujer.» Un pacífico 
rapto de descEperacion se apoderó tranquilamente de su alma 
y sin respetar los 35 pies de camino perpendicular que habia 
desde la boardilla del catre hasta el pavimiento, se arroja 
de cabeza cual otra Safo, da de cabeza en medio de un cesto 
lleno de huevos frescos que hacia tres años estaba recogiendo 
en mamá para hacer un pastelón de rábanos, pero desgra- 
ciadamente quedó sin lesión por caer en blando, aunque los 
huevos lo pagaron. Se levanta y corre con mucha calma á 



196 

contarle á au mamá todo el suceso, la cual lecootestó: «pnea 
bien; ai ese brojo te ha rerelado que tu madre no es mtger, 
yo te revelo que SU esqaeleto va comeado en este instante 
hacia el cementerio del desierto. Asómate i. esa ventana y 
lo veris correr." 

Efectivamente asomóse-, lo vio j partió tras él sin pro- 
ntmciar palabra, y lo alcanzó porque se le enredaron toa es- 
polines en los sarmientos al atravesar uta viña. AlU reno- 
varon sns iracundos amores, y viendo qne la mami los p£r- 
segnia amenazándolos con una caña en cada mano, bayeron 
sin parar hasta el cementerio áel desierto, donde tuvieron 
qne desenterrar un cadáver que había muerto ahogado en el 
incendio de Babilonia, para ocultarse la joven y el esqueleto 
prófugos. En aquella tumba encontraron una caldera rota, 
una nauta, dos pares de calcetínes, unas parrillas, un 
redoblante, un melón, on paraguas de lienzo color de tór- 
tola, y un plato de crema. Como los amantes no hablan 
comido desde el 26 de agosto del año anterior, pusiéronse 
en cuclillas y comenzaron á sorber crema á dúo, sosteniendo 
el plato í cuatro manos; mas aparece la esfinge de Doña Se- 
miramis sobre sus cabezas dándoles sendos cañazos en los 
talones y en las orejas; les echa tierra encima á barbotonea; 
los sepulta, y cuando conoció que estaban difuntos los en- 
terrados, se enterró ella también en la misma sepultura por 
no ser menos que los otros. 

Asi GOmenzarou & morir aquellos tres aeras dichosos, 
cuando todavía lea fallaba cerca de si^o y medio para nacer. 
JoB¿ Másiá Bonilla. 



LA FAMILIA DE LOS VICE, DE LOS SÜB Y DE 
LOS EX. 

Todo en el mundo es música. Esto no quiere decir 
que el mundo es una sinfonía ni que todo eu el aea música 
celestial; lo que quiere decir esto ea que el mundo está cam- 



197 

paeeto de eacftlaB con sub pontoa j medios puntos, bemolea 
y BOBtenidoB. Si Be consalts ¿ los n&tnralistfts, hallaremos 
qae desde el reino mineral ú vegetal ba; muchos cuerpos 
que se confunden entre la inercia ; movilidad de tal modo, 
que nadie sabe definir i, qué reino pertenecen. Loe ha; que 
por una escala la maB lenta imaginable se van separando de 
la materia inerte, basta llegar i. la mas perfecta de las plan- 
tas, 7 los hay qne, teniendo mas vida y mas espontaneidad 
en el movimiento, pero con nna forma estraSa á los animales 
y & las plantas, vienen á ser cuerpos anfibios 6 hermafrodi- 
tas entre el reino animal y el vegetal. Sucesivamente y por 
escala rigurosa se observa la marcha progresiva de los seres 
hasta el mas perfecto conocido, que es el hombre: pero de 
modo que de uno & otro animal es tan corta la diferencia 
como sensible , cuando entre dos puntoB de comparación que- 
dan dos 6 tres intermedios. De un europeo, por ejemplo, & 
un negro de Guinea, no hay mas diferencia que la del color; 
asi como hay monos que distan muy poco de los susodichos 
negros; y sin embargo comparado un mono con un hombre 
se advierte ana inmensa diferencia. Yo tengo para mi qae 
al cabo de los siglas ha de venir otro ser mas perfecto que 
el hombre por raion de esa escala de peHectibilidad, y que & 
medida de la perfección en la forma hnmana, seri también 
mas avent^ado en sus cualidades morales. 

Tratando solo de la escala del hombre con relación á sn 
categoría en la comunión social, qne es el objeto de este ar- 
tículo, lo primero será hablar de los puntos rnuBicales, fijos, 
determinados 6 inalterables, y lo Begondo de los modifica- 
dos, intermedios, mistos ó furrieles, es decir, entre cabos y 
sarjentoB. 

Desde luego todo cuerpo necesita una cabeza, toda nación 
un gobierno y toda sociedad chica ó grande nn centro direc- 
tivo: parece que be dicho tres cosas, y no he dicho mas que 
una. Al que representa la primera dignidad de una reunión 
de hombres, se le llama director porqne dirige, ó presidente 
por presidir; pero como un hombre solo no puede reasumir 
todos los poderes en sí, claro es que necesita otros agentes 
subalternos para dirigir la máquina social, y de aquí nace 



198 

es» eslabojuunieiito de jerarquías i^ue, semejantes i una pro- 
greBÍoo geométrica decreciente, cada una va teniendo maa 
valor que todas las inferiores juntaa- 

Ahora bien: una sociedad ¿podría regirse con los empleos 
absolutamente necesarios? Claro es que sí, y claro es que 
no, y haré ver que ninguna contradicción envuelve la res- 
puesta. Cuando el hombre fuera tan virtuoso como le con- 
cibiera Rousseau en su mundo ideal, justo en el ejercicio de 
sus derechos y dócil & los deberes, es evideDt« que la sociedad 
no admitiría un cargo superfluo ; pero como por desgracia 
hastA el dia estamos dolados de pasiones mezquinas y mise- 
rables ; como nos devora la ambición de figurar, de donde 
viene la avaricia del oro, ba sido preciso satisfacer con em- 
pleos lucrativos y honores pueriles, las exigencias de los 
mal contentos con un orden de cosas justo, racional y equi- 
tativo. 

Un presidente y un secretario bastan para regir un cuerpo 
legislativo; pero así como un chiquillo tiene envidia cuando 
ia madre acaricia á sus hermanitos, y una mujer siente los 
agasajos que á otras se dispensan, también hay hombres qae 
sienten no ser los predilectos. Estos hombres me parecen 
á mí niños que han crecido mucho, 6 mujeres vestidas de 
hombres. Sean lo que fueren es preciso contentarlos, y para 
conseguirlo debió crearse el iunecesario cargo de vice-preá- 
deate; y no satisfechos con halagar & uno, prolongaron la 
escala de la vice-presidencia liasta el infinito, contando algu- 
nos congresos vi ce - presidentes á docenas. 

La &>mília de los viee es hermana carnal de la de los sub, 
ó lo que es lo mismo la familia de los sub es ta misma que 
a de los ctce, que trae el misma origen, hace el mismo 
papel y solo se diferencia en la pronunci ación. Se dice v. 
gr. vice-rector, porque no se pronun ciada con tanta facilidad 
aub-rector, á pesar de que no es tanto el trabajo que la 
cuesta a! pueblo el pronunciar v ice-presidente, vice- secretario, 
vice-cúnsul, sub-secretario, sub- director, sub-prefecto y sub- 
diácono, como el mantener á una familia tan numerosa como 
la de los ítfb j los vice reunidos. Hay disputas sobre cuil 
de las dos razas es mas perjudicial á los intereses del pueblo 



L.OOi^lU 



199 

yo creo que las dos son peores, como decía el inmortal Fí- 
garo; y que bÍ marchar de loa sub á los vice es ir de Pilátos 
k Heródes, ir de los vice á loa sub es volver de Heródes á 
Pilátoa. SÍD embargo, la raza de loa sub ea á déla los vice. 
Id que loa antropófagoa á oosotros en sociedad, lo que el 
veneno al azúcar, lo que loa gobernantes á los gobernados, 
lo que loa ñailea á los hombres. 

£1 s«b es un ente fantástico que recorre todas las clases 
de la sociedad para atormentarla. Es el símbolo de la ¡U' 
quisicioDj penetra por la menor rendija <Ie ka casas, inter- 
cepta toda comunicación y escudriña j tasa todos los artícu- 
los comerciales é intelectuales sin cooocer los artículos de 
Ib fe. Fácilmente inferirán ustedes que el sub de qus voy 
hablando es el subsidio. No sé cómo bay hombre que quiera 
comerciar teniendo que pagar el suíisidio de comercio; y al- 
gnno conozco sumamente industrioso, que se hace el tonto 
porque no le saquen el suisidio industrial. 

Si la nación no prospera: si la patria no se desempeña, 
ni consigue ni conseguirá la suspirada nivelación de loa 
gastos con los ingresos ; culpa ea del sub, que i imitación 
de los rios grandes que se aumentan sorbiendo el agua de 
los pequeños, coo el dinero de muchos pobres llena la bolsa 
de pocos agiotistas. Kste sub tan aristocráticamente parcial, 
tan iigusto y tan enemigo del tesoro público ea un sub fe- 
menino llamado acubasta» que ha parido muchoa híjoa va- 
rones llamados v subarrienda a ii tan parecidos á la madre, que 
entre todos han anmido el estómago de los pobrea en un mar 
de viento donde infaliblemente aeran victimas del temporal, 
si Dios DO lo remedia. A esto de subarriendos y subastas 
dan la disculpa los subarrendatarios y «ubarrendado 
que amor con amor se paga, y que nn eub mata oti 
porque sin una swbaata el gobierno no podría Subv 
las necesidades, ni subsanar los peijuicios de unt 
levacion. 

VamoB con la familia de los ex que ea la maa nui 
que ae conoce, como que de trece millones de habí 
puede que pasen de qntnce millonea, loa aeres que perb 
á esta raía, y lo probaré. Claro ea que un hombre 



l^.OO'^iC 



mae que nn individuo; pero como ha; FuUdob Oarda de Gar- 
cía ó Lopes de López y dnqnes, grandes de España gcíb ú 
siete veces, también hay españoles emparedados en tabiques 
de VE, 6 qne tienen el ex por todos cuatro costados. Puede 
DQO ser ex-reiüista, ex-uacionst, ex-dipatado y ex-ministro, 
y ei por la prodigalidad de títulos y tratamientos, es ademas 
excelentísimo señor, cuenta un ex por cada sentido. 

La familia de los ex es el vice- versa de la de los su& y 
de los viet ; porque esta impera mientras aquella anda de 
capa caida, y asi se les conoce á todos hasta el rostro. Un 
hombre en el mondo es una flor en la primavera, un hombre 
en la desgracia es un ¿rbol en otoño. ¡Qué satisfacción! iqué 
superioridad hay en la cara de un poderosol ¡Qué melanco. 
lía en las facciones del qne no tiene dinerol iQué distinto 
horízont« presentan las cosas 4 los nnos y í los otrosí A un 
pobre todo le sienta mal; si llueve imalol porque no tiene 
mas sombrero que el que lleva encima y otro, y el otro es el 
que lleva encima. Si no llueve ] malísimo! porque se perderi 
la cosecha y andará el pao por los nubes. Juzga, del humor 
de todos por el de sus tripas, y cree que nadie tiene gana de 
broma, porque él no la tiene, y asi cuando llega alguna festi- 
vidad, como ahora la de San Isidro, suele decir: no, pues este 
año poca gente irá á San Isidro, no está ei tiempo para dL 
versiones; y precisamente aquel año se desploma el pueblo de 
Madrid en la campiña del santo. ¿Viene el aire gallego? malo, 
porqu§ se helarán los trigas. ¿Tiene solano? peor, porque se 
quemarán los garbanzales. ¿Oye un pregón en la plaza, 6 
ve un bando en las esquinas? Corriendo á ver qué dicen, 
por si mandan barrer las puertas de la calle á todos loa po- 
bres, 6 arrojarse por el balcón, á fin de obedecer antes que 
pidan un dacado de mnlta. El rico al reres; ¿llueve? qne 
llueva, nos soplaremos en el coche y los caballos y el cochero 
serán los que se mojen. ¿Hace calor? no importa mientras 
haya nieve en los pozos. ¿Pregonan? que pregonen, con los ricos 
no se han de atrever, y si se atreven todo lo arreza el di- 
nero. ¿Le convidan á un entierro? entretiene á los del pésame 
con cuentos y chascarrillos. En fin, ve alegría donde el pobre 
tristeza; imagina delicias donde el pobre disgracias; y asf 



201 

como p&nt el pobre todo es hito ; deBoUdoD, para el rico 
todo bataola, boda 6 bateo. 

Asi cnando vemoe un ro«tro compaDgido j exánime deci< 
idos: qné cara de eiclaustrado tiene ese hombre; parece un 
alma en pena, mnrmarando para bÍ: tal me veris qne no me 
conoceráe. 

Por último los ex dicen á los vice lo que toa viejos 4 los 
niños: allá UegaráB 6 la vida te lia de costar; porque no 
haj empleado que no pare en ex-empleado j i íe que b^o 
este panto de vista no «é quién de las dos &miIiaB es mas 
gravosa & la nación; yo creo qne la de los ex por ser mas 
numerosa y porque trabaja menos, pnes todas las rentas da 
EspaSa no bastan ;a para pagar á ex -jefes políticos, ex- 
mimstros, ex-claustrados ; ex-cedentes. 

Juív Martínez Villübsab. 



MELONES Y MUJERES. 
1. 
— ¿Qniere usted qne yo ae lo escoja? me dijo Don Basi- 
lio en el mercado de Murcia, viéndome atafagado y lleno de 
iocertidumbre, é, la manera de un hambriento colocado con 
todo BU arrollador apetito entre las dos sopas de una mesa 
opípara, delante de una compañía de melones qne acaba de 
hacer alli «n sm lugar descamo. Se va usted k chupar los de- 
dos. — ¿Con qué usted lo entiende? le dije yo, sin figurarme 
que esta pregunta debia berir su amor propio, como heriría 
el de HartzenbUEch cualquiera que preguntase á este distín- 
gnido literato si entiende de dramas. — ¿Si lo entiendo, ha 
dicho usted? [es original la pregunta! ime pregunta usted si 
yo lo entiendo I ahí es nn grano de ania! Mi padre y mi ma- 
dre son de Ouardamar; mi abnelo y mi aboela eran de Giuir- 
damor también, y lo mismo mi bisabuelo ; mi bisabuela pa- 
ternos ; matemos, y los qne á ellos lea engendraron y pa> 
rieron, y loe qne engendraron y parieron é, los qne engen- 
drarOD y parieron & ellos, y yo nací en Ouardamar, y en 



IjOO^Il' 



Guardamar me bautizaron, ; me crié en Guardamar, de suerte 
que el conocimieato de loB melones ae puede decir heredita- 
rio en mi familia. {Y me pregunta usted si yo lo entieiidol 
— No me liabia tomado la molestia, le dije yOi de encara- 
marme por so árbol genetklógíco de uated y tal vez baya dicbo 
un disparate. ~ Si señor , lo ha dicho usted muy garrafal- 
¡Tomal ¡si entiendo de melones! (Estas últimas palabras 
las pronunció con un tono que revelaba perfectamente la 
compasión á que le movia mi ignorancia.) Vamos á ver, aña- 
dió. ¿Cuántos quiere usted UcTarae? — Hombre, uno ... — 
lUnol ¡qué miseria! dos al menos ae ha de llevar nsted. 
¿Pues? si aunque se lleve usted dos docenas no le ha de de- 
jar usted probar ¿ su mujer lo que dice una pepita. ¡Si 
hasta la corteza se va 6. comer uated I Y empegó i palpar 
un melón tras otro hasta haberles palpado todos. Se me 
figuraba un viaurador de quintos ó un frenólogo examinando 
cabezas de varones ilustres. — ¡Acabáramosl dije jo al reci- 
bir de sus manos un par de melones selectos. - ¡Qué almí- 
bar se llera uated! — iQué almíbar me llevo yo! — En efecto, 
llegué á mi casa; probé loa melones, que creí eran la obra 
maestra de las meloneras de Guardamar], y se los di enteri- 
tos á mi mujer; mi mujer los probó y se loa dio enteritos i 
la criada; la criada los probó y se loa dio enteritos al co- 
chino, y el cochino, mas inteligente en la materia que mi 
criada, que mi mi^er, que yo y que el mismo Don Basilio, 
ni siquiera los probó, no hizo mas que olfatearlos, 

Al dia siguiente, Don Basilio me hizo muy de maüana 
una visita, con el aolo objeto de recibir loa elogios que au 
feliz elección debia haberle granjeado.. ¿Qué tal le han pa- 
recido á, usted ios melones? me dijo. — ¡Oh! jeacelentesl le 
respondí, y él no comprendiendo la ironía, — ¿pues? ¿no se 
lo dtje á usted? prosiguió, ¿meloncitoa á mí? Hi padre y mi 
madre son de Guardamar (Interrnmpile con viveza, te- 
miendo que me obligase i, hacer de nuevo un viaje genealó- 
gico.) — Pues señor, los melones eran detestables. — ¡De- 
testables! ¿qué está usted diciendo? no ¡usted se chan- 
cea! - No señor, hablo coq toda formalidad. — No puede 
ser, le digo á usted que no puede ser. — Le digo á usted 

i. , , l^.OO<^!C 



que eran un par de solemnes calabazas, y en el cori'&l les 
eacontrará usted faltando de ellos menos de lo que á noso- 
tros nos queda de Constitución. 

Como fundaba toda su vanidad en su eraneologia melónica 
ú digamos en su melonología, quiso atribuir á malicia bu 
ignorancia, aunque debiera indisponerse conmigo muy seria- 
mente. — Con qué, me dijo, eran malos... ¿eh? Demasiado 
lo sabia jo; quis6 divertirme y darle á usted un chasco... 
(Esta mentira reclamaba otra.] — Pues señor, le dije, el 
chasco se lo lletó usted j los melones eran esceientes. — 
iToma! lo que dije antes; como que yo los escogí... — 
Pues señor, repliqué, sepa usted que eran muy malos. — ¿En 
qué quedamos? replicó él casi mareado; ¿eran malos ó eraa 
buenos? — ¿En qué quedamos? repuse yo, ¿quiso usted esco 
gerlos buenos ó malos? — ¿Buenos? — Pues entonces eran 
malos. — ¿Malos? — Pues entonces eran buenos. — Así, dijo 
amostazado, nunca sacaremos en limpio lo que han sido. — 
Así, le contesté yo, nunca sacaremos en limpio lo que usted 
ba querido que fuesen. 

Era cosa de no acabar, y Don Basilio se fué. 

Lo mismo y aun mas que de los melones puede decirse 
de las mtgersE. Un calavera hace cocos á una pisaverde de 
ojos negros é insinuantes que devoran á cuantos paran por 
la calle con sombrero. Cansado ya de hacer calaveradas, el 
calavera echa el resto y se despide de ellas con la mayor que 
puede hacerse. Se casa á salga lo que saliere con la de loa 
ojos negros, sin examinar ningún antecedente, ni derivar nin- 
guna consecuencia. Tenia otras cien muchachas i. su dispo- 
sición, pero toma aquella á bultt^'como yo hago con los me' 
Iones si no encuentro á Don Basilio, y todas las gentes de 
tertulia le auguran un porvenir desastroso. Se engaitan de 
medio á medio. El tronera sin pensarlo ha unido su suerte 
¿ la de un ^gel, que tiene un corazón bellísimo y que solo 
piensa en labrar la felicidad de su esposo. 

Al contrario: un filósofo, uno de esos hombres sistemáticos 
que andan, como suele decirse, con pies de plomo hasta por 
el piso de su alcoba, que suben y bqjan las escaleras sen- 
tando las dos plantas en cada escalón y sin soltar jamas la 



204 

barandilla, que se acuestan siempre á la mlEma hora y siem- 
pre ¿ la misma hora ae lerantan, que no beben ni comen 
sin hsberse dado antes de todo esto la razón de cien- 
cia, y que exaninaD un tratado de higiene antes de quitarse 
y ponerse la levita; uno de esos hombres relojes, que todo 
lo hacen con puntualidad y tiento, meditación y parsimonia; 
desconfía de todas las mujeres de las ciudades, y se va á 
Sierra-Morena donde, según sus cálculos de toda la vida, ha 
de encontrar á la elegida de so corazón, á la casta paloma, 
á la doncella que le conviene. La ruborosa virgen que nunca 
había visto un filósofo, toma el traje por la persona, j al 
divisar 6, nuestro héroe, huye de él á cien pasos de distan- 
cia, sin dnda porque vestido como esti, le considera un ani- 
mal de distinta especie que la humana 6 cuando menos de 
distinta raza que los habitantes de Sierra -Morena. También 
puede ser que siga en esto la costumbre de todas las demás 
mujeres, que tienen miedo & los hombres .... desde lejos. 
Esta faga, esta incontestable prueba de modestia y castidad 
ha hecho concebir al filósofo las esperanzas mas lisonjeras, 
y se presenta raay cercano el suspirado término de sus escnr- 
siones matrimoniales. La purísima niíta se fortifica en un ca- 
sucho, donde entra, sin necesidad de bombardear, el deno- 
dado pretendiente despnes de nna gloriosa resistencia, que le 
oponen dos anárquicos mastines simultáneamente pronunciados 
como un solo hombre, quienes capitulan, ó por mejor decir, 
suspenden sus hostilidades, luego que se presenta el jefe de 
la plaza en ademan de recibir nn parlamento. Sabido es que 
los parlamentos son siempre respetados. £1 jefe de la placa 
es una cosa algo parecidá*á nn hombre de mediana edad, 
con una barba reeia, impermeable al jabón y que podría ser- 
rarse ó al menos afeitarse con una podadera; sus facciones 
tienen algo de común con las de los mastines pronunciados, 
de suerte que solo al verlas parece que se les oye ladrar; y 
quizas no sería fácil resolver si aquel hombre es nn mastín 
perfeccionado ú si son aquellos mastines unos hombres de- 
generados. El jefe en persona introduce el parlamento; este 
saluda con cortesía, al llegar á la fortaleza, á un segundo 
personaje que viene á ser el segundo cabo de la plaza, y 



205 

curo seso no determinaría fádlmente noeatro filóiofo é. no 
hiüiéraele dicho de aatemaoo que aquella cosa viejit era la 
omjer del jefe. Con tcdo, neceaidad tiiio el recien llegado 
de nn particular estudio para no confundir loa artículos gra- 
maticalea. Dio una mirada al rededor y no viú á so futura; 
no Ti6 mas que un par de ruecas arrimadas á la pared como 
loa fusiles al armero de nn cuerpo de gnardia, medianamente 
proTÍatas de cáñamo, ; no parecía sino que la vj^a había 
colgado de ellas doa ejemplarea de su pelnca. A primera 
Tista la vieja j lae dos ruecas se miraban como cantidades 
homogéneas j daban trea ruecas por total. 

El filúsofo después de un corto preámbulo entró en mate- 
ria, reveló sus castas pretensiones j pudo vanagloriarse mnj 
pronto de los mágicos efectos de su elocuencia, pues vio, á 
medida que iba desentrañando la cuestión, dulcificarse laa 
fisonomías ealvqes de sus oyentes, que le escuchaban con la 
boca abierta. Hasta los mastines al parecer habían perdido 
su natural ferot, 7 beaáodole las manos y acaricündole con 
la cola, manifestaron arrepentirse de su conducta hostil ante- 
rior. Aquellos halagos caninos en idioma humano solo po- 
drían traducirse con un acto de contrición. Las palabras del 
alado Olázaga, ó sea del ángel embajador, que reveló á los 
pastorea la venida del Mealaa, no tuvieron mejor acogida que 
las de mi filósofo. La vi^a sobre todo estaba loca de alegría 
y llamó á su h^a que permanecía acurrucada, escuchándolo 
todo, tras una cuna en que, según apariencia, debía en ella 
haberse mecido Abel, ; la obligó á abandonar la última bar- 
ricada en que la habia parapetado la cortedad de su genio. 
Prescindamos de Ub cnalidadea físicas de la niña j pasemos 
por alto los sentimientos de vergQenza que paralizaron hasta 
la acción de sus pulmonea al verse arrastrada delante del 
filósofo. Basta saber que el filósofo y la niña se casaron, 
que dieron su último adiós á Sierra -Morena, que él por es- 
pacio de dos meses obligó á su cara mitad á tomar diaria- 
mente un baño de limpieza, j que caando la inmaculada vir- 
gen se hubo desprendido de las infinit^m capas de mugre que 
ponian su cuerpo en incomunicación hasta con la atmósfera, 
que ni la hubieran dejada sentir la picadora de una avie^w, 



que duplicaban au peso j bu volumen de modo qne parecia 
qae aquella mi^er, hasta entóncea, había crecido como los 
minerales por justa - pnnicion ; cuando aquella tortnga quedó 
despojada de su concha, cuando ya no se pedia arar en 
aquella cara en que poco tiempo antes se hubiera podido 
sembrar maiz, en ana palabra, cuando dos meses de baños 
generales hablan provocado una solución de contigüidad entre 
el cutis de la recia casada y la armadura fósil que la cubría 
enteramente, se levantó entre los dos esposos una cansa de 
fulminante divorcio. ¡Oh decepción cruel! Nuestro filósofo 
sorprendió ín flagranti k la es-vIrgen de Sierra-Morena em- 
bebida en amorosas pláticas con su propio criado, apesar de 
las a&bias precauciones que tomó de antemano para no afia- 
dir un nuevo guarismo al número de los preátsütiados. ¡Su 
propio criado! ¡quién lo había de decir! Era mas feo qne 
una pulga mirada con un microscopio solar, y había sido do- 
nado de un convento . . . ¡Desengaño tardfol Hasta entonces 
no conoció el filósofo que cuando todas las precauciones son 
pocas, lo mejor es no tomar ninguna. 

Estos hechos positivos que acabo de sujetar k la medita- 
ción del público, son e) tipo de otros muchos análogos de 
que todos los casados y aficionados á melones, qne mas pre- 
sumen de entendidos, se habr&n dado cuenta mas de una vez. 
¡Qué petardos se lleva uno con los melones y con las mige- 
res! Con respecto á los primeros he individualizado un su- 
ceso en el cual jo mismo figuro como víctima; otro tanto 
haré también con respecto á las mujeres, pero no será en 
este número, porque me he estendido demasiado y peijudica- 
ria mocho al señor Ayguals invadiendo con mis sandeces un 
terreno en que siembran sus gracias los Bretones, los Viller- 
gas y otros célebres literatos. 

II. 
Saturnino Penea rayaba en los 26 años, cuando & su 
padre y á su madre se les ocurrió saber que gazetas estra* 
ordinarias venden los ciegos ea el otro mundo, y tuvieron la 
humorada de morirse ambos en un mismo dia, con tan pocos 
instantes de diferencia, que es bien seguro que el alma del 



207 

último que muríú, alcanzó, por poco que corrieBe, á la del 
que murió primero, antes de qne tirase del cordón de la 
campanilla de las puertas celestiales. Bien es verdad, que el 
ano espiró en Madrid en manos de un médico madríleíio, y 
el otro en Zaragoza en manos de un médico ;!aragozano, y no 
sabemos de cuál de estas capitales está el cielo mas distante; 
pero piadosamente debemos creer que Dios ha querido colo- 
car sus reinos á igual distancia de todos los puntos de la 
tierra. Ambos al parecer hicieron el viaje de muy mala 
gana, pues para ver si les era posible retardarlo, ella, que 
murió en Zaragoza, mandó á buscar su médico de Madrid, 
y él, que murió en Madrid, mandó á buscar su médico de 
Zaragoza. Pero ya era tarde. El médico de Madrid la en- 
contró á ella difunta, y el médico de Zaragoza le encontró 4 
él diñinto también. «Si desde el principio hubiese estado á 
mi cargo, dijo el médico de Madrid, la enferma andaría en 
la calle.» «Si antes me hubiesen llamado, dijo el médico de 
Zaragoza, el infeliz estarla en la tienda despachando.» Uno 
y otro mutuamente se trataron de cuadrúpedos, y es muy po- 
sible que uno y otro tuviesen razón. ¿Quién sabe si un cu- 
randero, aplicando remedios sin ton ni son, hubiera salido 
mqor del empeño? Peor no podia salir, y á menudo sucede 
también con los métodos curativos lo que con los melones y 
con las mujeres. Un barbero curó desde Billescas á nna 
señora que se hallaba en París desanclada ya de todo el pro- 
tomedícalo, sin examinar siquiera los síntomas para diagnos- 
ticar la enfermedad. I,a devque adolecía la paciente, según 
dictamen de todos los facultativos inclusos los de cámara, 
era una hidropesía esencial, y el barbero la curó radical- 
mente prescribiéndola un compuesto que no sabia de que 
simples se componía , pero que le babia empleado con buen 
éxito contra los dolores de muelas. Cuantos médicos roe han 
oido referir este caso, han afectado no darle crédito, pero loa 
de París, que fueron testigos oculares del hecho, han pre- 
ferido á confesar su ignorancia, decir que nada tiene de par. 
ticnlar, atendidas las simpatías que estableció la naturaleza 
entre las mnetas y las visceras abdominales. iI>o que son taa 
simpatias! A un calesero que le cogió debajo la rueda de 



208 

no coche le amput&ron una pierna j nunca mai se qucgó de 
un callo que tenia desde mucho tiempo en el dedo pequeño 
del pié correspondiente & la pierna amputada. Esto se con- 
cibe f&cilmente. Lo que no es tan fácil de compreader como 
calmó un célebre operador los dolores que sufría una marquesa 
i consecuencia de un cáncer eu el labio inferior, estr&yéodola 
UQ cálculo de la vejiga urinaria .... Bien es verdad que la 
desdichada muriú en el acto de la operación. 

Pero esto; divagando, y á falta de presidente ea oecesario 
que ;o mismo me llame á la cuestión. Volvamos pues á Sa- 
tornino. 

Con la muerte de sus padres, le sucedió á Saturnino una 
cosa que desde tiempo inmemorial ha sucedido á cuantos han 
perdido sus padres, que todos sin eecepcion alguna se han 
quedado huérfanos, pero como las penas con pan son menos, 
nuestro huériano tuvo motivos de consokrse de esta catástrofe 
que le dejaba posesor único ; eacluaivo de dos acreditadas 
tiendas de varios géneros situadas la una en Zaragoza, nada 
menos que en U calle del Coso, j la otra en Madrid, nada 
menos que en la calle de Poutejos, mu; cerca de la puerta 
del Sol. Diciendo qrie Saturnina era comerciante, no se ne- 
cesita decir mas para dar á entender que era avaro como una 
hormiga, aunque como todoa los comercianl«s se revelaba á 
menudo con ciertos rasgos de generosidad aparente, siquiera 
para servirse de ella como de un prospecto de sus riquezas 
; conservar de esta manera el crédito necesario á todas las 
casas de comercio. Así es que dispuso se hiciese á los au- 
tores de sus diag un maguíSco entierro y aplicó á la eaivsr 
cion de sus almas cantidades que mas de cuatro las quisieran 
para salvar sus cuerpos. Su físico tenia tan poco de parti- 
cular que ni una plumada dedicarla á su prosopografía, si 
supiese que no la han de echar de menos mis lectores, á 
quienes la rutina les hace considerar necesaria la descripción 
minuciosa de todos los caracteres que distinguen á los perso- 
najes históricos. Saturnino era ni alto ni bajo, ni flaco ni 
gordo, ni hermoao ni feo; habia en su físico un verdadero 
equilibrio de poderes ; era una teoría constitucional, la per- 
sonificadou viva y encamada de los sistemas mistos, tm justo 



209 

medio de came ; huesos. Amigo de ]& tranquilidad y em< 
bebido esclnsivamente en sus negocios mercantilea , ni una 
sola vez se le oyá disputas acerca de formas gubernamenta- 
les ; no estaba suscrito á ningún periódico, y descifraba con 
mas prontitad una regla de tres compuesta, que un articulo 
de la Constitución. Si hubiese sido diputado de las Consti- 
tuyentes j BU opinión hubiese prevalecido en la asamblea, es 
seguro que hasta el pre^bulo ; el título del código vigente 
estarían escritos en guarismos. A pesar de esto pertenecía 
k la Milicia aaciooal, á lo que debia no pocos resfriados j 
ratos de desazón, y daba vivas ; mueras á todas las cosas á 
que se los daban los demás. Hay muchos Saturninos en el 
mundo. 

Nuestro interesante huér&no se hallaba en una posición 
difícil. Una tienda en Madrid y otra en Zaragoza le obliga- 
ban á reproducirse, si puede decirse asi, á estar í la vez 
en las dos partes. Dejar una de las tiendas á discreción de 
los dependientes, en estos tiempos en que el mas honrado 
sirre para ministro de Hacienda, era declararse en abierta re- 
belión con todas las máximas de economía doméstica, y de 
esto no era capaz el buen Saturnino que sabia demasiado que 
el ojo del amo engorda el ganado. No tenia mas que un re- 
medio, casarse. Pero queria su mola suerte que, lo missio 
que á mí, le gustasen mas las hermosas que tas feas, y esto 
era una atrocidad para un hombre desconfiado y celoso como 
un gato. Ijo mismo que de sus tíendbs queria ser de su mu- 
jer único posesor, y un robo de un dependiente ó una infide- 
lidad de su esposa eran dos calamidades, que solo al consi- 
derarlas posibles le trastornaban el juicio, sin atreverse á 
decir cuftl le parecía mayor. En este conflicto suplicó & Dios 
que le hiciese enamorar de una mujer fea, de una mtger 
que espantase á todos los hombres que no fueren á su tienda 
con la esclusiva intención de cambiar en dinero bus mercade- 
rías. Dios le oyó. Dios es Todo-Poderuso y quiso en efecto 
que se prendase Saturnino de usa cosa que así remotamente 
remedaba una mujer, pero una mujer tan fea y de una feal- 
dad tan antidiluviana, tan única en estos tiempos, tan reco- 
nocida por todos los poderes del Estado, que deberían hacerse 
Comiiosicione] jocous. 14 



210 

rogaÜTas pAbUcas para qae muñese bíd sucesión j no que- 
dase en el mondo on solo ejemplar de aqnel origioal taa es* 

pantoso. Sua fiaoDomfas borrascosas ; anárquicas se pronon- 
ciaban contra el sentido común y, en verdad lo digo, si su- 
piese que alguna vez habian de aparecérseme en sueños, no 
me acostarla en todos los días de mi vida. Saturnino encon- 
tró en ella aquel no sé qai con que nos pudren los oidos to- 
dos los amantes amartelados: se enamor6 muy particularmente 
de los ^ifjeros de sus orejas, ; de una voz que tenia en 
efecto mucha modulación j dulzura. Fué realmente capricho 
de la naturaleza encuadernar tan á la rústica una laringe 
digna y muy digna de magnificas cubiertas, digna de estaf 
encerrada en nna garganta de alabastro. Cualquiera que 
oyendo á Celestina (que así se llamaba la tea) tuviese la de- 
bilidad de mirarla, no sabía esplicarse cómo á Dios se le 
ocurrió poner los pulmones de nn ruiseñor en el pecho de 
im jaral!. La voz de Celestina aalia de nna horrible boca & 
la manera de esos chorros de agua cristalina que escupen los 
espantosos monstruos de granito colocados en todaa las fuen- 
tes por el genio de la arquitectura. Sin embargo la fealdad 
de su fntura no le pareció al celoso huérfano un seguro de 
suficiente garantía contra los incendios de la lujuria. 'So dio 
la mano á Celestina sino después de haberla sujetada á todo 
género de pruebas; la hizo requebrar por tres ó cuatro de 
sus compañeros, alquiló un pisaverde pobre, pero bien pare- 
cido y magníficamente ataviado, para que la rondase Ib calle, 
y cuando la vt6 snperior á todas estas provocaciones , la ob- 
ligó á ir á Barcelona con el objeto de que la examinase et 
señor Cubi, que se hallaba á la sazón en aqueUa capital. En 
efecto, el célebre frenólogo encontró en la cabeza de Celes- 
tina muy deprimida, muy poco pronunciada la proMterancia 
occipital esterna que es en donde reside, según Gall, el ór- 
gano de la lujuria, y de consiguiente tenía Saturnino ñu 
nuevo motivo para convencerse de la fidelidad de su fea ido- 
latrada. Después de todos estos esperimentos y minuciosas 
precauciones se casó con ella; k los dos días la dejó en Za- 
ragoza, y á los cuatro él en persona se hallaba detras del mos- 
trador en sn magnifica tienda de la calle de Pontejos. i¿ht 



211 

tqniera el cielo que aquella mujer no sea prolíñcst ¡quient 
el cielo que no se hagan de moda aquellas horrorosas fisono- 
miaat Si por desgracia se generalizaBe an guato tan depra- 
vado, sí por desgracia la diesen los padres en ei^endrar 

monstmoB tan horribles como Celestina, Umaño abuso mina- 
rla por su base el matrimonio, que es la mas santa de las 
instituciones, y los mas apasionados defensores de la libertad 
generatriz bien entendida pedirían hasta para parir censura 

Satarnino rlve sosegado y tranquilo. Sabe bien qne la 
fealdad de eu mujer le garantiza la posesión esclusiva, conoce 
qne en aquella fealdad está perfectamente abroquelado su ho- 
nor, se persuade con razón de que aquella fealdad es una 
centinela que dice atrás á todas las inTasíonee bastardas. 
¿Pero se hizo cargo de que aquella fealdad podia menoscabar 
sus intereses mercantiles? Celestina ahuyentaba de la tienda 
á toda la juventud célibe de Zaragoza, á la manera que 
ahuyenta de un campo & los pígaroa el espant^o que en ellos 
colocan los labradores. Bien es verdad que en cambio todas 
las casadas celosas obligaban ¿ sus maridos á proveerse de 
BUS utensilios en el mostrador de la feísima tendera. Yaya 
el uno por el otro. Seguramente Saturnino habia de ante- 
mano echado este cálculo y sacado nna regla de proporción 
examinando la estadística de la siempre heroica para saber el 
número de sus solteros y casados, porque ninguna circunstan- 
cia por insigniflcante qne sea se escapa á la penetración de 
nn hombre dotado de genio mercantiL 

|Ya estdji casadosl No pasa correo sin que en el camino 
de Madrid á Zaragoza se crucen dos cartas llenas de protes- 
tas de fidelidad matrimonial, embebidas en otras tantas reglas 
aritméticas que vienen á ser un estado detalladísmio de las 
entradas y salidas de cada tma de las dos tiendas. Solo des- 
pués de un año de ausencia vino & interrumpirse esta envi- 
diable armenia. Llegaron á Zaragoza dos ó tres correos, sin 
recibir Celestina la suspirada correspondencia. Empezó & 
roer su corazón el gusanillo de los celos, ; como un proyecto 
dictado por esta pasión terrible se jecuta con la misma ra- 
pidez que se ha concebido, tomó Celestina asiento en la dili- 
14* 



212 

geocia, dejó la tienda al interino cargo de un bennano suyo 
y preparó á bu esposo una entrevista fnlminante. En efecto, 
la sesión de los dos esposos íaé liorrascosfBima, pero hubiera 
tenido una solución feliz si un improvisto accidente no hubiese 
venido á complicar la crisis. 

Puesto el cadnceo entre los consortes, disponíase Celestina 
para regresar á Zaragoza enteramente tranquilizada por laa 
discretas escusas con que supo ahogar sus resentimieotoa el 
bondadoso Saturnino. No, nunca mas volverá á pertorbarse 
la paz de que goza aquel enamorado matrimonio. ¿Lo crees 
asi lector? Pues oye y tiembla. 

Acababa Saturnino de hacer _una diligencia precisa y por 
la calle de Alcalü se volvía á su casa con la velocidad de un 
marido que va k buscar la comadrona, cuando tropieza con 
un amigo suyo & quien hacia dos años qne no había visto: 

— ¡Saturnino! — ¡Ginesl ¡tú por acal ¿cuándo tiempo hace? 

— Diez ó doce dias. — ¿Vienes ahora de Lérida, no es ver- 
dad? ¿qué tal el vi^e? — Malo, muy malo. Y no eches la 
colpa k la carretera, ni creas que me hayan asaltado ladro- 
nes, ni que haya habido vuelcos: nada, nada de esto, todos 
los viajeros lo han pasado perfectamente ¡Ifldos menos yol 
Ni presumas tampoco que tuviese á mí lado algún chiquillo, 
algún barrigudo, algún mareado, algún fumador, alguna em- 
barazada. Desde Lérida á Zaragoza lo pasé bien, es decir, 
lo pasé como puede pasarse en una diligencia. Pero al llegar 
á Zaragoza en la fonda de las cuatro tiaciones, se me antojó 
como á otros muchos dejar la diligencia de la Coronilla de 
Aragón y proseguir mi viaje en una de la empresa de las 
Peninsulares. Me dejó seducir por los elogios que de la em- 
presa de las Peninsulares me hizo uno que supe después ser 
de los empresarios, . . ¡ayl lo supe cuando el mal ya no tenia 
remedio. \Y yo que le creía de buena fe considerándole tan 
indiferente como yo é los beneficios de la empresal Eran las 
doce de la noche cuando me senté en el banco de los ajusti- 
ciados. Permíteme qne dé este nombre al asiento de la dili- 
gencia. No había en la rotanda mas viajeros que yo y una 
señora coyas facciones no me permitió descubrir la oscuri- 
dad de la noche. La diligencia arrancó con brío y, como lo 



213 

hacen todas para formaiee una buena reputación, siguió su 
rápido progreso mientras estuvimoB en la ciudad, pero luego 
que «üioios de ella empezó 6, estacionarse i la manera de un 
reToludonaiio rabioso luego que Be ha calzado coii un dcsti~ 
uillo que vale la pena. A mi me imporlAba muy poco ó, por 
mejor decir, me complacia la marcha crónica de la diligencia, 
porque había de dilatar los goces con que me brindaba la 
circtmstancia de hallarme en la rotonda solo con una mujer. 
Dos jÓTenes de distinto sexo tardan mucho en dormirse ha- 
llándose encerrados solos y á tiro de beso. Entabiecí conver- 
sación con mi compañera de viaje, y tuve el placer de oir 
su voz que es la mas dulce que ha vibrado en mis oidos. No 
quise gastar pólvora en salva; sabes que soy vivo de genio. 
Deatanqué bien pronto una guerrilla; adelanté uno de mis pies 
y con él toqué suavemente el suyo. Nada de resistencia. 
Adelante. Trom, room, rom, torom. ... Mi pié á la manera 
. de un grumete se fué encaramando por su pierna como por 
una cucaña. Luego mis manos desearon entrar en acción y 
catatic, catatac, catatic, catatac, á paEo de ataque fueron ga- 
nando terreno. Los labios siguieron su ejemplo ; el movi- 
miento se Ule propagando rápidamente, y en un instante todo 
mi cuerpo quedó pronunciado en masa. Somaten, nao, nan, 
nan.... jAlto el fuego! Me dormí en seguida; llegamos á 
una parada, la diligencia se detuvo. . . ¡qué horrorl ¡Satur- 
nino, qué horror! Al tibio resplandor de los primeros cre- 
púsculos del dia descubrí las facciones de mi compañera de 
viaje... ¡era un monstruo, un espantoso monstruo! — ¿Una 
vieja no es verdad? preguntó Saturnino. — ¡Qué sé yo lo que 
eral respondió Ginee. La fealdad absorbía su bautismo; los 
años parecían desleídos en aquellas fisonomías monstruosas. 
¿Quién adivina á simple vista la edad de una culebra, de un 
tiburón, y sobre todo un monstruo que se ve por la primera 
vez? Para conocer si un animal es viejo, necesario es poderle 
comparar cun otro joven de la misma especie y viceversa, y 
yo jamas había visto un animal de la especie do aquella mu- 
jer. Seguímos adelante nuestro camino-, hubiera dado la mi- 
tad de los días de mí vida para convertir la diligencia en 
vapor ó convertirme yo en milano. Hasta entonces no babia 



214 

fijado la atendon en la lenitud del vi^e; el carruaje me pa- 
recía un peñasco y los caballos se me figuraban tortugas. — 
Parece qoe ha deBcansado usted perfectamente, amigo mió, 
me dijo ella con dulzura. Nada la respondí; los desdenes de 
nna hermosa son mil veces menos repagnantes que las cari' 
dos de una fea. Cerraba ios ojos para no verla, y en todas 
las paradas me apeaba para respirar el aire Ubre, para respi- 
rar una atmósfera no infestada por el aliento de aqud toons- 
truo. Pero ella babia jurado no dejarme en paz, y se apeaba 
cuando yo me apeaba. Pregunté al mayoral si babia un 
asienta desocupado en el interior ó en la berlina, j me dio 
una respuesta negativa ... ¡Qué desesperación! Tuve que 
resignarme con mi suerte y permanecer con los ojos cerrados 
basta llegar á Madrid. — ¿Y era casada? dijo Saturnino. — 
Asi al menos decia ella, contestó Gines, pero no puede ser 
que haya habido nn solo hombre de tan depravado gusto. — 
¿Y te ha dicho su nombre? ¿como se llamaba? — Catalina... 
no , un nombre así acabado en ina . . . Serafina ... oo. — 
[Celestina tal vez! — Sí, sí, Celestina. — iQué horror! lera 
mi mujer! — [Es posible! 

En esto llegaron á la tienda donde se hallaba Celestina, 
que al ver á Gines lanzó involuntariamente un espantoso grito. 
[Ella es! clamó Gines tapándose los ojos con ambas manos — 
[ahi está el documento original de mis pecadosl Y huyó 
como una saeta hacia la Puerta Sel Sol Celestina estaba 
sin sentidos: Saturnino fuera de sf sacó una pistola de un 
cajón y con ademan resuelto se dirigió á la Fuente Caate- 
Uana donde no habia mas gente que unos cuantos toreros em- 
bebidos en una conversación relativa á las dificultades de su 
arte filantrópico. Como i, seis pasos de ellos se paró Satur- 
nino, y después de haberse asegurado con la mayor sangre 
fría de la carga de la pistola, amartilló el arma terrible y se 
puso junto á las sienes la terrible boca. — iQné se va & 
matar! gritó uno de los toreros. — Déjale, Curriyo, respon- 
dió otro, no le quites el gusto á nadie. En efecto, todos se 
llamaron quietos; Saturnino tiró del galillo y chec chasqueó 
el pistón, pero no salió el tiro la pistola estaba descar- 
gada. — Tome usted; esta no hará falta, dijo uno de los 



215 

toreros, dándole á Saturniíio una navi^a tan lai^ como una 
espada sable, pero cuidado con echarla ¿ perder. — jOradasI 
üjjo Saturnino ¿me he de matar dos veces? ustede» mismos son 
testigos de que si nu me he levantado la lapa de los sesos es 
porque la pistola estaba descargada ; por lo demás .... la in- 
tención basta. Dijo, y regresó á Madrid, siguiéndole largo 
trecho la recbilla de la cuadrilla. Al llegar á sn casa encon- 
tró á BU esposa vuelta en si de su terrible pataleta. — jHé 
aquí tu obra, mujer ingrata, esposa pérfida! [Vengo de 
suicidarme! — ¡De suicidarte! clamó ella, jqué horror! — Sí, 
de suicidarme. — Pues bien, repuso Celestina con esa tran- 
quilidad y estoicismo aparente que demuestra el esceso de la 
desespecacion , pues bien, yo no te he de sobrevivir .... 
[adiós! ¡adiós! Con paso mesurado se dirigió hacia la cocina. 
Los dependientes quisieron detenerla. — Dejadla, dijo Satur- 
nino, no. quitéis el gusto á, nadie. Kn una mesa de la cocina 
habia un cuchillo y seis ó siete chirivias; tomó Celestina el 
instrumento terrible y asestándole contra su pecho, dióse una 

cruel puílalada pero no ñié una puñalada, fué una ehi- 

riviada. La infeliz en la ceguedad de su desesperación no 
acertó 6. coger el cuchillo y cogió una chirivía. — Toma el 
cuchillo, la dijo su esposo entregándoselo con la mayor aten- 
ción y cariño. ^ ¡Gracias! respondió ella, ¿quieres que me 
mate olxa vez? Tú mismo has sido testigo de que si no me 
he traspasado el corazón es porque en lugar del cuchillo he 
cogido una chirivfa. Por lo demás, la inteucíon basta. 

Creo, lector, que este trágico desenlace ha de ser para ti 
una lección que no la echarás en saco roto. Aprende, apren- 
de en las desgracias del desventurado Saturnino. Los hechos, 
que son mas elocuentes que las palabras, te dicen lo que son 
melOTtes y lo que son mujeroi. Escormieota en ajeno daño; 
no olvides aquella máxima de un ñlósofo antiguo: Bonum ett 
ex alíoTwn erratis melius inslüuere vtíam noetram; ni aquella 
de otro filósofo mas antiguo todavía: Feliciter is sapit qui 
alieno periculo sapit. Napoleón decia que en todas las em- 
presas debían confiarse tres partes al cálculo y una á la 
fortuna, que el que confiaba á aquel mas de tres partes era 
un pusilánime y el que confiaba á la fortuna mas de una era 



216 

UD temerario. Eate penaamiento célebre no puede aplicarse 
¿las mujeres ni á los meUmta. En eetaE materias es nece- 
sario dejarlo todo á discreción de la suerte. Si aciertas tanto 
mejor para tí, j si no, saicidate, pero procura suicidarte con 
una pistola descalcada 6 con ana chirlvia. 

A. RiBOT T FONTSBEB. 



¡EL UNO PARA EL OTRO! 

CUENTO ESTRAVAGASTE, ROMÁNTICO E IN- 
VEROSÍMIL. 

Era el año 33. Era el pueblo de Alaéjos 7 eran amon- 
tes Venancio y Dorotea, van tres mentiras justas y cabales 
porque ni eran amantes Dorotea 7 Venancio , ni era en el 
pueblo de Alaéjoa, ni era el año 33. La aurora de la guerra 
despuntaba en el horizonte de Navarra. Esta es tanta ver- 
dad como que el cáncer de la paz amaneció en el abrazo de 
Vergara. Aurora da siempre idea de lo bello y c&ncer de lo 
horrible, jo me entiendo 7 bailo solo. El estampido del cañón 
retronaba en las orejas de los pacíficos moradores de Alados. 
Esta si que es gorda. Desde Alados hasta donde sonaron los 
primeros cañonazos hay lo menos sesenta leguas; pero ellos 
dijeron que lo oian y ¿qué sabemos? puede que los vecinos 
de este pueblo tengan m^ores oidos que nosotros, porque asi 
como nacen algunos sordos como una tapia, que no oirian 
una descarga de fusil é. 15 pasos, pnede que nazcan otros de 
tan buen oido que é, su lado parezcamos sordos los que no 
lo somos, y no dudo por este principio que los alaejanos 
oyeran los tiros de Navarra si ae cumple esta proporción 
geométrica: un sordo es á uno que no es sordo, como nos- 
otros 6. los habitantes de Alaéjos. 

Venancio fué de los primeros que sintieron el cn^jir dd 
bronce atronador como dicen los poetas. Valiente como 
BU padre (su padre enfermó de susto j murió de miedo) sin- 



l^.OOi^lU 



217 

tiúse COD ánimos Tenancio pan tintar de canguelo á Iob pri- 
meros sintomas de guerra. Creíanle unos Berril y otros libe- 
ral: él era del partido que no le hiciera tomar las annoa du- 
rante la campaba ; del que saliera Tictorioao en condu;eiido. 
Miró con tedio por consiguiente el rentable címienUí de las li- 
bertades patrias j declarase un carliston coma una loma. Esto 
era en Alados; para hacerle liberal hubiera bastado llevarle 
á los órdenes de Zumalocárregui. En fin á cada uno le tienta 
el demonio por distinto lado, unos se chupan los dedos de 
frió y otros de gusto. Venancio se los chupaba de miedo. 
Pensó en caaarse y lo consiguíú. El matrimonio es el empleo 
mas fácil de alcanzar. Kl que se empeña en ser obispo no 
siempre lo consigue porque no siempre hay proporción. No 
todos los que quieren mandar un regimiento lo logran porqne 
no siempre hay Tacante; pero el que se empeña en ser mi- 
nistro ó casado se sale con la suya, y esto consiste en que 
no hay cosa mas de sobra en el día que mujeres y sillas mi- 
nisteriales. 

Pero hasta en esto era Venancio original. En toda tierra 
de garbanzos el que no se casa por amor, se casa por el in- 
terés. Venancio aunque se casó en Alados, que es tierra de 
garbanzos, ni se casó por el interés ni por amor tampoco. 
Venancio se casó por miedo á las quintas. 

Frente 6. la casa de Venancio mia Dorotea, huérfana de 
padre y de madre con un capitalito decente (en los tugares 
el de 500 rs. es aristocrático) y con nn esterior que tenia al- 
borotados á todos los jóvenes de cinco l^uas en contorno. 
La pobre chica también casó por miedo, pues como joven y 
sin amparo de nadie la daba una pena de dormir sola que 
ya, ya! Sabia Venancio que le tenia afición porque él éralo 
qne se llama un buen mozo, y zasl como quien no quiere la 
cosa la envió una carta que decia: «Amiga Dorotea: ya ha- 
brás advertido que no me pareces saco de paja, mi salud 
buena á Dios gracias. Estoy becbo un camello por tus pe- 
dazos, dfme si me quieres y tan amigos como antes. — Ve- 
nancio.» Dorotea le contestó: «Amigo Venando. Solo á un 
bruto animal como tú se le ocurre el no haberme dicho an- 
tes algo con tanto tiempo como hace qne nos conocemos. Vo 



218 

te amo : pero ei hubiera venido otro antee que tú, no hubiera 
podido resistir á la tentación de llamarle esposo. Que el que 
fué á SeriUa perdió la silla, ; el que no Hora uo mama, y 
mas vale llegar é, tiempo que roudar un año. Yo buena para 
lo que gustes mandar. — Dorotea.» Dicen que una mala 
moza siempre lleva uu buen mozo, y al revés un mal mazo 
siempre consigue nna buena moza. Aquí mintió el ad^o-, 
porque si Venancio era un chico como anas perlas, Dorotea 
era una criatura como un sol. Cuando iban camino de la 
iglesia decía la gente: Dios les baga biea casados; parece que 
han nacido el uuo para ol otro. 

So me detendré en los pormenores del euiace ni en los 
de la grao comilona que caracteriza á las bodas de los Inga- 
res, ni hablaré del baile de aquella tarde en ruda sala, de 
ruda concurrencia, con castañuelas rudas y al san de ruda 
pandereta. Allí se baila por la tarde, y aquí por la noche: 
en esto somos nosotros mas rudos que ellos. Bien se conoce 
que Madrid no es buena tierra para garbanzos, como Alaéjos, 
porque la nocbe en toda tierra de garbanzos se ha hecho para 
dormir ó por lo menos para acostarse. Así lo hicieron los recién 
casados y no hicieron mal, porque á no haber aprovechada 
el tiempo no hubieran disfrutado las delicias de himeneo. 

A Dios prenda, dijo Venancio por la mañana estampando 
un beso en la rubicunda frente de la angelical Dorotea. — 
¿Tan pronto te vas, querido Venancio? — Si, esposa mía: 
Toy al majuelo de mi tio Fárrago por una cesta de uvas para 
ti. No tengas cuidado que pronto vuelvo; ya sabes que 
hemos nacido el uno para el otro. — Sí, el uno para el otro, 
mnrmuró la soñolienta Dorotea, y puso en la mullida almo- 
hada el carrillo derecho dejando ver una garganta fresca como 
la nieve edipsada é, intervalos por la destrenzada cabelleía 
que daba gana de enviar al otro mundo en busca de Ba&el 
por no privar á la gloria artística de una virgen mas. 

Nunca desaparecerá de los pueblos dertas creendas ran- 
cias que los padres van liando á los hijos como legan su 
nombre y sus hadendas. Dorotea soñó y el sueño de Doro- 
tea fué tan rom&ntico y fantástico qne dejo la tarea de des- 
ctibirle á los amigos Gutiérrez y Zorrilla. Yo diré lisa y 



219 

llBnameote que Dorotea soñó coa nna mujer Bec& como un 
espárrago, calva hasta el c<^te, ojos bízcoB, desiguales y en 

forma de ángulo, nariz honda por arriba, alta por en medio 
j con el pico de punzón, boca larga hasta las orejas, pero 
escondida hacia el medio porque ta punta de la barba y la 
de la nariz parecían enamoradas, pues, siempre se iban be- 
sando; los carrílloB tan chnpadps que se la podían sacar las 
muelas sin abrir la boca y tan trasparentes que metiéndose 
una cerilla encendida y cerrando los labios podia bu boca 
servirla de linterna. Con las cejas se podia hacer tirabuzones 
y aun rodetes y las orejas eran tan pequeñas que nadie la 
hada caso aunque apostara una oreja. Soñú, pues, Dorotea 
que esta mi^er era bruja y cuando supo que se llamaba la 
tia Calespatra ya no dudó que al salir de la iglesia, ó les 
habia hecho mal de ojo á ella y á eu marido, ó les había 
echado una maldición horrible. Un miedo sobrenatural se 
apodera de su mente y de un alto se planta entre sala y la 
alcoba. Allí vagaba una Bombra que habiendo entornado las 
maderas clavaba bus ojos ecbando chispas en los de la espan- 
tada Dorotea. Oyes, dijo á la recien casada poniéndola sobre 
los hombros las descarnadas y huesosas manos. Tu marido 
ya no existirá! y Be deslizó por el callejón de salida dejando 
á la muchacha petrificada. Cuando volvió en si, na supo 
decir mas que |él no esistirá: me lo ha dicho la tia Cales- 
parral No, QO hablamos nacido el uno para el otro. 

Ocho días pasaron sin qne Venancio volviera á casa. Ya 
en el pnebto se había divulgado la causa de su ausencia. Una 
partida de facciosos le cogió en el majuelo cuando iba por 
uvas para bu mujer; pero nada se decía de su paradero. Do- 
rotea erre que erre en que la tia Calesparra tenia la culpa, 
y se fué á buscarla decidida á darla una puñalada. Llamó 
una vez, Ihtmó dos, llamó hasta cuatro veces á la puerta de 
la tia Calesparra y viendo que nadie respondía, se dirigió á la 
ventana para hacer lo mismo. Las ventanas de los lugares 
no tienen vidrieras, lo mas que suelen ponerlas es- un ence- 
rado de papeles para que no entre el viento. £1 encerado de 
la tía Calesparra era un número del Eco de Comercio y dio 
la casualidad que Dorotea fijase la vista en el siguiente epf- 



grafe : Desgracias «n Alados. Dos lágñmstB como dos loceroB 
cayeron ie Iob ojos de Dorotea: socó el pañuelo, se eigugó 
)oB párpados y leyó con avidez: nUna partida de £í£c¡dsos 
se lia llevado & un jáven recién casado de la villa de Alados. 
Dícese que habiéndole instado á que tomara las armas y no 
queriendo él servir & tan mala causa muriú fusilado á pocas 
leguas; la mitjer está en la Anayor añicdoo: la Caceta de 
ayer trae mas pormeDores del suceso. » Un frenesí mortal se 
apoderó de la presunta viuda: en el delirio de la desespera- 
don llevó las mauoB i, sus ojos y clavando sin piedad las 
uñas rasgó los párpados dejando colgar el pellejo desunido 
basta cerca de la mejilla. Un calenturon espantoso la aco- 
metía en aquel momento y cuando á las cuarenta y odio 
horas qnedó despejada su cabeza, se encontró con todo el 
cuerpo y la cara hecha una plaga de viruelas. 

Volvamos á Venancio. Efectivamente los facciosos le qui- 
sieron fusilar-, pero él viendo que iba de veras se vino á ra- 
zones y se plantó su boina y la canana, y en esta situación 
le tenomoB en las cercanías de Oñate. La tía Calesparra qne 
comerciaba en higos había salido de casa el día qne Dorotea 
llamó á su paerta y la casoalidad la toca á la supuesta bnga 
vender una libra de higos al faccioso Venancio. ¡Tía Cales- 
parral dijo este tendiéndola los brazos, déme usted noticias 
de mi querida Dorotea. Pero el seutimiento no la dejaba 
respirar á la pobre vieja, y llora que te llora se marchó de 
allí sin decir palabra, dejando á Venancio los higos en un 
papel envueltos. Quedó el Redoso desconsolado y pensando 
en que el silencio de la tia Calesparra daba á entender la 
muerte de su esposa, y para echar el susto fuera deslió el 
cucurucho y se puso á comer higos. El papel del cucurucho 
era \s, Gaceta de Madrid. Ansioso de noticias empezó á leer: 
Actos del Gobierno. — Notidaa estranjeras. — Crónica de 
ios provincias. — Desgracias en Atados. Aquí tiró el higo 
que tenia en la boca, se limpió el polvo de los ojos y leyó 
con ansiedad: uNo se sabe el paradero de un joven reden 
casado qne hace pocos dias cayó en poder de los facciosos. 
La mujer ha muerto de sentimiento y fué enterrada al dia 
siguiente. » ¡ Pobre Venancio y pobre Dorotea ! ya están 



221 

muertos el ano para el otro. Lob periÚdicoB son en todo el 
mando la mentira impresa. A sacar por ellos 1» cuenta de 
nneatroB triunfos eo los siete años de guerra civil, el nú- 
mero de fácciOEOB muertos ascenderla á quinientos ó seis- 
cientoB mil; el de los heridos á un millón; el de los prisio- 
neros ¿ media España, y en esto no van descaminados porque 
en España hace ya tiempo que todos somos prisioneros. Lo 
cierto es que los periódicos mienten sin licencia de Dios, y 
ellos tienen ia culpa de que Dorotea y Tenancio creyéndose 
viudos tomaran el tole por esos mundos en un »ért¡go da 
locura. 

Ocho meses y medio habiao trascurrido. A pocas leguas 
de Alaéjos hay nn monte j en el monte un convento que lla- 
maban de los frailes de Aniago. En este convento habla en- 
contrado colocación el desertor Venancio que tenia media 
nariz menos y una porción de cuchilladas en toda la cara. 
Habíase ademas dejado crecer la barba de modo que en nada 
Be parecía el monstruo demandadero al galán antiguo de 
Alados. Tenia hecho voto de no volverse á casar si no en- 
contraba mujer mas fea que él, para poder merecerla, y el 
mismo juramento habia hecho Dorotea que habiendo consu- 
mido su pobre hacienda andaba de pueblo en pueblo y de 
puerta en puerta pidiendo una limosna. Ambos se hablan 
mudado el nombre para no ser conocidos de nadie. 

Una mañana que el lego repartía la sopa hall6 el feo ideal 
de sus ilusiones. Una pobre mujer con los ojos saltando de 
las úrbitas, todo el pelleja rasgado y comida la cara por un 
granizo de viradas que la habia pnesto el cutis hecho una 
criba, se le presenta con la cazuela eu la convulsa mano, 
implorando de su caridad el precioso aumento. Esta, dijo el 
ex-faccioso, es la mujer que me conviene. ¡Yálgame Dios qué 
criatura tan horripilante I — ¡Ay qué hombre tan feol dijo la 
de la cazuela también; de buena gana me casaría con él. — 
El que repartía la sopa se decidiú, llamó aparte á la infernal 
fantasma, y con una vehemencia sin límites empezó bu rela- 
ción en estos términos: «Mujer horrorosa sobre todas las 
mas horrorosas migeres ; mi corason apetece una fea; mi es- 
píritu deseaba hallar un escorpión; mis ojos buscaban con 



anhelo un cocodrilo humano. Tú eres maa fea que todo eso 
y por eso te adoro con delirio. Si me quieres seré el mas 
feliz de loa mortales.» Ella respondió: «Gr^jo sin alas; de- 
monio en figura de hombre; espantajo riviente: yo te idolatro 
porque en mis ensueños me babia seducido la imagen del ja- 
valí. Te quiero porqne somos los dos entes mas repugnantes 
de la tierra, y por si es cierto el refrán de Dios lo» cria y 
ellos ge juntan, debemos haber nacido el uno para el otro.» 
Y al dia siguiente recibieron las bendiciones en secreto. 
Hacia nueve meses justos que se casaron por primera vez. 

Como la nucbacha llevaba una bata de andrajos soma- 
mente holgada, no se la conocía el embarazo y lo que parecia 
era una mujer gorda, de esos tinajones que vemos todos los 
dias, anchos por arriba, anchos por en medio, y anchos por 
abajo. Si el ex-faccioso ex-l^o hubiera reparado en esta 
circunstancia de seguro no se hubiera casado; y así fué tal 
su cólera aqnella noche, que se acostaron dos y amanecieron 
tres, que en una borrachera de celos, después de llevar el 
chico á la inclusa, cogió una soga, ató é. su mujer por el 
pescuezo y edbando también un lazo á sn garganta, se preci- 
pitó en el Duero qne pasa por allf cerca. 

Tragaban agua los esposos como un borracho vino, y hu- 
bieran dado cualquier cosa por no tragarla cuando la cosa no 
tenia remedio. Perdóname mujer, dijo el asesino. Quiero 
confesarle quien soy. Yo me llamo Venancio, nací en Alaé- 
jos- ¡Basta, basta! esclamó la pobre esposa. ¡Yo soy Do- 
rotea I — ]Tü Dorotea 11 — ¡Tú Venancio!! y un abraxo y 
nn sorbo de agna privó del sentido á los dos veces esposos. 
¡Socorro, socorro! gritaban en la [^(onfa. A este tiempo se 
apareció una vieja con cm gancho y una cuerda, prendió 
desde la orilla en el vientre de Venancio y üra qne tira les 
pudo sacar á tierra cuando acababan de exhalar el último 
snspiro. Desde entonces, dice el barquero, qne todas las 
noches se aparece en aquellos contomos el grupo dé los espo- 
sos abrazados, y sobre nna densa nube la tía Calesparra qne 
murmura cuando en cuando: ¡pobresl ¡hablan nacido el nno 
para el otrol Juan Martínez Viixsboas. 

i. , , l^.OO<^!C 



ESTREMA CONDESCENDENCU. 

ESPANTOSO FATALISMO. 
HaUábame en Barcelona tomando café en et del Espejo con 
nn amigo mió qne tavo la bondad de convidanne, y qae por 
esta razón le llamo amigo mío, cuando entró j se sentó á una 
mesa inmediata, al lado de dos compañeros que al parecer le 
estaban aguardando, uno de esos hombres gacetas que reco- 
gen, Dios sabe cómo, cuantos sucesos políticos y domésticos 
tienen logar diariamente en la población en que habitan, y 
luego los refieren de pe á pa en todos los puntos donde con- 
curren curiosos que no hayan quedado satisfechos con haber 
aprendido de memoria desde el titulo hasta el nombre del 
editor responsable, todos los periódicos del dia. El hombre 
gaceta que entró en el café en que yo me encontraba, es en 
sn género una verdadera notabilidad. Sabe todas las noticias 
mucho antes que las autoridades que las redben por estra- 
ordinario, de suerte que parece tener ü su disposición un telé- 
grafo invisible, por cuyo medio se le comunican cuantos suce- 
sos ocurren en la Península. Sabe al mismo tiempo dar k las 
notícias tan rápida circulación, que 61 solo vale mas para el 
caso que todo el enjambre de ciegos que se destaca de la im- 
prenta nacional apenas ha hecho provisión de gacetas estra- 
ordinarias. Con mas razón qae el Historiador podria titu- 
larse todos los periódicos en ano; y en verdad, no podemos 
eaplicamos cómo á un hombre de esta naturaleza se le per- 
mite salir sin hacer depósito, y sin sujetarse á todos los demás 
reqnisitos de la ley de imprenta. Y no se crea qne se ocape 
solamente en noticias que tengan alguna relación con la polí- 
tica. Conoce todo el vecindario y las estravagancias de cada 
vecino, y se complace en darlas i. conocer á todos los demás 
importándole un pepino de las reputaciones que su lengua 
sacrifica é, la curiosidad de su auditorio. Este es siempre 
numeroso; ios hombres en general desean reírse á costa de 
sos semejantes, y de consiguiente no es esb'aüo que los cafés, 
á que babitu^mente concurre nuestro hombre gaceta, estén 
llenos de gente qne le aguarda con ansiedad. 



224 

Entre varioB sucesos ; ocurrencias pertenecientes k la cró- 
nica local, refirió una anécdota que praeba, hasta dónde puede 
llegar la condescendencia de un buen marido. 

Pancracio Morón, joven aragonés, hijo de una casa pobre 
pero honrada, d^jó su familia en Balbastro para emprender 
en Barcelona la carrera de cirujano sangrador. Su buena 
madre le adicionó la chaqueta con un par de faldones para 
elevarla i. la categoría de casaca; le hizo poner medias sue- 
las en los zapatos; le equipó con seis pares de calcetines; le 
entregó dos pares de pantalones de mahon con trabillas de lo 
mismo que no tenían de ancho nn través de dedo; tres cami- 
sas de bamburgo; el sombrero menos vi^o del padre de su 
padre, ribeteado de mugre, de anchas alas 7 de voluminosaH 
dimensiones, como acostumbran usarlo los barberos para me- 
ter en él el jabón, las navajas y demás accesorios del arte, 
completó sn estuche con tas únicas tijeras que ella tenia para 
sus labores domésticas, y con lágrimas en los ojos le dio nn 
adiós, un abrazo y su bendición. Pancracio, apenas llegó á 
Barcelona, se matriculó, sufrió el examen de reglamento y 
entró de mancebo en una barbería de la calle del Conde del 
Asalto. Debiendo soto ¿ la navaja sus medios de subsisteucia, 
no gozaba en verdad de comodidades que hiciesen envidiable 
su suerte; pero tocaba la guitarra como pocos, y esta habili- 
dad le abrió las puertas de un porvenir mas tisoujero que el 
que tenia derecho h prometerse .... 

En el primer piso de la casa de enfrente vivía nna soltera 
con mas años de los que elta quería j con mas gana de ca- 
sarse que de rejuvenecerse. Había visto una tras otra pasar 
del bogar paterno al tálamo nupcial siete hermanas, y se mo- 
ría de calor y de envidia viéndose condenado á quedar en el 
mundo para vestir imágenes. Ella era la mayor de la familia, 
y eata circunstancia la hacía rica, por lo que la hubiera com- 
placido sobre manera si al mismo tiempo no la hubiese hecho 
vieja. Cuantas polvos se han inventado para limpiar la den- 
tadura, cuantos pomadas se han encomiado para conservar el 
peto, enantes cosméticos se han preconizado para desarrugar 
el cutis, figuraban en el tocador de la solterona, que muy em- 
perejilada y cubierta de perifollos, horas y horas se ponía de 



cimbel un el balcón, roanifestaniio con los ojos á cuantos pa- 
saban por la calle con sombrero, qne allí habia una habitación 
desocupada. Nuestro iiotcI barbero fué el único que se dejó 
seducir por las insinuaciones de Enriqueta. Este era e! nom- 
bre de la solterona. Notú Pancracio que cuantas veces tocaba 
la gnitarra, Enriqueta alargaba el cuello, como el cisne que 
busca un caracol en el fondo de uo estanque, ansiosa de sal- 
var la distancia que de él la separaba Supo que era dea y 
no tuvo upcesidad de mas para enamorarse, como un Torcuato 
Tasso. Hnbo trueque de miradas, gestos mutuos 3 señas 
reciprocas; por espacio de dos meses el telégrafo de los dos 
amantes estovo Iraba^jando todas las boras de sol que tiene el 
día. Pancracio no pensaba mas que en Enriqueta, y de tal 
modo tenia ocupada la imaginación, que cuando afeitaba ¿ 
algún parroquiano, fijaba la atención tan poco en la operación 
que estaba practicando, que ¿ menudo le hundia basta tos 
bnesos la terrible navaja. 

El amor no es ima ciencia especulativa, y todas las lea- 
rías le cansan si no puede reducirlas á la práctica. Así es 
que el platonismo de su pasión aburrió muy pronto é. nues- 
tros dos amantes que hijos ambos del siglo XIX, marcharon 
en derechura á lo positivo. Quisieron emplear otros medios 
de comunicación mas seguros que los telegráficos, quisieron 
verse mas de cerca y revelarse verbalmente. Esto no dejaba 
de ofrecer grandes obstáculos, pero ¿cuáles no allana el amor, 
y sobre todo el amor de una mujer? Con Enriqueta vivia 
no mas que su padre y una criada; su madre bacia algunos 
años que habia pasado á mejor vida. El padre 3 la criada 
se querían como un cura y su ama, y una criada querida del 
padre no se deja fácilmente sobornar por los hijos. Al eon> 
trario, estos en ella encuentran constantemente un fiscal de 
todas sus acciones. Asi es que Enriqueta no se atrevió si- 
quiera á ensayar ningún medio para corromper á la fámula, 
y coD su auxilio introducir á Pancracio en la casa en ocasión 
que estuviese el padre fuera. El padre uo dejaba de salir de 
casa todos los días, como que estaba empleado en el real 
patrimonio; pero quedaba constantemente la criada hecha un 
Argos de la pobre Enriqueta. Para el barbero, de cod- 
Compoaiciones jocosas. 15 



signiente, todas las puertas estaban cerradas; no veía niogun 
camino para conducirse á su objeto. Mas Enriqueta, con el 
ingenio aguzado por el amor, encontró uno y fué el si- 
guiente. 

El padre de Enriqueta era un hombre pulcro, era uno de 
esos viejos para quienes !a vida no tiene iurierno, y que hasta 
á la tumba quieren bajar con las botas limpias j la camisa 
bien planchada. Afeitábase todos los dias, ; sin haberse hecho 
la barba no hubiera ido k la oScina aunque le hubiese costado 
el empleo que, sea dicho de paeo, para nada lo necesitaba, y 
que hubiera venido perfectamente á mas de cuatro infelices 
que están pereciendo de miseria &■ pesar de su idoneidad y 
de una hoja en que constan sus buenos servicios. Desgracia- 
damente el padre de Enriqueta se afeitaba solo, y de consi- 
guiente ningún barbero frecuentaba su casa. A hacerse nece- 
sario el barbero se dirigieron principalmente todos los conatos 
de la enamorada niña. Conseguido esto, de modo se lo babia 
ella de manejar que fuese el barbero de su padre su querido 
Pancracío. Al efecto, en ocasión en que su padre estaba fuera 
y la criada ocupada en la cocina, entró en el gabinete de 
aquel, cogió el estuche, sacú las navajas, y pasándolas y re- 
pasándolas de corte por el borde de un tintero de latón en breve 
consiguió mellarlas é inutilizarlas completamente. Luego las 
volvió at estuche y lo dejó todo como si tal cosa. 

Al dia siguiente bubo la de Dios es Cristo. Don Emete- 
rio, e! padre de Enriqueta, quiso afeitarse, estaba ya enja- 
bonado, abrió el estuche y vio la terrible metamorfosis qne 
sus navajas habían sufrido. En lugar de navajas encontró 
sierras. Alborotó, refunfuño, gruñó; llamó á la criada, llamó 
á sn hija, fulminó contra las dos cargos muy graves: pero la 
firmeza con que ambas rechazaron la acusación, dejó & Don 
Emeterío sin palabra. Bien conocia este que precisamente 
una de las dos habia de ser la culpable, porque en sn 
casa no entraba nadie mas que ellas, absolutamente nadie, 
pero al mismo tiempo &■ ambas las juzgaba incapaces de nna 
acción propia solamente de chiquillos, repugnante al carácter 
de ima y otra, y que consideraba sin objeto, porque él oo 
lo .sabia adivinar. Apaciguóse, y apenas estuvo tranquilo, le 



dijo Enriqueta coa afectada amabilidad: — Pero, padre mió, 
¿cómn lo bará. usted ahora sin navajas? ¿ira usted á salir sin 
afeitarse? ¡cuan feo está usted asil ¿quiere usted que llamen 
á un barbero? — Mucho lo si.ento, hija mia; pero no tiene 
remedio, que lo llamen. No bien habia dicho estas palabras 
DonEmeterio, criando Enriqueta estaba diciendo á la criada: 
dice padre que vayas á la tienda de frente para que venga 
alfftino k afeitarle desde luego. Don Emcterio nn babia loca- 
lizado el punto de donde debía venir el barbero, ni habla 
dado la preferencia A ninguno, pero Enriqueta tuvo á bien man- 
dar por el barbero de enfrente para ahorrar pasos á la 

criada. En esto nn ha; malicia. 

La criada entró en la barbería, cumplió con su comisión 
y se fué. Fancracio, que ya habia recibido por telégrafo no- 
ticia de lo que estaba pasando, salió tras la criada pisándola 
los calcañares. Ambos llamaron á la vez en casa de Don 
Emeterio; Enriqueta les abrió la puerta y experimentó una 
sensación inespUcable al ver tan de cerca al objeto de sus 
ansias. Le pareció hermoso y vestido de última moda. Su 
corazón saltaba como si quisiera salirse del pecho, y la dio tal 
temblor de piernas, quo casi no acertaba 6. andar ni á tenerse 
en pié. Introdujo en el cuarto de su padre í Pancracio, rl 
cnal procedió desde luego á la operación por la que babia 
sido llamado. El buen mancebo hizo cuanto pudo para gran- 
jearse la confianza de su futuro suegro, y realmente le con- 
siguió. Aquella rapadura fué una obra maestra del arte. 
Prendóse Don Emeterio de la ligereza de la mano de Pan- 
cracio, de suerte que le asalarió para lo sucesivo y le pagó 
un mes adelantado, que el mancebo hubiera rehusado de 
buena gana, sí no bubicse temido revelar con su generosidad 
el amoroso interés que debia disimular 6. toda costa. 

Tenia Pancracio un no bí qué bondadoso que fácilmente 
cautivaba todas las voluntades. Así es qnc é. los pocos dias 
de frecuentar la casa de Don Emeterio, logró á hacerse á los 
ojos de este simpático sobremanera. Cuando tuvo el terreno 
bien preparado, aguijado por su amor y por las exigencias de 
Enriqueta, pidió la mano de esta á su padre, que no solo la 
rehusó, sino que le echó de su casa á cajas destempladas. 
16* 



228 

Sin embargo, no por esto murieron las esperanzas de los doa 
amantes. El amor de Enriqueta era demasiado proñindo para 
sacrificarse á las exigencias paternas, y el de Fancracío estaba 
cifrado sobre cálculos demasiailo positivos para abogarlo en 
su corazón ó, por mejor decir, en su cabeza; pues mas era 
amor de cabeza que de corazón; sin baber antes procurado 
vencer ctiantos obstáculos se le oponian. Volríeron los dos 
enamorados á establecer sus telégrafos, como único medio de 
comunicación que les quedaba y del cual se vieron también pri- 
vados á los pocos dias. Mandó el padre cerrar todos los 
balcones que daban á la calle, j prohibió á su hija formal- 
mente abrirlos aunque pasase el viático. Estas medidas ri- 
gurosas ; escepcionates no hicieron mas que avivar la pasión 
de la muchacha, que no pudiendo sobrellevarla, eropezú á 
ponerse flaca como un cadáver basta el extremo de dar á sn 
padre mucho citidado. Esta circunstancia, el cariño que babia 
profesado á Pancracio j la fatalidad de no haber encontrado 
otro barbero que con tanta maestría le hiciera la barba, le 
obligaron por fin á acceder á la voluntad de los dos aman~ 
tes, lo que hizo después de haber consultado la de ta criada 
y haber obligado á admitir á Pancracio las dos siguientes 
condiciones: afeitarle todos los dias aunque estuviese casado 
con su hija, y vivir con esta separados de su casa. Esta 
última condición fué atribuida por el vulgo murmurador á la 
criada, que sin duda la impuso para obrar mas á sus anchu- 
ras con su amo y participar mas abiertamente de su sobe- 
ranía. 

Pancracio y Enriqueta se casaron. ¡Dichosos ellos 1 decian 
los hambrientos condiscípulos de Pancracio que solo eo las 
riquezas veian la felicidad! Desgraciados I decian los que solo 
la veian en la posesión de la hermosura. Nosotros nada de- 
cimos. Si fueran desgraciados ó felices, poco tardaremos en 
saberlo. 

Enriqueta era rica. Su padre tenia muchas fincas urba- 
nas y rurales que todas debian pasar á su poder y de este al 
de sus hijos, si tenia la fortuna de tenerlos. De otra suerte 
todos sus bienes pasaban á su segunda hermana, y en este 
caso el marido si ta sobrevivía se quedaba, como suele decirse, 



á la luna de Valencia. iCuán grande, pues, no debía Ber el 
empeño de Paocracio en tener hijos! Su mujer oo gozaba 
de muy buena salud, y por otra parte tenia macho mas edad 
que él, por lo que seguu todas las probabilidades debía bo- 
breTiTirla. Sobreviviría y volver á la vida de pobre después 
de haber gozado todas las comodidades que las riquezas pio- 
porcionan, era ana cosa atroz, una cosa que solo el pensarla 
le hacia estremecer. ¡Qué no hizo el buen Pancracio para 
tener sucesión! Al primer año de matrimonio su mujer se 
hizo embarazada y abortó; y al segundo le sucedió otro tan- 
to, y otro tanto al tercero, hasta que por ñn pasó otros tres 
sin dar la mas mínima señal de fecundidad. Pancracio estaba 
desesperado. He asesoró con todos los facnltativos de mas 
Qota; hizo mudar aires á su mitjer, la obligó ¿ visitar ciertas 
capillas y á beber ciertas aguas á que atribuye el vulgo su- 
persticioso las mismas facultades que al Espírilu-íjauto ; pero 
todo en vano. Por fln, cansado de la infructuosidad de sus 
tentativas, pasó con su mujer á Galicia, donde dicen que raras 
veces se encuentra una mujer estéril. En efecto estableciéronse 
en Comarinas, y á los dos meses de estar allí, notó Pancra- 
cio que el vestido de su esposa por detrás crecia y se acor- 
taba por delante. ¡Qué felicidad 1 Como el objeto que les 
detenía en Galicia se habla ya conseguido, regresaron inme- 
diatamente á Barcelona, donde con ansiedad estuvieron aguar- 
dando el dia del bantizo. Kl padre de Enriqueta debía ser pa- 
drino y madrina la madre de Pancracio, á la cual mandó 
este al efecto una buena cantidad de dinero para que se pre- 
sentare con lucimiento á sacar de pila el futuro fruto de su 

Según cálculos de Pancracio, que debemos suponer exactos 
(dijo el hombre gaceta que en i de enero del año pasado 
estaba refiriendo esta anécdota en el café del Espejo), ayer 
entró Enriqueta en el sétimo mes de su embarazo. Sabidos 
son los deseos estravagantes y singulares caprichos de una 
mujer embarazada, los cuales son tantos mayores, cuanto mas 
füdlmente con ellos se transige. Pancracio, tratando á toda 
costa de impedir un aborto que hubiera aguado las esperan- 
zas de toda su vida, accedía á loa antojos de su esposa con- 



una docilidad de que no bay ejemplo eo los analeB matrímo- 

nialee, y bí alguua vez manifestaba uo hallarse dispuesto á 
doblegarse á alguna exigencia demasiado repugiiaute, su mu- 
jer lé hacia ceder ^ la fuerza ameuazáudole cou el aborto. 
A esta palabra terrible Paacracio sentía criz&rsele el pelo y 
despegársele la earne de los buesos, j le faltaba valor para 
la resistencia. ¡ Cuánto abusaba Enriqueta del dominio feroz 
que debia á esta ameuazal Largo seria enumerar todos los 
abusos de autoridad de Enriqueta no menos que los ejemplos 
de condescendencia que ba dado el bnon Fancrado, y que el 
hombre gaceta refirió con aplauso de bus oyentes, por lo que 
yo en obsequio á la brevedad, me contentaré con esponer 
uno que vale por todos, y que tiene la circunstancia de ser 
el mas rédente. 

En la tarde del dia en que entró Enriqueta en el sétimo 
mes de su embarazo salió á paseo con su esposo, por/haberla 
aconsejado los médicos que hiciese diariamente un rato de 
ejercicio moderado para precaver el aborto. Ya casi era 
noche, cuando volviendo á su casa por una de las muchas 
travesías que desembocan en la magnifica calle del Conté del 
Asalto, al tibio resplandor del último crepúsculo divisó Enri- 
queta los tristes despojos de un gato muerto. También las 
miradas de Fancrado tropezaron con aquella asquerosa car- 
roña y se desviaron con horror. Como es natural, Los dos 
esposos siguieron adelante su camino; pero apenas hablan 
dado cuatro pasos cuando Enriqueta, exhalando un suspiro, 
dijo: — [Ay Pancracio! ¿no has visto? ¿no has visto, Pan- 
cracio? — ¿Qué? respondió este. — ¿Ko has visto cuatro 
pasos atrás, en la acera de la derecha, un conejo muerto? — 
No tal, Bt es un gato. — ;Ay! ¡un gatol ¡qué gusto! Vamos 
á buscarle, Pancracio. — ¿Estás loeaV — Vamos a buscarle. 
— Pero, mujer. . . — ¡Vamos á buscarle ó aborto! Palideció 
Pancrado; retrocedió los pasos que le separaban del fétido 
cadáver; le asió lo menos que pudo con aolo dos dedos; le 
despegó de la acera, y le presentó á su esposa, revelando sus 
ascos con un gesto que no se puede dclinir. Hizo que su 
esposa acelerase el paso todo lo posible para llegar pronto á 
■ casa y desprenderse de aquella car^a inicua que le pesaba mas 



231 

que una cadena, sin augurar el desdichado las nuevas calamí- 
dadeB que le aguardaban. Apenas se babia Enriqueta quitado 
la mantilla, cuando la dijo Paacraciu: — ¿Qué quieres que 
baga de este auimalito? ¿dónde quieres que lo ecbemos? — 
lidiarlo dices! ¿estés en tu juicio? corre, Pancrado, con él 
á la cocina, desuéllalo, limpíalo bien y frielo. — iComo! 
¿quieres comerlo? — Pues es claro. — iQué horror! — 
Pronto, date priesa. — £s imposible , imposible. — ¿Impo- 
sible, dices? ¿con qué estás empofiado en que yo aborte? — 
|0h! DO, mujer; Dios nos libre de semejaute calamidad; se 
hará lo que tii quieres; llama á la criada. . . — ¡Cómo! [la 
criada! tú mismo lo bas de limpiar, tú lo has de desollar, tú 
lo bas de freír, — ] Jamas! jjamas! |eso es ya demasiado! — 
Nu lo hagas, ingrato, no lo bagas .... ¡Qué dolores son 
esos. Dios mío! ¡no hay remedio, jo alMtrto! Y se puso am- 
bas manos en la arqueada barriga, y casi sin sentidos ge dejó 
caer en un confidente. ¿Qué podia hacer Pancracio en tal 
conflicto? Llamó á la criada para que trajese agua y vina- 
gre, y mientras esta socorría á su señora, él se entró en la 
cocina, desolló el gato, le hizo tajadas, lo lavó, lo frió, y lo 
presentó en un plato á Enriqueta que ya habia vuelto en si 
de su desmayo. — Toma, hija, come, la dijo, — Quiero, dijo 
ella, que comas tú antes una tajada. — íYoI — ¡Bien! jno 
la cumas, cruel! mas |ay! iyo aborto! — ¡Abortas! ¿con que 
no hay mas remedio que comer yo una tajada ó abortar tú? 
¡Está, bien, la comeré, la comeró! Cogió la t^ada que le 
pareció méuoB asquerosa, y con el estómago revuelto cerró 
los ojos á la manera del desesperado que se precipita de una 
gigantesca torre, y consumó el espantoso sacrificio. Luego 
le acosaron náuseas, su rostro tomó un color terreo, y con voz 
apagada dijo á su esposa: — Toma, come tú ahora. — Yo 
no quiero, respondió ella coit ira poniéndose de pies. — ¿Pero 
por qué? — ¡Porque tú te has comido el mejor bocado! ^ 
¡Llévete el diablo! refunfuñó Pancracio entre dientes, y se 
encerró en su gabinete, donde es fama que basta las tripa£ 
echó por la boca. 

Ilusta aquí la anécdota tal como la cont¿ el hombre ga- 
ceta. Ahora yo debo añadir que Pancracio Morón era el 



232 

mÍBiDo hombre con quien estaba jo tomando café. Por «sla 
razón ein duda, no queriendo ser testigo de ks afrentosas 
risas de los concurrentes, apenas oyó que el hombre gaceta 
pronunciaba su nombre y apellido, se zampó de >m sorbo todo 
el café que le quedaba en la taza, se levantó, dio un Napo- 
león al mozo, y sin esperar que le diera la vuelta se escarrió 
como un ratón acosado y me d^ó sin decirme adiós. Sin vol- 
verle & ver pasé dos meses, al cabo de los cuales le encontré 
abismado en profundas meditaciones en un eatraviado sendero 
de la montaña de Monjui. Me pareció que estaba mny me- 
lancólico, y preguntándole la causa de su tristeza, me respon- 
dió que no podía por mas tiempo sobrellevar el peso de la 
vida. Me dijo que cuando estaba persuadido de que su [mu- 
jer habla entrado en el noveno mes de su embarazo, los mé- 
dicos acababan de disipar todas sus ilusiones, asegurándole 
que su esposa no estaba embarazada sino hidrópica. iQué 
horror! dije yo entre mí, ¡aprender esta verdad terrible des- 
pués de haber comido gato para evitar un aborto ! 

Al dia siguiente entre estrepitosas carcajadas estaba el 
hombre gaceta en el mismo café del Kspejo refiriendo lo que 
me había dicho Pancracio el dia antes. ¿Por qué conducto 
lo supo? 

Treinta dias después el mismo hombre gaceta eatal>a ar- 
rancando lágrimas á im numeroso auditorio i-cfiriéndole la 
horrorosa catástrofe de un. joven cuyo cadáver encontraron en 
la mar nieja alguoos pescadores. £1 cadáver estaba espuesto 
á las miradas públicas eu la Columna ')■ Fui á verle , y 
reconocí en sus facciones á Pancracio Morón. 

81 el infeliz hubiese tardado dos dias mas en quererse 
suicidar, seguramente no se hubiera conducido á este terrible 
acto de desesperación. Los médicos que calificaron de hidro- 
pesía la preñez de su esposa se equivocaron de medio á me- 
dio. Tan bárbaro tué su diagnóstico, que al dia siguiente 
de la muerte de Pancracio, su mujer dio á luz nada menos 
que dos bijos rollizos y sanos como una manzana. Parecían 



■,LnO(")<^IU 



233 

im bollo de manteca, si bien uno de ellos nació con nn gato 
en la espalda, k consecuencia sin duda del deseo que tuvo su 
madre en ia época del embarazo y que no pudo satisfacer 
por haberse zampado Fancracio el mejor bocado. 

A. BlBOT I FOHTSBBÉ. 



INCENDIO DKL POLVORÍN. 

Todos los periódicos al dar noticia á sus lectores de este 
notable acooteci miento, lo han denunciado como arma de par- 
tido; como si fuera posible que los hombres de partido ape- 
lasen á tan impolíticos medios. Loa redactores de La Sisa 
se puede decir que somos el directorio, la representación de 
un partido inmenso que ha de arrollar á todos los demás 
partidos, esto es, del partido del buen humor. Y por eso 
habíamos de incendiar el polvorín para esterminar á los ta- 
citurnos? Eso seria bueno cuando los taciturnos vivieran 
todos en un barrio ó en una misma casa, pero uo cuando 
para matar á, veinte contrarios nos espusiéramos también á 
acabar con la vida de otros lautos amigos. Nosotros sabe- 
mos y vamos é. denunciar el nombre del autor de tan hor- 
rible desacato, y esperamos que el gobierno , sino quiere que 
La Misa le haga de hoy mas una oposiciou virulenta y sis- 
temática, castigará coa mano fuerte al perpetrador de un cri- 
men que no tiene ejemplo en los anales del mundo. Pero 
antes daremos noticia á nuestros lectores del suceso. 

La capital de Madrid no citistc-, ha desaparecido del ca- 
tálogo de los pueblos, según los rumores esparcidos en la 
mañana del 23 de setiembre, dia de San Lino y Santa Tecla, 
Témpora, Ordenes Sol en Libra y entrada del Otoño, todo lo 
cual recordamos por el inñujo que pudo tener en que volase 
el polvorín. Cuando los habitantes de la corte abrieron los 
ojos, dispertados por el estrépito de la inaudita detonación, 
lo primero que creyeron, y así lo respondían al que pregun- 
taba la causa de aquel ruido, fué que se habla hundido la 
casa inmediata. Y como el vecino del número dies decía que 



234 

se había hundida k casa uúmero ouce, el de once decía que 
la del doce y así sucesivamente, resulta que Madrid se quedú 
sin casas aquel dia, por confesión esplícita de sus moradores. 

Hay quien asegura que tan horrible proyecto estaba pre- 
parado por una coaliciou de vidrieros y albañiles, para tener 
que hacer otro Madrid, y gauar dinero li costa de la ruina 
de sus semejantes; pero esto no lo podemos creer porque 
aunque los vidrieros han hecho su [legocio con los millares 
de vidrios y cristales que hau tenido que poner después, ni 
estos, ni los alfaañiles han podido coaligarse con el verdadero 
autor del atentado. 

Dicen que el daño causado cu algunos edificios fué bas- 
tante grande; yo no creo tal cosa: al menos no les oí que- 
jarse y mas bien tuve el gusto de ver una porción de casas 
bailando rigodón de contento. Aquí se encontraba un guarda- 
cantón haciendo un paso de gabota; allá uu chimenea, ha- 
ciendo cortesías. Uno se quedaba sin frac que se escapaba 
á las nubes, á otro se le desertaba una oreja, á otro venia 
uu casquito de granada y le quitaba la uarii^ sin duda porque 
no oliera la pólvora. Lo cierto es que á muchas leguas de 
Madrid se ha visto diluviar por espacio de dos días una es- 
pantosa grauiüada de cabezas, dedos, piernas y otros miem- 
bros de especie racional. A uu caballero que iba á tomar 
■«che de vacas, le pegó una casa que iba á galope tal por- 
razo, que le echó por tierra el sombrero y la peluca, y uno y 
otro se quedaron bailando un padedú. 

Las municiones voladas según relación de otros periódi- 
cos, consisten en una tapia del polvorín que no es munición, 
pero parece de municiou; 70O,0U0 uartucbos de fusil, 1,000 
de cañón, 16,000 espoletas, 800 granadas y 125 quintales de 
pólvora. Ojalá no hubiera quedado nada en el mundo de este 
enemigo mortal nuestro; aunque no sea nías que por lo que 
hace llorar. El mayor daño que este incendio ha ocasionado, 
parece que ha sido en uu melonar de Chinchón, del cual vo- 
laron usa infinidad de sandías que parecían bombas por et aire, 
y estos sin duda han sido los síntomas de pronunciamiento 
tan cacareados por los periódicos. Hay melón que todavía 
anda por las estrellas. No quisiéramos nosotros que nos 

|. II . . ■ k.nO(")<^IC 



cogiera debaju coanilo caiga! También ha perjudicado é. las 
(jinbarazadas, y bay mujer que malparió y no ba vuelto á ver 
el cbiquíllu. iCou qué violeucia saldría la criatura! Puede 
que ande también por los aires comieudü melones i uosta del 
pobre melouero de Cbiochon. X si tales liau sido los estra- 
gos del polvorín, ¡qué bnbiera sido si ae liubiera llamado 
polvorón!!! 

Ahora que bemos detallado las calamidades que ha pro- 
ducido el iiiceudio del pulvorin, vemos á nombrar al delin- 
cuente por mas que uos sea repugnante hacer el papel de 
delat( res Kl autor de tJiiitas desgracias no es ayacucho, ni pro- 
gresista, m republicano, ni ¿übanil, ui vulnero:, es un ex- 
frade malvado de U orden de ban francisco, llamado fray 
Bertoldo bchvfart¿, aunque el padre leijou dice que ISi-huvart: 
pero yo treo quL 1 eijoo se refleie al mismo que yo, porque 
amboa uos referimos a un religioso fiauciscano alemán, que 
allá por Jos anos de 137b tuvo la desvergüenza de mvenUr 
la pólvora Pero a bien que el cilIo castigo su delito no de- 
jándole vivii hasta mediados del siglo XIX ique mas hubiera 
querido el tal Irailute que recrearse en el incendio del polvorín! 

JüAH MiRTlMEZ VlLLEBQAB. 



LA gastronomía Y LA LITERATURA. 

En una época que se llama de progreso, y cuando tantos 
adelantos se han hecho en la mayor parte de las ciencias, es 
imperdonable que se haya desatendido el estudio de la mas 
útil, sana y provechosa acaso de todas. 

La gastronomía, objeta sencillo y encantador, ofrece en sí 
tan agradables materias que ver, y tan dulces principios que 
probar, que es basta un cargo de conciencia el que no se los 
profundice. Y no hay en esto exageración, pues si el hom- 
bre de lo primero que debe cuidar es d^ su individuo, y la 
gastronomía proporciona al dicho individuo nutrimentos sanos 
y deliciosamente condimentados, en lo cual no se deteriora el 
estómago, en ves de guisotes mal cocidos y groseros, con lo 

I l^ntHK^ic 



qne no solo pndece el cuerpo sino hasta el espíritu puto, claro 
es, y por cooBigaieate ha; lógica en afirmar, qae es un cargo 
de conciencia el desatender k ciencia peregrina que puede 
proporcionamos mas larga y duradera vida en tan sabrosas 
lecciones, j con tan apetitosos ejemplos. 

I El arte de cocina decae entre nosotros 1 Pasaron los her- 
mosos tiempos en que se comia (déjenme los lectores con- 
cluir el período, pues ya eé que en el día comer es también 
un ramo de primera necesidad, y que aun los cesantes y es- 
claustrados, que por el gobierno están dispensados de pade- 
cer tan ruines deseos, aun esos, cuando no tienen otra cosa, 
como en el día se comen las uñas ó los codos, si se los al- 
canzan). Pero, pasaron, repito, aquellos deliciosos tiempos 
en que se comia tan descansadamente. Y digo descansada- 
mente, poi'qne no eran cnatro ó seis horas las que se desti- 
naban al agradable ejercicio de menear mandíbulas y quija- 
das, sino que eran muchos días los que duraban algunos con- 
vites; y apelo de esta verdad al testimonio de Valerio Máxi- 
mo y de Cicerón, ó téngaselos de lo contrarío por embusteros 
de á folio, es decir, grandes. Pero como no tiene gracia que 
la fama de tan buenos señores padezca, á bien que recordaré 
á los lectores incrédulos á las pabibras de aquella gente pro- 
fana, los libros de la Escritura, y veremos entonces qué cris- 
tiano viejo nos lo niega. Pues, como iba diciendo, sépase 
que en el libro de Ester se cuenta de un tal Asuero, que de- 
bió ser un rey de tomo y lomo (cada lector se descifrará el 
tomo y lomo á su autojo), lo que yu quiero decir es de mu- 
chos humos, porque era espléndido hasta dejárselo de sobra; 
y ahora veo que una comparación en que entra la palabra 
lomo, y una espltcacion en que empleo la palabra humo, son 
muy propias de cocina, y muy del caso en artículos de gastro- 
nomía. Poes sí, amable lector, el rey Asnero, que dominó 
desde la ludia hasta la Etiopia, dio un espléndido banquete 
á los magnates de su imperio que duró ciento veinte días: y 
en seguida dispuso otro convite para el pueblo que duró siete 
días, y en el cual el servicio de la vajilla era nada menos 
que de plata, y las copas de oro. Aquellas eran otros lem- 
pos, vuelvo á decir; vayan hoy á poner cepitas de plata ni 

i. , , t^.OO'^IC 



237 

TaBttos áp oro, cnando loa mozos de café se ven y se deseaa 
en nueBtro adetantado siglo para que no les cercenen las cu- 
charillas de estaño ó los azucareros de peltre del café. Pero 
no divaguemos; recomienda á. los aficionados al arte gastro- 
nómico la lectura de los viajes de Anacársis, para que se 
contenten el ánimo con las animadas descripciones de los ban- 
quetes de Dinias, y k que recorran las antiguas obras de 
Herodoto, en las que bailarán pruebas convincentes de lo que 
ban degenerado nuestros cocineros y nuestros gastrúnomoe. 

La gastronomía es un ramo de lujo; el bombre que sale 
dotado de ese especial y esquisito paladar que le hace encon- 
trar en los platos (no seamos materialistas, en lo que contie- 
nen tos platos) el refinamiento de los placeres, esc hombre 
será el mas infeliz de los mortales, en los siglos de decai- 
miento en que yace el arte culinaria. Cada recuerdo de las 
antiguas orgías será para su corazón una espina mas pun- 
zante que la del pez espada que se le atravesará de medio á 
medio. Recordará que en Esparta y en Creta habla comi- 
das públicas, costeadas por el erario y en que se sacaba el 
vientre de mal aiio, citando en el dia hasta la gazofia que se 
repartía á la puerta de los conventos ba dejado de repartirse, 
para la razón convincente de que la mayor parte de los con- 
ventos ya no tienen puertas, j esto por U no niénoa clara 
razón de que ya los van echando por tierra. Recordará 
aquellos romanilos que, para no lastimarse á comer con hol- 
gura, lo hacian sobre mullidos lechos, llegando su pulcritud 
á poner sobre las mesas doseles de damasco para que no lea 
cayese el polvillo del techo, y su sensual apetito al estremo 
de irse poniendo coronitas de flores, combinados sus aromas 
y perfumes de modo que los olores contribuyeren ó á retar- 
dar los efectos de sus üircan (vulgo borracheras), pues está 
visto que se dejaban correr también los antiguos, ó á animar 
sus sentidos escitándoles á impúdicos y desordenados deseos. 
¡Vayan ustedes viendo qué comparación hay con los tiempos 
que alcanzamos! Recordará el baño que tomaban los suso- 
dichos romanos para ir fresquitos y bien dispuestos al cená- 
culo 6 sala de comer, mejor dicho, de cenar. Las esencias 
que se quemaban para aromar las salas: las aguas olorosas 



238 

con que se rociaban los asientos, y hasta el ralo de lectura 
con que se eotrelJinia á los golosos señores, que por no fati- 
RarsR en diaciirrir y no dar descanso á sus fauces, se deja- 
ban arrullar con amenas y entretenidas historias, íi las que 
formaban un bajo sostenido con el martilleo de sus dientes. 

Esto me hace pensar que el verdadero refrán antiguo, que 
sugirió sin duda al célebre Jovellanos m Pan y íotos, antes 
seria Pan y letras. Bien hizo Jovellanos en sustituir las pa- 
labras. El pan y las letras, aunque el pan tiene muchas ami- 
gas desengañémonos que no las hacen: las letras han nacido 
para perdidas, puesto que en manos de todos andan; uunque 
no por eso bien quistas ni mejor paradas: hasta no hace mu- 
chos ai1os han pasado por locos ú desocupados, quizá porque 
k pérdidas se dirigían los que tenftmos 1t aprensitn de que 
el escribir era una ocupación como otra cualquiera por no 
decir mas fitil que las demás puesto que adelantad itos esta 
riamos s no hub ere hab do C cerones Fenelones Licurgoi > 
otros d su calaña, q c a q e s n oHcio ni beneficio huí ic 
sen espl cado cuantos oñ os son esptical les dando á su pafs 

nmensos benefíc os en la I strac on conocimientos j conse- 
jos q e en a s 1 hroB les ensenaron Fn el día ya enijnezan 
los aristas i formar clase y h consideiarse in estado aun 
q e s n pos c on y aquí lector am go consiste el busilis on 
la pos c o y no de te cera t o arta como de baile sino de 
empleo oc pac on prod ct va de modo que aunque hayamos 
adelantado un pa to c punto á considerársenos ya una clase 
de hon I res que no son con o hasia bice poco ni desocupa 
do n locos n mal entreten d s aun no hemos conseguido 
una pos c on en el m ndo por cuanto el trabajo no os como 
un pagaré que represe ta s empre dinero tangible 

Alg n lector se preg ntara á si mnrao ¿poro y esta 

ueva d gres on á qu v ene? P os nene & probar que desde 
qne 1 an desaparecido los verdaderos gastrónomos y lo« du 
chos coc ñeros ha dege erado taml len el amor íi los libros 
I a V K es corta se oreí j para los que han nacido con una 

ntenc on fi m y dec d la de 1 a er en un todo su santísima 
votu tad apenas hay ton ¡.o en el mundo mas que parí di 
vert rse ann á los que les fallen los medios para satisfacer 



289 

todos sus caprichos les sobran los ánimos para desearlo; de 
modo que ea un axioma constunte que el hombre prefiere 
siempre dos fiestas á un domingo. Supuesta esta innata de- 
sidia, los antiguos destinaron las horas ilel placer para el 
estudio: es decir, quisieron que lo árido de la enseñanza des- 
apareciese entre lo agradable de la distracción, j de ahí pro- 
vino el que CD todas sus comidas había un lector que recitaba 
con voz alta pasajes históricos, fabulosos 6 morales. De este 
modo, como todos procuraban tener tiempo para comer, todos 
le tenían para instruirse, Y hé aquí la oportunidad de la 
digresión; desde que los gastrónomos han desterrado los lec- 
tores de sus mesas , los bombrcs se han vuelto á encontrar 
sin tiempo oportuno para calentarse los cascos con na libro 
de modo que el haber degenerado los gastrónomos, sin duda 
porque han desaparecido aquellos hábiles cocineros, es la 
causa de la decadencia de nuestra literatura. Me parece que 
no vo; descaminado. Habia otra ventaja inmensa para los 
escritores, que así como dice un refrán: oque á buen ham- 
bre no ha; pan malo....» así se podia inventar ahora im 
nuevo axioma que dijese: uquo á buen pan no hay libro ma- 
lo.o Vean ustedes si en este siglo en que se escribe tonto, no 
seria una ventaja para muchos la seguridad de que sus obras 
se ojearían por sus lectores, hallándose á la mesa, cJíusolado 
su estómago con las deliciosas viandas y en tan buena dispo- 
sición para digerirlas por supuesto las obras, no las viandas, 
pues estas no son de tan difícil digestión, por pesadas que 
sean como alganas de aquellas. 

Lamentémonos, pues, con que haya caido en desuso tan 
provechosa costumbre; unamos nuestra voz en elogio de la 
maravillosa ciencia de la gastronomía: acaso, acaso destina- 
remos otro artículo, si el público no mira con desden nues- 
tras indicaciones, k entusiasmar el apocado aliento de los co- 
cineros, 7 k escitar el desordenado apetito de los opulentos 
señores. También dirigimos desde ahora nuestra voz á nues- 
tros escritores y literatos. La cocina es un grande hornillo en 
el que pueden condimentarse los mas sabrosos principios, no 
hay que desdeñarle, pues, porque parezca grosero el asunto: 
Aristóteles, Platón, Teofrasto, Heredólo, Ateneo j otros mil 



240 

privilegiados talentos hablaron de la cocina ce 
pues, Bolo falta el último paso; quizá sea este el medio de 
acabar de dar un impulso grande á nuestra literatura, cod- 
solid.ando de una ve;: sus cimientos. Empezemoa pues dando 
el ejemplo, y cada cual en su doméstica TÍtienda, mientras se 
zampa el humilde puchero, procuro, si es que tiene fámulo y 
si no hay el inconveniente de que este ignore el uso de las 
letras, hacerle leer, j para entusiasmar al mismo fámulo, llá- 
mele con el nombre de Anagnóstes qne era el que tenian los 
antiguos lectores. 

Imitemos á Plinio siquiera en bañamos y en tener gusto 
en que nos lean: hagámonos comparar con Ático, quien, se- 
gún el testimonio, y no falso, de Comelio Nepote, como di- 
cen loa niños de la cscnela, asegoraba que encontraba conti- 
nuamente en sn mesa el placer del espíritu reunido á una 
bnena comida. Jactémonos alguna vez de hacer lo qne el 
emperador Severo, y leamos como él á nuestra familia mién- 
traa come: por supuesto teniendo cuidado de habernos llenado 
bien antes la andorgiiilla, para que no ee nos vayan los ojos 
mas bien que al libro k la comida: y ojalá llegue nn día en 
qne se haya hecho costumbre tan grata, y ceremonia tan obse- 
quiosa y agradable la leetvra durante la comida, que poda- 
mos decir como Juvenal para incitar k un amigo á que nos 
acompañe á nnestra mesa': «ven y nos leerán los versos de 
Horacio y de Virgilio.» Enti^nces la gastronomía volverá á 
ser la ciencia mas divina de todas porque á ella deberemos 
el aprecio que se haga de nuestra poco apreciada literatura. 
Gb&oorio Romero L*br.íñ&&a. 



n, Google 



VENTAJAS DEL QUE NO TIENE PIERNAS O DEL 
QUE LAS LLEVA DE PALO. 

ARTICULO DE INTERÉS GENERAL. 

1. 
Cou manifestar los malos sin cuento que acarrean las pier- 
nas, habré manifestado gran parte de las ventajas que tiene 
el que de ellas carece, ; sí á estos datos que se me ocurre lla- 
marles negativos añado los pasiiiros, es decir, los que tienden 
directamente á, probar los beueQcioa debidos á la carencia de 
piernas, todas las sutilezae metafísicas con qne mis antagonis- 
tas tengan á bien argUirme, todos aua sofismas y paralogismos 
se estrellarán en la fuerza de mis razones ; el mas reacio 
defensor de las piernas se verá obligado á desprenderse de 
sus errores, j á confesar paladinamente que su opinión opuesta 
¿ la mía no ba sido otra cosa que una paradoja ridicula. 
Para satisfacer mi vanidad esto será suficiente, pero no para 
satisfacer mis tilaotrópicos deseos, que solo quedarán colma- 
dos el dia en qne vea emancipada de las piernas á la huma- 
nidad entera. ¿Llegará este (lia feliz? ¿Llegará un dia en 
que convencidos los hombres de que las piernas, á que son 
deudores de tantos contratiempos, son un mero objeto de 
lujo, se convengan en pasarse sin ellas mal que lea pese á 
los za|iateios, á los medieíos y á cuantos tienen una mina 
eu nuestras cíilamitosas estremidades inferiores? Harto co- 
tiozcc el [loder de la rutina, sé bien las diScultades con que 
tTOpie;ia el verdailero filósofo que se empeña en desterrar de 
la humanidad loa defectos y vicios sancionados por costum- 
bres añejas. Ci'nlieso que escribo este articulo cou poquísima 
esperansa de obtener el resultado que mu propongo. Ni uno 
solo de mía li'ctores, por tulederas y convincentes que le pa- 
rescají las razoiii'S que yo utegue, se sujetará á la quirúrgica 
cuchilla, y alguno iiulzas se urea con derecho de decirme que 
este aillculu un Oíta ilict.do por una convicción profunda, 
que t'biá ■■w.riU) »in relit.'i<>u de coucieucia, puesto que siendo 
yo su HUlin' II. I lonti mo lo que en él digo con mi propio 



i^nOd'^ic 



ejemplo. SI, lo conozco, para probar U fe qne tengo en mis 
doctriDOB, yo debería el primero esponerme h loe dolores de 

nna ampntaciDn sangrienta; pero no lo hago porque por una 
parte no tengo necesidad de ello para dar juerza á mia da- 
tos qne son por si solos bastante robustos , j por otra para 
dirigir á las piernas la catilinaria que se merecen, quiero te- 
nerlas presentes, tenerlas conmigo mismo como un testimonio 
TITO y palpitante de mis penas ; evitar de este modo que 
disminuirá el horror que justamente me inspiraron. Suele de- 
cirse qne el que está ahito no se acuerda de los que no han 
comido, y esto me sucederia tal vez si yo careciese de pier- 
nas, no me acordaría de los desgraciados que las tienen, y á 
quienes trato de libertar de esta calamidad dicíéndoles lo que 
Jesucristo á los apóstoles: «Haced lo que yo os diga, y no 
lo que yo baga.» 

Antes de pasar adelante es necesario que mis lectores y 
yo acordemos bajo qué acepción vamos á tomar en este artí- 
culo la palabra jiiem as. Todos sabemos lo que por piernas 
entienden loa anatómicos y los amigos de que se hable siem- 
pre COR toda propiedad, pero á, mí me conviene en esta oca- 
sión dar á esta palabra la significación colectiva que á me- 
nudo le da el vulgo, quien con ella suele designar las estre- 
midades inferiores desde el tercio inferior del muslo hasta 
las últimas falanges de los dedos del pié. Después de esta 
advertencia me parece que puedo entrar en materia sin espo- 
nerme é, malograr mi tinta, ni á fatigar mis livianos en me- 
ras cuestiones nominales. También debo advertir que á, pesar 
de tener en mi casa un diploma de médico y cirujano que á 
mi padre le cuesta bastante dinero y ¿ mí no pocos exáme- 
nes, en cuanto me sea posible me abstendré de hacer uso de 
los términos técnicos del arte, porque yo quiero que me en* 
tiendan fácilmente todos los que en el mundo tienen piernas, 
aunque en su vida hayan respirado los fétidos miasmas de 
una sala de disección , ni hayan visto mas cadáveres que el 
del cordero de la Pascua y el del pavo de Navidad, ni hayan 
gastado un adarme de sebo consagrado á la lectura del Juan 
de Dios, del Nadal y Lacaba, ni de ninguna otra de las obras 
clásicas de anatomía descrifitiva. 



243 

Si para rebatir 4 )os piernúñloB se rae antojara echar 
mano de t^dos los argumeotos que ponen & mi disposidon 

las piernas consideradas en estado patológico, es seguro que 
llenaría yeinte números de La Risa, invadiendo haeta el sa- 
grado terreno que para sn ambigú se reservó el docto Don 
Abundio. Las piernas conatan de huesos, de músculos, de 
nervios, de arterias, de venas, etc., etc., y no es uecesarío 
decir mas para que el mas topo se baga cargo de cuan in- 
menso debe ser el número de enfermedades que son las pier- 
nas susceptibles de padecer. Yo no ocuparé de ellas á mis 
lectores, no les hablaré de las cítries, aneurismas, várices ; 
demás dolencias de que las piernas á, menudo son victimas, 
lo mismo que las demás partes de nuestro cuerpo que gozan 
de tejidos análogos; haré solo mención de las enfermedades 
que ademas de ser muy frecuentes son propiedad casi esclu- 
siva de las estremidades inferiores, y aun procuraré hablar 
de ellas muj somei'aoiente , porque esto; seguro de que con- 
sideradas en su estado normal ú fisiológico las piernas son 
por si solas noa calamidad terrible, aunque por una escepciou 
casi milagrosa se hallen libres de sabañones, de callos y de- 
mas plagas que á tantos hijos de Adán hacen aviuagrar el 
gesto. Y si las piernas sanas y rolmstas que, sea dicho de 
paso, difícilmente se encontrarían dos en Europa, son ya una 
calamidad terrible ¿qué nombre daremos í las piernas ave- 
riadas, como generalmente lo son todas? 

La dotorosa comezón que causan los sabañones deberik 
ser suficiente para declarar 6, los pies una guerra sin tregua. 
ni cuartel. Bien es verdad que los baliitantes del mediodía 
de América y otros palees que se puede decir que no tiene» 
invierno, desconocen esta impertinente dolencia, pero gracias 
á sns piernas no les falta por esto con qué rascar, no les 
faltan niguas y jejenes mas molestos si cabe que los sabaño- 
nes, y que como estos fijan con predilecnion en los pies su 
funesta residencia. Hasta ahora han sido ineficaces todos los 
remedios que la medicina, ó por mejor decir, que el empi- 
rismo y charlatanismo han preconizado para curar los sabaño- 
nes; el agua de las lluvias de abril, aplicado en el momento 
. mismo que acaba de caer, es lo que mejores efectos ha pro- 
16* 



244 

ducido; pero yo afirmo que para la curación de los sabañones 
de loa pies la amputación de las piernas ea de un éxito to- 
davía mas seguro. Esta es nna curación radical, coa la que 

nunca tiene lugar la recaida. 

HaB terribles aun que los aabañonea son seguramente los 
callos, porque son mas dolorosos, invaden un número mayor 
de individuos, se aclimatan en todos los países, y no ceden 
al influjo de ninguna de las estaciones del año. La curadon 
radical de estas molestas abolladuras, debidas principalmente 
al calzado, se obtiene también con la amputación de las pier- 
nas. lY todavía se ven piernas en el mundo! 

¿Y qué diré de los uñeros que la propia esperiencia no 
le haya hecho observar i mis lectores? Las uñas de los pies 
crecen y se prolongan ain cesar, sin cesar destruyen medias 
y mas medias, hasta que por ña encuentran en los zapatos 
un obstáculo que se opone é, su curso invasor y laa obliga á 
replegarse. Entonces las uñas se doblan y contramarcban, y 
sus bordes libres vengándose en los dedos de la derrota que 
deben al calzado, se introducen en la carne de los infelices 
donde bacen un estrago sangriento. Esto es lo que ae llama 
uñero que solo se evita oponiendo con frecuencia las tijeras 
hI rápido progreso de las uñas. Pero esto de cortarse las 
uñas del pié no es una operación tan trivial como algunos 
ae figuran ; es operación que para practicarla debidamente en 
ambos piéa, es casi indispensable ser ambidextro, que requiere 
tijeras muy duras y de muy buen temple, y que aun asi á 
muchos les obliga á tomar pediluvios para reblandecer la sus- 
tancia córnea que debe cortarse. Y no ea esto lo peor. Se 
necesita tener algo de culebra, se necesita una organización 
particular como la de Auriol, se necesita casi estar dislocado 
para no morirse de fatiga cortándose laa uñas de los pies. 
Los hidrópicos, las embarazadas, en una palabra, todos los que 
están dotados de voluminosa barriga deben fiar esta operación 
á manos ajenas, y como los pies en general son una cosa no 
muy limpia, no siempre ae encuentra quien quiera encargarse 
de practicarla. Y si por casualidad se encuentra, noa espo- 
nemos á que la frialdad de la mano del operador ó au tacto 
indiscreto nos haga cosquiUaa ó noa cause alguna otra impre- 



245 

aioD desagradable qoe, no pudiéndola resiatir, noB obligue á 
retirar el pié casi coavulsivamente , y á^ que dejemos alguna 
vez en este movimiento brusco el dedo en lugar de la uña 
entre los filos de las terribleB tijeras. 

Los limites de este periódico me obligan á separarme del 
campo patológico ; i llamar la atención de la hamaDÍdad en- 
tera hacia los males que ocasionan las piernas, aun admi- 
tiendo la hipótesis de que estén dotadas de una salud per- 
fecta. Creo que todos mis lectores tienen la costumbre de 
ponerse en camisa ó cuando maa en calzoncillos antes de 
acostarse, j que esta impertinencia diaria les sujeta á otra no 
menos molesta cual es la de tener todos los días que vestirse! 
{Desnudarse j vestirse! ¡Terribles calamidades que el estado 
social ha legado al hombre para hacerle envidiar la suerte 
de los indios bravos, de los hotentotes ; hasta de los mismos 
irracionales, que sin íesab rocharse el corsé ni quitarse la le- 
vita, y que sin calzarse las botas, ni hacerse el lazo en la 
corbata, apenas se levantan estin dispuestos á salir á la calle 
seguros de que sus semejantes no les han de poner en ridi- 
culo. ¿Por qué al nacer no nos otorgó la naturaleza una 
concha como al carey, una piel como al oso, un plumaje como 
al águila ú una cubierta escamosa como al cocodrilo? ilnú- 
tiles qnejas! Estamos condenados i. desnudarnos y á vestir- 
nos todos los días, y seriamos muy criminalmente orgullosas 
si intentásemos revocar este terrible fatlo de la civilización. 
Pero al menos ya que el desnudarse y el vestirse es nn tra- 
bajo ímprobo de que no nos permite la sociedad eximimos 
¿por qué no procuramos en lo posible simplificar tan engor- 
rosa operación? La amputación de las piernas la simplifica- 
rla considerablemente. Ella nos evitada la molestia de po- 
nernos las medias y los zapatos, ella nos emanciparía de la 
tiranfa de las ligas, que han dado alguna vez motivo á catás- 
trofes sangrientas; ella en fin desterraría de nosotros las es- 
clavizadoras trabillas, que con mucha razón ha incluido el 
seBor Manzano en el catálogo de las calamidades públicas al 
mismo tiempo que el señor Casilari las ha celebrado como- 
una cosa escelente. Yo creo como e! señor Manzano que las 
trabillas son un mal grave, pero creo como el señor Casilari 



L.OOi^lC 



246 

que mientras hay píeroas debe haber trabillas. Quítense las 
piernas, y las trabillas caerán, como Buele decirse, por su pro- 
pio peso. 

Mirando la cuestión bajo un aspecto ecouómico , creo que 
no habrá un solo padre de familia que uo considere las pier- 
nas como uno de los objetos que mas contribnyeD i. aumentar 
el presupuesto de los gastos domésticos. El que tiene muchos 
hijos j les ha de alimentar con el sudor de su rostro, es impa- 
sible que quede bien con el zapatero si come algo mas que 
sopa 7 cocido. Y agregúese á esto el limpiabotas 6 nn criado 
que haga las veces de tal, pues de uno ú otro hemos de va- 
lemos, so pena de estrenar calsado de todos los días, lo que 
«B mu; gravoso, 6 de limpiárselo uno mismo, lo que es muy 
molesto, ó de llevarlo sucio, lo que si bien es lo mas fácil es 
también lo menos decente. Y luego las medias. Dios sabe 
al cabo del año cuantas cifras ha añadido al presupuesto el 
jabón con que se han lavado y el algodón con que se han 
remendado. 

También las ligas cnestan dinero, pero no es en verdad el 
dinero que cuestan lo que tan odiosas las vuelve á los ojos 
de todo hombre filantrópico, sino la dificuldad de mantenerlas 
en su justo término de suerte que no se escurran por estar 
flojas ni sieguen la pierna por estar demasiado apretadas. Yo, 
lo confieso, soy enemigo irreconciliable de las piernas , pero 
no por esto quiero que se las martirice, que se las dé conti- 
nuamente garrote; condéneselas á la última pena, pero no se 
las ponga en tortura como á las victimas de Torquemada. El 
espíritu del siglo proscribe tamañas atrocidades. Por lo de- 
mas conozco que son altamente criminales. ¿ Qné castigo im- 
ponen las leyes vigentes á los que encubren malhecbores? 
Por terrible que sea debe aplicarse 6, las ligas. ¿No dan 
acaso guarida á los atroces vichos qne de sangre y solo de 
sangre se alimentan? Todo el mundo conoce que aludo á 
laa pulgas, cuyo nombre no me parece decente mencionar en 
este grave artículo. 

Pero de laa ligas debe decirse como de las trabillas que 
son un mal, pero un mal necesario, un mal que durará tanto 
como nuestras medias, como nuestras piernas, ¡¿bajo pnes 



■vGoo'^ic 



247 

las piernas! ¿Te borrorízas, lector? Me parece que 

«Eto; ojendo tos argumentos con que tratas de defender á 
«BIS enemigas del género humano. ¿Cómo andaríamos sin 
piernas? ¿qué pareceríamos sin piernas? Cuánto padece- 
ríamos si nos cortasen Jas piernas! ¿No bou estos los argu- 
mentos capitales con qne piensas reducir á poho todas mis 
pruebas, j cuja solucioa esperas seguramente antes de llamar 
al cirujano psrn que proceda á. la amputación? Pues ya pue- 
des ¡¡amarle desde luego, porque tus argumentos van á que- 
dar bien pronto desvanecidos. ^ Cómo andaríamos sin pier- 
nas? ¿Y qué? ¿crees acaso que trato de reducir á los hom- 
bres á la triste condición de reptiles? Nada de eso: quiero 
reemplazar sus piernas naturales ú de carne ; hueso con pier- 
nas de palo, cuyas inrneusas ventajas prometo manifestarle en 
otro artículo, ¿Qué pareceríanws sin piernas? ¡El hombre 
siempre el mismo! ¡Siempre sacrificando su bienestar i, la 
vanidad j al caprichol ¿Crees acaso que cuando todos nos 
hayamos acostumbrado á prescindir de las piernas naturales, 
las echaremos alguna vez de menos? Sucederá coa ellas lo mis- 
lao que con los pelucones. Todos sabemos el sentimiento con 
que nuestros abuelos ee desprendieron de sus empolvadas co- 
letas; muy ridículos debian parecer los primeros que parecie- 
ron en Europa con el cabello raso, pero la moda fué cun- 
diendo, la práctica tardó muy poco en confirmar la bondad 
de la teoría coleticida del gran Bonaparte, y en la actualidad 
las coletas tan decantadas en otros tiempos son un objeto que 
toda la Europa culta ridiculiza. Porque todo se dobla al im- 
perio de la moda; todo al fin y ai cabo lo resuelve el gusto 
de la mayoría. Si casi todos los hombrea fuesen jorobados, 
los que basta ahora ban tenido fama de bien formados pare- 
cerían ridículos y se les llamaria contrahechos. Si casi todos 
tuviesen nn solo ojo en la cara, dos ojos seria una imperfec- 
ción, asi como ahora lo son tres. No hay pues que darle 
vueltas. Perfección será el no tener piernas el dia en que 
nos vengamos todos en pasarnos sin ellas. Todo depende del 
hábito de ver las cosas de este 6 del otro modo. A nosotros 
noB parecen hermosas las mujeres que tienen nn cutis fino y 
delicado, y en alganos países salvajes se las aplican instru- 



t^.Odi^lU 



248 

meutoE cortantea y cauteríoE para UenarlaB el rostro de cica- 
trices y desigualdades. A los europeos noí parecen bieo los 
pendientes colgados del lóbulo de las orejas de las mujeres 
y al efecto se las agojereainos; á los indios lee parece bien 
qae osteoten sus mujeres ana sortija en la nariz j al efecto 
taladran la ternilla que forma el tabique. ¿Y todo por qué? 
Porque á menudo los gustos son hijos de la fuerza de las 
costumbres. Cnando casi nadie tenga piernas, ¡cómo nos 
borlaremos de los pocos que las tengan! 

Terminaré este articulo que se va haciendo demasiado 
largo allanando Ib última dificultad que me presentas. 
¡Ouáttto padeceríamoB si nos corlasen las piernas! Si estas 
palabras fuesen valederas, en verdad que todos los cinganos 
serian superfluoa, porque ¿cuál es la operación quirúrgica 
qne no causa dolores mas ó menos atroces? Pero al practi- 
carse una operación, se comparan los dolores con los resulta- 
dos que por su medio obtienen, y es así como los enfermos 
se siyetan á ella. El que tiene un labio 6 un pecho cance- 
rado consiente que le corten el labio 6 el pechoj el que tiene 
nna mano gangrenada consiente que le amputen el brazo; el 
qne tiene nna maela cariada consiente en quedarse con una 
menos. Lo mismo con mucha mas razón debe aplicarse á las 
piernas. Por cruda y doloro&a que sea su amputación, j. quién 
no la sufre gosloso haciéndose cargo de las inmensas ventajas 
que con ella reporta para todo el resto de su vida? Estas 
son razones indestmctibles que han de convencer í cualquiera, 
por lo que, lector, repito que llames desde luego al cirujano 
y qne sufras con resignación los tormentos que te ocasione su 
mano salvadora. Ármate en seguida de unas piernas de palo, 
cuyas ventajas probaré en mi siguiente artículo, y verás lo 
qne es bueno. — 



Por mas que los optimistas se persiguen escandalizados, es 
necesario convenir en que debemos á la naturaleza muchos 
males y que este mundo está muy lejos de ser el mejor de 
los posibles. Tal vez la Providencia ha tenido ¿ bien hacerle 



l^.OOi^lU 



tal como noB Je encontramos para qne do nos eDcaríñemoB 
demaHlado con tas cosaa mundanas y aspiremos con mas ar- 
dor á buscar la felicidad verdadera en un pnnto distinto del 
que los moradores de la tierra tenemos la desgracia de babi- 
tar. Si no fueron estas las miras de la ProTidencia, habrán 
sido otras ó ninguna; no nos toca á nosotros, débiles morta- 
les, levantar el velo con que ha querido ei Supremo Hacedor 
ocultar á nuestras profanas miradas sos i n compren ai bles mis- 
terios. Pero lo cierto es que á lo que nuestra pobre razón 
alcanza, el universo está plagado de cosas que á nosotros nos 
parecen imperfecciones, aunque según el fin qne al f ma 
las se propuso el Creador acaso no lo sean, ; deb n t 
es corregirlas y perfeccionarlas ya que el mismo Aut d 
todas ellas ba dotado á muchos hombres de deseos y m d os 
de conseguirlo. En esto la voluntad del Omnipotent ma 
nifiesta de una manera bien esplfdta. Si Dios hub a q 
rido que el mundo permaneciese tal como salió de m 
hasta el dia del juicio final, se hubiera guardado h d d 
á los hombres este espíritu de innovación que incesa t m t 
altera la superficie del globo sublonar. Es necesario que con- 
vengamos en que el mundo es no mas que un borrador sin cor- 
regir, un imperfecto bosquejo, una obra á medio hacer y que 
para concluirla la Providencia ha dotado á algunos seres pri- 
vilegiados de un genio fecundo, activo y emprendedor que es 
un verdadero destello de la Divinidad. Beflexiones son estas 
de mncbísima importancia y que he creido conveniente hacer- 
las para que nadie diga que el querer sustituir con piernas 
artificiales las que debemos é, la naturaleza, es rebelarse con- 
tra la obra de Dios. Al contrarío , me considerarla criminal 
á loa ojos del Señor si no siguiese en esta ocasión la linea 
de conducta que me parece trazada por su misma mano , si 
por mas tiempo resistiese los filantrópicos impulsos de mi 
corazón que no son otra cosa que una especie de partes tele- 
gráficos con que Dios me comunica sus órdenes, si por mas 
tiempo en fin dejase de conocer y cnmplir la sublime misión 
que la Providencia me ha encargado poniéndome de manifiesto 
los defectos y vicios de que las piernas adolecen y los medios 
que debo revelar á la humanidad para corregirlos completamente. 

i. , , l^.OO'^IC 



250 

Los defectos y vicios de nuestras piernas Q&tnrales j los 
males sin coento que las debemos, quedan bien manifestados 
en el articulo anterior, ea que probé con argumentos irrecu- 
sables la necesidad de desprendernos de ellas, si queremos de 
una Tez para siempre destruir el mas fecunda manantial de 
nuestras calamidades. En la actualidad no es posible que 
baya uno solo de los que leyeron mi articulo precedente tan 
rebelde é, la sana lógica, ni tan refractario k la razón, que no 
esté convencido de que la amputación de las piernas ea una 
cosa precisa. Pero las piernas, á pesar de sus defectos, nos 
prestan servicios & que la humanidad entera les debe estar 
agradecida; sus usos son de un ínteres tan esencial para la 
mayor parte de los actos de nuestra vida relativa, que des- 
terrarlas del mundo seria poner á la bumanidad el epitafio. 
fio es esto decir que uu iudividuo uo pueda pasarse sin pier- 
nas, pero la bumanidad entera no podria sin ellas existir. Asi 
pues, nada tendría que agredecérseme y si mucho que recon- 
venírseme por mis doctrinas; si después de baber demostrado 
la importancia de la amputación de las piernas, no manifes- 
tase los medios de sustituirlas con otra cosa que al mismo 
tiempo que gozase de las ventajas de aquellas, no adoleciese 
de sus defectos. Las piernas de palo, que son el objeto de 
este artículo, allanan á mi entender todos los inconvenientes. 

£s una verdad conocida, evidente, confirmada por la au- 
toridad de todos los bienavBntnrados que, debiendo & una bala 
de cañón, á la mano de un cirujano, ú á cualquiera otra causa 
accidental ó congénita el envidiable privilegio de no tener 
piernas naturales, las han sustituido con otras de palo, que 
estas últimas son inaccesibles á los uñeros, á los callos y i 
los sabañones. jUñeros, callos y sabañones! ;Ahl es ungrano 
de anisi Me parece que esta sola circunstancia las reco- 
mienda suficientemente, y que no habria necesidad de otra 
para preferirlas & las de carne y huesos. Tampoco la gota 
ejerce en ellas su funesto influjo. De esta terrible enferme- 
dad que con tanta frecuencia se fija en loa pies y que como 
rabiosa demagoga ataca con predilección k la gente de mas 
alto copete, se hallan libres las piernas de los que las llevan 
de p^o. jY cuáiatas mujeres están opiladas y ciorúticas y 



l^.OOi^lU 



251 

enfren un sin fin de enfeimedades propias de au sexo que las 
deben é, la hamedad en loa píést ¡Cuántos deben á esta 
nÜBma causa violentos dolores reumáticos que les bacen odiosa 
la eiístencial Pues bien, la humedad oo produce ninguno de 
estos terribles efectos en el que tiene las piernas de palo, 
como qne otra de las grandes ventajas de estas piernas es no 
tener pies, y cuenta con que los pies desde tiempo inmemo- 
rial por sanoB que hayan sido se han considerado como una 
cosa mala. ¿A qué deben la preferencia que sobre todas las 
europeas se han merecido las andaluzas, sino á la pequenez 
de su pié? jCuáDto mayor pues sería su mérito si ui siquiera 
pies tuvieeenl ¿Haj quién ignore que cuando se trata de 
envilecer 6 nltrajar á una persona con frecuencia se la llama 
cuadrúpeda? Si fuesen los pies una cosa digua de aprecio 
con este dictado, se la encomiaria en lugar de ultrajársela. 
Es pues incontestable que en lodos los tiempos el vulgo ha 
profesado á los pies una antipatía que debemos considerarla 
justa, porque no bay qne darle vueltas; vox popuU vox Dei. 
¿Y cúmo podría el mundo simpatizar con los pies cuando 
son seguramente lo mas vil de nuestra organización, motivo 
sin duda por el cual ha querido Dios colocarles eu la parte 
mas inferior en los animales qne los tienen f De sus abiertos 
poros sale á menudo este sudor hediondo que atropella todos 
los olfatos, que pudre todos los calcetines, que destroza todas 
las botas, que acibara eo verano las delicias de las tertulias, 
y cuya supresión da origen á muchas y muy graves enferme- 
dades. Puede decirse que el hombre en quien esta transpi- 
mcion es muy abundante, lleva en los pies el sello de repro- 
bación que llevaba Cain en la frente. Entre él y sns semejantes, 
& instancia de todas las narices, se establece un rigoroso cor- 
don sanitario; la sociedad le rechaza, le asila, le proscribe, 
para él es el mundo entero un lazareto, donde solo y sin comu- 
nicacion de ninguna especie se ve obligado á hacer una penosa 
cuarentena que dura al menos tanto como los ardores de la 
canfcula; no se le acercan mas que sus herederos y sus acree- 
dores si los tiene, y aun esos mientras dura la entrevista, 
respiran muy de tarde en tarde, y ensanchan la distancia que 
les separa del fétido interlocutor cuanto lo permite la capacidad 



.LnOO'^k' 



del aposento en que ae encuentran. Esto es bochornoso y atroz. 
El sudador, como tenga pizca de Tei^enza, ; como no sea may 
inhumanamente egoísta, est& privado de ir al teatro, porque 
de otra snerte es seguro qne todas las lunetas que se hallen 
comprendidas en el radio de dos varas de la que él ocupe, 
quedarán desiertas desde luego, á no ser que sean los espec- 
tadores bastante magnánimos para pasar toda una fancion con 
ambas manos aplicadas á las narices. ¡Ay de ellos si des- 
truyen casualmente esta solución de contigüidad establecida 
entre las manos y el órgano olfatorio! ¡Ay de ellos si dejaa 
nn momento abierta las ventanas de la nariz! Este descuido 
puede costarles la vida. Los pestilentes miasmas están en 
acecho, y cuando menos se piensa se introducen como ladro- 
nes hasta el mas recóndito rincón de la pituitaria. T como 
un sudador de pies no por ser tal ha de ser un Caligula ó 
un antropófago, es de aquí que nunca va al teatro como no 
pueda tomar solo para él un palco entero, ya que no se le 
consienta tomar todas las localidades del patio ó de la cazuela. 
Yo en verdad tengo en esos desgraciados mucha confianza; 
creo que en ohsequio á sí mismos y á sns semejantes serán 
los primeros que reemplazarán coa piernas artificiales las 
que sacaron del vientre de su madre, apenas se hayan hecho 
cargo de las razones que alego en este y en mi anterior 
aritculo. 

Las pedradas y porrazos en la espinilla qne tan vehemen- 
tes dolores ocasionan, tampoco producirían ninguna sensación 
desagradable si las piernas fuesen de polo. Dios sabe con 
esto las dolencias de que nos libraríamos y las visitas de mé- 
dicos de que podríamos prescindir; lo que seria una segunda 
ventaja , porque á los ojos de todo hombre sensato los 
médicos son una segunda enfermedad con frecuencia mas pe- 
ligrosa que la que nos obliga á llamarles. 

Pero no es solo como medida higiénica que aconsejo ¿ mis 
semejantes el uso de las piernas de artificio. La mayor parte 
de ios actos que nuestros deseos y necesidades nos obligan á 
ejercer reclaman imperiosamente esta sustitución que sujeto 
al bnen criterio de mis lectores. En primer lugar las bellas 
teorías de igualdad de que tanto se ha hablado desde que el 



263 

mundo es mundo y que al cabo todos los hombres pensado- 
res las luin abandonado j proscrito como otra de las mucliaa 
utopias que embellecen los sueños de los poetas, empezarían 
é. realizarse por medio de las piernas de palo, al menos con 
respecto á la estatura. £1 ridicula que derraman los satíricos 
sobre los hombres de poca talla, no heriría á nadie absoluta- 
mente. Los enanos, esos infelices k quienes ha condenado su 
mala suerte é, no poder participar con los ojos de ningún es* 
pectáculo ni de ninguna di?ersion que atraiga mucho gentío, 
esos infelices que treinta años después de haber nacido po- 
drían sin encontrar obsticulo volreree al seno de su madre y 
allí permanecer en estado de feto tan á sus anchuras como 
en una plaza pública, desaparecerían desde luego de entre 
nosotros; con el auxilio de las piernas todos lograrían agi- 
gantarse j se pondrían al nivel de los mismos & quienes 
ahora solo pueden hablar al oído por medio de una escalera 
de mano. Entonces estos desTcnturados, que no por ser pe- 
queños dejan de estar hechos como nosotros & la imagen de 
Dios, disfrutarían también de las fiestas públicas, ; se conse- 
guiría ademas estinguir laa rivalidades sin cuento á que dan 
origen las diferencias de estatura. Por otra parte esta nive- 
lación seria muy ventajosa ¿ la generalidad. Como una vez 
veríficada, á nadie eximiría la diferencia de talla de caer sol- 
dado, porque no habría tal diferencia, la desgracia se repar- 
tiría entre un número mucbo mayor de individuos, j el riesgo 
de cada uno en particular sería de cousíguieute mucho me- 
nor. ¡Y cuan hermoso parecería un ejércít» con piernas de 
palol El primer soldado de cada compañía no discreparía 
del último una sola línea, las cabezas de un regimiento for- 
mado en masa presentarían una superficie tan lisa é igual 
como la de un callado estero ú la de un puerto bonancibloi 
y las de un regimiento formado cu batalla se asemejarían i 
una guarda-raya ó pedestal de boj de un delicioso pensil 
acabado de recortar por la diestra mauo del mas hábil jar- 
dinero. iQué tallas tan gigantescas é imponentes serian en- 
tonces las de nuestros soldados I ¡Ojalá el gobierno baga 
adoptar pronto al ejército las piernas de palo ya que se trata 
de llevar á cabo la expedición de Marruecosl £1 éxito será 



l^.OO'^IC 



254 

seguro, creerá el tingitano que tiene qne habérselas coa nna 
nneva raza de titanes, ; despavorido nos abandonará la vic- 
toria, sin siquiera diapntámoBla. 

Todos loa hombres, pero mas eapecialmente loa traperos 
y los mendigos contra quienes los perros han concebido un 
odio tan profundo que al parecer se va dilatando de genera- 
ción en generación, reportarían de las piernas de palo gran- 
des beneficios. Podrían entonces reirse de las ladridos 
nazadores del mas espantoso alano, ; cebar impasibles la vo- 
racidad de la fiera dándole á roer k pierna luego que in' 
tase el animal pasar á vías de becho Como el perro no 
mordiese mas que la pierna, es seguro que ningún daño eau- 
saria ik su pretendida victima aunque estuviese atacado de 
hidrofobia. . 

Ni serian menores las ventajas que de las piernas de palo 
reportarla el peregrino. Sin lastimarse los pies recorreria 
los mas dilatados desiertos, podria sin necesidad de alparga- 
tas ni sandalias caminar entre zarzas j abrojos; ni tendria. 
jamas que sentarse al pié de una oasis ó de una antigua esfinge 
por impedirle seguir su camino la arena interpuesta entre su 
calzado y sus pies. Si quisiera hacer uso de unas piernas 
muj largas, de un solo paso cruzarla los rios mas cándalo* 
sos, 6 de otra suerte podria vadearlos sin aentir ninguno de 
loa fatales efectos que prodnce la humedad en la máquina anima). 

Los vejigatorios, los sinapismos, el torvisco, en una pala- 
bra, todos los medicamentos que designa el arte con el nom- 
bre de epispásticos, aplicados á las piernas de palo no cau- 
sarian tampoco ninguno de los dolorosos resultados que tanto 
molestan á los enfermos. Ni la potasa cáustica , ni el mismo 
cauterio actual bañan prorumpir al paciente en un a; que 
revelase aus dolorea. 

Para riajar en diligencia nada ha; seguramente mas in- 
cómodo que las piernas que en la actualidad usamos. Las 
de palo son levadizas; pueden colgarse mientras nno viaja lo 
mismo que el paraguas ó la sombrerera, procurando tenerlas á 
mano para todos los casos en que sea preciso apearse. Y no es 
solo el bienestar del individao, sino la sana moral la que reclama 
imperiosamente que para viajar en diligencia se sustituyan las 



255 

piernas natnrales con piernas de artificio. ¿Hay coaa qoe 
ponga maa en peligro la castidad de una mujer, que el largo 
y forzoso contacto de sna rodillas con las de otro indinduo 
del Bexo feo? Muchas derrotas debe & este roce el honor de 
los maridos y de los padres de familia. 

Algunos me objetara diciéndome que las piernas de palo 
ofrecen también graves in conven i entes sobre todo para la ma- 
rinería que no podría encaramarse con ellas donde lo recla- 
man las maniobras. 

Este argumento muy forte en apariencia es realmente muy 
fútil. Los marineros para llegar aunque fuese al tope de un 
navio no necesitarían moverse de la cubierta procurándose 
unas piernas de palo que podrían ser tan largas como el palo 
mayor, y si este método no pareciese el mas oportuno ¿no 
podrían tacarse con unas piernas especiales distintas de las 
de la gente de la tierra que fnesen ahorquilladas y rematasen 
en una especie de dedos coroo las patas delaa gallinas? Esas 
hendiduras ae amoldariau perfectamente á los flechastes y de- 
mas cnerdas de la jarcia, y harían tal vez las piernas de pato 
mucho mas propias al efecto que laa que abora se gastan. 

¡Quién lo diría ! Hasta para loa bailes de máscara son las 
piernas de palo de una utilidad inmensa. Me hace pensar 
en esto nn caso horrible que se me refirió y que us&ndose 
las piernas de palo no hnbiera seguramente tenido lugar. Ha- 
bla eu no sé qué ciudad una señora hermosísima que por su 
desgracia era la mas alta de todas las ciudadanas. Ocnrríó- 
sele ir á un baile de máscaras sin consentimiento de su ma- 
rido. Este, que era celoso como un gato, no hallándola en 
casa á la hora regular, adivinó la treta j se fué inmediata- 
mente al baile con el objeto de encontrarla. En vano se ha- 
bía la infeliz disfrazado lo m^or que pudo para no ser de 
nadie conocida: su estatura la hizo traición y la descubrió al 
celoso marido en el momento en que ae hallaba la infeliz chí- 
chisveando con una máscara que no era de su sexo. Creyóse 
el esposo ofendido y no pudo reprimir su cólera; todos loa 
concurrentes se alarmaron; oyeron dos tiros, y bien pronto 
aquel lugar de recreo presentó manchas de sangre. Se saca- 
ron dos cadáveres. El uno era el de la eapoaa, el otro el 



del mando. Este arrebato cruel redujo k la mÍBeria á tres 
hijos de los desgraciados esposos. Si ee bubieaen usado pier- 
nas de palo ¿hubiera sucedido esta catástrofe? ¿Hubiera la 
estatura revelado la realidad al iracundú marido? No hemos 
de suponer tati poca preTisioo en las mujeres. La desdichada 
de que me ocupo uo queriendo ser conocida hubiera tenido 
buen cuidado en armarse para el baile de unas piernas me- 
nores que la de costumbre, y hubiera conseguido el objeto. 
¿Qué responderán á esto mis adversarios? 

Si este articulo no se hiciese demasiado largo, monifesta- 
ria muchísimos otros inconveoieiitea que solo las piernas de 
polo pueden allanar. Pero creo que los ventajas mencionadas 
bastan para reducir & la razón al mas obstinado piemúfilo, J 
dejo por tanto que la práctica uniTersal revele las que jo he 
pasado eo silencio. Sin embarga no me es licito concluir mi 
tarea sin áott^s hiicer observar á las naciones civilizadas loa 
inmensos recursos j eficaces medidas que de las piernas de 
palo podria derivar un gobierno protector para sostener el 
orden, garantir la seguridad individual ; aumentar conside- 
rablemente las riquezas del tesoro. Es innegable qne cnanto 
mayores son las piernas tanto mas largos son los pasos, y 
que la esteosion de estos no es una cosa indiferente para la 
velocidad de la marcha. Conocido esto, podría el gobierno 
establecer una medida de piernas general para todos los in- 
dividuos, no permitiendo á nadie traspasar el máximum esta- 
blecido sin una autorización previa que solo debería obtenerse 
mediante una retribución, como se hace con las licencias de 
caza. Dios sabe con esto cuan grandes serian entonces los 
ingresos en las arcas públicas. La autorización de piernas 
que escediesen á la morca, no debería concederse jamas á 
hombres de sospechosa conducta 6 poco amigos de la situa- 
ción. Disponiendo al mismo tiempo que los individuos del 
ejército y los agentes de seguridad pública hiciesen uso de 
piernas mucho mayores que el resto de los ciuüadanos, oí me- 
nor síntoma de alarma podrían caer numerosas tuerzas enci- 
ma de la población disidente, y de este modo en un santia- 
mén se ahogarían las revueltas. No vertamos eutéuces como 
ahora un malhechor á menudo mas ágil que un hombre de 

I L.nO(")<^IC 



267 

bien. No se burloriui los baodidoB de aus peraeguidoreB, j 
muj pronto la faccioa del Maestrazgo a&bria lo que es bueoo. 

Lu piernas de palo soo de quita j pon, j de esta cir- 
cunstancia sacaría inmensas ventajas un jefe militar, pues 
cuando querria sostener un punto i todo trance mandaría re> 
coger las piernas de todos los soldados j de este modo evi- 
taria con seguridad la deserción, la dispersión j Ja fuga. 
Por otra parte el número de b^as en tiempo de guerra seria 
muchísimo menor-, las heridas de piernas á nadie obligarían 
á pasar á un hospital de sangre, j teniendo piernas de re- 
puesto en los carros de los bagajes, sobre el mismo campo 
de batalla podrían los heridos hacerse con una pierna nueva. 
¿Te parece, lector, pequeíia esta ventaja? 

No es pequeña esta ni ninguna de las otras que be men- 
cionado. A pesar de todo te^go un triste presentimiento. 
Para que este artículo prodi^jese los resultados que mi filan- 
tropía me hace desear, seria necesario que los españoles tu- 
viesen mas patriotismo, ó que fuesen los estranjeros manos 
esclusivistas. Basta que el pensamiento de sustituir las piei» 
ñas naturales con las de artificio, baya sido concebido por la 
cabeza de un español para que mis compatriotas le desechen 
f los estranjeros no le adopten en la práctica. Apuesto que 
ni se crea ima cruz especial para premiar los esfuerzos de 
mi genio, ni tampoco se me confiere ninguna de las creadas. 
¿Pero qué importa? ¿Dqará por esto de ser grande el mé- 
rito que con esta teoría he contraído? Si la generación 
actual no me hace justicia, acaso sean menos inicuas las ve- 
nideras 7 [dichoso ;o si algún día consagran lágrimas & mi 
memoria y flores á mí tumba algunos hombres agradeddoa 
que se acerquen con piernas de palo á mi última moradal 

A. RlBOT T FOHTBBSi. 



GempiuiclaD» jocoiu, *■' 

D,<,n;=dnvGüOgle 



UN HOMBRE CELEBRE. 

En otros pftiBes un hombre célebre es un monmneala pre- 
cioso, es una joya que Iob estruijerae buscEin con avidez, y 
los coDTeciDOB señalan con el dedo en todas partes, como 
eiendo: tengo la satisfacGion de conocer &. üilajio ó mengao» 
6 pereoc^o, literato consumado, artista notable ó aunque sea. 
picapedrero con tal que su mérito sea sobresaliente; porque 
el orgullo de conocer y mas bien de hablar, ; mejor de 
amigo de una notabilidad, se tiene en tanto casi como el par- 
ticipar de su genio 6 de bu habilidad; asi como el haber i 
sitado la Grecia, la RuBia y la Turqnia parece que le coloca 
á un hombre á la altura de los Demóstenes y de los Aristó- 
teles en talento, ó de los Muhamedes y los Nicolases en d< 
minio. De ahi nacen todas las fanfarronadas j mentirotas d 
los que viajan mucho j también de los que viajan poco, 
cuando hablan con los que no hemos vit^ado nada. £1 que 
ha pisado los umbrales de Paris, mas que de Roger Bauboir 
habla de Lamartine, mas qoe de Lamartine del mariscal Soult» 
mas que del mariscal Soulc de la familia Ürleans y ni 
visto i. Luis Felipe, ni á Soult, si al poeta Lamartine, ni al 
borracho de Bauboir, ni ha salido de una mala fonda situada, 
en el rincón mas olvidado de la capital. Hombre hay en 
Madrid qne me ha dicho á mí muy serio (delante de testigos^ 
que ha comido con el lord Wellington j el principe Ta- 
lleyrand; que en el piso segundo de su casa Tivia Meyerbeer, 
en el bajo Rossini, enfrente Rubini y tenia á Bellini por 
compañero de posada. Milagro es que do añadió que Strauss 
le servia el chocolate y que VicUr Hugo le limpiaba laa 

Nada de esto me sorprende Cuando recuerdo la idea 
monstruosa que yo tenia de Madrid por las noticias que en 
mi lugar me daban. Tanto me exageraban la longitud de las 
calles, que creia ;o que para andarlas de punta á punta era 
menester ir en posta y echar merienda para dos ó tres meses. 
La riqueza de los edificios que me pintaban me hacia creer, 
si en las minas de Almagrera habrian sacado, entre otras 
vetas, nna corte de oro y brillantes. Los barrios biyos, al 



L.OOi^lU 



contrario, me ]os pintaron tan melancólicos j obcoiob que 
parecía necesario para TiBitarloa una linterna de gas á las 
doce del dia, j gradas %i se escapaba con bien de las tran- 
pftB j lazos de que los judioe malbechoree tenían inundado 
el piso. En suma, la parte mala de Madrid me daba & mi 
ana idea exacta del infierno, j en todo lo demás pensaba en- 
contrarme con una ciudad de Jauja. 

Pero lo qne ;o tenia gana de ?er, como suele decirse por 
mis propios ojos, eran esas notabilidades políticas, científicas, 
literarias ; artísticas, cuyos nombres había estendido hasta 
el rincón de la última aldea la trompeta de la fama. Los 
esparteros j los López, los Varas ; loa Listos, los Eepron- 
cedaa y los Zorrillas, los Madrazos y los Esquireles, los Sal- 
donis 7 los Sorianos eran nombres que por distíolo lado me 
hacían cosquillas en el tfmpano j deseaba de todas veras 
echarles la TÍsta encima, para saber si eran imágenes angé- 
licas ó tenían figura corporal como nosotros. Tal era la idea 
IPgantesca que yo traía de las personas célebres, cuando atra- 
vesando una de las calles principales de la corte en com- 
pañía de un amigo antiguo que ya estaba mas instiuido que 
yo en las cosas de Madrid; mira, dijo apuntando con el dedo, 
allf en irente tenemos un hombre céíedre. Ni una liebre 
cuando siente las pisadas del galgo que corra tanto como yo 
á satisfacer mi anhelo mas vehemente; pero ¡cosa singular! 
aquel hombre estraordínario en nada se diferenciaba de los 
demás hombres: tenia dos ojos en la cara, las cejas sobre 
los ojos, la frente sobre las cejas, el pelo sobre la frente; la 
misma nariz, los mismos brazoB, todo, todo idéntico al sa- 
cristán de cualquier pueblo ai le daba la gana de vestir sobre- 
pelliz á al mayoral de una diligencia sí se ponía sombrero 
calañes y chaqueta de alamares. Descubría yo no obstante 
eee aire de gravedad y orgullo que da la ciencia, y decía 
para mi: este hombre se conoce que frecuenta bastante las 
sociedades de buen tono y que gasta pocas palabras, y' efecti- 
vamente partí de allf sin verle despegar los labios. La ne- 
cesidad de vestirme i, la usanza madrileña nos obligó á en- 
trar en una tienda de mala muerte que había en nna calle 
tQinediata: estábamos en si habia de ser el real ó los ocho 
17* 



cuaiios, cuando dándome la ocurrencia de volver la cara, 
encaentro á nuestro Aomftrs célebre urincoDado como chic* 
delincuente demandando perdón á lut superiores. Iba ;o i 
darle un abrazo de amistad; pero me lo impidió. el mozo de 
la tienda qne limpiándose las sudosas manos en la cara de 
tan respetable indíTíduo, le arrojó al suelo despiadadamente. 
Compré mis géneros j me salí de aquella casa horrorizado 
de la bestialidad del moio y de la cobardía del hombre U- 

Meditaba jo profundamente en mis soledades en la suso- 
dicha escena, j mas me maravitlaba recordando que de estas 
pñrsonae célebres ma habian encarecido tanto la intrepidei 
que al que no juzgaba un matón, le tenia por un espadachín. 
Ha; muchos valientes en la corte, según he visto después, 
que buscan lances de probabilidades ventajosas, rompen un 
braso 6 la cabeza á dos ó tres barbilampiños y quedan 
asegurados de incendios para lo sucesivo: porque nadie lea 
dice esta boca ea mia creyéndolos unos Bernardos del Carpió 
nada menos. No ha; cosa mas cierta que el refrán: cobra 
buena fama ; é<d>ate á dormir. Pero volviendo á ni negodo, 
han de saber ustedes que ;o tenia todos los vicios del mondo, 
pudiéndoseme mu; bien aplicar aquella redondilla de Salasi 



Dióme efectivamente la humoi«da de visitar los lugares 
menos santos j que por esta rason son los mas concurrido! 
de la gente vagabunda. Los hombrea célebres, decia yo, comen 
en la fonda ; beben en el café-, yo no so; célebre ai tengo 
esperanza de serlo, con qne bien puedo hacer lo uno ; lo 
otro en la taberna; ; con la desvergüenza que ustedes pue- 
den imaginarse me colé co la del Pelado que está en la pla- 
zuela de Santa Ana, pedí una chuleta asada ; me la trajeron 
cruda, pan do flor, j me lo sirvieron del color de mi tez, es 
decir negro mu; subido. Pedí por último vino puro, y ms 
lo dieron mas agitaiio qne el primer profesor de guitarra 



261 

de iinMtras diae qae ei otra de las notabilidades espaQoIaB. 
I Si me viera an honAre ciiebre en estoB trapicheoB, cómo se 
lamentaría ; fllosofaria sobre la degradación de la especie 
bnmaDal ^clamaba yo chapando el ;a descamado hueso de 
la choleta. Pero dame la tentación de mirar detras de mf 
como reprendiéndome de haber hablado tan fuerte sin acor- 
darme de qoe las paredea oyen, y |oh virgen de Cobadongal 
el ftoffiíre eüebre, de la calle j de la tienda que ya referi 
á Dstedes, espiaba todas mis acciones. Miraba si comía, si 
bebía, si andaba; á todas partes acechaba el centinela vigi- 
lante caya aparición en la taberna pegaba tan bien como si 
Maboma se presentara el dia del jnicio á los cristianos. ¡Un 
httmbrt célebre en la taberna I ]y luego se deeataráji en máxi- 
mas morales si escriben comedias 6 esplican en alguna cá- 
tedra ó dan alocuciones al público! Lo mismo hacían los 
frailes; se esforzaban en el pulpito contra la relajación de 
las buenas coatambres, y eran unos cógelat al mielo y mála- 
lat caUando de primera tijera; pero ellos decían lo que dirán 
los moralistas de ahorai «haz lo que yo te mando, y no lo 
qne yo hago.» 

Las niñas han sido siempre mí ojo derecho, y también 
mi ojo isqnierdo; qne, vive Dios, si por algo quiero á mis 
ojos es porque tienen niQas. No soy yo de loe que hacen 
▼ersoB tan sentencioBamente frivolos cómo el qne dijo; 



No señor, auque sean peores, aunque carezcan de rima, 
aunque sean inedia legua mas largos 6 mas cortos, quiero 
decir mejor: 



Con estos principios sentados nadie se sorprenderá de qne 
1 la taberna del Pelado hallase alguna de esas deidades 
) 11 descendí entes , tan accesibles al amor de los paletos como 



L.OOi^lU 



ni de los Usías y Eteeleneiat; ni dndaiiii que admitiese un 
obsequio mió preiio el ¿uerted guata? y como todo en el 
mundo tiene su correspondencia , no es iDcoucebible que ellft 
me bríndase au casa j que ;o no me anduviese en chiquitas, 
pudiendo andar con chicotas. Asi sucedió para que ustedes 
lo sepan, j al poco rato me hallaba mu; posesionado de uno 
de esos hospitales de sanos incnrables, iuclnsas de niiUa con 
barbas, inquisiciones de vengan tonnentos y paraísos de mea 
culpa. ¡Ahí decia yo mas que satisfecho de mi segundadi 
aqui no vendrá ese fatal hombre eilebre que me persigue 
tanto; i María I i Haría! proseguí abriendo de par en par la 
puerta del gabinete, y ¡Oh desesperación! |oh aSiccioQj [oh 
maldición! ¡oh todas las palabras acabadas en on! frente por 
frente & la puerta estaba el hombre célebre y lo que es nuu 
sensible, estaba al lado de mi ingrata María, de quien me 
despedí con los modales bruscos dignos de su clase y de sus 
malas acdones. No ha; remedio, iba ;o murmurando por la 
calle, esos hombres célebres tienen pacto con el demonio ; 
por eso haceu cosas superiores 6 las inteligencias comunes, 
Como que hubiera ;o querido hallar á Satanás para entrar 
eo tratos y hacerme noti^ilidaii í, costa de la salvación 
eterna, y si es que no vi al demonio, porio menos creo que 
me tentó para lanzarme desde allí en una casa de juego 
donde se batía el cobre, como se pueden batir yemas en lua 
confitería, y cataratas en el hospital general. Ochenta y cinco 
coartoB que hacen medio duro ó sean los ochenta y cinco 
cuartos , puse é, una sota que tuvo por conveniente chasque- 
arme, como todas acostumbran. Cuando mas fiaba en la tal 
sota vino á darme un par de coces con el rey de bastos- 
para que se vea que no son solo los caballos los que tiran 
coces. Tan cargado me hallaba yo del hombre célebre que 
le hubiera creído autor de todas mis desgracias si no estu- 
viera persuadido de que los hombre» célebres no debes ir á 
las casas de juego; porque, como llevo dicho, los grandes ta- 
lentos deben ser la norma de las virtudes grandes y es im- 
posible que la moralidad se beba en la fuente de los vicios. 
Esto se observa eu otras partes: entre nosotros por el con- 
trario basta ser estravagaute en las costumbres, insolente en 



L.nO(iy!U 



«I trato, beber muchas copas de rom y jugar la vida al nonte, 
para pasar por hombres de pro j moraliatas, coa solo pu- 
blicar después en prosa ó en verso cuatro de esas vulgari- 
-dades j Eenteacíotas que tienen olvidadas los mozos de cor- 
■del. Yo no sé si nuestro homlre célebre tendría lances de 
TDoralisU; lo que sé únicamente es que observando al grupo 
■de la mesa de juego, alli me lo encontré tan peripuesto y 
pintiparado que no había mas que ver. Admiróme mas que 
todo el que cada uno que perdia me lo sacudiese un sopapo 
-de aquellos que retumbau, j que él se aguantase sin decir to 
mas mínimo de tan malos tratamientos. Este hombre, dije 
yo á los demás, en todas las casas de prostitución se le ve^ 
debe ser modelo de corrupción y de inmoralidad. Este hombre, 
me respondió uno de los oyentes, es universal ; lo mismo se 
le halla en los circuios b^os que en los altos círculos. En 
Iss tabernas está bien visto, en las sociedades de etiqueta es 
casi necesaria, y yo le aseguro & usted que sin su compañía 
no saldré k ¡a puerta de la calle. — Cada palabra de estotro 
hombre me sorprendía mas, y mientras él hurgaba los bol- 
sillos para buscar no sé qué documento justificativo, yo le 
conté como la primera vez que vi al hombre célebre fué en 
la calle retratado en una estampería, que después le vi retra- 
tado en un pañuelo en la tienda de que be hablado á ustedes ; 
«Q retrato le vi en la taberna, retratado estaba en casa de 
.aquella ciudadana que acompañé rendido, y como hasta en 
los hules se hacen ahora retratos de hambrea célebres, retra- 
tado estaba también en el tapete de la mesa de juego. Fal' 
tábame solo que su apasionado me esplicase el sentido de 
eus palabras enigmáticas; pero este sacando las manos 
del bolsillo del gabán me ofreció un cigarro de los muchos 
que tenia en una lindíeima petaca en cuya tapa estaba tam- 
bién el retrato de aquella notabilidad. 

A este tiempo pasaba una fosforera cantando como todo 
Madrid estará cansado de oír: 



n, Google 



264 

EfectiTamente huta eo los librítoa de fnmar habrán nete- 
des visto hombrcB célebres estranjeros j nadonales, antiguos 
y contemporáaeoB tan perfectamente retratados qne sin bacer 
con ellos lo que con la levita del Toledano, que qneriendo' 
daiM á conocer por ella, cuentan qae el sastre le pnso un 
letrero en la espalda que decía: el señor es de Toledo, lo 
cual no advertido por él, le cansó gran sorpresa al ver qae 
todo el mnndo qne pasaba por su lado repetía: el señor m 
de Toledo. £s decir que si debtyo de los retratos no dijera 
Cervantes, Na/polton etc. se Jria nno tan satisfecbo de qne 
lo qne babia visto era algnn lobo ó algnna dgOeÜa, verifi- 
fiándose casi aquello del epigrama qne nn servidor de uste- 
des hizo en otro tiempo. 

Un eaculior no ahmado 



espJicA prudantc j cuerdo, 
cuál de los doi era «1 cerdo 
j ea&\ de elloa S«n Anión. 

Lo cierto es que á la fosforera me dieron ganas de darla 
un bastonazo; pero esto lo d^é para otra clase de gentes. 
Cnando sea necesario dar una severa lecdon i. algnn poeta 
dtirle como dice Qaevedo, pienso aplastarle los hocicos con 
la cabeza de mi bastón que para que ustedes lo sepan es la 
de Cervantes. Con eso no seré yo quien se la dé y no se 
dirá que la cabeza qne digo sea incompetente en materias 
literarias. 

Por mi parte si en algún tiempo tnve deseos de adquirir 
celebridad, abora pondré todos los medios para no conse- 
guirla siquiera por no verme tantas veces en caricatura. En 
unas partes le ponen á uno mofletes de monja boba, en otras 
sumamente chupado; ora narigudo siendo romo, ora romo 
siendo narigudo: ya serio como un senador, ya risue&o como 
nn tonto de Coria. [Qué demoniol buena 6 mala bien eBt4 
cada aun con su fealdad, y no le bagan veinte caras feas al 



.l^nOO'^IU 



que Bolo tiene una que no es poca belleza en eetos tiempos 
en que el que menos es hombre de dos caras. 

Juan Mabtinbz Villeboab. 



MODAS. 



Trige de baile. La eeadllez ea hija del buen gasto, «sí 
es qne toda suerte de perifollos est&n desterrados de la aita, 
sociedad. El peinado consiste en dos lindos moños atados 
con una lig^a de Albacete en la qne se lee: 

Qucúas da mi conion. 



El trípili es el baile de gran tono. Al presentarse ¿ 
bailar, las señoras se aligeran de ropa, se quitan el corsé ; 
qnedan solo en enaguas para poder ejecutar los pasos con 
mas gracia y desemboltura. 

Los caballeros usan una gorrita de paño oscuro , peluca 
de cáñamo con coleta, levita corta de muselina rayada, calzón 
negro de seda, medias amaríllas, zapatos Terdes, j guantes 
de papel de estraza. 

Tr^e de lluvia. Oorrita, frac abrochado, pantalón (gus- 
tado 3 bolitas msas, todo de hule para que no penetre la 
bnmedad. No se estilan ;a paraguas; pero conforme aprieta 
el chuvasco se corre mas ó menos según los bríos de cada 
elegante. 

Traje de paseo nocturno. Para señoras: mantón con ca- 
pucha de barragan. Vestido abierto de lienzo crudo guarne- 
cido de pieles de conejo, otro debajo de damasco carmesí j 
el ridiculo de vejiga charolada, con provisión de pan y queso. 

Para caballeros : sombrerito de suela, casacon á la antigua 
de tafetán inglés, chaleco de raso con bigos secos por ho- 
tooes, banda y bastón de tambor mayor, calzón corto de 



l^.OOi^lU 



estambre, medias de terciopelo utul, zapatoa de grana eos 
erillaa de barro, y espadin de caíia aobre el maalo derecho, 

porque los elegantes, ó no se bateo ó lo hacen con la zurda. 
Ea indispensable e! manguito para preservarse del sereno 
El paaeo mas de moda para estos elegantes es el de la plaza 
de Oriente conocido con el nombre de Poseo de la» tinieilas. 



EL MÁXIMO Y EL MÍNIMO. 

I. 
Ea en todas partes inmenso el número de hombres estra- 
vagantes. y aun seria fácil probar que no hay ningún hombre 
que eatraTagante no sea. Todo en este mundo son eatraTa- 
gancias, j ¿ menudo lo son hasta los crímenes, hasta las nr- 
tndes. El heroísmo do es mas que una estravagancia 6 que 
una serie de estravaganclaa muy ruidosas ó de mucho calibre, 
de suerte que el que mira con ojos filosóficos al loco de Cer- 
vantes, ve en sus hechos la personificación del heroísmo de 
todos los tiempos. Héroe ; loco son sinúnimog, y de aqui es 
que con uno ú otro de estos dictados se designa á todos los 
hombres que tienen grandes pretensiones, y que se sienten 
con ánimo de acometer grandes empresas. El resultado de 
aus actos es únicamente quien legitinia esta ó la otra califi- 
cación, haciéndoles acreedores á una corona de laurel ó k 
una casa de orates. Y como la vida del hombre es un con- 
junto de actos diferentes que no todos tienen un resoltado 
propicio, es raro el héroe que no merezca á ta vez el titulo 
de loco, y rara la biografía de personajes célebres en que no 
resalten muchas j muy grandes estraTagancias. Napoleón, 
aun prescindiendo de las calaveradas de su juventud y de la 
obstinación en guiarse por los consejos de Taíleyrand , que él 
mismo conocía que tarde ó temprano habían de ocasionar su 
ruina, fué un héroe en Austerlitz y en Marengo, pero fué un 
loco de atar haciendo con su ^ército irrupción en Moscou, 



267 

7 mae loco todavÍEt tratando á loa eapañoles ft baqaeta, con 
«1 coritatÍTo objeto 8in duda de acostumh ramos & los buenos 
tratamieabie que previo bablamoa de esperimentar en lo bh- 
ceaÍTo. ¿Y pnede haber locura comparable á la de Colon, 
-que porque se le puao en la cabeza qae allende el Océano 
habia un Nuevo Mundo, se le antojó irle i bnacar, conur quien 
va é. buscar uo real de velloD en una inmensa playa, porque 
se le h» ocurrido que en una inmensa playa puede haber un 
real de relian? 8i bus tentatims hubieaen salido infructuosas, 
friolera es el ridiculo que hubiera caldo sobre la famosa 
reina que tripula tres carabelas para que Be llevase á cabo 
la espedicion del que ahora llaman un héroe y entonces hu- 
bieran llamado un loco. ¿Y qué diremos de Hernán Cortés? 
¿Podía ocorrirsele mas que á un héroe ó que á un loco, 
abordar á un pais desconocido con nn puñado de héroes 6 de 
locos como él, ; luego destruir sus propias naves para inha- 
bilitarse los medios de una retirada que no sabia si faabia de 
serle forzosa? Esto fué un gran golpe no tiene duda, fué un 
pensamiento que acredita el genio del que le concibió, fué 
una proeza que basta por sí sola i inscribir el nombre del 
valiente que la hizo en el catálogo de loa héroes, ¿pero qoién 
desconoce que fué también una estravagantlsima barbaridad? 
¿Y el señor Don Pelayo? ¡qué otro bárbaro! ¿Pues no le 
pasú por las mientes al bijo de Favila liablor recio al po' 
deroBO moro, porque queria hacer cosquillas & su hennanita? 
Vuelva abora por acá el señor Don Pelajo ; diga una pala- 
bra descompasada é. cualquier mandarín moro ó cristiano, 
j)ueB de todos los tenemos en España, eche ternes á las bar- 
bas de una autoridad porque haga cocos, no digo á su her- 
mana, Bino ¿ «u misma mujer en persona, j el diablo me 
lleve en cuerpo j alma si en cuerpo y alma no se lo Uevan 
á él & la cárcel intes de haber yo concluido eate articulo. Y 
todo el mundo dirá: «bien merecido lo tiene; i si es un loco I* 
Y dirá bien. Se conoce que Iob moros que mandaban en 
Aquellos tiempos en España eran mas flemáticos que los da 

Haciéndose cargo de cuanto llevo escrito como por via de 
introito, á nadie debe admirar que nn pafs tan fecundo en 



L.OO'^IC 



héroes y hombres de genio como la patria de NeUoii, de 
Kewton ; de Bjron, lo sea también en bombreg estravagaates- 
£0 efeeto, de ningnn hijo de Adán se cnentan las rarezas ; 
caprichoH que de loa nacidoa en Inglaterra. A cada paso se 
encuentran en el otro lado del canal de la Mancha filósofos 
estrafalarios que no tieneQ donde caerse moertos, 7 que here< 
dando de pronto j sin pensarlo iumeDsos bienes de fortuna, 
en lugar de darse una vida de sibaritas, se mandan eonstmir 
nna goleta ó un brick, se embarcan desde luego sin saber 
á dúnde van, sin rnmbo fijo ni dirección proyectada, se entre- 
gan á la voluntad del viento, se echan al coerpo media do- 
cena de botellas de rom, ee acurrucan en un camarote, con- 
funden con el de las olas el ronquido de sus narices , y no 
se acuerdan de dispertarse hasta que estrellándose el buqne 
en un bajío, la humedad del Océano les advierte que es ya 
hora de penaor en no dormir. De un inglés sé yo que era 
mas pobre que un subteniente español retirado, y mas codi- 
cioso que un ropavejero; si un dia lograba recoger dos cuar- 
tos, guardaba uno y medio para lo que pudiese tronar, y con 
el ochavo restante procuraba satisfacer todas sus necesidades. 
Ayudado de un habilísimo perro de Terronova, á quien quería 
como á un hermano, salvó la vida ¿ la hija de un lord que 
ge zambulló en el Támesis, y diez años después, cuando ni 
siquiera se acordaba de su generosa acción, recibió del padre 
de la hija del lord (que todo el mundo conoce que habla de 
ser el mismo lord) tin legado de doscientas mil libras ester- 
linas. No produjo en el ánimo del libertador esta fausta no- 
ticia ninguna alteración que se descubriese en la alegría de 
en semblante; al dia siguiente fueron todos sus deudos & 
darle la enhorabuena, y icuál fué en sorpresa al verle en 
el suelo anegado en su propia sangre I A medio paso de 
donde él se hallaba se encontró una carta concebida en los 
siguientes términos: «A nadie se acuse de mi mnerte, ni á 
mi mala fortuna tampeco. Yo era feliz en el acto de snici- 
darme; tenía salud y dinero. Sin embargo, me ha dado la 
gana de matarme, en primer lugar porque me ha dado I» 
gana, y en segundo lugar porque yo deseaba desde niüo un 
capital de cien mil libras esterlinas, y me he encontrado con 



cien mil mas de lu qne deseaba. D^o la mitad de mi> 
bienes K mi perro de Terranova, para qne Be innerta ea 
atnn qae le gusta machísimo, j la otra mitad al que tenga ii 
bien encargarse de comprar el atún para mi perro. Firmado. 
— Grey." 

Eb inútil decir qne cuantos tnvieron noticia de la última 
Tolontad del difunto, qniBÍeron encargarse de darla cumpli- 
miento, sin mas filantropía que recoger la recompensa. £n 
caanto al perro, que se bailaba allí presente coando se lejó 
la carta de su amo, que tan directamente le atañía, no diá 
la maa mínima muestra de regocijo. Eeta indiferencia del 
perro llamó mucho la atención en L6ndres, ; movió bastante 
mido, sobre todo en la Bolsa. £1 testamento del difonto 
quedó invalido, y se dispuso para evitar dimes y diretes, 
que las doscientas mil libras esterlinas regresasen á las arcas 
del noble lord. Este, que se víó de nuevo con unos fondos 
de qoe se había despedido para siempre, quiso emplearles 
en satisiacer tm capricho que en todo el reino unido le dio 
fama de travieso 7 de calculista. Apostó á un opulentísimo 
comerciante que no vendería trescientas libras esterlinas dán- 
dolas á sueldo cada una, aunque al efecto se colocase por 
espacio de seis horas en uno de los puntos mas concurridos 
de la capital- Esta proposición alucinó al comerciante, como 
hubiera alucinado k cualquiera, y admitió la apuesta, que era 
nada menos que de doscientas mil libras esterlinas, profun- 
damente convencido de que le era imposible perder. Era un 
dia festivo, dia de corte, día en que era inmensa la concur- 
rencia que dirigiéndose ¿ San James, atravesaba el TámcBis 
por el puente de WeBtminster. £) comerciante y el lord se 
sentaron k un lado del puente, poniéndose delante abierta 
una grandísima arca llena de libras esterlinas. «A sueldo 
libras esterlinas, á sueldo " decia el comerciante á voz en 
grito, y el lord á su lado no hacia mas que reír. Estas eran 
las condiciones estipuladas. Ni al lord le era lícito otra cosa 
que reírse, ni podia el comerciante decir otras palabras que 
o¿ sueldo libras esterlinas, k sueldo.» La geute pasaba y 
decía: v|qué esta&l )válgame Dios qué estafal Libras ester- 
linas í Bueldo ¿qué tal serán ellas?» El comerciante estaba 



270 

deBesper&do. Mus de un transeúnte cogió una de las libra» 
esterliOM, j la miró ; la remiró, pero luego advirtieodo las 
TÍsaa que el lord afectaba no poder contener, soltaba la mo- 
neda diciendo: «Están bien imitadas, pero á mi no me la 
pega nadie.» "A sueldo libras esterlinaB, & sueldo» gritaba 
sin cesar el comerciante, y caanto mas se esforzaba en repetir' 
estas palabras, mas manifiesto creía el páblico ver el engaño 
con qne se trataba de escurrirle las faldriqueras. Asi per- 
manecieron desde las nueve de la mañana hasta las tres de 
la tarde, el lord riendo 7 el comerciante gritando. El resal- 
tado fué perder el último la apueeta. Solo dos libras ester- 
linas se vendieron, j aun estas las compró un estudiante per- 
suadido de que eran falsas , pera con la confianza de darlas 
curso eo un lupanar 6 en un garito. Luego que vio que se 
las admitían, volvió á todo escape al puente de Westminster 
para hacer nueva provisión, pero llegó tarde; el lord y el 
comerciante habían ya desaparecido. No sorprendió esto al 
estudiante, porque conoció que tan buena y tan barata mer- 
cadería debía haberse despachado en un momento; pero sintió 
en el alma haber dejado pasar la ocasión en que & poca costa 
podía haberse becho todo un hombre. ¿Pero qué son todos 
esos estravagantea comparados con Thompson y con Kinster, 
médicos ambos qua florecieron es Cantorbery á mediados del 
siglo pasado? El primero era el hombre del mas, el segundo 
el hombre del menos; aquel no conocía en aritmética mas 
reglas que la de aumar y multiplicar, este no conocía otras 
qne tas de restar j partir; Thompson en todas partes veia 
poca existencia, poco ser; todo le parecía pequeño, todo 
simple, todo reducido, j era en esto como en todo el antipoda 
de Kinster, que buscando en todas partes la simplicidad, y 
creyendo que la existencia es el mayor mal de los males, trataba 
de reducirlo todo á lo mas indispensable, á lo mas justo, í. lo 
mas exiguo, y su vida era una larga serie de trabajos consagra- 
dos á bascar el mínimo de todas las cosas. Los sistemas de 
Thompson y Kinster estaban en tan diametral oposidon como 
el abismo ; el cielo, como la profundidad y la elevación. 

Cada cual revelaba el espíritu de sa sistema hasta en los 
actos mas insignificantes de su vida. Thompson hablaba siempre 



271 

coD perífraais; espreaaba todas sds ideas por medio de dr- 
canloquioB y rodeos, y do contento de emplear el majar nú- 
mero de palabras posible, escogía los vocablos mas largos, y 
basta en so conversación habitual daba la preferencia á los 
', táminos compuestos. Sus visitas en el ejercicio de su pro- 
fesión mas pareciaii de enamorado que de médico; pocas veces 
echaba mano de remedios heroicos, porque no podía prescri- 
birlos en una cantidad exorbitante, y si alguna vez sujetaba 
á dieta k algnn enfermo, lo hacia de manera que ponía abita 
sn victima en manos del sepulturero. Porque el buen doctor 
echaba esta cuenta: ¿cuül es el enfermo, cuya situación, por 
agnda que sea su dolencia, pueda agravarse comiendo un 
grano de arroz ó una diminutísima fibra de gallina? ¿y cuál 
es el enfermo que después de haber comido impunement* un 
grano de arroz ó una fibra de gallina pueda ponerse en peor 
estado por comer otro grano ú otra fibra? Y quien come dos, 
bien puede comer tres, y quien come tres, bien puede comer 
cuatro. ¥ asf de grano en grano y de fibra en fibra consentía 
que el enfermo condenado á la mas estricta dieta acabase por 
saciar su hambre con una libra de arroz 6 con una gallina 
entera. Hacia un cálculo análogo cuando se trataba del nú- 
mero de individuos que pueden coger en nn recinto. ¿Caben 
en una parte catorce hombres? pues apretándose un poco 
mas pueden coger quince, y si cogen quince, pueden coger 
diez y seis, y ast sncesivamente estivando un hombre tras otro 
llegaba k persuadirse de que el mundo entero es susceptible 
de encerrarse en uoa miserable guardilla. La reducción á la 
práctica de esta teoría no dejó de causarle alguna vez serios 
sinsabores j menoscabos. en su fortuna de alguna considera- 
ción. Un dia qniso ir á solazarse en el campo con algunos 
de BUS deudos j compañeros que formaban juntos nn total 
nada menos que de diez y siete. Empeñóse en que todos 
habían de entrar en su coche, en que con dificultad cabían 
seis, 3 contestó á cuantas reflexiones físicas se le hicieron 
sobre la impenetrabilidad de cuerpos con bu acostumbrada 
cantinela de donde cogen seis pueden coger siete y donde 
siete ocho, y aef uno tras otro les introdujo á todos y á 
otros tantos que hubiese habido. Todos se hallaban ea el 



L.OOi^lU 



272 

mftldito cocbe estivadoa, prenB&dos, embutidos, sin poder ha- 
blar, sin poder respirar, ; habierao sido seguramente victimas 
de la obatioacioD del eatiuvagante médico, ai á poco de haber 
salido «te Cantorbery el coche, de puro lleno, no hubiese re- 
ventado como ana granada. 

Apenas esto sucedió todoa prorampieron en un larguísimo 
resoplido; los que se hallaban roas inmediatos al punto por 
donde se rompi6 el coche, salieron por la abertura con mas 
Ímpetu que el agua de una jeringa, y lo mismo ellos que los 
demás, en el poco tiempo qae permanecieron en aquella 
prensa, crecieron tanto en longitud á espeosas de la lati- 
tud, que difícilmente tes hubiera conocido la madre que 
les parió. Apesar de esta catástrofe quiso el doctor lie* 
var i cabo su escursion campestre; pero el caballo que 
era nno solo y bastante flaco, no podia coa tant^i peso 
según manifestó el cochero. [i¿Cómo que no puede?" dijo 
Thompson. Si paede llevar seis, puede llevar siete, y si siete 
ocho y si ocho nueve y quinientos y mil, si fuere menester-, 
con que arréale, cochero, y adelante. Hizo el cochero lo que 
su amo le mandaba, pero el caballo rebelde k las teorías de 
Thompson, se hubiera d^ado matar mil veces antes que dar uu 
solo paso. £n vista de esta obstinada resistencia, resolvió el 
doctor apearse, hacer apear á los demás y seguir i pié la 
espedidon. Para esto era necesario andar algunas legnas, y 
no todos tenían en sus piernas la suficiente conflanza; sin 
embargo nadie se atrevió á ponerse en abierta lucha con los 
caprichos de Thompson, porque todos aabian que era un hom- 
bre tan b&rbaro como temerario, j que sería capaz de rega- 
lar á su amigo mas querido un pistoletazo con la misma fres- 
cura que recitaria é, un enfermo media onza de crémor tár- 
taro. Una legua la anduvieron perfectamente t«dos los de la 
comitiva, pero luego empezaron k desfallecer sus fuerzas; lo 
que advertido por Thompson, hizo que se dirigiese á, los mas 
rezagados animándoles con su habitual cúralo todo. uUn 
pasito mas : un paso mas es nada, y si nada es uno, nada son 
dos, y un paso y un paso y otro paso son tres pasos, y quien 
anda tres puede andar cuatro, y con uno mas son cinco, y un 
paso ya satonos que es oada, y con nno tras otro andaremos 



273 

leguas j lleguemoB donde debemos llegar.» £1 por su parte 
se Bentia también fatigado, pero la fe que teoia en bub doctri- 
nas le daba ánimo de sobra para bacer un vi^e á pié alre- 
dedor del mundo. 

Llegó un momento en que el cansancio habia agotado to- 
das las ñierzas. La comitiva se detuvo j resolvió no pa- 
sar adelante- ¡God damn! dijo el doctor enojado por 
esta determinación; y dando una patada en el suelo que le- 
vantó un torbellino de polvo, ae metió una mano en cada fal- 
driquera. Todos palidecieron y rezaron uu credo viendo lle- 
gada BU última hora. Hubo un momento de angustia, de ago- 
nía mortal; pero bien pronto ae serenaron todos los semblan- 
tes al ver á Thompson sacar de bub faldriqueras las manos 
tan desocupadas y limpias como las habia metído. «lUaldi- 
cionl reclamó, jme he dejado las pistolas olvidadas en el 
pupitrel Sin embargo, tengo brio para suplir la pólvora, y 
puños para suplir las balas.» Esta bravada no intimidó í 
nadie, porque al cabo [qué podía lograr á trompis uno contra 
quince! £1 doctor se vió bien pronto atacado en todas direc- 
ciones, loB unos le acometieron de frente, otros por los flan- 
cos, otros por la espalda, y le fatigaron, le rindieron, y qui- 
tándose todos las corbatas, le amarraron con ellas como á 
un Nazareno. Descansaron un rato y tomaron tole, d^ando á 
Thompson en medio del camino sin poderse mover, y echando 
cada maldición como un templo. Dos días tardó en regresar 
á Cantorbery, donde le dejaremos por ahora; porque supongo 
que no les vendrá mal á mis lectores descansar de las estra- 
vagaudas con que les he estado fatigando. Otras mayores 
les guardo para el próximo articulo. 

n. 

No era Kinster con su teoría del mínimo menos estrava- 
gante que ThompBOn con su teoría del máximo. Habia regis- 
trado con ñrecuencia el diccionario para aprender de memoria 
los vocablos mas cortos, y convirtió bu cabeía en un almacén 
de monosilaboB. Con monosflabos hablaba, con monosilabos 
escribía, y aun estos en los eacrítos los usaba en abreviatura. 
Compiuicioiiei jocgaii, IS 



274 

Sua Tiritas facaltativas eran breves como las de un cartero 6 
tu de DD repartidor de períódicoe; apenas entraba eo nna- 
casa, se le »cia salir y entrar en otra j volver á salir casi al 
mismo tiempo. Prescribía los remedios mas inocentea en frac- 
cionadlsimas dosis, de suerte que se le puede llamar el ñin- 
dador de la medicina bomeopática, s¡ bien la consideraba bajo 
no punto de vista distinto que los homeopatistas del dia. 
Estos prescriben los medicamentos en peque&ieimtts cantidades 
para que el todo de la m&quina no se resienta de la acción 
medícamenl^sa, como si tratasen de aplicar á nuestra organi- 
zación el sistema político de Bentbam y de otros qne, siendo 
reformistas pero no revolncionarios, pretenden coasegnir las 
reformas sin destruir de una manera sensible los intereses 
creados por los mismos abusos que se deben reformar. 
Kinster no quería esto; no era el respeto k la coustitncien 
del hombre quien le hacia prescribir en cortas fracciones las 
substancias medicinales, sino la convicción en qne estaba de 
que ait grano de cualquier cosa es tan eficaz como una libra. 
Porque él hacia este cálculo: Si í nn enfermo atacado de 
Dna terciana se le suministran cada doscientos veinte minutos 
dos granos de salfoto de quinina ¿dejará de cumplirse la in- 
dicación que el facultativo se propone por suministrarle dos 
granos menos ana milésima parte de grano en doscientos 
veinte minutos y noa milésinia parte de minuto? Y si nada 
son una milésima parte menos de grano j una milésima parte 
mas de minuto ¿qué inconveniente hay en cercenar del grano 
menos ana milésima parte otra milésima parte, ni en prolon* 
gar el intervalo de dos boras y una milésima parte de mi- 
nuto otra milésima parte de minuto? De este modo dismi- 
nuyendo la cantidad de milésima parte en milésima parte de 
grano y dilatando los intervalos de milésima parte en milési- 
ma parte de minuto, acababa á menudo por dejar á los en- 
fermos sin medicina; lo que en verdad desearía qae en ob- 
sequio á la humanidad lo hiciesen con frecuencia muchos 
médicos qae yo conozco. Con respecto á las enfermedades 
esternas era Kinster un operador atroz. Convencido de qae es 
la existencia el peor mal de los males, y deseando reducirlo 
todo hasta á los hombres i. la menor cantidad posible, por 



275 

■■ BÍmple divieso ó por un ÍDÚgiiificaate raagnño procedüi á 
la ampatadon de cualquier miembro. Su sistema estuvo al> 
gao tiempo en voga, y el forastero que á la sason Tiritaba 
Caotorberj, retrocedía horroriíado viendo en todas partea 
mutilación, en todas partes liomhres sin ojos, sin orejas, sin 
brazos, en todas partes señales funestas, deplorables vestigios 
del sistema asolador del doctor Kinster. Mas de dos estrau- 
jeroB preguntaron si en Cantorbery habia una raza particular 
de hombres que naciao con menos miembros que los demás 
que pueblan el universo. Afortunadamente el sistema de 
Kinster cayó en un descrédito completo, por lo que el buen 
doctor no teniendo é, quien visitar, como por vía de pasa- 
tiempo se consagró á la caía, siendo con esto mas desgra- 
ciado todavía que en el ejercido de su profesión. Cargaba la 
eiKopeta con poquísima pólvora y con solo nn perdigón pe- 
queflísímo ; todo á consecnencia de las estrsialarias máximas 
de que estaba atestada su cabeaa. Cegia nn puñado de per- 
digones j decía: ¿qué importa para matar un ave que ponga 
ano menos? Y u uno menos es nada, otro menos será tam- 
bién otra nada, j esto diciendo iba uno tras otro volviendo 
al frasco todos tos perdigones, hasta d^ar la carga reducida 
á nno solo y con frecuencia á ninguno. Esto no impedía sin 
embargo que disparase su escopeta contra ana águila real, y 
que se tirase de loa cabellos viéndose todos los dias obligado 
á regresar á su casa sin nn solo trofeo venatorio. 

Tiempo hacia que Thompson y Kinster se habían casado, 
pero entendámonos, lector, no creas que se hubiese casado el 
uno con el otro : ellos sabian lo mismo que todos los h^oi de 
Adán qoe pan con pan es comida de tontos j eran por otra 
parte bastante escrupulosos y concienEudos para no comeUr 
pecado contra natura. Thompson se casó con una mtger y 
Kinster con otra, y ni uno y ni otro al contraer matrimoaio 
perdieron de vista sus estravagantes máximos. Asi es qne 
Thompson, partidario del máximo, se casó con la m^jer mas 
alta de Inglaterra; y Kinster, partidario del mioimo, se casi 
con la mas pequeña. La del primero era conodda en todo 
el reino unido con el apodo de la E^fanta, y la del segundo 
con el de la Pulga. Diciendo que tiempo hada que Thompson 



276 

y Einster Be habían cosadot ae da á entender fácilmente qne 
eran ya riudoB en la época i. que esta crónica se refiere; 
porque ¿qné mujer por alta ú pequeña qne faese había de 
registír mnclio tiempo sin morirse las ímpertinenciag de nuw- 
troB médicos, que ea de creer aplicaban todo el rigor de aiu 
exageradas teorías basta ¿ laí cosas domésticas mas insigni- 
ficantes y hasta á los mismos actos esencialmente matrimo- 
niales? La Ekfanta y la Pulga murieron: pero no sin de- 
jar cada una de ellas en la tierra un testimonio vivo de su 
fecundidad. Uurieron el año de haberse casado, j por uno 
de esos raros caprichos de la naturaleza, por una de esas 
raras combinaciones que el hombre llama casuales ó proñ- 
denciales no pudiéndoselas esplícar de ninguna manera, la 
Me/anta diú á Thompson una hija que á los quince años era 
tan pequeña que parecia hija de la Pulga, y esta dio una 
hija é. Einater que á los quince años era tan alta que parecia 
hija de la Elefanta. ¥ véase por qué medios, por qué com- 
binaciones tan s&bias y tan superiores á todos los c&lculos 
humanos supo la Providencia colocar tas unas al lado de las 
otras, para que mas resaltasen en el contraste las estravagan- 
cias diametralmente opuestas de Thompson y de Kinster. 
Thompson al perder á la Elefanta, no confiando poder hallar 
jamas otra miger de tan gigantescas dimensiones, resolvía 
permanecer viudo todos los dias de su vida, y la misma re- 
solución hizo Einater al perder á. su mnjer, no considerando 
posible encontrar otra tan pequeña como ¡a Pulga. Pero 
ThompBOn vio á la corpulentísima hija de Einater, y este & la 
diminutisima hija de aquel, y desde luego trocaron ambos bu 
primitiva resolución en la de hacerse reciprocamente yemoi 
y suegros. Por parte de los hijas iué esta idea acogida con 
un entusiasmo difícil ¿ esplícar. Naturalmente dengosa la 
hija de Thompson y obligada por la sistemtitica conducta de 
BU padre á ingerir en an estóm^o mas alimentos de los que 
la capacidad de este penniíia, la comida eru para ella un 
suplicio del que i toda costa deseaba libertarse, y esto indu- 
dablemente debia conseguirlo dando ta mono ¿ Einster. La 
hija de este, al contrarío, naturalmente comilona y voraz, y 
flOjeta & la rigurosa abstínenda á que la condenaban las doctrí- 



l^.OOi^lU 



277 

DAS de so padre, veía en Thompson sn ingel überfador, stn 
preveer que para evitar un eacoUo iba á eatrellarge en otro 
igaalmente funesto. ¡Triste condición la nuestra, que no sa- 
bemos huir de un estremo sino para colocarnos en el opuesto, 
j que rama veces nos detenemos en el término medio, único 
en que se encuentra la virtud y la felicidadl £1 qne ha sido 
muchas vec«s engajado, en lugar de volverse cauto se hace 
suspicaz, y acaba por no dar crédito ni á lo mismo que le 
conviene creer. En el rigor del invierno nos parecen apaci- 
bles ios ardores de la canícula, j cuando esta llega nos consi- 
deraríamos felices si estuviésemos tiritando de frió. Un sabio 
ha dicbo, j si no lo lia dicho un sabio lo digo yo sin serlo, 
qne los demonios sacan del invierno y de los países fríos la 
mas abundante cosecha de condenados. La razón es obvia. 
Loe deseos del hombre que no se encuentra bien son siempre 
estremados, siempre opuestos á lo que causa su malestar, y 
como el infierno dicen que es un fuego eterno, los que estin 
helándose en logar de temerlo lo desean, j de consiguiente 
no vacilan en mancharse con el pecado. La hija de Einstcr 
tenia hambre ¿podia haberse hecho cargo alguna vez de tos 
tristes efectos de un hartazgo? ¡Allá voy que se come! dijo, 
y se casó con Thompson. La hija de Thompson estaba inape- 
tente ¿sabia ella cuánto hace padecer el hambre? ¡Allá voy 
que se ayunal djjo, y se casó con Kinster. ¡DesgraciadasIMIII! 
con siete admiraciones. 

Verificado este doble enlace, Thompson y Einster para no 
separarse de sus respectivas hijas resolvieron vivir juntos y 
formar Dna sola Emilia. Aquella casa tardó pocos dias en 
convertirse en infierno-, los dos médicos qne se encontraban 
mutuamente mas estravagantes de lo que parecían á un hom- 
bre racional , se disputaban á líneas el máximo j el mínimo 
y la verdad de sus ridiculas teorías; la bija de Thompson em- 
pezaba á sentir hambre canina j á echar menos los hartazgos 
de ((Dtaño, y la hija de Kinster se sentia ahita y pedia al cielo 
la sujetasen nuevamente i bus antiguas dietas. Afortunadamente 
de vez en cuando los sistemas de Kinster y de Thompson se 
neutralizaban mutuamente, y hacían ambos una especie de 
transacción en obsequio k sus pobres mujeres. Pero esto solo 



■.Goo^Il' 



sucedía después de haber habido la de Dios es Cristo; de«> 
paes de haberse armado rifirrafes j escarapelas que do eraa 
de ñiquiñaque, y que casi siempre se deseslasaban de una 
manera tr&gica. 

Generalmente era la mesa el campo en que se daba la 
acción. Fuese arroz & cualquiera otra cosa la que comiesen, 
el doctor Thompson con un grano tras otro grano y una t^ada 
tras otra tajada se atracaba de tal manera y de tal manera 
obligaba á atracarse á su mujer, que alguna vez se tío á 
ambos salirles la comida por los ojos, j esto daba tal grima 
al doctor Kinster que do podía abstenerse de llamar bárbaro 
y soez k BU suegri-yerno, á pesar de que conocía demasiado 
so carácter irascible y camorrista. Tratábanse reciprocamente 
tos dos médicos de visionarios y de locos, y después de una 
retahila de apodos con que imitaban perfectamente un fuego 
de guerrilla, pedían & los puños que saliesen en auxilia de la 
lengua. Habla cada puñetazo que temblaba el mondo, y en- 
tices las mi^jeres, en lugar de poner el caduceo entre sus 
padres j esposos, aunque les viesen con el credo en la boca 
aprovechaban estos momentos para hacer su santísima TOlun- 
lad; y desde luego la mujer de Kinster devoraba como un lobo 
cuanto en la mesa había, y la de Thompson se iba corriendo 
á descargar su repletísimo estém&go con sendas tazas de agua 
caliente que tenia al efecto prevenidas. 

Los rigurosos límites en que Aygnals ') circunscribe este 
y los dem&s artículos, no me permiten referir una multitud 
de curiosidades y de anécdotas bijas de las estra vagancias de 
Thompson y de Kinster. Solo una escena voy á presentar que 
creo basta por si sola para retratar perfectamente el carítcter 
de los dos médicos. Un dia, después de una pelotera algo 
mas seria que las de costumbre, en que hubo de una y otra 
parte narices ensangrentadas, carrillos hinchados, arañazos y 
contusiones, quedaron los dos combatientes sentados el uno al 
lado del otro, cabizbajos j taciturnos, y al parecer entregados 
i muy profundas meditaciones. Thompson después de una 



n, Google 



279 

bora de ailcacio sacó á Kiaster de au fiDajeDocion coa una 
pregunta que diú origen al siguieato diálogo. 

— ¿Ed qué eBtáe pensando, Kinster? 

— ¿Y tú en qué estás peosaado, Thompson? 

— r,Yo? dijo Thompson, estaba buscando una cosa mas 
jomensa que la inmensidad, mas infinita que la infinidad, nia« 
«tema que la eternidad. 

— ¡Siempre locol dijo Kinster entre dientes. 

— ¿Y tú qué estabas buscando? preguntó Thompson. 

— Estaba deseando hallar k nada, la misma nada, una 
cosa que fuese menos que la nada. 

— iQué locural esclamó Thompson ¡la nadal ¿pues ñola 
tienes desgraciadamente en todas partes? ¿Crees que tú. eres 
algo, que yo so; algo, que es algo cuanto ves, cuanto ofes, 
cuanto tocas; que es algo este mundo que habitas, que son 
4tigo las generaciones que pasaron? De la nada se formó el 
mnndo, y de nada no podia formarse mas que nada. Y asi 
filé en efecto. Yo me vuelvo loco buscando algo, j nunca 
encuentro algo; á, la nada sigue un punto imperceptible como 
la misma nada, y i este punto otro punto y otro punto hasta 
que reuniéndose muchos forman lo que tú llamas algo, j este 
algo como ves es siempre nada. Todo es nada. Las genera- 
ciones pasan, se convierten en poho, y al cabo hasta este 
poUo desaparece. [Oh! jquién pndiera de todas las genera- 
ciones que pasaron formar una sola generación, y de esta un 
solo hombre, un solo iadÍTÍduo! Y con todo, este individuo 
colectiva y sintético me parecería también pequeño, me pare- 
cería también nada, y seria nada en realidad. 

— Sobraria t«do, Thompson, este iodiriduo que quisieras 
ver realizado, porque todo en el mundo es superfino, y hasta lo 
es el mismo mundo. Dios formó el mundo de la nada, porque 
hasta la nada es algo. Tú ves morir á las generaciones, y 
yo las veo sacederse. Todo se regenera y no se estingue; lo 
que tú crees que perece no hace mas que mudar de forma. 
El hombre se reproduce, y cuando no le queda mas que ei 
cadáver, todavía se convierte en una infinidad de generaciones. 
|Y hay quien embalsámalos muertos para conserrarlosl Esto 
es destruirlos, esto es quitar la vida á la matería, esto ea 



t^.OOi^iC 



matar & los mnertos. Se quiere que el cadáver no se corrom- 
pa, y sin embargo la corrapcion es U vida qne le qoeda. De 
cada fibra, de cada ¿tomo sujo ae levaotaD generaciones infi- 
nitas que mueren también á sn vez, pero do se eetingueD, to- 
man otra forma, pero no ae anonadan. | Ob 1 si yo no aupiese 
qne la muerte, y el anonadamiento no son términos sinónimos, 
hace tiempo que me hubiera suicidado. Pero al menos he de 
existir lo menos que me sea posible; no acortaré el tiempo que 
me tiene señalado la Providencia para títíf en este mundo 
en cuerpo y alma, pero me disminuiré, me cercenaré cuanto 
dado me sea, me reduciré, si puedo, é. un punto indivisible. 

Hubo un momento de silencio solo inteminipido por una 
carcajada de Thompson. Luego Kinster se levantó de la silla, 
asió é. Thompson de una mano, y le dijo: sígneme. 

Thompson le siguió. 

Loa dos entraron en un gabinete, del cual salieron á sus 
Úrdenes sus respectivas mojeres qne se hallaban en él, la una 
atracándose de pao j la otra tomando un vomitivo. En el 
semblante de Kíneter notaron marcadas señales de una agita- 
ción siagolar. Ambas se quedaron clavadas Junto á la puerta 
por la fuerza de la cnriosidad. Oyeron algunos ayes capaces 
de despedazar el corazón de un tigre, ; luego el rechino de 
una sierra; luego otros ayes y luego otro rechino, y todo esto 
lo estuvieron oyendo por espacio de tres horas, al cabo de 
las cuales salió ensangrentado ; sudando el doctor Thompson, 
cargado de brazos y piernas ; otros mutilados despojos. £1 
doctor Kinster se habia hedió amputar y estirpar todo lo que ' 
creyó no ser indispensable á bu existencia para reducirse al 
mfnimo posible; se hizo amputar las dos piernas y los dos 
brazos ; se hizo practicar la estirpacion de la nariz, de un ojo 
j de las conchas de las orejas, y arrancar la mitad de los 
dientes de cada quijada. Se conoce qne esta serie de opera- 
ciones terribles se practicaron sin desnudar al paciente, pues 
loa miembros de qne Thompson iba cargado conservaban toda- 
vía el habitual vestido de su dueño. La hija de la Pulga y 
la de la Elefanta reconocieron de este modo la tan espan- 
tosa realidad, y cayeron ambas desmayadas. 

Parece imposible que Kinster no sucumbiese bi^o este 



peso de los atroces dolores qne debió ocasionarte la cncbill» 
quirúrgica. Einster lo mismo que Thompson faé vlctiina de una 
pulmonía, 6 por mejor decir, de la aplicación qne hicieron & 
BU enfermedad de su ridiculo sistema. Kinster en el acto de 
sangrarse se hizo sacar gota & gota toda la sangre del cuerpo 
y murió desangrado, degollado como un cochino. Como no 
tenia brazos le sangrarOD por ei cnello. Thompson, al contra- 
río, qniso que le sacasen una libra de sangre, pero como 
para él una gota era nada, ; si nada era una, nada eran 
dos, y si nada eran dos, nada eran todas las que necesitan 
para formar una libra, acabó por no dejarse sangrar, y le 
sucedió lo qne no podia dejar de sncederle. Las dos esposas 
lea sobreTÍTÍeron , y aunque nada de ellas menta la cróni- 
ca, pnede asegurarse que no sintieran mncho la muerte de 
sus maridoB. 

Despnea de Thompson j Kinster no se han conocido otros 
hombres tan estravagan teniente estraTagantes, como no sea 
este cronista que con tales estraTaganciss ha querido ocupar 
¿ sns lectores. 

A. RlBOT T FOSTSERÉ. 



MEDITACIONES DE UN HOMBRE SIN DINERO. 

Erase un español sentado en un banl lleno de malos ver- 
sos qne heredó de su abuelo materno, lo único qne poseia, 
y lo menos qne uno pnede poseer, 6. no ser qne herencia tan 
aérea perteneciese á dos en partes iguales- Y noto la deens- 
trosa circunstancia de ser egpaBol el que era, porque todo 
dndadano contribuyente concebirá la idea de que, en igual- 
dad de escasea, en igualdad de no tener, no hay hombre en 
liingnn país tan superabuudantemente pobre como un español 
pobre. Este, pues, como decía, y el banl, estaban únicamente 
solos en Ja elevada posición de una jaula humana, ó lo que 
se llama guardilla, es decir, que en ella no había mas düe ni 
mueble, que el baúl j el español; j me ocurre esto del mue- 
ble con la mas exacta propiedad, porque no hay en la actua- 



t^.OO'^IC 



lidad coea mas mueble, mas movilizabte que un español j* bb 
bknl, aunqae de baqueta & cuero aea, en cu;o caso se llamará 
maleta, entiéndase, el baúl, que si esta advertencia no dof, 
algtm eatranjero iria á creer que lo del cuero ó baqueta lo 
aplicaba jo al español, ; do al baúl; pues según el estada 
de España no seria ud barbarigmo que en tierras lejanas se 
crefeae que los españolea somos de baqueta, seguu K la ba- 
queta nos dejamos llevar. 

Después de lo dicbo parece ocioso añadir que mi español 
DO tenia un maravedí: sin embargo gastaba frac, sombrero, 
pantalón con trabillas, y botas charoladas; porque el vestir 
como si uno tuviese dinero, no es en el dia algún inconve- 
niente para estar sin UD coarto. Lo único que conservaba de 
cuanto tnvo en toda sn vida, era bu nombre: llamábase Dos 
Froto Pobre de Prieto ; j filosofando acerca de lo que maa 
lejos tenia, que era dinero, se abismó en estas protundas j 
espantosas meditaciones. 

I Oh fortuna!!! ¡fortuna para mi tan insadablemente ia- 
butable y soec, como bárbara j brusca y caprichosal 



cual lombra d« Sauíuis , 
i|aa bI que no le busca tas , 
I hu;«3 de aquel que le buicat 

|0b fonunal jcuiu [acónica 
fuisie siempre pera lui! 
pues solo bario me %'i 
de sufrir un bambre crdntca. 

Pero ¿qué digo? He lamento gruñendo contra la fortu- 
na: ij no me pronuncio deaaforadamente contra eso que lla- 
man destino, desgracia, fatalidad, sino snerte y desdicha? 
No, no me da la gana de ir á pescaaones con tanto ente invi- 
sible: bastante acibara mis rabiosas meditaciones la negn 
fortuna. Con ella me sobra para que me &lte todo, y ca- 
sualmente lo que mas necesito como urgente, urgentísimo j 
ganando momentos. 



Porque, stñoT. e*toy harld 
eacoy mna quA muy repJeto. 
eaio| ja mas que de parlo. 



De faomlire sD] uo elen 
que al hanibr« de frente i 
rn hombros me lleía el li 



Y DO Be crea qne en mi hambrienta Bittucion me codbO' 
laría el recordar aquella idea romüatica de derto poeta que 

Siempre es laa «Ueinp0riiMa 



Podré reventar de flaco; pero no esto; por semejante bru- 
talidad, ni deseo que ningún dromedario vaya á eaculpir con 
carbón sobre mi sepulcro premaduro, aquellos cuatro reraos 
que un alma de ministro fué á trazar sobre el de un médica 
que de puro malo jamas encontró á quien tomar el pulso. 

Deda el epitafio: 



híio muy bien de morirae. 

Repito que no estoy por esto: 70 bago por la ndaj no me 
da la gana de morirme, y maldito si en mis famélicas medi- 
taciones me ocurre jamas tan enorme barbarismo: esto será 
todo lo qne se quiera, mas yo no puedo remediarlo; estará 
tal vez en la masa de la sangre; lo cierto es que estor atroz- 
mente decidido á no morirme en toda mi rabiosa vida, ni aun 
de real orden, como aquel ciudadano de la federación chuchu- 
rupiana, que recibió el siguiente decreto: «El gran consto 
federal decreta : que le muera el dudadano Marco Antonio 
Riquichl.» Y él contestó: «El dudadano Marco Antonia 



L.OO'^IC 



Siqnichf no quiere morirse, j proteita que do se morirá en 
todm su Tid&.» 

Pero tampoco es esto lo que ;o quiero decir: lo qne mu 
me achicharra, to qne mas me fosforiza la Bangre, lo que 
mas me romanticida, lo que mas me despeluzna de cólera, lo 
que mas ferozmente me aplasta el estómago, es esta medita- 
ción que medito á todo meditar como si tuviera prisa de no 
acabar de meditarla nnnca. Pero señorl me digo ¿tengo al- 
gnna necesidad de no tener dinero? ¿Es algún sacrificio in- 
&]ible para la salTacion de mi patria el estar ;o siempre sin 
medio maratedf? ¿Me babia tomado de ojo algún Mendiza- 
bal? O se creerá que S07 algún militar, ó fraile cesant«, 6 
algún cura? Fues qué? ¿Tengo yo estampa de monástico 6 
de párroco? ¿Se me habrá clasificado entre los ecónomos, 
porque títo con toda la superior economía de nn hombre que 
jamas gasta un cuarto, por la sencilla razón de no tenerlo 
nunca? ¿Y no ba; y sobra para barrenarse sacrilegamente los 
oidos de oreja á or^a por no lerse en tan ridicula posición, 
puesto qne no hay facha mas ridicula que la de un hombre 
sin dinero? ¿Será indispensable que permanezca mi Tentrf- 
culo en anarquía para que no se trastorne el orden público? 
¿Será indispensable que se perpetúe la revolución de mis tripas 
para asegurar la pai del género humano, ó será efecto de al- 
guna medida económico-política, que mi bolsillo esté mas es- 
primido que limón de café para que tomen incremento las 
arcas del erario? ¿O será tan preciso que yo bostece sin 
parar un instante para qne los demás coman? ¿Nunca ha 
de terminar mi crisis metálica? 



qiK mv da eaplliiico ledio. 



que poco liene ie iiiBgr< 
diria rnílquier protílico 
qus ha de ser un gran 1 



ÜOO'^k' 



|Yo boquear de puro étícol ¡Y de qnó ttoísl Esto ma 
relienaria de la desespeTacion mas inaudita que nos trasmi- 
tieron lOB siglos bárbaros. Ni Calfgula, ni Meron, ni Lucre- 
cia Borgia, ni Sila, ni et Tirano de Padua, ni Margarita de 
Borgoña, ni Caín, ni et mismo diluvio universal podrían com- 
pararse conmigo. A bien que mejor meditado, tanto me da- 
ría morir de tifus, como de tercianas; pero haber TÍ?ido de 
hambre fulminante, ; no echar el último resbalón ó el postrer 
bufido de una comilona, de una atragantada, seria cosa que 
me haría cometer los mayores desafueros contra los médicos, 
contra los quirúrgicos, ; hasta contra toda la farmacia en 
globo, por mas que se armase de interminables espátulas. 

Aun no es esto lo que yo deseo meditar con todo el en- 
tusiasmo español bien nacido j mal comido, declarado en es- 
tado de sitio por una hambre despótica. Lo que yo quiero 
es anatomizar k un hombre sin dinero; es decir, analizar lo 
que es tin habitante del globo social inmetabzado, sin cosa 
que pueda escasamente melaligarle. Esto ea espantoso, esto 
es horrendo, es inquisitorial, es . . . . no quiero decirlo, no 
quiero mentarlo; pero es otra cosa peor. ' 

Un hombre, pues, sin dinero es el espectáculo mas lamen- 
table: es la esclavitud personificada del sufrimiento español, 
es un pleonasmo humano, es la parálisis de la voluntad, 
puesto que no tiene voluntad propia; es el toro de Maratón 
que arrojaba fuego por las nances, porque todos hujen de él; 
es el padrón de la injusticia constitucional, porque no goza 
los derechos de ciudadano, es la fisiología de la calamidad 
en un tomo ó volumen, es una plegaria ambulante, es la efi- 
gie de la humildad; y la humildad de la desesperación es 
un Bolitarío entre la multitud; es un eco que todos oyen y 
nadie escucha; es la sarna de la paciencia; es la cantárida 
del prójimo, y el sinapismo de la amistad; es un caracol sin 
cuernos; es la victima de ia policía; es la sinrazón en los 
pleitos, el escorpión de los escribanos, la mariposa de los al- 
guaciles, la pública espiacion de los delitos ajenos, y el aira» 
de los porteros; es el cebo de la hambre, y et catálogo de 
las necesidades humanas; es el caos de la envidia, y la opre- 
sión del deseo; es el desden de Us hermosas y el espantajo 



t^.OO'^IC 



del UDOr; es 1& estampa de la herejía; la carabina de Am- 
brOBÍo; ea la agonía en infQaioo; es un náufrago en seco; es 

UD soliloquio ÍL oscuras; es ¡Oh desdicha desastrosa! 

Es. . . . jOb interrainable horror! £e. , . . 

Aqoi llegó el bostezante meditador, caando oyó nos, voz 
convocatoria que decia: Proto! Amigo Froto I baja al mo- 
mento, de cabeza, que vamos á almorzar por mayor en los 
Andalaces. 

— ¡AlilM [OoooohlÜI Estas dos esdamaciones ahuUó 
el escuálido Dos Proto, exhalando un profundo boatezon. Pre- 
cipitóle escalera abajo como de pistón su hambre romántica, 
repicando ios talones con inconcebible entusiasmo: él desapa- 
reció de la guardilla, y se quedó el baúl. 

José María BoviLLá. 



EL COCINERO DEL AMBIGÚ A LOS ESPAÑOLES. 

A La Risa, españolea, á La Risa. Cuando la patria 
está en peligro. La Risa es su única áncora de salvadon. 
Por eso ya los romanos que eran gente de bnen humor y muy 
afidonados á la gastronomía, ostentaban en sus victoriosos 
pendones estas iniciales: S. P. Q. R. que constituyen la divisa 
de los héroes. Hé aqui lo que significan: Suseriptores Pía- 
cidi Quaerite Risam, alegres suscritores buscad la risa. No 
)o dudéis, dudadanoB, esos entes desnaturalizados que agitan 
la tea de la discordia, están vendidos á los taciturnos. £1 oro 
estcanjero, e! oro del tétrico inglés se derrama á manos lle- 
nas para entronisar en España el imperio del espU»; perg 
Dios salvará al país y á La Risa. Apiñaos todos, valientes 
hijos del Cid, en derredor de nuestro inespagnable Ambigú. 
¿Por qué filé siempre el Cid vencedor? Porque á su carác- 
ter zambrero y bromiata unia la mas noble adhesión á los pollos 
con tomate. Al gran Pelayo le gustaban mucho los sesos fri- 
tos y el bacalao á la vizcaína. Corra á torrentes si necesa- 
rio fuere el vino de Jerez y la sangre de los pavos y perdi- 



L.OOi^lU 



287 

ees; pero no codbídUiíb nunca que el llanto ee entronice entre 
DOEotros. Alistaos todos bajo tni bandera vencedora. Sueorip- 
toree Flacidi Quaerüe Rieam. EmpnQemos loB tenedores 
y defendamos palmo ¿ palmo la redacción de La Sisa. Solo 
pisando cadáiVeres baciuados eu nuestro Ambigú, invadir po- 
drin nneeiros enemigos el jovial terreno de la gaatronomia j 
del placer. 

La Miea os enseñará en su Ambigú el modo de hacer 
toda clase de turrón, y& que en España es el talismán de to- 
dos los partidos. Por un cncbo de turrón se hace el exaltado 
moderado, por un cacho de turrón se hace el moderado de* 
nagogo, y por un cacho de furron, en fin, hemos visto no 
hace mucho á ciertos repuljücanoa ahogar por la mayoría de 
la reina j consolidación de su trono. Y supuesto que la po- 

Htica es todo farea, todo mentira supuesto que no hay 

verdad mas positiva qne comer fiten y reírse de todos, de- 
jaos de tiquismíquÍB y engartilas, y venid á suscribiros á la 
Enciclopedia de extravagancias. Suscriptores Flacidi Quae- 
rite Sisam. 

Españoles, levantaos todos como un solo hombre para ans- 
cribirOB & La Sisa, pero que no se haga la suscricíon como 
de un solo hombre, porque prodnciria poco y me verla pri- 
vado de poder ofreceros los sabrosísimos guisos que os pre- 
paro. Cuando todos los españoles nos desternlllemoB de risa,, 
se acabará el mal humor que no engendra mas que resenti- 
mjeutos y venganzas; y el iris de la reconciliación pondrá 
término á los males que nos aquejan. 

lAntes mascar qne morir, compañerosl — y siendo el 
morir nna reacción en sentido retrógrado, juremos perder la 
vida mil y mil veces primero qne morir. [Viva el ambigú! 
¡Viva la coJact'on de todos los partidos! i Vivan las carcajadas 
patrias! 

El cocinero en jefe de La Risa. 
Abundio Estofado. 



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ESCENA PATÉTICA. 

ENTREGA DE UN CUCHARON DE HONOR A DON 

ABUNDIO ESTOFADO. 

Se ha presentado en el Ambigú de La Risa ana coraisiou 
de notabilidades, compaeeta de un dndadano sin defecto físico, 
de un ciego, de un tuerto, de un bizco, de un mudo, de tin 
tartamudo, de un jorobado, de un sordo, de un gangOBO, de 
un narigudo, de un chato, de un cojo, de un manco, de un 
perUtico, de un flaco, de un gordo, de un gigante, de un 
enano, de un vivo ; de un difunto, en representación de to- 
das las clases de la sociedad; y avanzándose el mudo hacia 
nuestro nanea bien celebrado Don Abundio Estofado, ha to- 
mado la palabra j presentándole un hermoso cucharon de 
palo, le ha dicho; 

iiKxcmo. Señorón: Esta comisión en represenUcion de 
los sabios de la nación que tienen becha suscricion á La Bisa 
en cuestión , tiene la satisfacción de rendir en oblación é. 
vuestra veneración este insigne cucharnn como justo, galar- 
dón de vuestra aplicación, y como demostración de la grata 
sensación que siente en su corazón. Sien conoce la comisioQ 
la pequenez de este don; pero basta en conclusión que esprese 
la estimación en que os tiene la nación, por la docta discre- 
.cion con que guisáis el salmón. .> 

El patriarca de la gastronomía no ha podido menos de 
afectarse al oir el acento de gratitud, y se ba dignado con- 
testar en los términos siguientes: 

«Con un contento sin fin acepto este regalin, grat« como 
el violin de celestial querubín, que en el etéreo confin, delante 
de San Fennin, toca alejando el esplín de cualquiera mallor- 
quiu. Y si se alzan en motín las masas de gente ruin, caba- 
llero en un rocin, con corbata y peluqnin 6 peluca y corbatin, 
saldré con el cucharin como si fuese espadín, y sabrá todo 
malsín que á cada puerco á la fin llega su San Martin; y á 
vosotros un pudín os haré de rechupin, grande como un ber- 
gantín, con sesos de puerco espin, bizcocho, arroz, langostín 
y cuanto invente el magín de un cocinero arlequín, que sabe 
aunque chiquitín, donde le aprieta el chapín.» 



EataB breves pero sentidas y elocueotes palabras enterne- 
cieron á todos los conciurentea que prorumpíeron en los mu 
afecbíosoB vivas, y la comisión se retiró satisfecha de la ama- 
bilidad j talento del docto Don Abundio, inapreciable joya de 
las cocina españolas. 



UN día en el parador del sol. 

ENSAYO GASTRONÓMICO. 

Desde las memorables bodas de Canaan, celebradas con 
aquella famosa cena en que el Redentor del género bumano 
convirtió el agua en vino para complacer & su Santísima 
Madre, uingua dia como el de San Julián, 9 de enero, se 
presenta tan en relieve en los fastos de la historia gastronó- 
mica. Tiempo hacia que algunos cofrades de la comunidad 
de La Risa, hombres de acción y positivistas por escelencia, 
deseaban reducir í práctica las beneficiosas teorías de Don 
Abundio Estofado; ; este habilísimo cocinero deseaba también 
por su parte aigetar á un rigoroso eximen í sus amados dis- 
cípulos, para convencerse de sus buenas ú malas disposiciones, 
y escoger entre todos á los qne mas han de acreditarle en 
el certamen público que se está preparatido. Al efecto, el 
venerable director de la Sociedad literaria Don Wenceslao 
Aygiials de Izco señaló dia, hora y punto en que debian re- 
unirse los candidatos, y después de una discusión ligera como 
la de las actas en un Congreso, se resolvió por unanimidad 
celebrar la sesión en el Parador del Sol, dia 9, á las nueve 
de la mañana. Esla resolución se tomó el dia 6, á hora bas- 
tante avanzada, y no es necesario decir mas para hacerse 
cargo de la actividad que la premura del tiempo requería. 
Improvisóse un programa, y se trató de llevarlo & efecto desde 
luego , siquiera para que no se pareciese á los programas 
ministeriales. 

Los grandes actos, las grandes fiestas, las grandes revo- 
luciones; en una palabra, todo lo que en este mundo es ver- 
Campo licionei jocoaaa, 19 



290 

dEideumente grando, se insinúa con BÍDtomaa precursores, que 
ion muy grandes también. El ioteres que debe («ner uoa le- 
gislatura se deduce de antemano del empeño con que los ciu- 
dadanos se disputan la victoria en el campo electoral. Et 
estrépito de los cañones señala la víspera de una gran ba- 
talla. Las colgaduras, Iob arcos triunfales, las fuentes de 
leche y de vino revelan con anticipación el dia de una jura. 
La agitación de las masas, la sonrisa de los cesantes y la. 
conducta ambigua de los empleados , que se ponen al pairo 
mirando de donde viene el viento para hacer con acierto gub- 
Tiradas, manifiestan que la atmósfera está cargada, que se 
acerca un temporal político , que son de temer grandes mu- 
danzas. Asi también los grandes Eucesos gastronómicos se 
dan á conocer el dia de su víspera con síntomas inequívocos. 
Plaza Mayor, plaza de la Cebada, plaza de Santo Domingo, 
si ojos tuvieseis para hablar, este pobre cronista os pregun- 
taría qué es lo que visteis el dia 8 á las once 7 á las doce 
de la mañana, ¿ la una y á las dos de la tarde, y me rele- 
vañais, respondiendo del terrible castigo que por no haber 
sabido dirigir un arroz & la valenciana me ha impuesto Don 
Abundio, obligándome i describir detalladamente los acci- 
dentes de la grande jornada, precursora de otra mas grande 
todavía. 

"^ra en efecto una perspectiva sorprendente y hasta cierto 
punto sublime y m^estuosa la que ofrecían los hermanos 
risueños, recorriendo con lentitud y ordenadamente todos los 
mercados de la corte, despachos de vino y tiendas de comes- 
tibles , deteniéndose á cada paso ya delante de una lechuga, 
ya delante de un magnífico salchichón ó de un reverendísimo 
pavo. £1 objeto de esta escursion fué bien pronto conocido 
de los penetrantes vendedores y revendedores de ambos sexos; 
pues no hubo verdulera ni tendero que no se pusiese delante 
de la comitiva como una inaccesible barricada, impidiéndola 
seguir sn curso vago é indeterminado, hasta haber cambiado 
en dinero algunos de sus géneros peninsulares ó ultramarinos. 
Don Abnndio, aunque guardó una neutralidad absoluta, mar^ 
chaba & la cabeza de sus discípulos, j una sonrisa de des- 
precio que ae desprendía traídoramente de sus labios, reve- 



is. OO'^IC 



291 

laba á menudo qae se había equÍTocado en el concepto que 
se hsbia formado de algunos de sus alumnos. El señor Ma- 
nini, jefe de otro de los primeroa estabiecimif ntos tipográfi- 
cos de la corte, era el comprador, y se sujetó estrictamente 
& las bases del programa que tenia en bus manos el señor 
Ayguals (Don Sergio), á quien se le nombró intendente en 
comisión, sin que hasta ahora nadie haja tenido motivos de 
arrepentirse del nombramiento 

Hechas las provisiones, y después de haber ensayado la 
fuerza de sus mandíbulas y de su estómago en un salchichón, 
pan y queso, y en una botella de vino seco de Jerez, los 
candidatos precedidos de su maestro, y seguidos de una mujer 
con im pavo y un asturiano con una canasta, se dirigieron á 
casa del señor Manini, donde por ser el punto mas céntrico 
se estableció el cuartel general. De allí debía partir la es- 
pedicion á, las nueve del día siguiente. El pavo tenia mas 
afioB de los que la ley exige para ser senador; y es seguro 
que como hubiese llegado á serlo, hubiera ocupado en las 
juntas preparatorias la silla de la presidencia. Era un pavo 
patriarca, el Adán de los pavos. Algunas investigaciones - 
cronológicas nos hubieran manifestado tal vez que era el 
mismo que Noé encerró en el arca para perpetuar la raza. 
Los años habían encallecido hasta sus músculos, y osiScado 
todos sus tendones. Necesario hubiera sido para enterne- 
cerle, csponer su cadáver al contacto del aire cinco ó seis 
días antes de mandarle al homo, y de este modo los primeros 
periodos de descomposición hubieran relajado sus fibras tu- 
pidas y apretadas por la edad. Pero la escasez del tiempo 
uo permitía emplear este método bien conocido de todos los 
iniciados en el arte, y puso en un conflicto á los noveles co- 

Alentsdos, sin euibargo, con el refrán que dice: en tiempo 
de hambre no hay pan duro, y por otra parte persuadidos 
de que por duro que fuese el pavo, no lo seria tanto como 
el esmalte de las dentaduras que debían mascarle, resolvieron 
sujetarle h disección al día siguiente, aunque en este examen 
de anatomía práctica se espusíesen ¿ mellar la misma espada 
de Roldan, que diz hendía los gigantes y los peñascos como 



IjOO^Il' 



292 

8¡ fueaeD de mazapán ó de chocolate. Esta atrevida resolu- 
cioD amostazó á Don Abundio, quien en un tono de lástima 
que revelaba la que tenía á bub discípulos, les dijo: ¡Jóvenes 
inesperlosl ¡Miserables novicios! bien se conoce que las te- 
nazas y el asador no han encallecido vuestras manos, ; que 
Tuesti-as cabezas no han encanecido como la mia alrededor 
lie los hornillos y debajo de las chimeneas. Bien se conoce 
que no liabeis todavía ceñido el noble delantal de cocinero, 
que vuestros ojos do se han acostumbrado aun al humo de la 
leña, ni al tufo del carbón vuestras potencias. ; üh terque 
quatergue beati! pndiera deciros jo si supiese latic. ¿ Con 
que no conocéis otro medio que una putrefacción incipiente 
para reblandecer el pavo? ¡Bárbarosl dadle aguardiente j 
mañana se os derretirá en el paladar como manteca. Habló 
Don Abundio, todos sus discípulos quedaron confusos, y el 
señor Manini á mas de confuso quedó horrorizado. uAgnar- 
diente! dijo ¡qué lástima de aguardientel" Sin embargo, él 
mismo se encargó de dárselo; pero mientras se lo daba pare- 
cía envidiar la suerte del infeliz, á pesar de que estaba con- 
denado á la última pena por el inexorable tribunal del am- 
bigú , j veía brillar junto á su garganta la terrible cuchilla 
de la ley gastronómica. 

El señor Manini es catalán, hijo de Reus, jr es sabido 
que loB estómagos catalanes son en general á prueba de 
bomba como el corazón de los jamancios. Algunos anatómi- 
cos aseguran que los fieros habitantes del Principado tienen 
molleja como los avestruces. So sé si esto es verdad, pero 
los fisiólogos todos confirman el aserto. Lo cierto es que loa 
catalanes digieren hasta la arcilla y el cobre. En el campo 
de Tarragona, sobre todo, se destetan los chiquillos con vino, 
se neutraliza la bilis con vino , ; hasta con vino se curan 
las inflamaciones. Los hombres de buen criterio y de sana 
razón apagan su sed con el añejo del Priorato; y durante la 
canícula, cuando mas aplomados y perpendiculares caen Iob 
rayos del sol, toman por único refresco dos cuartillos de 
aguardiente de 25 grados. Son muchos los que en lugar de 
bizcochos mojan en el chocolate guidillas, y cuyos postres 
habituales son dientes de ajo, que los comen á pasto como 



L.OOi^lU 



29a 

si fuesen almeodras. Por bien ¡Ddicadíis que parezcan las 
aplicacianes de mostaza, do Be ordenan jamas en aquel pais 
á enfermos qae estén en dieta, porqnc es segnro que se co- 
merían tos BÍDajiismos. Cuando una comitiva de reosenses 
entra de noche en nna fonda, et dueño se da por dichoso si 
no se le zampan mas que las velas. Con frecuencia ve des- 
aparecer y abismarse en aquellos estómagos heroicos los cau- 
deleros, los platos, las fuentes ; algunas veces liasta los cu- 
cbillos y tenedores, uno hubo que se engulló la mesa y no 
murió de indigestión. Sabido esto, nadie tomará por exage- 
ración cuanta se diga del paladar y del estómago de un hijo 
de Reus. 

La filantrópica esposa del sefior Manini se ofreció í re- 
llenar, mechar y poner el pavo en disposición de llevarlo al 
horno. Todos aceptamos con singular placer tan generoso 
ofrecimiento, y solo Don Abundio refunfuñó un instante, di- 
ciendo que las preparaciones que tomaba á su cargo la señora 
de Manini eran propias de sus discípulos , cuya idoneidad 
trataba de probar. Pero algnnos síntomas de alarma qne 
notó entre sus subordinados le hicieron desistir de ene justas 
pretensiones', lo qne no dejó de menoscabar algún tanto la 
fuerza moral del maestro y la disciplina de los discípulos.^ 

Luego se discutió una proposición gravísima y de trascen- 
dentales consecuencias. Tratábase nada menos que de optar 
entre dos hombres y un burro para llevar la comida con sus 
accesorios al Parador del Sol. Quien dijo que dos hombres 
fallan mas que un burro, quien que un burro era preferible 
6. dos hombres: ingeniosos argumentos se presentaron en pro 
y en contra de los dos estremos que abraza la proposiciou; 
pero al cabo los defeitsorñs de la humanidad salieron victo- 
ríosoB. El burro quedó postergado .... [Cosa sorprendente 
en España, donde rara vez quedan postergados los burtos! 

Oisolvióse la reunión, y al dia siguiente & las ocho de la 
mañana los hallábamos ya algunos en casa del setlor Manini, 
aguardando las nueve, que llegaron una hora ¿ntes que los 
señores Ayguals y Flores. Damos un voto de gracias á la 
hora por la puntualidad con qne llegó. Sin embargo, los. 
morosos afectaron no considerar á la hora digna de nuestro 



t^.OOi^lU 



294 

recono cimiento, pues á los cargos que por su demora les bi- 
cimos, contestaron que no era culpa auya si las nueve, poco 
coud escen dientes , no se habían tomado la molestia de aguar- 
darse hagta las diez. 

Reuuida la comitiva se rompió la marcha con marcialidad 
en medio de un inmenso gentío que embarazó nuestro pago 
hasta llegar al Furtillo de Embajadores. £1 entusiasmo se 
Teia pintado en todos los semblantes. Salimos de la coronada 
villa seguidos del rico convoy, que parecia cosido á nuestras 
espaldas. Marchamos í paso de camino, atravesamos el caual 
y luego un magníñco puente de madera, digno y muy digno 
del caudaloso Manzanares. Antes de llegar al Parador del 
Sol uos salid al encuentro una música, que siguió obsequián- 
donos liBsta mucho después de haber llegado. Un alano 
sochantre, un podenco tenor y una infinidad de cantores de 
menor categoría nos aullaron una aria coreada tan nueva y 
tan armoniosa, que hasta entonces no conocimos lo mucho 
que debemos al Criador por habernos dotado de un aparato 
acústico. Algunos acompañaban sus cánticos de una música 
tan espresiva, ee deshacían de tal modo en complacernos, que 
mas de una vez les suplicamos que fuesen con la música á 
otra parte, pues llegaban á avergonzarnos aquellos cordiales 
agasajas, á que nosotros no uos considerábamos acreedores. 

Los señores Ribot y otro, ambos catalanes, hicieron pro- 
digios de cocina. La prontitud con que desempeSaron la im- 
portante misión que les confió Don Abundio les valió un 
abrazo de este, y acabó de acreditar loa títulos que de activa 
é industriosa ha sabido adquirirse Cataluña. Otro tanto de- 
bemos decir del señor Manlni. Encargado del aU'oH (ajo 
arriero), lo hizo con tanta maestría que llegó á engendrar 
celos en el corazón del mismo nun^uotn bene laadatvs Esto- 
fado. Desde ahora te auguramos que en el certamen público 
obtendrá el primer premio. 

A la una en punto nos sentamos á la mesa. Abrióse la 
sesión con una cazuela de arroz á la valennatia hecbo por 
mis manos pecadoras , que descollaba majestuosa entre un 
brillante estado mayor compuesto de variadas y magníficas 
ensaladas escelentes anchoas, bravas guindillas y robustas 



t^.OOi^lU 



aceitunas seTÍllanaa. Lav£ in honore proprío vüesctt. Este 
principio no me pennit« bacer del arroz loa elogios & que le 
considero acreedor. A mi me pareciú escelente, bíd embargo 
{¡lo que puede k envidia!) fodoB mis condiecípuloa dijeron 
que era deteatahle. Afortunadamente bus propios hechos des- 
mintieron sus palabras, pues al mismo tiempo que decian que 
era es trem adámente malo, lo engullían con tanta ansia como 
si fuera soberanamente bueno, Y k los hechos me atengo : 
obras son amores y no buenas razones. 

Bretones fritos sucedieron a! arroz. (Movimiento general. 
£1 señor Bretón de los Herreros pide la palabra para con- 
testar á una alusión vegetal.) Vinieron acompañados del ali- 
oli, con quien contrajeron, en el plato de cada cual, una 
amistad mas y mas Intima. El ali-oH es á las coles lo que 
á la Coníititudon las leyes orgánicas- Merecieron la apro- 
bación de todos ; solo yo para vengarme de la manera impro- 
pia con que había sido calumniado mi benemérito arroz, me 
permití contra los bretones algunos denuestos que fenecieron 
ahogados en la rechifla de la comunidad manducante. 

Entro en seguida el pavo con gallardo y marcial conti- 
nente. El olor que despedía embelesó todos los olfatos. Hubo 
un movimiento silencioso parecido al que se nota en el Con- 
greso cuando se levanta para hablar Don Joaquín María Ló- 
pez y al que se observa en el teatro cuando aparece la en- 
cantadora Matilde. Es indecible la prontitud con que aquel 
tremendo cadáver fue descuartizado y engullido. La asam- 
blea resolvió por unanimidad dar un voto de gracias á la 
sefiora de Manini , y Don Abundio ademas la nombró socia 
honoraria del ambigú, &, cuyo efecto se estendiú el correspon- 
diente diploma. Después de aquel pavo esquisito, de aquella 
obra maestra del arte, nada podia llamarnos la atención. Co- 
mimos, es verdad, chuletas y queso y salchichón y qué sé yo 
cuantas otras cosas; pero las comimos automáticamente, sin 
entusiasmo, y como quien dice para no hacer un papel ridí- 
culo. Lo que nos admiró fué que el señor Manini, positi- 
TÍsia por escelencia, malgastase el tiempo atracándose de al' 
mendras. Vivamente interpelado por esta acción, indigna al 
parecer de tan acreditado gastrónomo, dijo que las almendras 



t^.OOi^iC 



Bon eBceleotes adujas pora enhebrar vino. En efecto, cada 
«Imendra apenas habia llegado al estómago redbia una visita- 
de nna botella del de Toro. 

£n los brindis, ai no se improvisaron muy buenos versos, 
ee apuraron al menos muy buenas botellas. 

Empezó el célebre y nanea bien ponderado Don Abundio 
Estofado en los términos aigoientes. 



no se pue 


de di'cir 


misi 






¡TivaLaRi<a! 








U«iud Is 


copii. 








quenosc 


onlfinplt 




lita la Eu 


ropa: 


yáa^iei, 


,n,p1a 














.inouniemplo: 


y Diinchada de yino la 






repetid ali 


l ce»r: 


¡Til 


a La Riis 


'1 



El señor Bonilla dijo: 

Yo, Abundio, soy vale 
y como bebedor fino 
griD psrlidaria del vi ni 



£1 seitor Aygnals de Izco (Don Sergio): 



.Google 



297 
El señor Kibot: 

Se quejí esie mundo indino 
de que salado es el mar. 

lo que si es da le meo lar 

£1 señor ManÍDi: 



£1 seiior Príncipe: 

1 Qua queréis que 09 digí 
con eala copa en la mano 
Guando aoy un ciudadano 
aspueslo i quedar cesante 

ni be de ceéar do reir. 

El sefior Vülergas: 



aprop incoad me i un elgilie 
lie conferlables licores. 
qne et que mas hehe mas vi' 



El seiior ¿jguaU de Iico (Don Wenceslao): 

Tras irrs irsgos j oLros irri. 



n, Google 



irípo iDirípido al ir 






Se dio un voto de gracias al docto Don ábuadio Esto&do, 
j levantóse cada uno como pudo de la masa para dar príii< 
clpia á loa jnegos gimnásticos. 

El Parador del Sol tiene una especie de colgadizo bastante 
espacioso contiguo á la carretera. AUf los hermanos risue- 
ños , hechos cada uno un tonel de vino, fueron á solazarse 
de mil maneras, absorviendo con aus ingeniosos juegos la 
atención de todoa los transeúntes. Muchas y muy variadas 
fueron sus travesuras; pero ninguna hizo destemillar tanto 
de risa á actores y espectadores cono la de la olla. Pñaose 
en una orilla de la carretera nn puchero en que metió cada 
uno de loa hermanos la exorbitante cantidad de diez y seis 
maravedises. La auma de todas estas cantidades era el pre- 
mio del afortunado que con loa ojos vendados ; un garrote 
en la mano rompiese la olla. Al efecto á veinte y cuatro 
pasos de esta se colocaba el actor, allí se le vendaban los 
ojos, daba tres vueltas, y rompía la marcha. En las vueltas 
se perdía el tino de tal manera, que en lugar de dirigirse 
h&cia la olla, no faltó quien marchase á lo largo de la carre- 
tera hacia Toledo, quien hacia Madrid, y hasta uno hubo que 
marchó dando completamente la espalda al objeto que creia 
arremeter. La avidez, el furor con que el pobre ciego des- 
calcaba el garrote, arrancaba una carcajada í coro de todos 
los eapectadorea. Algunos accidentes sobrevinieron, que con- 
dimentaran no poco la diversión. Yo tuvo la desgracia de 
pisar una cosa que no puede mentarse, y que me mantuva 
encolado en mí puesto mas de un minuto. Cuando pude le- 
ventar el pié, noté que el peso de la bota se habia centupli- 
cado. El señar Manini se metió en un charco, del cual salió 
despuea de haber caido de bruces en el mismo El olor que 
despedía al salir, probaba evidentemente que el líquido que 



L.OOi^lU 



chorreaba de Bii veatido estaba compuesto de algo mas que 
de oxígeno y de hidrúgeoo. Un químico que liabia entre - 
nosotros lo analiza con solo el olfato, y encontró en él mu- 
riato y fosfato de sosa y de amonfaco, amen de algunos otros 
principios que constituyen cierta escrecion animal. A estos 
accidentes cómicos sucedió uno que tavo algo de trágico. El 
Beñor Principe, luego que tuvo los ojos vendados, rompió pre- 
cipitadamente EU marcha, cuidándose poco de los riesgos á 
que se esponia. Apéoas hubo dado el número de pasos que 
«teyó le separaban del blanco, dejó caer el garrote resollando 
como un leñador , y quiso su mala fortuna que entre el gar- 
rote y el suelo hubiese una cabalgadura. Desbocóse el ca- 
ballo, que era asaz espantadizo; dio dos salios de cabra, y 
el jinete se apeó por las orejas. Todo esto sucedió en mucho 
menos tiempo del que se necesita para contarlo. Un perro, 
que era sin duda del mal parado caballero, tomó inmediata- 
mente la defensa de su amo, y tan bruscamente interpeló al 
señor Príncipe, que este buen cofrade á pesar de la destreza 
y fuerift lógica con que contestaba al interpelante, hubiera 
sido derrotado sin el oportuno auxilio de todos nosotros. 
Kuestras palabras lograron no sin alguna dificultad aplacar 
la cólera del derribado, y le obligaron á participar de nuestro 
vino y de nuestras diversiones. El terrible perro que tan 
Antipático se manifestó al señor Príncipe viéndole armado de 
un palo, acabó por acariciarle apenas le víó en la mano un 
zoquete de pan. |Vil egoísta! ¡Rastrero adulador! 

£1 espectáculo terminó con una escena colectiva, con una 
-escena que venia á ser el resumen de todas las demás. Vista 
la infructuosidad de nuestros esfuerzos aislados, convenimos 
«n dar una batalla decisiva, en vendarnos todos los ojos y 
acometer á la vez á aquel Aquilea de las ollas, á aquel in- 
vulnerable puchero. Apenas me vi armado de un garrote, se- 
guro de que lo mismo que yo tenían todos los demás tos 
«jos vendados, me qoité la venda para asegnrarme el premio 
sin riesgo de que ftiese conocida mi mala fe, pero [cuál fiíé 
tni sorpresa al ver que cada uno ea particular había conce- 
bido la misma ideal Parodiamos perfectamente el famoso 
«plgrama de las t«jadas del amigo Tillergas: 



L.OOi^iU 



Va 


i« peno nos cennlxn 




BÍBii deiiirdeiBdo, 




OD* Mj*di niirabiin 




bubiendo BoK quedado 


po 






Um> la luí ipigú 


ptr* 11 reparto con modoi; 






y hallA lis mano^ de todoi 


P« 


la iBJad» DO. 



Pero DO eé si achacarlo al mbor que cansa nua mala ae- 
cíon, ú si á las muchas docenas de botellas qne se habiaa 
vaciado, fbé tal nuestra falta de tino, qne i. pesar de hallarse 
desTaneddaa todas las cataratas, la olla, como si fuese un 
misterioso talismán ó como si poseyese nn amuleto qne real- 
mente la hiciera invulnerable, salió ilesa de los terribles gol- 
pes qne contra ella descargamos todos é, la vez. En segnida. 
desapareció como por encanto, pero alguno sabe el paradero 
de los maravedises que contenía. Buen provecho le hagan. 

¿sf como hemos dado las gracias ¿ la hora por la pim- 
tnalidod con que llegó, debemos dársela á todo el dia, poes 
realmente fué un regalo que hizo la primavera al invierno. 
£1 aol desapareció de nuestro horizonte, porque era la hora 
en qne sigoiendo su curso natural le tocaba desaparecer, y 
DO, como diña algún clásico moralista, para no ser testigo 
de los escesos de la orgia qne se preparaba. Sus moribun- 
dos rayos qnerian al parecer reanimarse con nn cordial, ; 
rielaron en nna fuente de poncbe qne para dar fin & la fon- 
cion se habla dispuesto sin mas objeto qne el de mitigar los 
efectos del vino ; otros licores. 

Las caríflosaB plegadas nos anunciaran desde el cielo tu 
hora de regreso á esta corte. Perdimos en la espedicíon todo 
el convoy. Nosotros nos salvamos por milagro , pero los dos 
gallegos que escoltaron nuestros víveres quedaron prisioneros 
del riño. A uno de ellos le dejamos revolcándose en la mar- 
gen de nn camino, y al otro le vimos dirigirse k escape hacia 
Toledo. Le preguntamos que á dónde iba, y nos dijo que & 
Madrid. Esta respuesta nos llenó de incertidnmbre, pnes no 
n seguros de oosotras mismos, qne no pudiésemos 



■,Goo«^Il' 



301 

creer que éramos nosotros los que aadáb^moa desacertados. 
Sin embargo, seguimos nuestro camino j dejamos al gallego 
que siguiese el sujo, porque al cabo un borracbo no babia 
de saber mas que diez. El pobre bombre dio una prueba 
pOBÍtÍTa del valor que comunica el tÍuo 4 los genios empren- 
dedores. £1 rumbo que seguía para venir á Ma.drid dos ma- 
nifestó que había concebido una idea mas sublime que la de 
Colon. Con ansia esperamos volverle á ver, pero es seguro 
que tardaremos todavía algún tiempo, porque aunque el vino 
le dé alas, tendrfi necesidad de algunos meses para dar la 
vuelta é. este picaro mundo. 

A. RlBOT X FOKTSBBé. 



¿QUE ES UN JAIQUE? 

Si hubiera justicia en el mundo, los primeritos que no 
verían mas luz que la colada por los hierros de su jaula se- 
rian ciertamente los figurines, y todo mequetrefe (al Panlésico), 
cuja única misión parece ser la de cundir sus desatinos, sus 
modas y sus sayos improvisados-, alborotando ¡as ciudades; 
las aldeas, y sacando de quicio & los hombres mas sesudos j 
estacionarios que se conocen. Y para que vean nuestros 
lectores la razón con que hablamos: ¿tienen la bondad de 
decimos lo que es un jaique? pensaréislo bien si tenéis la 
cabeza para análisis y analogías, pero no daréis pié con bola. 

Este traje se conocía en )a antigüedad, pero no es ahora 
lo que era antes, pero no es el espíritu de aquellos remotos 
siglos el mismo que en el presente ha imperado su resurrec- 
ción; pero no lo usan ahora los que lo usaban antes; pero el 
nombre con que ahora lo conocemos ni es nuestro, ui es voz 
inventada nuevamente, ni es de aquellos, sino de otros, y de 
otros menos antiguos.,.. ¡Ya tiene alma la ensalada que 
hemos hecbo con los jaiques 1 Lector mío, averigúate como 
puedas con mis períodos; que yo veré por dónde salgo. 

Pues como iba diciendo (si es que á esta hora be dicho 
algo), el jaique es un traje judio (spiritus sancti gratja etc.) 



l^.OO'^IC 



302 

Unmado taleth, qne quiere decir sobre todo; y asi se usa 
ahora, annqne el todo sobre que lo llevan suele ser una ca- 
misa buena ó mala, ancha ó cstreclia, larga ú corta, que 70 
no me meto en camiaas tengan las varas que tuvieren. Eran 
de una sola tela cabal; eran largos, crecerán también; en el 
año pasado no pasaban del muslo, j alíora pasan de la ro- 
dilla: el jaique seguirá la ley de los graves. El taleth judío 
era de una sola tela y con pocas costuras, justamente; una 
hilera de botones de alto á bajo, no hay mas que pedir; las 
trenzas y cordones del jaique no son otra cosa que el etirt 
rabino, que aumentaban al gusto si querían parecer mas re- 
ligiosos, así como tambieu se añaden ahora estos adornos por 
los que quieren parecer mas elegantes. Un español es ahora 
cristiano en el nombre, y judio por la corteza: quitadles el 
corazón y quedará la cascara: hay hombres que por nada se 
tendrían sino tuvierau jaique. 

Sin embargo, es menester conocer que la evocación del 
taleth rabino merece las simpatías de todos; y no se crea 
que podemos hablar con calor, cosa que no es posible en el 
mes de enero. Pero cuando la atmósfera se prommcia en, 
fuego, y Héaumnr se encarama i. los 25, y de ahí para ar- 
riba el jaique ea una necesidad, El cuerpo humano reclama 
en el estío la anchurosa libertad y la independencia de las 
capas y de todo paño, con el fervor mismo que el cuerpo so- 
cial pide la abolición de la tiranía. £1 jaique ¡quién lo cre- 
yera! es para el cuerpo humano, lo que para el social, por 
ejemplo, una prensa periódica con libertad, una representa- 
ción, un derecho electoral ; á saber, el contrapeso del despo- 
tismo y el entibo de la independencia. Tan exacta es la 
comparación , que hemos visto en nuestros dias apalear & los 
usufructuarios del jaique con el apéndice de un sombrero 
albín ff. 

Lector mío, si de noche ó por la mañana, en la calle ó en el' 
paseo te preguntaren ¿qué es un jaique? dirás conmigo: esc nom- 
bre ea árabe, ese traje es judio, y el que lo lleva .... espérate 
pacíentisimo lector, que no te lo puedo decir ahora. Se haa 
puesto los hombres en una disposición, se visten de tantos co- 
lores, hablan tantos idiomas, que no es fácil conocerlos tan de 



303 

pronto. EBtt mirada te parecerá de un aseeino, esa barba de 
un conspirador, sn continente de un filósofo, y su traje de un 
judío neto . , . , como que lleva jaique .... Si será, si no será, 
¿si habrá venido este israelita de la otra parte del rio Sab- 
háíico donde diz qne tienen organizada sn tribu? . . . Con 
mae exactitud qne nn buen hipomoclio da á conocer los qui- 
lates del oro, y un pesalicores la fuerza del tíuo, y un agente 
de candidaturas la suma de sos votos, puedo yo dar 4 los 
curiosos una seña inequívoca con que podrá conocerle, una 
seña que es lo mismo que un desengaño, caro por supuesto, 
porque nada se bace gratis. Ea, pues allá va . , . , los ju- 
díos se circuncidan: ya ea tan caro el desengaño, que nadie 
querrá averiguar lo qne pasa de botones adentro. 

M. McNOz X Garmica. 



¡¡¡MI SUEGRA OTRA VEZ EN CASA!!! 
DRAMA HISTÓRICO EN MINIATURA. 

Entran en la acción los personajes signíentes 
Un Esposo 
Una Esposa 
El Alcalde. 

Un Cobchbte, alias alguacil. 
Un Majo. 
El Coba. 

SI caldero del agua bendita con su correspondiente hisopo. 
TTn Soldado. 
Uh . . , (Este un .. . saldrá cuando convenga.) 

Comparsas de todas clases, edades y condiciones, gente 
que mira y calla. 

Pasa (ú mas bien pasó) la acción en 1843. 

(Ed udb cocina con bus útiles ¡ cbi^men corrCipOD dientes, incluso el poio de 
sacer oguB, iparscen los dos eaposoí asmados á une mesa y concluyendo de 
almorzar.)' (Algo cJíaico se presenta el escenario, pero no es mi> la culpK.) 

Esfosa. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espí- 
ritu Santo ... (Se santigua por sopueslo.) 



l^.OOi^lU 



304 

EsFOBO. (Deapuea d« apurar un vaao de lioa.) Amen. 

Ebfosa. Por el alma de mi madre. Padre naestro qne 
«st¿B en los Cielos 

Ebfoho- En loa inSemos babias de estar tú j todas laa 
que DO sabéis mas que rezar. Cállate con mil diablos, que 
tQ madre para maldita la cosa necesita nuestros rezos. 

Esfosa. Pero hombre. 

Esposo. Lo dicho. 

Esfosa. ¿Y si por Tcntura? . . . 

Esposo. ¿Temes que vuelva? 

Esposa. Ño digo taL Pero — 

Esposo. Es que entonces rezaré.... ¿Entiendes? Ae- 
zaré hasta que se me sequen las fauces. He quedado lleno, 
muj lleno de suegra. Oh! son una canalla nialisima, amiga 
mia; los peores vichos que viren en este picaro mundot Hil 
veces felice nuestro padre Adán, que tuvo la dicha de en- 
contrar una mujer sin ascendientesl Debía pasar el buen 
señor una vida deliciosa, envidiable en toda la estension de 
la palabra I 

Ebpoba. (Quüando la meaa, j con cari de .magre.) PueS tú no 

puedes tener qu^a. 

Esposo. Ciertamente. En el dia me hallo completamente 
satisfecho. 

Esposa. Sí fuera tu madrel ... Pero [a mía ... [Hedió 
llorando.) DioB la tenga en su santo reinol 

Esposo- Mi madre ... mi madre era usa madre pre- 
ciosa, de las mejores madres que puede tener un hijo. Pero 
en tocando á suegra .... era ana, suegra tan maldita como 
todas las suegras del mundo. Yo soy franco, amiga mia, Eoy 
franco, la mayor desgracia que puede suceder ¿ un casado, 
es tropezar con su suegra. Si llego i enviudar algún día. . . 
¿Estás? 

Esposa. (Ltavando el paüitelo i loa ojoi.) Bien sé que lo 
deseas. 

Ebposo. No es eso, mujer. 3i llego i, enviudar algún 
dia .... ¿á qué no sabes con quién me caso? . . . Con una 
inclusera. 

Ebpoba. Con nna inctnseral 



W'd n^Güogle 



305 

Esposo. Si señora, con una indneera. Son muy herrao- 
sas las incluseras para mujeres casadas! 

Esfosa. (Semínifose Judio á £l con aire plocealero.) Déjate de 
esas cosas, biea mió. 

Esposo. (Apañe.) Bien mió! , .. petición al cantol 

Esposa. Vamos. Qué adusto te ponesl Y ;d que te 
quiero tanto. (Acercándose mas.) ¿Cuándo quiercB que se digan 
esas misas? 

Esposo. (Apsne.) ¿No lo dije yo? (Alio.) Misas! Si sabes 
que no tenemos un cuarto! . . . 

Esposa. Pues es preciso aunque . , , 

Esposo. Ciertamente, soy del mismo parecer. Aunque 

baya que vender alguna cosa superfina Un collar por 

ejemplo Esto es, el collar de perlas — 

Esposa. (Con viteía,) Pues mira: yo creo que las misas 
tan solo sirven para engordar al que las dice. Podremos de- 
jarlas, j en cambio . . . doblaremos el rezo, ¿qué te parece? 

Esposo. Primoroso! Se entiende , . . con tal de que seas 
tú Bola la rezadora. (Aparte.) Antea dejará darse azotes con 
la suela de un zapato que vender su collar de perlas. Pues 
no faltaba otra cosa I 

(Se aje un quejido mu; laslimero: la esposa se levanta sorpreodid*, ; el es- 
poso sin hacer el menor caso de tal accidente, se dirige al fogo con animo 
de encender su cigarro.) 

Esposa. iQué es estol 

Esfoso. Alguno que se queja en la calle. (Se ojt nuevo- 

cpiejido: crece la sorpresa en U espesa y la calma en el esposo.) 

Esposa. No señor, no es en la callel 

Esposo. (Conclujo de encender.) Será en otra parte. 

Esposa. (Al oír oiro quejido.) Parece que la íoz sale de 
muy cereal Atiende, atiende y verás ... 

Esposo. (Ojendo otro qutaido.) No hay duda. (Nuevo quejido. 
Se pone a la ventana.) ¿Quién eres? ¿En dónde te hallas? . . . 
¿No respondes? Tanto peor para tí. (Se sienta a fumar con grande 

Esfosa. Es muy originalt (Oiro quejido.) Diosmio! Pa- 
rece que la voz sale del pozo! 



l^.OtK^iC 



306 

Esposo. No lo cress. (oiro quqido.) Puea i fe que voy 
entrando en aprenstoneBl (s« letanti.) ¿Qoién entró ftqui, mojer? 

Esposa. Nadie que j'o sepa. 

Esposo. Míralo bien. ApoBtamos á que estabas con al- 
guno cuando ;o entré, j ae zambulló en el pozo por no caer 
en mis manos. (Acercándose al pDia.) Holat El de adentrol 
¿Estás sordo? (O iro quejido,) Voto á cribagl Eato no parece 

peraonal . . . ¿Quién eres? (Suenan dos qufjidoj á cubL wts iestimero»,) 
ESPOBA. (Dejiadoie caer en una tilla.) DioB mio, DÍOB mio! 

EsPOBo. ¿Qué tienes, mujer? 

Ebpoba. ¿No la conoces? 

Esposo. ¿A quién? 

EsFOBA. A esa voz. 

Esposo. ¿De quién es? 

Esposa. (Mesándose toa cab 
de mi alma t 

Esposo. ¿A qué vienen esos lamentos? (Oiro quejido.) 

EspOBA. (Se acerca «1 poio como apoderad» de un delirio.) Madre 

mía!... Madre mis!... Madre de mi almal. . . 

Esposo. ¿Has perdido el juicio? 

Esposa. Aquí estoj. . . . Bespóndame usted. . . 

Esposo. No comprendo una palabra. (Otro quejido.) 

Esposa. ¿Oíste?, ... Es el alma de mi madre! 

Esfoso. Su madre!. . . Pues estamos frescos! 

Esposa. (Cada vci mas eialiada.) No bay duda... Ella es! 
Abora mismo ¿ llamar al cura . . . Madre de mi corazón!, . . 

A decirle todas las misas Fui la bija mas ingrata del 

mundo! Que se vendan todos los collares ¿Entien- 
des? todos 

Esposo. Pero, mujer, no puede ser eso. 

Ebpoba. No te detengas. Pronto, pronto. .. . La pobre 
no estará en el cielo por falta de misas! Y no se las he- 
mos dicho! 
. Esposo. ¿Quién había de pensar? 

Esfosa. Corre.., No te detengas. 

Esposo. Voy al momento. 
' Esfosa. (Oeieniéndole,) Pero no, , . no te vayas por Dios, , , 

Me voy á morir de miedo! (Acercándose i Ja veniana y grilindo cea 



L.OOi^lC 



307 

ledas (uerins.) Vecínosl. . . vednosl. . . Nadie responde!. . . Te- 
cinosl (SnenB otro quejido.) Dios miot ¥ qaé penas eBt& pasaodot 

Vecinos I Por Jesucristo qne venga alguno! 

(Salen el Blr^alde j un córchele, dando un porreio en la pnerla que dejan 
lemblando á Ib pobre mujer. O aouios ó na somOB.) 

Alcalde. ¿Qué es esto, señores mios? ¿A qué Tiene tanto 
alboroto? Todo el barrio se halla escandalizado con bus 
gritos. 

Esposa. Oh señor alcalde! 

AlC4I.dk. Sí señores; es una vergüenza 

Esposo. So; muy desgraciadol 

Alcalde. Pero ¿qué hay? ¿Qué sucede? Esplíquense 
ustedes con mil diablos. 

Esposo. ¿Qué ha de suceder? Que el alma de mi suegra 
se halla dentro de este pozo! 

Alcalde. Están ustedes locos! Cómo es posibiel — 

Esposo. Vea usted I . . , Después que yo creia haber sa- 
lido de trabajos, salir ahora... 

Alcalde. No puedo creerlo. 

Esposa. 8i señor, yo misma la conozco por la voz. Ahora 
mismo estaba dando unos ayes que partían el corazón. Ay 
madre de mis entrañas! 

Alcalde. Es ana equivocación de ustedes. Los muertos 
nada tienen que liuscar por acá. 

Esposa. Eso dicen los herejes, los que no creen en Dios. 
No lo dude usted, señor alcalde. 

Alcalde. Tranquilícese usted, señora 

Esposa. No hay duda que vienen. Sf señor; el año pa- 
sado se murió el novio de una amiga mia, j porqnejella 
no quiso perdonarle un abrazo que le habia dado, no pudo 
el pobre entrar en los cielos , y todas las noches apare- 
cía en la ventana dando unos suspiros, señor alcalde, qué 
suspiros!. , . , Hasta que al ña le conocía, se hablaron, le per- 
donó y . . . * 

Alcaldb. Esos con cuentos de viejas. 

Esposo. Bien se ve que usted no la conocía! Es'capaz 
de abandonar la corte celestial, y mil cortes celestiales que 
hubiera, por venir á darme que hacer. 

SO" 



308 

Esposa. Tú tienes la culpa por no haber pagado las mi- 
Gu que dejú mandado se le dijesen. 

Esposo. Tienes razón, bo; tm torpe, no salvaje incapaz 
de Bacraraontos. Se la dirán cuantas quieras, pero que se 
vaya, que se raja al momeólo. 

Alcalde. Tamos claros. ¿Desea ustedes burlarse de raí? 
Hace que llegué un buen ralo y no escuché todavía quejido 
alguno. O están ustedes locos ó, , . (Apums pora uno hoipllt que 

Esposo. Que diga usted eso, señor alcalde, cuando todo 
el mundo sabe que después de muerta mi suegra, es esta la 
casa mas pacífica del barrio. 

Alcalde. Pero ¿y la voz? ¿A dónde está la voz? 

Esposa. (Llamando i la boca d«l |>oio.) Madre mial (Suenan 

rea quejidos.) Y que no quieran creerme I 

Alcalde. (Acercindoae.) ¿Quién es? (Ou-o quejido.) Cosa mas 
original!. . ¿Y nada mas contesta? 

Esroso. No señor. 

Alcalde. Eb muy estrañol Y dicen ustedes que la 

Esposo. Es la de mi madre, sí señor. 

Aloaldb. Me choca sobre manera. . . (Al alguacil.) ¿Quieres 
bigar? 

Alguacil. (Reiirándose etgunos pasos.) Vuesa mercé perdone; 
no sirvo para eso. Hi una jota entiendo de escalar paredes. 

Alcalde. ¿TieaeB miedo? 

A1.0UACIL. Le diré á su mercé; lo que es miedo . . . que 
sé yo; pero esto de tropezar en tales profundidades con el 
alma de una vieja. . . Vamos, le digo & su mercé 

Alcalde. ¿Bajas 6 no? 

Alocacil. No puedo remediarlo; pero les tengo un hor- 
ror é, los muertos I (Otro quejido.) Y querian que yo bajase! 

Fnes no faltaba otra cosa! 

Alcalde. ¿Qué hacemos pues? 

Esposa. Llamar al Cura; no hay otro remedio, señor al- 
calde, no hay otro remedio. 

Alguacil. Tiene razón la señora; los cnraa y los muer- 



t^.OOi^iU 



309 

tOB Bon gentes muy afidonadas unaB á otras, y aera fácil que 
ae entieDdan. Si bu mercé quiere .... 

Alcalde. ¿Sin salier? 

Alocacil. Por sabido. Ea la madre de esta señora; Ia 
conozco como ai la hubiera parido. 

Alcalde. Pues señor, que venga e! Cura. Anda listo. 

Alguacil. En un santiamén esto; de vuelta. 

Alcalde. Que venga vestido en regla, j que traiga el 
libro de los santos evangelios. Ko le digas lo que hay aquí. 

AlOOACIL. Muy bien, señor. (Emra á paso redoblado.) 

Alcaldb. Atiende ; cuidado con traer agua bendita. 
Alouacil. (DbsiIí «fuero.) Toy al momento. 

(Prarundo silencio en la escena. A poco se ven ir llegando varias tomparati 
enire l«i cuales viene un guapo con tara de perdona-iiilii . cigarro pura en 
un ángulo de la buca. manía lerciada y calaües . cuja pnma forma un ángulo 

Majo. (Sslirndo.) £s un coUon de siete suelas el tal al- 
guacil. . . No ha; que asustarse, señores. . . Eso no vale tres 
cominos. 

Alcalde. ¿Qué, l« atreves é. bajar? 

Majo. Aunque fuera á loa mismfaimoB infiernos. Cuerpo 
de Cristol En sacando ;o mi namja... (Ln saca, la abre y la 
]iiine atravesada en la (aja.) En preparando JO estoa chismes... 

(Sara dos pislolas, las carga j siraviesa lambien en la faja.) ¿Quién Se 

atreve á escupir en mi presencia? 

Esposo. No sea usted por Dios un temerario. 

Majo. Calle usted, so mandria. 

Esposo. Mire usted que es un alma en pena. 

Majo. ¿Nada mas? De un resoplido echo yo á volar to- 
das las almas que están en el mismísimo purgatorio. Voto al 
santo delol T una alma sola basta para asustar tanta gente I 

Alcalde. ¿Con que baja usted? 

Majo. Al momento. Venga una cuerda, (Se la dan.) Eato 

es. (Se amarra por la cinlura con uno de los eibsj . y después de pasar el 
elro por le roldana, no ain mirar inles el estado en qne esla se bailaba, en- 
trega á las comparsas mas rorniílas.) Cuidado con no soltarla! (S« 
inuoduce en el poto.) En cuanto JO lo mande, arriba con brío. 
(Empelando la descensión.) Ira de DíobI Cuidado con tenei'Ia flr- 



L.nO(1<^iC 



310 

me1...,Poca & poco. (Sueoa ua qu^ido.) Dios mío! Virgen 
de la O t . . . . Arriba , . . arriba , por Jesucristo .... Mas aprisa 

... (Olra quejido.) Que me muero! (Aaonii Licabstt; su «emUtinta 
0At¿ pitido y suA ojo' desencajados.) 

Alcalde. ¿Qué es eso? ¿Para qué sirven esos chismes? 

Majo. (SBüendo.) Ohl vengo borrorizadol Le tiré tres 

tajos y. . . uada; lo mismo que si diera en un bronce! No 
puede ménoB de ser el mismo diablo 1 

Alcalde- Al fia, ¿qué viste? 

Majo. Cosas espautosas! ¿Quién decian ustedes que 

se hallaba dentro? 

Esposa. El alma de mi madre. 

Majo. La misma. No he visto cosa mas igual I.. Est& 
envuelta en uua sábana. Me miré con unos ojos!... Oh, es 
cosa muy horrible el alma de nn difuutol Bastan las uñas 
que tiene.... Y qué brazos I Pareceu las aspas de un mo- 
lino. Y qué barbas!. , . . 

Esposa. Barbas mi madre! 

Majo. Sí señora. No sabe usted lo que se transforma 
un difunto después de estar por allá quince dias. Cuerpo de 
Baca! Si no me suben ustedes al momento me engulle sin 
remedio. Uf! No quiero acordarme. . 

(StJeo el Cura ¡ el sJgijar;rl; esLo coa el caldero del agua bendita. Quisó no 

CcTRA. Dios guarde ¿ tan buena gente. 

Esposa. Oh señor Cura de mi alma, cuanto tardé usted! 

Cuba. ¿Qué tiene usted, hija mia? Si un pobre capellán 
puede servir á usted en algo . . . 

Alcalde. Es el caso, señor cura, que de este pozo salen 
unos ajes muy profundos. 

Cuba. ¿Algún pobre que reclama los auxilios de mi mi- 
Disterio?... Es muy estraño en los tiempos que alcanz&mos! 
La religión estA por tierra. La fe de nuestros padres se 
halla completamente estinguida. 

Alcalde. No señor. Según parece, es el alma de la ma- 
dre de esta señora. 

CuftA. El alma de su madre! 

Esposa. No lo dude usted, señor Cura. 



.Google 



3U 

Cura. Inuenso es el poder de Dios, é incompreasíbles 

sus altos juicios. 

Alcalde. ¿Con qae seguo eso cree usted?... 

Cuba. Que bien puede ser. El Todopoderoso se vale de 
mil medios para tomar hacia st las ovejas descarriadas. Pero 
¿la coaocen ustedes? porque á veces suele tomar Lucifer dis- 
tintas formas para tentar á los mortales, 

Ai.cAi,DB. La señora. . . 

Esposa. Es ella misma, señor Cura. 

Majo. Ira de Diost Y si eso no es suficiente, basta que 
JO asegure haber. . . . 

Cusa. No jure usted, por Dios, hijo mió. 

Uajo. Es que me voy atufando con tauta duda. 

CüKA. ¿Y DO sabe usted, señora, lo que la trae por aqoi? 

Esposa. Oh señor Cura! 

Cuba. Digalo usted sin miedo. Nosotros somos en ta 
tierra los ministros del Altísimo, j aj de aquel que rehuse 
abrirnos su pecho!. . ¿Quiere nsted decirlo en secreto? 

Esfosa. Si, señor Cura. 

(Se apariao ú uQ Udo, por supueslo á la liila de lodos: no ha; que lomarlo 
por m.il catDÍDo. Después de hablar alguQ ralo »B reunun ol grupo grneral.) 

Cuba. Oh! En ese caso, ella es, ella es sin duda. 
Esposa. Dígale usted algo por Dios; asegúrele usted. . . 

CdBA. (romando áúíes il liisopo,] Silendo. (Se acerca ai poio.> 

O tú que te hallas eu lo profundo de tales profundidades I Si 
eres el espíritu de Satanás, te conjuro en el nombre del Pa- 
dre, del Hijo y del Espíritu Santo á que dejes estos lugares 
y desciendas á los profundos abismos. 

Todos. Amen. 

Cuba. Si eres el alma de alguno, en nombre de Dios te 
pido que me digas ¿quién eres, de dónde vienes ; qué buscas ? 

Esposa. No se canse usted, señor Cura; es ella misma. 

(Sainan dos quejidos agudísimos.) ¿Ve usted?. . . 

Cuba. Si por fiüta de algunas misas no puedes entrar ea 
el santo reino de los Cielos, te se dir&n cuantas necesitas. 

<A la eiposa.) ¿No es verdad? 
Esposa. Sí señor, si señor. 
Esposo. Pero dígale usted que se vaya. 



.Google 



312 

CüXÁ. Y para que puedas marchar mas tranquila, yo 
mismo aeré quien las diga, (ii eipoto.) ¿No ea rerdsd? 

Esposo. Sf seftor, si señor. T de pronto tome nsted .... 

Um Soldado. (Saiieniio do un grupo genorai.) Ustedes disi- 
mnlen, . . 

Cdba. ¿Qué quiere usted hijo mió? ¿Hay por hoy otra 
alma en pena? 

Soldado. No señor; pero si ustedes me permiten qui- 
siera. . . 

Cusa. ¿Bsgar al poso? 

Soldado. Sf señor. (Asombro general.) 

Coba. O hijo miol eso fuera demasiado escitar la ira det 
Cielo. (Al esposo.) ¿Con que para cuántas hay? 

Esfoso. Para cincuenta- (^' <ia un itoiuiio que ei curs no ae- 
demore en recoger.) Doscientos reales jnstos. Despnes se le 
diráD... 

Cuba. Están ^ien contados, ¿no es verdad? 

Soldado. No se enfaden ustedes si les interrumpo; pero 

yo quisiera. . . . (Ma( gesio en el semblante del cura.) 

Esposo. Lo está usted oyendo. . . , 

Soldado. Con todo si ustedes me permiten. . . . 

Majo. Bt^as tú! Cuerpo de Cristol si llegas á verte den- 
tro, se apodera de tf un terror que acabará con tus días en 

menos de tres semanas. Tean ustedes bajar el señor 

cuando yo!. .. 

Soldado. Apesar de todo si el señor alcalde 

Alcalde. Muchacho, tn alma tu palma; pero advierte que- 
tú solo serás el responsable de lo que te pueda suceder. 

Soldado. Yo no creo que haya peligro alguno. 

Alguacil. ¿Con que no baj peligro?. . .friolera esl Y el 
hallarse mano á mano con el alma de una vieja? 

Soldado. No me hacen miedo. 

Cuba. Es una temeridad, hijo mió; y se espone usted & 
que Dios, que por mi boca le advierte el atentado que trata. 
de cometer, le castigue severaraente. 

Soldado. ¿Con que, se&or alcalde, me permite usted 
bajar? 

¿Estás resuelto? 



t.Goo^Il' 



313 

Sóidas o. Eoterameote. 

Alcalde. Haz pues lo que te parezca. 

Esposa. Por Dios, militar, no se esponga usted.. . 

SoLSAso. No pasa ust^d cuidado, patrona. 

Majo. ¿Se ha mirado usted bien, camarada? 

Soldado. Sf señor. A mí no me asustan las Bábanaa, 
ni las ui^os, ni los brazos como aspas del molino, ni 

Majo. Cómo! Se atreve usted 

Alcalde. Haya paz, muchachos. 

Majo. Si do fuera que usted lo manda,.. 

Soldado. ( ai esposo.) ¿Cuánto teadrA de fondo? 

Esposo. Diez ó doce varas. 

Soldado. Poca cosa. ¿Y de agua? 

Esposo. Menos de vara ; media. 

Soldado. Eso no es nada. Bajen ustedes el pozal 

¿Ha llegado al agua? Bueno Ahora sujetar la cuerda 

. . . Eao es. (Se ¡mroJgce en el poio.) 

Esfoso. ¿ Ne se amarra usted? 
Soldado. (B^Btiiio.) No hay necesidad. 

ClTBA. (H«;iendo odeman <le msrrhsr.) Et CÍelo te defienda, 

hyo mió. 

Esposa. ¿Se va usted señor Cura? 

CvRA. Sf hija mia, no puedo preseaciar estas cosas. Es 
OH atentado ! . . . . (Enira. Suena un geniiil». é poco otro ¡r luego irea i 
cuatro: asombro ganeral. todos se ¡Bnliguan.) 

Soldado. (Deniro.) Ya cayó el pajaro. (Crece el asombro.) 
Subir un poco mas el pozal. . . . Bien está. 

Varios. Pero ¿qué es? 

Soldado. Ahora lo verán ustedes. 

Esposo. No haga usted, tal cosa por Dios. inMi suegra 
otra vez en casa 1 11 

Esposa. (Dejlndoi caer en aaa silla ) Ay madre mía! 

Alcaldb. (Viendo aaomar al soiilado.) ¿Qué traes? 

Soldado, (saliendo.) ¿Qué traigo?. . , [Sube et poial. saca de ^1 
r arroja eo el suelo un . . .) 

Un. . . (Sacudiandose T regando la cocina y á loiloa los actorea m^«r 
qna lo bicieTi el mas diaiiro Jardinero.) Quau, guau, guaul 



.Google 



TODÚS. Un perro. (Aquí «íU e1 un ... de mirras. Por supueaio 

Esposo. Un perro! ; mis doscieotos reales!... 

Ebfoba. Mi madre en figura de un perro 1 

Soldado. Diga usted patrooa ¿cuánto hace que murió 
BU madre de usted? 

Esposa. Mes y medio. 

Soldado. En ese caso tranquilícese usted porque hace 
mas de nueve que este auimalito me pertenece. El bribón 
quiso largarse; pero al fin pude dar con él, que no fué poca 
fortuna. Queden ustedes con Dios. 

Baldombro Mbhbkdbz. 



LA SITUACIÓN. 



Ko ha; que asustarse, Afguals, del título de este articu- 
lillo, que indudablemente hará abrir grandes ojos á los fisca- 
les (Q. D... G.) porque la situación que voy á pintar nada 
tiene de política, limitándome á hacer ver lo que me parece 
cierta situación ; y si no te gusto, das mi retrato en tu perió- 
dico, para que se rian los suBcritores; mi Sgura está descrita 
en estos cuatro estravagantes versos. 



Hé aquí como yo sin ser cañeato, soy una perfecta e«n"- 
eatura que no debe desperdiciar La Bisa, porque en estos 
tiempos no todos sirven para el caso. No creas que en esto 
divago, pues al describir mi persona, describo mi eititacion, 
que tan situación es como otra cualquiera, pero no es hoy mi 
idea entretenerme con mi persona, no solo porque no quiero 
se sepan ciertia cosas, sino porque nccesiiaba muchos plie- 



315 

goB de papel para tac gran tamaüo. ¡La situación! hé aquí 
ima palabra que en general no podria yo deSair, como no po> 
drás tú tampoco comprender, por qué te llamo amigo, pero 
en la situación del día todos somos amigos con solo saludar- 
nos en la calle, pues es nombre que vale mocho, j allá van 
unos versos estravagantes que no se sujetan (porque son li- 
bres) k metro conocidoj pero que no por eso deja de ser 
metro. 



¿Qué tal?... Pero sigamos con la situación i cuestas, 
que por Dios me pesa mas que al Cirineo la cruz, pues ya 
no es posible Tolyer atrás porque la situación mia, es decir 
la que describo 70, no es como la del cangrejo, y veremos sí 
es la peor de las situaciones de España. 

£1 misero artesano, el pobre enamorado, el cesante, el 
desterrado de bu patria (esta no es alusión i, mi amigo Vi- 
Uergoe), los gobernantes y todas las malas situaciones, creo, 
Ayguala, que no son comparables con la del escritor en nues- 
tra patria. Infiero que en todo estar&s acorde conmigo-, de 
lo contrario rebáteme cuando ¿ esti me contestes. 

Heme aquí con la pluma en la mano para escribir del es- 
critor, sin que en este número me cuente yo, pues aunque yo 
escribo, recuerdo aquel epigrama de Principe: 



■niwrable «acrlblilorT 

Estos cuatro versos no juzgo se compusieran para mf, aun- 
que algunos me los aplicaríin, como yo se los aplico á otros, 



IjOO'^Il' 



y asi es el mnado, pero dejóme de epigramas porque lea temo 
mas que á una paliza. 



AqQí debiera decir reciba, pero el consonante apremia mae 
qae un CBcritor cuando no ha cobrado una obra y mas aan 
(es todo lo que se pnede decir) que el editor cuando ha pa- 
gado una obra adelantada ; esto (entre paréntesis) sucede po- 
cas veces. 

El escritor, como ha dicho mu; bieo un poeta, es una 
planta maldita, y hoy que tan estraordic ariamente se repro- 
duce mucho peor, llevando todos por idea principal, el en- 
gañar á los editores, annque sucede siempre que son ellos 
los engañados; aqnl viene bien aquel refrán español: i> por 
í<ma y volver trasquilado. (Si Villergas no se hallase en 
San Peteraburgo, pedirla la palabra ai leer este refrancillo.) 
El escritor pues cuando vierte sus primeras inspiraciones, 
solo ansia que salga su nombre impreso y cuando lo consi- 
gue se recrea observándole horas enteras, como nna joven 
contempla el primer billete de amor, que le conmueve. Con 
este paso principian ambos su carrera, y sus sentimientos de- 
ben ser iguales. Aquel dia va a! prado y mira de reojo á los 
que pasan, creyendo que le señalan con el dedo para decir 
aquel es el Jioeól poeta , y á todos sus amigos pregunta si 
han leido aquel número para regalarles de lo contrario uno, 
de docena y media qne lleva en el bolsillo. £1 poeta en cier- 
nes hace incontinenti tantas composiciones como periódicos 
hay en la corte y sin mas recomendación que el mérito de la 
obra envía cada cual k eu destino: unas se publican y otras 
se arrinconan, sin que esto desanime 4 su autor. 

Los ratos perdidos los emplea en componer un drama, y 
aquí empiezan las desgracias. Después de consultar veinte 
historias que destroza á su modo, y de trabajar quince dias 
(no necesita mas el genio), se presenta en uno de los teatros 
donde le reciben muy bien , pero no sabe el infeliz que su obrtk 



L.OOi^lU 



317 

TS á confuDdirse cod qd millu' que tieae el empresario en bu 
bufete. 

Si buBca recamendEtcioiies que le recomienden de veras, suele 
SQceder que la producción se admite y el pobre diablo aguarda 
meses y meses, mientras que ve poner eu escena otras que 
habían sido leídas después; el editor no-quiere pagarla basta 
qDe comiencen los ensayos y ninguno quiere hacer el papel, 
y el qne hace el papel presta todas sus fuerzas para sacarlo 
mal ; lo saca mal, y silban al pobre autor para hundirle su 
porvenir contribuyendo ¿ que renuncie á escribir. 

Si por una casualidad se aplaudiese la obra, el escritor 
recibe en las tablas una ó muchas coronas que habia repar- 
tido á sus amigos para que le rindiesen este tributo. Sin 
hacer caso de las crfticaa de los santones que quieran echarla 
abajo porque ea joven, escribe otra infinidad de produccio- 
nes y ya puede contar con su subsistencia segura, con una 
situación de las mas briUantes. 

Desde este momento vomita Bu pluma poemas, noTelas, tra- 
gedias, dramas, sátiras, comedias, poesías y demonios, que le 
producen algunos reales . , . pero de cien suscritores tiene nno 
esta suerte j es preciso figurárselo arrinconado, á menos que 
no aprenda por principios á adular, renegando de sus creen- 
cias y convenciéndose de que come 6. costa de los editores, 
porque no conoce que los editores son los que comen á su 
costa siempre. 

Muy difícil es en el dia adquirir nombre y por eso la 
mayor parte renunciamos á él, conformándonos con estar & 
oscuras en el siglo de las luces; yo no deseo reputación á 
costa de infamias, y si escribo es por diverünne dando mo- 
tivo á los lectores de La Risa para que se rían de mi, pero 
uada me importa, caro Ayguals, porque sí se rie de mí el 
mundo entero yo me rio de todo él y vamos bogando en esta 
vida que es lo principal. 



pan qué otro nomb 
il el de Teodoro Gian 
lí Bimbre ; es apelll 



n, Google 



318 

Pero concluyo porqae la situación es ya...inii)' larga y 
me despido, aconaejándote que me contestes para saber tu 
parecer acerca de esta tríete situación, j adiós: por conclu- 
sión te digo que en el Parnaso nos veremos; y esta ai no es 
buena codcIusíoq, lo será poniendo un punto final. 

Tboboro Gobbrbho. 



DEFENSA DEL CHOCOLATE. 

Provocar á un reverendo á tiacer la defensa del chocolate, 
presentándole por rival un par de Iiucvos fritos con tomate, 
¡vive mi padre San Francisco que ea un insulto capaz de en- 
■ cender en ira, si no faera hecho por el autor de La Risa I Por- 
que es como poner en parangón la sidra con el néctar de los 
dioses, el chacolí con el lacrima Christi, la rústica patata con 
el tocino del cielo, la innoble cebolla con la pechuga de án- 
gel, la prosa con la poesía, lo humilde con lo elevado, lo 
rastrero con lo sublime, el zueco con el coturno, la cañaheja 
con el cedro, la estameña con la púrpura, la porra coa la la- 
ticlavia, el gorro con la corona, el plebiscito con el senado- 
consulto, la hehetud con la sublime inteligencia, el tugurio 
con el alcázar, la cotorra con la sirena, el grajo cou el fénix, 
el almuerzo en fin del cavador Bartolo con el desayuno que 
usaba el emperador Motezuma, según refieren las crónicaa- 

En buena le; el chocolate no necesita de cantores de bub 
escelencias: las escelencias y virtudes del chocolate se reco- 
miendan por sí mismas, son axiomas sólido-liquidos que no 
necesitan demostración. 

SI, poción divinal, reina de los desayunos, consuelo de los 
enfermos, confortativo de los convalecientes, recreo de los sa- 
nos, placer de los jóvenes, rechupete de los viejos, golosina 
de los niños, ddicia universal de paladares, abrigo de estó- 
magos viajeros, confortante de loa dÉbiles, despejo de imagi- 
naciones estudiosas, repulsiva de flatos, regalo de los cléri- 
gos, agasajo de los confesores, lauticia de los prelados, 
oblectamento de todas las clases , heroina en fin de ambos 



319 

mandos, que desde las regioues mejicanas donde tenías asen- 
tado tn imperto, TÍniste á estender tus dominios por la culta 
Europa. Sí, sabrosa y tónica ; estomática bebida, qne con 
el nombre de chocolate ') eres conocida y honrada por toda 
la haz de la tierra; tus gracias, tus glorías, tus virtudes, tas 
benéficos efectos no hay naiie qne los pueda desconocer, ni 
argumento que los pueda destruir, ni nube que los pned& 
eclipsar. 

En efecto, el chocolate es sin disputa el desayuno mas • 
conveniente y menos nocivo de todos los desayunos hasta 
ahora descubiertos, y creo que de todos los desayunos posi- 
bles. Y si las pruebas no abonaran el aserto, bastaría la 
consideración de ser el que adoptamos los frailes, qne en el 
ramo de higiene doméstica, y en el conocimiento de la perte- 
neciente á la bucólica, hemos merecido siempre y no se nos 
ha negado nunca nn voto de mayor cscepcion. Pero dejemos 
el fundamento de nuestra adoptada y nunca interrumpida 
práctica y costumbre, y vengamos á las pruebas. 

Levántase de su cama el hambre de letras ; entra en su 
despacho; toma su pocilio de chocolate; bebe en seguida un 
vaso de agua pura y cristalina: y en el kic et ntinc de hacer 
esto, siente el estómago confortado, los sentidos espertos, la 
ímagioaeion despejada, la parte física y la intelectual adquie- 
ren una entonación admirable, y si á esto le sigue el apén- 
dice de un polvo 6 la posdata de un cigarro , según el gusto 
de] consumidor, el hombre, si es letrado, se encuentra en dis- 
posición de tragarse tras del chocolate, no digo la Novísima 
y las Partidas, sino todos los tomos de Reales Decretos, qne 
en España constituyen una racioncita decente: si es poeta, se 
siente en aptitud de trasportarse en cuerpo y alma á la glo- 
rieta mas céntrica del Parnaso, y de jugar con las nueve her- 
manas, á esta quiero, é. esta no quiero, con la mas desemba- 
razada familiaridad; sí es periodista, se halla esperto y avis- 
pado para poner un articulo de fondo contra el lucero del 

') La voz chocolate di: que se deriva de U palabra mejicana alie que 
si^niflcB agua, j la voi í*i>«i, eiptesiiu del mido que liara el molinillo caando 
bale ctoai, ctoco, choco. 



alba, probando que su ministerio debe ;a cadocar, porque 
todos b>B días sale y no vemos que progrese mas uu año 
que otro. 

El chocolate pues despeja los sentidos, y conforta el estd* 
mago sin cargarle; al que es sobrio le alimenta; al gastró- 
nomo y glotón le prepara conveoienteniente, j le da aptitud y 
disposición, y le sirve de base y de preámbulo y cimiento 
para otras cosas mas súlidas y de mas mantener. El no em- 
* bota como las tajadas, ni achispa como el vino y el licor, ni 
soporiza como la lecbe, ni irrita como el café, ni hace sino 
oler bien, saber mejor, y sentar á laa mil maravillas. Abriga 
en el invierno, refresca en el verano , vigoriza en primavera 
j otoño. Se acomoda y adapta á todas las naturalezas, Eb 
tónico, estomacal, refrigerante, demnlcenle, laxante, analéptico 
y lenitivo. 

Asi no es estraño que se baya generalizado tanto en 
España, que basta los sabios enciclopedistas de la Academia 
de las Ciencias de Prusia, de la de las Bellas Letras de Pa- 
rís, y de la Real de Londres hayan consignado esta máxima 
honorífica para mi defendido, á saber: «manquer de choco- 
lat chee ¡es EapagnoU c'est Ure réduit ait mhite poifit de 
mis'eTe que de manquer de paiit parmi noiis.» Y después: 
vil y a longtetnpa qu'on a appeU le chocolat le lait des 
meillarde: on le retarde coinme tres nourrissaiit et comme 
iris propre á réveiUer les forces languissantes de restomae. 
Effectivenient le cacao, etc.« 

Ya veis, hermano Ayguals de Jü¡co, ya veis cómo se han 
esplicado los sabios estranjeros acerca del chocolate; alli di- 
ciendo que el faltar el chocolate á los españoles índica un 
grado igual de miseria y de pobreza al de faltarles á ellos 
el pan; prueba irrefragable de la universal convicción de su 
necesidad ; de su utilidad-, aqui llamándole la levhe de los 
viejos (cuyo dictado algunos de entre nosotros han aplicado 
erróneamente al vino), y encomiando bu cualidad nutritiva y 
la mas propia para reparar las desfallecidas fuerzas de esto- 
rnino; pasando después á especificar con recomendación las 
virtudes del cacao y de los demás ingredientes. jY á vista 



321 

de todo esto hay todavía quien se atreva i ponerla en pa- 
rangón un par de huevos Mtoa con tomatel 

|0h desbonorl joh vilipendio! loh mengual podría yo es- 
clamor aqui con el inmortal Jovellanos. 

Basta la posición supina del que toma chocolate tiene uo 
Gé qué de elevado y sublime. Figúrese mi contendiento á un 
padre provincial antiguo, ó bien á un Fr. Oerondio moderno, 
repantigado en su poltrona, embaulando un canjilon del rico 
de Caracas, probada y concluida ya la primera parte, que 
consiste en tos fragmentos del esponjoso bollo empapados en 
el aromático liquido, y que pasa á la segunda, que llamo yo 
de los sorbos. Bepres entésele elevando & cada sorbo maa y 
mas la cabeza, hasta el punto de clavar los ojos en las es- 
trellas del firmamento, como quien dice: «desde aquí á la 
gloríac. |0h! esto tiene una sublimidad, que comparada con 
la manera plebeya é innoble que suele izarse para comer un 
par de huevos fritos, operación que muchas veces en Espa&a 
se ejecuta (vergüenza da decirlo) con los dedos, constituye tin 
contraste de elevado y rastrero como et qne hay entre el 
ntendimus ad altan y el -ndeseendit ad ima.<¡ 

Por todo lo cual no es maravilla que el buen Don Erme- 
guncio, el Filosofastro de nuestro Moratín, se pusiese tan 
contento j alegre y tan fuera de quicio cuando el poeta le 
presentó como él dice: 

ancba bandeja con Mían cbiniscv 
reboiando de birticnl» chocolale 
(raciOD cumplida para Ireí prcladoi 
beDediclJDOs). j en cristal lucienle 
aguí que icread barro de Andi^jar, 



Don Ermegundo, qne era hombre entendido y aficionado, 

alio) elogies biio del ñ-agaoM 



.Google 



[mírica inftlii : por él Eurai 
lita Europa en el Orieme m 
LS r«f iones, porque puso ei 



:a toDiprd, simple ¡ desnudo. 



Tea el hermano retante bí es de importancia el sorbito 
este, cuando por él conquistan tinas Daciones á otras (aparte 
la cuestión del derecho de geutes y el internacional): y vea 
cómo confortaha & Don Enneguncio el solo aroma que dra- 

Ya lo creo que se sentiría confortado; pues de mi sé de- 
cir, que desde el momento que oigo á Tirabeque batír la 
chocolatera empiezo i, sentir nn consuelo inesplícable. Con- 
suelo de oido, que conforme se aproxima se va haciendo 
progresivamente consuelo de narices, de paladar ; de estó- 

Tftl seria (aunque un poco mas sospechoso) el que esperi- 
mentaba el citado emperador Motezuma, que según refiere 
Diaz de Castillo, cada vez qoe visitaba su harem se sorbía 
un decente tazón de chocolate á la vainilla. Tal seria tam- 
bién (aunque también méuos inocente) el que sentía el re- 
gente de Orleoos, que al decir del mariscal de Belliele en su 
Teslamenío político, se refocilaba con un jicarón cada ; 
cuando se levantaba de la cama, á cualquier hora que fuese. 
Y tal en fin el consuelo que can el chocolate sentirían las 
damas de Cbiapa, cuando hasta en la iglesia no se abstenían 
de tomarle. 



n, Google 



323 

Y ja que la iglesia he tocado, no puedo dfjar de reco- * 
meodar á mi adiersario otra de las Tirtudee del cbocolate, y 
no insignificante & fe mía, á saber la de no quebrar el ayuno 
eclesiástico, con tal que se baga con agua. Sobre lo cual 
puede leer el hermano Ayguah de Iico las razones que para 
eUo hizo TBler el cardenal Brancaccio, y la correspondencia 
que sobre este importante punto siguieron la princesa de los 
Ursinos y madame de Maintenon. 

En fin, por no cansar hoy mas, y porque creo que basta 
para demostrar las escelencias de mi defendido, solo a&adiré 
que si bien ha habido poetas que han cantado las virtudes 
del vino como Horacio y otros: si bien los ha, habido que 
han hecbo el panegírico del café como Delille, no tengo no- 
ticia que ninguno haya cantado Xas virtudes de un par de 
huevos fritos, como Uctastagio compuso una bella cantata al 
chocolate, que siento no tener á la mano para acabar de 
confundir coa ella al autor de La Risa que me ha provo- 

Debo sin embargo hacer una advertencia; y es qae todo 
lo dicho se entiende del chocolate bueno: bueno por la cali- 
dad de sus ingredientes , bueno por la obra de manos del 
chocolatero fabricante, y bueno por la habilidad y tino del 
que ie da la última mano y el inconveniente ponto en la 
chocolatera. Sin estas tres bondades, que siento no poder 
detenerme á esplanar, declaro al cbocolate indigno de la de- 
fensa que acabo de hacer. Entiéndase pues que hablo de un 
chocolate como el que toma Fr. Gerundio, chocolate de As- 
torga, junto al cual el chocolate de Madrid es un género ab- 
yecto, vil y bajo, indigno de este nombre; y que pienso lleva 
también muchos puntos de venti^ja al de Burgos , y aun al 
mismo tan decantado de Aragón. 

Y como á las pruebas de razón, y á las pruebas históri- 
cas, y ¿ las pruebas de autoridad, es conveniente y aun pu- 
diera ser necesario añadir la prneba mas concJuyente y po- 
sitiva de todas, á saber, la de la esperiencia; por la presente 
invito y convido á mi contendiente á que se acerque cuando 
guste ¿ la celda geraudiana á convencerse por si mismo de 
la bondad y escelencia del chocoliite, y estoy seguro de oir 

21* 



324 

de au misma boca esta humilde coafeaion: » yerdaderamente 
Fr. Gerundio me lia Teocido! él defeadia mejor causaln 

Muchos recursos haUar&s, no lo dudo, oh hermaoo Ay- 
ffuah, en tu esclarecido iageuio para hacer valer la caasa 
que sostienes; y desde luego cuento con qne pondrás mi pobre 
imaginación en tortura para rer de hallar salida y dar solu- 
ción á tus argnmentos. Pero de todos modos 8Í triunfares, 
creo qne mas será debido k la superioridad y mayor sutileza 
de tus talentos que & la juetícia de la causa que defiendes. 
Todo lo espera con filosófica resignación tu devoto hermano 
Fr. Gerundio. 



EL MOZO DE BILLAR. 

Una ventaja tiene el tno^o de billar, lo mismo que el mozo 
de café, sobre todos los hombres, y es, qne cuando estos lle- 
guen á viejos nadie les puede quitar sus años de encima; 
mientras que aquellos, tengan veinte, tengan cuarenta, tengan 
ochenta navidades; si no abandonan la profesión, siempre son 
moios. Ed esto les sucede lo contrario que é. mi, pues 
cuando alguno me pregunta que si soy castellano, á pesar de 
bailarme todavía en mis floridos abriles, tengo que dedr 
» viejo o, solo porque mi madre tuvo la humorada de darme 
¿ luz en Castilla la Vieja. 

Ademas, el moeo de profesión no solo tiene el [titulo ho- 
norífico de mozo aunque sea viejo, sino que está en su mano 
el ser bueno ó mal mozo, y cuando de un hombre depende 
el gozar de buena ó mala reputación, no ha de ser bobo en 
la elección; y annque sea bobo, no lo será para su provecho, 
porque como dijo el que lo dijo, ningún bobo tira piedras A 
su tejado. £1 mozo de café que sirve con puntualidad, y fia 
su género al consumidor de cuando en cuando, aunque sea 
enano, jorobado, tuerto de un ojo y bizco del otro, se dice 
que es un buen mozo. Lo mismo se entiende del mozo de 
billar que cuenta pronto y bien, levanta los palos á tiempo, 
y tiene siempre tacos y mesa en regla: asi como el qne cum- 



325 

pie mal con bu obligación, aunqne sea un chico como uuai 
perlas, Be dice que ea mu; mal mozo; pero á bien que á este 
le queda el consuelo que á mí con ser caetellano viejo, que 
con todas naestraa faltas j mas qae tuviéramos, bí paBamos 
al anochecer por las callea de Carretas, Montera j Puerta del 
Sol, no ha de faltar quien nos diga con sandunguera gacho- 
nería: »Adios buen moeo.« 

Dos cosas necesita el hombre para llegar á la perfecdoo 
en cualquier ramo del saber humano á que se dedique, la teo- 
ría y la prActica, que por lo mismo de coatribnii juntas & for- 
mar un todo perfecto, suelen couciliarse rara vez, como rara 
vez concurren en un sugeto en grado superior el talento y la 
memoria; porque el poeta que reuniera la inspiración de Zor- 
rilla ; la erudición de Lista, como el matemático que tunera 
el genio de Newton j la prodigiosa memoria de Mangiamele, 
serian dos monstruos, literaria ú científicamente hablando, cuya 
carrera imposibilitaria á loa demás de seguir sns huellas, te- 
merosos de perder el guia á la mitad de la jomada. Así 
pues el mono de billar ducho por la práctica en el giro de 
las bolas, según la calidad del taco y el impulso mayor ó 
menor, y mas ducho todavía por el conocimiento de la mesa, 
ee un leño en esto' de geometría. Pero pongan ustedes á 
Yallejo, á Travesedo y al mismo Legendre ¿ jugar al billar 
con un mozo del oficio, y verán mientras ellos consideran la 
mesa como uu psiíecto paralelepípedo, y trazan ángulos rectos, 
agudos y obtusos, y calculan la abertura de la bola, consi- 
derando que el ángulo de reflexión es igual al de incidencia, 
t^do para dar una pifia ú sacar la jugada del tio Melón, que 
consiste en no hacer nada y quedarse; verán ustedes, repito, 
pegar el bueno del mozo un trancazo al bneo tun tun, sa- 
cando con toda su ignorancia, villa, pérdida, carambola, cua- 
tro palos y mingo cubierto. Sin embargo no seria malo qua 
el mozo de billar ayudara á la ejecución con el conocimiento 
de las matemáticas. Yo tengo la aprensión de que Newton 
hubiera salido un jugador sin rival, siendo mozo de billar un 
par de años. 

Es muy particular lo que en esto de jugar al billar le 
pasa al nieto de mí abuela. Comprendo perfectamente el 



L.OOi^lU 



326 

juego, sé la cantidad de bola que dubo tomar par& el doblete, 
para el remdo, y en fin para lo que buenamente quede. Voy 
í la ejecución y pego exactamente en el polo opuesto al que 
yo quena dar; y si por casualidad apuuto bien, la pifia Tiene 
tan segura, que ni dé encargo. Cuando doy bola, y la mía 
entra por loa- palos, me contento con uno ó lo mae dos; 
cuando me paao sin bola, suelo derribar U>áoB los palos. Hay 
veces que tiro una carambola de aquellas que se presentaban 
á Fernando Vil; y con toda la sal del muado me paso de 
fino; y si no meto gato por liebre, meto un conejo como una 
casa. 

A caza de p&jaros de mi cuenta andan siempre los mozos 
de billar, y esta es una de las presas en que mas tuce la sa- 
gacidad del astuto cazador. No se va en derechura á la 
liebre, poco conocedora del terreuo para librar por trancos ó 
barrancos, marcha por el att^o, y espera en los atolladeros, 
donde descarga á boca de jarro, y mete loa tacoe basta el 
corazón, f cuando calcula á la primera ojeada la velocidad 
del gazapo, como buen perro viejo, detiene su marcha lo po- 
sible para dar algunos minutos de vida á su antagonista. En- 
tonces suele presentarse una mata donde pueda agazaparse 
la presa burlando los pies del galgo, y to' que conviene es un 
ataque brusco para echarse encima, ó una treta para que el 
enemigo se entregue á discreción. 

Efectivamente, el mozo de billar al primer golpe de vista 
conoce el juego de su contrario, que en el mero hecho de 
jugar con el mozo del billar, suele ser lo que llaman los in- 
teligentes un chambón, qne es un hombre que juega mal, ó 
un chambonaeo, que es el que juega peor. Si puede el mozo 
darle seis tantos, le contenta con dos ó mano á mano, y dé 
gracias si no le saca tantos, que suele suceder con frecuen- 
cia, porque como tenemos tanto amor propio los chambones, 
es fácil convencernos de que lo hacemos bien; y por no 
mentir al que nos hace favor, somos capaces de cualquiei 
aacrificio. Lo cierto es que para cada golpe del chambón, 
hace dos el mozo de billar hasta plantarse en veinte y ocho 
ó veinte y nueve. Entúnces si hay golpe le .hace, y si oo 
también, sea por tabla, sea por fetmgue, aea por el infierno. 



l^.OOi^lU 



327 

pero siempre de modo que el golpe parezca casual. En vien- 
do el chambonazo que ha llegado á veinte j nueve, y el 
mozo le gana la mesa por un inconcebible retruque, dice Ba- 
tisfecbo: ¡Me ha ganado por un chiñpon! Cliiripon es super- 
lativo de chiripa, chiripa quiere decir casualidad, j esto en 
el billar tiene diferentes einÓDimos, como hamba, esperpento, 
barbaridad y San Bruno. Pero la del mozo no es barbari' 
dad, m San Bruno, ni esperpento, ni bamba, ni chiripa, ni 
casualidad, que es un golpe tirado i ciencia cierta, aunque 
el mozo se haga de chiquitas, y diga que es jugada de tran- 
cazo ó tamborilazo , qne quiere decir fuerte y al buen tun 
tUD. Para eso cuando el chambón saca una bamba, ae da 
tono 7 jura por lo mas sagrado que aquello es tirado y muy 
tirado, á. lo que el mozo (que todos son truanes y decidores) 
suele conteslar: ül que tira eso puede tirar de una carreta. 
Si juega á, la treinta y una tiene mas probabilidades de ga- 
nar, porque conociendo bien la mesa y manejando la suela 
perfectamente, tumba, cuando quiere, el palo u«o, el dos, el 
tres, el oíaíro ó el cinco, y saca, cuando le hace falta, el 
doblete del nueve b el del once, como loa recodos del ct'nco, 
y del dieis por un lado y los del tres, del ocho, del cinco, 
del siete, y del doce por el otro. Pero no es esta la princi- 
pal ventaja del mozo en la treinta ¡/ una, siuo el poder lle- 
var, como acostumbra, dos bolas cubiertas que coloca en dis- 
tinto bolsillo. ¿Tira el golpe y le hace? pues saca la bola 
del bolso del chaleco. ¿Se pasa? Sigue jugando hasta poder 
plantarse en treinta ú hacer la treinta y una con la bola del 
bolso de la chaqueta. Si vuelve á pasarse, reniega de la 
suerte, mas no por eso se aflige, que todavía tieue repuesto 
de bolas en el pantalón. 

Esto de esconder la bola cuando es alta como el diez y 
seis, produce mejor efecto en lo que llaman el punto. Mien- 
tras el mozo canta como uu moscón |el uno I ¡el dos I ¡el 
treal ¡el cuatro! . . . pasean los jugadores ó dan yeso á la 
suela, y por consiguiente no ven al mozo quedarse con una 
bola en la mano. Luego que reparte otra vez, csclama: /me- 
tilo duro al punto! £1 que ha podido traslucir el catorce 
6 el quince, pone sin dificultad, porque hay pocas probabili- 



l^.OO'^IC 



dftdes de qne salga precisftmeiite el diez j sein, que es el 
número mayor; pero como el moio le tiene ja ea la mano, 
hace que saca bola del caotarillo, ; no la saca porque ya 
estaba fbera el diez ; seis, que tira en la meaa diciendo: 
iTambien ba sido snertel jDíob protege á la inocencia! 

Eso sí, el mono de billar mira mucho por la casa; y ai 
hay quien juegue treinta y una, guerra b diapó, no se di- 
vierte nadie en jng&r meiaa; porqne ademas de que la ntí- 
tidad en este caso es m^or para el amo, también suele serlo 
para él por loa empréstitos no reintegrables qoe hay, y por 
el derecho de la sisa. Todo el mundo le llama de tú y Be 
divierte con él, hace burla de sus patillas 6 de sus naricea; 
pero el mozo no se pica ni se corre: sabe que mucbas veces 
juega coD loa que le insultan, que ó porque tienen dinero, ó 
porque quieren aparentarlo, le pagan cuando pierde, y no 
cobran cuando ganan, y el mozo dice y dice bien; dame pan 
y llámame tonto. 

Con este modo de vivir, gana lo Buflciente para comer y 
vestir, y aon le sobra porque no gasta lujo. Una chaquetita. 
corta de paño pardon, nn pantalón ancho de Ídem, babuchas 
ó zapatitos que no oyen aunque tienen orejas, chaleco abro- 
chado, pañuelo al cuello á lo calesero, y nua gorrita de me- 
dio lado que sienta en aquella cara de pillo como pedrada 
es ojo de boticario. Cualquiera le entregaría la bolsa en un 
camino. Unos mozos seráu casados y otros no lo serán; res- 
petemos la vida privada de cada uno, y allá se las baya y 
se las busque por donde pueda, de mujeres está el mundo 
lleno, toda la tierra es altar para quien tiene devoción, y el 
que no aapira á ganar el cielo no necesita bendiciones. 

£1 mozo de billar trabaja generalmente por la tarde y por 
la noche. La mañana la ocupa en cepillar la mesa, pnlir loa 
tacos y arreglar los quinqués; y después de todo esto, para 
matar el ocio, ensaya grandes jugadas y posturas difíciles. 
Ora tira doblete de maza, ora palos y á cubrir, y ora á pe- 
gar la bola para dejársela siempre al contrario debajo de la 
baranda, y entúnces le dice con mucha aocarrouerla ¿quiere 
usted la larga? Tira hasta por debajo de pierna; pero la 
mayor dificultad que tiene que vencer, es tirar á lo cadete 



329 

con la mano izquierda con nn gran paro en la boca, que es 
cnanto Be puede apurar. 

Cuando llegue an habilidad á este eetremo, ya no teme & 
nadie; ;a llegó al non plus ultra; j& puede ríTaliiar con los 
genios prívilegíadog del arte como los Ríanos y los Bermii- 
doa ; los Peret j los Espinos ; loa Alzamoras, que casi casi 
lo hacen todos tan bien como ;o. 

Jdin Martínez Tilleboas. 



MI CRIADO Y HERMOSILLA. 

CARTI- epístola EN PROSI- VERSO. 

Paes La Risa es enciclopedia de estravagandas, ahf va 
ana de gran calibre, señores lectores; pero tengan ustedes 
entendido, en primer lugar, que yo no respondo de que les 
guste; ; en segundo, que ora les parezca bien, ora mal, la 
estraTagancía no es mía, sino de tm doméstico que Dios me 
dio, hombre por cierto de loa maa eatrambótícoa ; estrafa- 
larios del mundo. Es el caso, señores leyentes, que entre la 
numerosa y dilatada familia que hace años se me come por 
los pies, tengo un ¡odiTÍduo que no pertenece á ella sino por 
la tangente, es decir, en clase de criado; cualidad que no 
quita qne yo le quiera, como se merece, por lo bien qne me 
sirve; lo que no se opone tampoco í que sea un bárbaro de 
pies & cabeza, como ustedes verán bien pronto. Cuando jo 
no era autor, ni me bahía pasado por las mientes ponerme 
& escribir, teníale en casa para que me limpiase las botas, y 
para otros osos igualmente humildes; pero desde qne me di4 
por hacer versos y por esplicarme en prosa, y por otras co- 
sas, que, con licencia del gran Moliere, no son prosa ni verso, 
hubo una variación total en mi casa. Mi mojer se echó k 
literata, mi suegra se hizo marisabidilla, el abuelo de mi 
Baegro, que aun vive, comenzó é, aprender el francés ; el ma- 
rido de la madre de mí esposa se dedícú í representar co- 
medias; mis cinco hermanas pusieron sns veinticinco sentidos 



.LnOO'^k' 



330 

en leer folletiuea de periúdicos; mi aesto sobrino se metió á 
corrector de pruebas, ; de los nueve biJoB que tengo, cuatro 
se hicieron editores responsales de otras cuatro publicaciones 
periodísticas; y los cinco restantes, con los otros cinco so- 
brinos que se me quedaban en el tintero, resolvieron tomar 
la ünica j esclusiva ocupación de leerme á mi, proporcio- 
nándome de ese modo un pequeño público, compuesto de diez 
individuos; fortuna que no tienen acaso todos los autores de 
la época. Mi padre y mi madre habían muerto ya por aquel 
entonces; pérdida irreparable para mi, y sobre todo para la 
literatura contemporánea, la cual, i baber ellos vivido, hu- 
biera contado con dos notabilidades, ó por lo menos con dos 
apasionados mas, según la comezón literaria que se apoderó 
de mi familia desde el momento en que, como dijo arriba, 
me di6 la humorada de echarme á escritor. 

Natural era, señores lectores, que en semejante metamor- 
fosis doméstica le cupiese también su correspondiente muta- 
ción de vida á mi criado Juan; y asi fué en efecto, pertene- 
ciendo como perteneció desde aquel dia al círculo literario, 
si bien siempre en sentido humilde, dado que su ocupación 
única y esclusiva fué ir y venir á la imprenta diariamente 
llevando original ; trayendo pruebas; tarea que en sus do- 
lencias ha compartido mas de una vez con la criada, permi- 
tiéndolo asi el cielo, sin duda alguna, para que uo quedase 
ningún ser racional, entre todos los que me rodean, que de- 
jase de pertenecer á la noble aristocracia del talento. Mi 
criado se mostró altamente satisfecho con su nuevo oSdo, y 
comenzó á armar tan terribles peloteras con los chistas, que 
, me rió de las discusiones de tantos literatos de café como 
brillan en todas partes. La fortuna fué que por aquellos jdias 
no sabia el buen Juan ni leer ni escribir, que á no ser eso 
se echa desde luego á literato lo mismo que yo, y no me 
deja tiempo para lucirme solo. Pero el diablo que todo lo 
enreda, quiso mas adelante criarme un rival, y el bribón de 
mi criado comentó poco á poco i hacerse hombre de pro- 
vecho, acabando por !aber escribir una carta en menos de 
seis años. Yo no habla notado su afición á las letras, ni po' 
dia pasarme por la imaginación que pudiera remontarse tan 



L.OOi^lU 



331 

alto. ¿Cuál no sería mi sorpresa por lo mismo, cuando le 
vi cu estado de corregirme las pruebas ; de coiregirmelaa 
bien? Yo debía alegrarme de sus adelantos, pero la ruin 
«nTidilla ; un vago temor de que con el tiempo pudiera su- 
bírseme & las barbas, pudieron mae eu mi corazón, que el 
deseo de fomentar sus progresos, y le dejé abandonado á ai 
mismo. Con esto j con Itamarle zopenco con mas frecuencia 
que antes, creí evitado el peligro, y mi susto se calmó poco 
A poco. El ha aprendido á leer y á escribir, me decia yo 
en mis adentros; pero de eso á bambalearse como hombre de 
letras, va un pato de gigante. ¥ cuando quisiera echarla de 
escritor, ¿qué daño podria hacerme á mí? El no me ha de 
lanzar de la altura en que rae reo, ni ha de ser un genio 
como yo. Todo lo mas que el pobrecillo podrá hacer, será 
escribir una mala carta á su muchacha, ó suponiendo cuanto 
hay qae suponer, desempeñar alguna que otra chispilla en 
este 6 en el otro periódico, para tener la satisfacción de decir 
una descergQenza á todos los que valgan mas que él. 

Así decia yo para mi capote, pero mi criado pensaba de 
un modo mas atanzado que yo, y todos mis cálculos vinieron 
á tierra. Ojeando periódicos por aqui, leyendo poesías por 
allá ; llevando y trayendo pruebas por acullá, ha ido poco é, 
poco adquiriendo tan notable desarrollo en su genio, que aun 
cuando es un bárbaro como tengo dic^o, me da ya quince y 
falta en materia de literatura. Para que ustedes se conven- 
zan de esta verdad , oigan ustedes la conversación que tuvi- 
mos anoche, y vean ustedes si el es-zopenco de mi criado lo 
entiende. 

— Amo mió, me dijo, entrando con unos papeles: abi 
tiene usted esas segundas pruebas que acabo de traer de la 
imprenta. 

— ¡Malditas pruebas! contesté amostazado. ¿Es posible 
que han de venir siempre cuando uno- tiene otra ocupación? 
j Bueno saldrá ahora el articulo de La Risa, teniendo que in- 
terrumpirlo á lo mejor del cuento! 

— iHola, señorito! ¿Con que estaba usted escribiendo 
para La Sisa? Pues lo que es por interrumpir la tarea, do 
debe darle & usted cuidado, porque .... oqul para los dos. 



t^.OO'^IC 



ae&oríto .... ¿sabe usted qne me ha ocarrido á m( eBcribir 
unos versos, que mejorando lo presente. . . . 

— I Cómo I ¿Qué es lo que dices de versos? 

— Nada, señor . . . sino que como he oido que sentía nsted 
dejar inteirampido su artfcnlo, me ha ocurrido ofrecerle una 
epístola poética que acabo de escribir, con la cual podría 
salir usted de su compromiso, enviándola al director de La 
Risa. 

Oir la propuesta y echarme á reir como un bárbaro, vino 
á ser todo uno. 

— No hay que burlarse, señorito, me dijo él con cierto 
gesto un BÍ es ó no es avinagrado. Cada cual tiene el alma 
en su almario, y cuando otros hacen versos, no sé porqué do 
los he de bacer yo. 

— Convengo en ello, le contesté; pero ¿sabes que me has 
dejado patitieso? ¿De dónde sacas ahora esa habilidad, tá 
tan majadero y tan. . . 

— Pues'. Siempre con que soy un zopenco, y siempre con 
la misma canción. ¿Sabe nsted, señorito, qne eso es una 
horrible injusticia? ¿Sabe usted que si le presento las com- 
posidones que tengo hechas, se muere usted ahf de repente? 
¿Sabe nsted, qne si le leo mi primera imitación de Zor- 
rilla ... 

— ¿De Zorrilla? ¡Ay, Dios mÍo, y qné bien parado ha- 
br& quedado el modelo! 

— Poco & poco señor . . . qne se me acaba ya la pacien- 
cia, y si no quiere usted dispensarme el favor que le pido, 
voy yo solo al director de La Risa, y estoy seguro que al ver 
una composición tau original . . . 

— Oh, lo que es original ya me figuro que no podrá me- 
nos de ser... Pero en resumidas cnentas, ¿qué es ello? 

— Eso es ya otra cosa, señorito; y puesto que se aviene 
usted á la razón, iremos por partes. En primer lugar, ya 
sabe usted que estoy perdido por mi antigua compañera de 
profesión. 

— ¿Y qué compañera es esa? 

— [Tomal ¿Quién ha de ser? La criada. 

— ¡Cómo, bribón! ¿tú tienes trapícheos con... 



333 

— |£ht qne fo no digo mas sino que la qniero, pero 
como ella no me quiere á mf 

— Eb decir que no hay peligro de — 

— Sf, buen peligrol Y es mas áspera qne una zuza, y 
por eso cabalmente be ideado el medio de ver si la puedo 
hacer mas accesible, escribiendo la poesfa en cneation. 

— ¡Jesucrístol Y me buscas para... 

— ¡Dale I Si yo quiero casarme con ella, y ella no qoiere 
casarse conmigo, ¿es acaso pecado que trate de. . . . 

— ¿Con que tu fin es honesto? 

— Pues ya Be ve qne lo es: pero es el caso que ella no 
me puede tragar, (»mo digo á usted; y como tengo otra mu- 
chacha que me qniere, y como no es mi vocación estarme 
soltero toda la vida, he determinado decirle qne si persiste 
en su trece, me caso con la otra, y se acabó. A esto se re- 
duce todo. 

— ¿Con qué ese es el asunto de tu composición? Pues 
lo que es basta ahora, no veo en la idea maldita la origina- 
lidad. 

— Es que lo original no está en la idea, señorito, sino 
en la ejecución. Oiga usted. 

Y diciendo y haciendo, me leyó la carta siguiente, no sin 
mirarme en cada uno de sus apartes, como para observar en 
mi rostro el efecto que su lectura me hacia. 

Querida Melchora: Me alegraré mucho que al escribir la 
carta que te estoy escribiendo, te encuentres libre de mal. 

Yo estoy bueno, gracias á Dios primero, y luego á Don 
Boque el médico, qne me ha sacado libre de la última sofo- 

Sofocacion que, si bien se mira, se debe á tu terquedad 
maldita en mostrarte ingrata con quien te quiere mas que al 
Perú. 

¿Será posible que ios ojos tuyos nunca se han de volver 
& estos dos ojos mios? ¿Nunca nos hemos de unir? ¿Y 
por qué? 

Tú sabes que tengo un corazón tan muerto por tus gra* 
das, que no hay ningún hombre, hablando asi comunmente, 
que tenga mi amor. 



334 

Tú en tanto te burlas de mi paciencia, j jnro á San An- 
tonio, que bí ahora te T)DrlaB también, yií no he de eBcrihirte 
& fe de Jaan. 

OasémoDos luego, ó por Jesucristo 6 por en Madre, te 
digo qne no espero mas, pues van ocho años que me haces 

Leonarda me quiere, j todos loa dias est& diciendo i to- 
dos que si me caso con ella, mi dicha está resuelta ya. 

Piénsalo, pues, porq^ne te digo otra vez (; va con la for- 
malidad que me caracteriza), que te dejo si haces el hurón. 

Espero respuesta sin tardanza, porque es ra tan dura mi 
suerte, que á fin de acabar el retintín concluyo diciendo: 

— ¿Qué tát, sefiorito? preguntóme mi criado lleno de 
satisfacción, apenas acabó de leer su misiva. ¿Qué la ha pa- 
recido á usted mi composición? 

— Me ha parecido, le contesté, que 6 careces de sentido 
comnn, ó has debido traguear hasta dejártelo de Eohra. ¿No 
me has dicho que ibas á leer una composición poética? 

— Si señor. 

— Pues ¿á qué viene leerme esa estravagante epístola en 
prosa? 

— ¡En prosa dice usted! Ya veo que tiene usted or^as 
de ganso, j que el que carece de sentido común es usted. 

— ¿Cómo es eso, insolente? 

— Como que veo que habré de tomarme el trabigo de 
darle & DSted una leccioncilla de poética, puesto que desco- 
noce la clase de metro en que se halla escrita esa carta. . 

Yo estaba como quien ve visiones, y hasta llegué á dudar 
si el qne habia empinado el codo era yo. 

— Dígame usted, prosiguió mi criado; ¿ha leido usted & 
HeTmosilla? 

— Este animalote se ha empeñado en examinarme de 
bellas letras, dije yo para mí; pero deseoso de ver en qué 
venia & parar la interpelación, ¿& qué viene esa pregunta? 
le contesté. 

— Repito que me responda usted categóricamente. 

— Y bien; le he leido: ¿qué tenemos con eso? 



l^ntHK^ic 



336 

— Que ai lo ha hecbo usted con la debida detención, no 
podrá usted negarme qne en la obra títnlada Arte de hablar 
en prosa y verso, ha compendiado an autor todo lo mejor 
que en materia de preceptos se ha escrito; y qne esto supues- 
to, la autoridad de esa obra es sin disputa de lo menos ir- 
recusable que puede darse desde ArietóUleg á Horado, desde 
Horado i. BoiUau y desde Boilean hasta nuestros días. 

— Sabes, Juan, que estoy aturdido con las citas que 
acabas de hacerme? ¡Cuerpo de Dios con el nnevo literatillot 
Pero dejando chanzonetas á un lado, digo, querido Juan, qne 
cuando HermoíiUa se limita i esponer pensamientos ajenos, 
no hay duda que lo hace muy regularmente; pero cuando se 
empeña en discurrir por si , casi siempre lo echa á perder, 
¿ Qué apostamos ahora & que Tas á citarme alguna mi^aderla 
Hermosillesca ? Porque yo te veo venir, y eso de invocar la 
autoridad de ese preceptista en apoyo de tu epístola. . . 

— Pues ya se ve que la invoco, y usted me dará la ra- 
zón. Y sí no, dígame usted: la primera cláusula del Quijote 
¿está escrita en prosa ó en verso? 

— Mira si decia yo que ibas á citarme alguna maja- 
dería. 

— Poco á poco con eso, señorito, qne la cláusula en 
cuestión tiene tantos versos cuantos son los renglones en qne 
HermosiUa la distribuye. Y si no, mire usted. 



Haeo I gaJgo corredor. 

¿Negará usted qne los dos primeros renglones son dos 
versos octosílabos, el tercero nno de nueve silabas, el cuatro 
y el quinto dos de cuatro, el sesto y el sétimo dos de cinco, 
y el octavo y el noveno dos heptasllabos agudos , que equi- 



l^.OO'^IC 



valen por lo mismo á octosflaboa? ¿Qoé dice usted á obU 
pniebft »n réph'cn ? ') 

— Digo que me he quedado estupefacto, como dice el 
autor á que alacies; al encontrar nada métios que nueve ver- 
sos en la primera cláusula del Quijote. No lo esperaba yo 

dertamente -, pero ea el mal, que para que reBaltOD los 

tales Tersos, es preciso ante todo tener or^as de ganso, como 
dices ti, para no conocer la YÍolenda que se hace al sen- 
tido; lo cual no qnita que si yo me pongo i hacer anatomía 
de esa cláusula de otra manera distinta, resulte otra combi- 
nación de Tersos distinta también; Tersos empero, que en el 
mero hecbo de ser de díTersas medidas, se destruirán como 
los de arriba, loa unos & los otros, quedando por consi- 
guiente reducida la cláusula en cuestión á prosa y purísima 
prosa, pese al magia de Hermosilia con toda su eradidon y 
con todas BQB cavilosidadeB. Con que oido lo que tenia que 
contestar ¿^ la prueba sin réplica, dfgote que me dejes en 
paz porque no tengo el tiempo para oir disparates; j si todo 
el mérito de tu composidon consiste en haber hecho una ensa- 
lada como las de que habla Sengifo, ú como la que Sermo- 
siUa quiso hacer de la primera dáusula del Quijote. . . . 

— ¡Victorl eaclamú mi criado saltando de gozo. Usted 
Ta á caer de bu asno, y . . no hay remediol Mi epístola 
tendrá el honor de figurar en las columnas de La Risal 

— ¿Y por qué? 

— Porque he dado un paso mas que Sermosilla, y la 
originalidad de mí composición consiste cabalmente en constar 
de Tersos simétricamente iguales, y en rigorosa consonancia 
á mas de eso. Lea usted, lea usted: cada aparte de mi carta 
es una estrofa, y cada estrofa una quintilla. 

— Me dejas aturdido con esa reladon. Tersos . . , estro- 
fas .. . consonantes . . . quintillas , , . Pero ¿será Tiolentando 
también el sentido? 



l^.OOi^lU 



337 

— FueBl como violentaba Htrmosilla el de la primera 
oláuaula del Quijote. ¿Oye usted? 

— Ed efecto ... es verdad. ¿Habrá diablura como ella? 
¿Sabes, Juan, qae tu ocurrencia es gracíoM? ¿Pero sabes 
también que sí la envió á La Bisa, no bltorá quien crea que 
has hecho esa composición para ridiculizar . . . 

— ¿Y qué me importa k mí que crean las gentes lo que 
quieran? Lo que á mi me interesa es qae acceda usted & 
mis ruegos, ¿ ver si leyendo Melchora su nombre en letras 
de molde .... 

— Ob! Melchora seria nu estuco, si viendo la algndeza 
de tu ingenio y la ternura de tu pasión, dejase de coronar 
con BU cariño las amorosas ansias de quien tan gallarda* 
mente se espresa. Tu epístola ir& k La Risa: no tengas 
cuidado. 

Y en efecto, señores lectores, la carta de mi criado existe 
ya en la página anterior; pero para evitarles á ustedes la 
molestia de hacer por sí mismos la consabida operación ana- 
tómico-bermosiliesca, procederemos á insertarla otra vex en 
los términos en que debe leerse. Abran ustedes las orejas, 
y oigan: 

A MELCHORA. 



Yo citoj bn«DO . gracias i 
Dios primero , j luego i Don 
Hd^s fil médico . que id« hj 
Mcado libre de la 
últiioa «tfocacion: 

Sofocación que, ai bien 

terquedad maldiía en 
moalrena ingrata coa quien 
le quiere uiai que al Peni. 



GoO'^Il' 



is de unirí ¿Y por qué? 



mi |iaci«ncia, ; juro li San 
AniBDlo. <|ue 9i ahora le 
burlas también, ;a no li* 
lie escribirle, á fe ile Juan. 

Gasémonoa Ldego^ é 

Madre, te digo que no 



dietendo á lodos i 


lue 




dicha está resurll: 


a y» 




Piénsalo, pues 
digo otra .ei [y t» c. 
ta formalidad que me 


porque te 


Espero respui 
lardania, porque 
dura mi suerte, ' 
de acallar el retir 
concluye diciendo 


que 


ya ton 
Uña 

- Juan, 


Míe 


>UE 


L AoüSTiK Pkincife. 



n, Google 



EL SOMBRERO. 
Yo, aqoi en donde ustedes me ven, soy un cristiano cono 
una loma, aunqne mi padre ea el moro Ahenamar. Pero ¿q[iié 
tiene que ver toda eeta algarabía con el sombrero? dirá el 
lector en sus adentros. Tiene que ver, j k verlo vamos. El 
susodicho Abenamar (estilo que haele ¿ fiel de fechos que 
trasciende) cantó en uso de su soberanía moruna la invención 
ridjcnla del eorbatiti, las atormentadoras ligáis y las medias 
agarrotadas por esta. De aquí se desducen dos consecuen- 
cias: primera, que ya no son solos los verdugos los qne dan 
garrote; y que tampoco son solos loa reos los que son agar- 
rotados. Un verdugo mas ¡qué horror: las ligas: una víctima 
mas de tantas inocentes como se sacrifican en holocausto 
de la patria y de la libertad; ¿quién diráin ustedes qne es? 
iqaé lástima de criaturasl .... las medias. Segunda conse- 
cuencia que mi señor papá, en vez de progresar, ha retro- 
grado en sus cánticos risueños; pues desde el pescuezo ó 
cuello, ó como lo quieran ustedes llamar, ha descendido nada 
menos que á las pantorrillas de la especie humana. Yo, c»nio 
hijo suyo, y heredero de stt gloria quiero remontarme ¿ mas 
altura, y ascendiendo de las pantorriiks, me soplo de un 
brinco en la parte alta del cerero, de tal manera, que me 
coloco en una posición que domina el hombre. |Tal es el 
afán de dominar en nuestros tiempos ! Pero en mi ascenso 
sombreril, ruego al dios Momo que no me suceda lo que al 
compadre Icaro, y me rompa la crisma en el santo suelo, aun- 
que yo no llevo alas de cera, como reza la señora Fábula (que, 
entre paréntesis, es una señora muy embustera], ni aunque 
no haga un sol que se achicharra los gorriones. Bien: se me 
ha puesto en el raagin que mi pobre articulejo no vaya en 
verso; en primer lugar, porque es mas original en I<a Risa, 
en donde las celebérrimas odas á las Judiaí, Salchichón, 
Tabaco, Ajos (¡vaya un potajel) merecen Justamente la fama 
europea de que disfrutan: en segundo lugar, porque estoy 
harto hasta el esófago de versos; no se oye otra cosa: «el 
drama, nuevo, original y en verso: la comedia, nueva, origi- 
nal y en verso: el picaruelo del muchacho ya hace versos; 



t^.oo'^ii: 



340 

pero tcu&nto verso trae el periódico A ó U revista Bl: y 
Tersos 7 mas versos, que es segnro que ai se encontrara nna 
m&qoina, que por medio de ana operación química redujese 
los versos k üqnido, nadaria la generación actual en un pié- 
Ie^o de sonetos, décimas, epigramas, endechas, octavas reales 
; epitafios. Tampoco quiero jugarla de rigorista, ni de ma- 
chacón; en mi articulo habrá de todo, sapos j culebras, como 
suele dedrse, pues que no es conveniente escribir con arre- 
glo á las reglaí en toda nna enciclopedia de estravagaDcias. 

Me encajo pues en cuerpo ; alma en el sombrero; no es 
decir esto que se zampe de patas mi humanidad dentro del 
sombrero, sino que voy í. tratar de él. 

No To; á cantar las glorias del sombrero, 



Esta no es una alusión política, es una alusión estrava- 
gante. No cogeré yo la trompa de Homero, ni de Virgilio 
para hacer de mi artículo «el sombrero» nna som&reretda 6 
una sombrerihada. Nada de eso, ni entonaré vertiendo por 
las narices á qnintales el tono maestral: 



tHs gloríDs cania del primer sombrara. 

Tampoco escribiré á lo clásico, aigniendo el cómputo cro- 
nolágíco de los tiempos, encabezando mi artículo con nna cita 
correspondiente, ; encajando después por via de instrucción 
profunda, cinco ú seis inscripciones en latin, halladas en los 
sepulcros del rey Carrion y de la reina Doña Urraca; deduciendo 
de ellas que en tiempo de sus majestades se usaban ya som- 
breros en figura de paralelepípedos prolongados, con cada 
cerda de media para. 

Tampoco seguiré la pauta de los señores románticos, ni 
cantaré tas ridiculeces del sombrero, como ellos lo hicieran) 
en esta chocante cuanto estrafalaria forma: 



FRAGMENTO. 

EL SOHBRenO. 



AIU de las nubes el rajo rasbi 



FÁ triste aoiDbrflro en lamo 
nolaba allá en la tagiiaa, 
j el dueño sumido en llaMo 
entona lúgubre c«DtD. 



Ya han tíbIo ustedes qoe no me peta ninguno de los gé- 
neros de eecribir, arriba citados, y que por consigaiente mi lema 
constante es el de "independencia y sopas.» El artículo del 
sombrero parecerá que Ue?a sobrado exordio; así como así á 
loa sombreros les sobra copa j les falta ala, luego en algo 
DOS hemos de parecer. Basta de prolegómenos, ; vamos al 
grano. Sin ir muy l^os, nos encontramos de- manos é. boca 
con los chambergo», que fué una de las frutas que nos vinie- 
ron allende del Pirineo. Siempre nos hemos pirrado por irni* 
tar. ¡Viva el españolismo neto I Sombreros de sujo ridículos 
y estravagantes , que nos regalaron los fiamencos. Ala, un 
paraguas ambulante ; copa, una taza puesta boca abajo, j una 
pluma que remataba la ridiculez, pues pareciao gallos ingle- 
ses los caballeros de la corte de Felipe IV. Asi los bantizó 
Lope de Vega: 



l^.OO'^IC 



nur erguiílD ) puesM al olio. 



Sombrerazos de á folio eran, sí señores niioB, los qne 
quisieron MsuBcitar los estudiantes de )& M. H. V. de Madrid. 
Ni al mismo demonio en figura humuia se le ocurre seme- 
jante atrocidad. Y digo yo, comenUndo é, Lope de Vega, al 
recordar aquellas máscaras esta dianti ñas ; 



cual ralon bojo DscudilU! 

Dejando aparte estas semi-embarcacioiies, que yacen pos- 
tradas en las ^uas del rio del Olvido , paaeinos á otras no 
menos estrafalarias que estas. | Ob sombrero de tres candi- 
les, que posaste, cual mosca en calavera de calvo, en la em. 
polvada y enmelenada cabeza de Femando Vil [Un rej, 
todo un Rey con tres candiles ea la cabezal 



No debo hablar mas de él, porque lo de tres candiles es 
suficiente para calificar de malo, no digo & un sombrero, sino 
á un hombre que tenga eíactamente las tres virtudes teologa- 
les, que son: fe, esperanza y caridad; es el símbolo de hacer 
á tres palos ; y el de soplar el aire por tres partes, es decir, 
por norte, mediodía y saliente, que en ese caso es el hombre 
una torre de Santa Cruz con tres veletas. 

Y aunque ta COM ligo alegórica 



Los sombreros llamados de tres pico* ocupan en nuestra 
historia un lugar importante. Vo . . . casi me dan tentaciones 



343 

de defenderlos. Su origen, sin embargo, es sangriento, es 
revolucionario. Cansados los pieos de estar horizontales, se 

pronttnciaTon contra sí mismos, que el proftwn ciaree contra ai 
mismo es el peor de los pranunciamientoa. Hubo aquello de 
andar al morro que era una bendición de Dios, y el resultado 
de la refriega fué que saliú rencedor ei de mas fuerza, cosa 
que sucede muy & menudo, quedando perpendicular y alzando 
la cabeza al cielo como quien dice: «aquí estoy yo." Los 
otros dos picos quedaron horizontales como antiguamente, y 
con la humillación del que sale Tencido, parece que están di- 
ciendo i<perdoni>. No puedo asegurar el día de la batalla, 
conocida con el nombre de los picos; pero sí puedo lifcir que 
sucedió mil años antes del nacimiento de nuestro señor Jesu- 
cristo; la hora permanece ignorada, pues todavía no se ha- 
bían inventado los relojes. 

Hé aquí el origen de los sombreros de tres picos. Som- 
breros que pululaban por entre la sabiduría en las universida- 
des, en donde eran el símbolo del hombre. Yo saco de aquí 
una consecuencia un poco hambrienta: que los libros y las 
cucharas de palo han estado unidos siempre en este picaro 

mundo, luego hambre y sabiduría, sinónimos. Pulularon 

hasta en la tauromaquia jqué horrorl un torero con sombrero 
de tres picos, es lo mismo que un coracero con enaguas. El 
ver en la plaza de toros de Madrid al tio Pedro Romero (y no 
á Bon Pedro Romero) dar una limpia estocada í. volapié, con 
nn sombrero de tres picos encasquetado hasta los ojos, era el 
anacronismo- mas atroz que han visto los nacidos. )Qné cosas 
tenían nuestros abuelos ! ¿Y dónde me dejan ustedes 



poreciiu ja othmlimee* 

Los tales picos fueron ruines y miserables basta en el nú- 
mero, eran tres 'solamente, no pndieroo llegar á cuatro. Ver- 
dad es que los llevaron Monvtin, Melendez, Florídablanca y 
otros muchos sabios, que, perdóneme su ausencia, á pesar de 
su sabiduría y su talento, eran ridiculos y e 



■,Goo«^Il' 



344 

El capitán del siglo, se me dirá, el grande Napoleón, el 
vencedor de Aaaterlitz y deUarengo, Ueyó sombrero de tres 
picoa. Cierto, certísimo, y á fe, á fe qne no me dejarán 
mentir las aleluyas. Pnes á eso reapondo yo mal imitando & 
Iglesias: 

jNd veii i NtpoliMn 



su urúctnr de león 

Basta de sombreros de tres picos; y vamos 'á otros que s 
pasan de chatos; mientras rezo á aquellos el siguiente 



Loa sombreros do copa alia se presentan á nuestra vista. 
[Cuántas variaciones ha inventado la pompa vana de los hom- 
bres! Qué de ridiculeces en los sombreroal |0h necedades 
mundanas! Pero ... do señor, esto va muy triste, no me aco- 
moda seguir como lo podría hacer un esclaustrado hambriento, 
qne son dos gracias divertidas. 

Ya sombreros en forma de alcuia boca ab^o, ó hablando 
geométricamente, de figura cónica. Estos no los llevan ya 
mas qne los cesantes, quienes los sacan del polvo del olvido, 
de entre muebles vi^os, de algún desván lleno de telarañas, 
y que permanecían jubilados. Ya sombreros á lo setembrista; 
copa \>d^&, ala ancha y sus borlas correspondientes, que no 
parecia sino que llevaban el progreso colgado de las borias. 
Ya sombreros en forma de morrión, derechos como hasos. 
En fio, sombreros á la derniére. Estos son unos sombreros 
en miniatura, propios de gente mentida, de jovenzaelos chi- 
quilicuatros y de personas de cabeza redonda, son por decirlo 
asi, escrúpulos de sombreros. No se apuren ustedes, que ya 
inventarán lea francaia otra clase de sombreros como los de 
los maragatos, y vayase la una por la otra. 

También hay sombreros con . . . (no me atrevo decirlo) . . . 



t^.OOi^lU 



con . . . , con grata!! Traslado á la oficina de Don Abundio. 
LoB ealañeeee, . . ¿para qué hablar de ellos? si de cualquiera 
manera que couaideren usted al sombrero, tes parecerá ridículo. 



Ebuabdo Lofzz Pblsobik. 



MARIQUITA LA PELONA. 

CRÓNICA DEL SIGLO XV. 

Vituperable cosa pareace traer de contino palabras en la 
boca, de las cuales la siDÍficacion no se cala, como qnier que 
mancilla aeya del borne de seso fablar de aquello que non 
entiende. Digoros esto á los que la presente relación hobié- 
redes & las manos, por cuanto bien os babrá veces fartas 
acaeacido mentar ¿ Mariguilla lapdetta, é yo tengo para mí 
sayo que ansí qaienfué Maríquilla la pelona sabredes, como 
sé yo quien se bobo de comer el gallo de la pasión, maguer 
barrunto que seria certamientre una boca. Quiéroros por 
ende tirar de inorancia sobre tal snbjeto, é tos aviso que la 
tan remembrada María fué naacída en tierras de Segovia, et 
en la villa de Sast- Barcia, llamada villa asaz famosa por la 
fermosura de las mancebas que cria, las cuales tan gentiles 
é donosas caras han de ordinario, que talea véalas yo en 
tomo de mf & la hora de mi muerte- Podre fné de María 
un bonrado labrador, de nombre Joan Lanas, cristiano viejo 
é bien quiato é non mal heredado, é de bien poca aal en la 
mollera, coaa que al padre é á la fija mucho de mal andanza 
trojo, ca en los tiempoa que alcanzamoa, Dios me perdone si 
non es fuerza mas haber -de bellaco que non de bendito. Fué 
ansí que Joan Lanas, por maloa de sus pacados, bobo de ha- 
ber una litigación con un su vecino sobre uu parral que val- 
dña faata dncuento maravedís; é había razón Joan, é diéron- 
jela los jueces, en guisa que ganó la lite, salvo que non duró 



L.OO'^IC 



346 

menos de diez afios nin le montó de costa menos de cinco mil 
maravedís, amen de un mal de ojos de que vino á fincar ciego 
á la postre. Como se topó menguado de fadenda é sin la 
vista de los ojos, aborrido é desconortado fizo dineros lo que 

del heredamiento de sus mayores leijárale la afambñda grey 
de letrados é de curiales, é tomó la vía de Toledo con la ea 
tija que entrada en los disiseis años, hablase fecho una de 
las mas garridas, apuestas é apetesciblCB doncellas que se pn- 
dieran fallar en Castilla é reinos allende. Ca ella era blanca 
al par de la azucena é colorada al par de la rosa: derecha é 
alta de estado, enjuta de talle é recia de cuadriles: otrosí ha- 
bla la mano et el pié i, maravilla pequeños é redondicos, é una 
mata de pelo que le deceudla fasta las corvas. £ yo conoscí 
á la viuda de Sarmiento que fué ama de llaves suya, la cual 
me contaba como cuasi uon podía abarcarle el tronco del 
pelo con ambas las manos, é que non de otra guisa podía 
peinarla, sinon puesta la doncella de pié, é sobida el ama en 
una tarima; ca si María se asentara, barrerleia su luenga 
cabellera el suelo, et ansi enmaran arfas ele toda. 

E non vos figuredes que por ser tamaña su beldad é do- 
naire pecase gran demi entre de soberbiosa é casquilncia, se- 
gund que las rapazas de ogaño suelen; homildica era como 
una lega de caostra, é callada como si mujier non fuese, é 
sofrida como la corderilla que mama, é afanadora como la 
hormiga, limpia como el armíoio, é honesta como una sancta 
del tiempo en que por la misericordia del muy Alto naacian 
sanctas en el mncdo. FiduciarvoB he empero en amistanza 
que habla nuestra Marícuela vanidat non poca del sa ca- 
bello, é folgaba de lo mostrar; é por ende, oras en la calle, 
oras en visita, oras en misa ñiese, diz que soltar eí manto 
sotilmente solía fasta lo derribar en los hombros, ¿icendo de 
la olvidadiza é mal cuidosa: tocas no traía nunca so la mon- 
tera, ca decia que la ponían congoja é afogo; é cada que sn pa- 
dre reprochábala por algnn fecho punición meresciente, é 
amenazábala de le toUer el caballo, júrovos que se dolía 
tres tantos mas que una vuelta de zurriaga, et estonce era 
bnena tres semanas arreo; á tanto que Joan Lanas catando 
la enmienda reía, á so capa, é fablando su fabla con los sue 



347 

compadres dedales qae la ed fija ganar había, como la otra 
sancta de Secilia, el cielo por loe cabellos. Leijado este 
tema, connene que sepades que Joan Lanas el ciego con tro- 
car de tierra é posada non trocó de meollo, é bÍ mentecapto 
era en Sant-Garcia, mentecapto fincó en Toledo, cousomiendo 
bi los BUS dineros con físicos é zurujanos roines que non le 
sanal>an la su ceguera é le eropobrescian cada día mas; que 
á non haber seido su fija tao ducha en labrar é guarnir 
paños de tino, lana é seda, yo tos prometo que el cuitado de 
Joan vérsela mas de cuatro disantos sin alcandora que se po- 
ner nin bocado qae yantar, fueras ende que non lo demandara 
de puerta en puerta. Años pasaban , é Maria cada vegada 
mas fermosa, é su padre cada vegada mas ciego é mas ga- 
noso de ver; fasta qne la pesadumbre é coita le acució en 
cuer é magín tan fuerte mi entre, qne María bobo de conoBcer 
claro como la lumbre del aol que si el su padre non cobrase 
la vista, finara de pena. A la hora María tomó á su padre é 
levólo en cas de un físico arábigo de grand saber que moraba 
en Toledo, é dijo al moro de catar si el viejo habia cura de 
sn roalatia. El arábigo cató é tentó á Joan é fizo con él 
esas et esotras probaduras, é todo paró en qne el físico 
Gciese juras por el zancarrón de Mahoma de que había cer- 
tinidad de guarir i, Joan ütcendo que tomase á ver á bu l^a^ 
á tanto que se le pagase la guaridnra con quinientos mara- 
vedís de oro en oro | asedo cabo de tan sabrozo comienzo, ca 
los dos lacerados de Joan é María no habia en hucha nin 
maravedí nin blanca! Fnéronse dende mobinos, é Haría non 
cesaba de orar al señor Sanct-Illan é al señor Sanct-Jego 
que les quisieran acorrer en tan áspero trance. «¿De dó, 
cavilaba ella en sus adentros, de dó tirar quinientos marave- 
dís para ser quitos con el honrado moro que tonarleia la 
vista de los ojos al triste de mi padro? A la he, yo garrida 
moza é amartelados de sobra cuento, pecheros é hidalgos, 
que me endilgan quillotros é gentilezas; mas todos son man- 
cebilIoB pitofleros que de al non curan que de sus garzonías 
é buscan barraganas é non dueñas segnnd la ley de Don 
Jesu-Cristo. Mémbrome non obstante que frente de casa 
mora el espadero maesc Palomo, que de contino me mira é 



348 

Temirii é nanea me fabla ; é ansf la Virgen me ayude qne me 
pareace el home de asaz baena masa para marido; pero 
¿cnál modiacha, no seyendo tuerta nin gibosa, podelleia que- 
rer con aquello nariz tan chata, con aquella color de dátil 
maduro, con aquellos ojos de beserro mortecino, é con 
aquellas inanazas qne mas aina semejan de animalia bruta 
que de persona qne en las folguras de amor falagar blanda- 
mieutre debe é. la fembra qne la suerte le depare para la su 
compaña? Diz qne non seya nada embriago nin apaleador 
nin doñeador nin mintroso, é que seya otrosí grandemientre 
cabdoloso é rico: lástima que tales partes adnne quien ea tan 
grandemientre feo é tozudo-» 

Dando é tomando en esto llegaron Joan é María á bu 
posada onde atendiéndolos un escudero estaba con loba de 
luto; el cual dijo á María que su tía del corregidor de la 
cibdad era muerta en estado honesto et en la flor de sn 
edad, ca non babia complido los setenta, é qne babiéndose 
de facer las obsequias de la doucelUca setentañona al otro 
dia, fuerza era que el su atahud fiícse levado á la iglesia 
por doncellas, é veníale á peacudar k María si plazriale de 
ser una de las porteadlas de la finada, é darl^jelc nn há- 
bito blanco é de yantar é un ducado é las gracias por añidi- 
dura. Maria, á fuer de manceba bien endotrinada, respondió 
qne si el bu padre venia bien en ello, ansimesmo vemia ella; 
Joan acetó, é Maria regodeóse de poder andar á facer alarde 
de au cabellera, ca sabido es que las mochacbas que levan 
á soterrar á otra van desmelenadas. E cuando á la otra 
maSana las dueüas de la corregidora aderezaron á María con 
el hábito blanco como el ampo de la nieve é ^no como piel 
de cebolla; é cuando rodeáronle al cenceño talle una ft^a 
carmesí de seda cuyos cabos pendían &8ta el ancho ruedo 
de las baldas; é cuando cingiéronle una corona de blancas 
flores por la su tersa é candidísima frente; digovos que con 
el hábito é la fiya é la corona, é la fermosa cabellera ten- 
dida, é la muy mas fermosa faz é continente suyos, non se- 
mejaba fembra de carne é de hueso formada, sinon sobre- 
humana creatura ó bienaventurada moradora de los lucientes 
cercos onde asisten las célicas hierarquías. Saliéronla á ver 



349 

& la sala el corregidor é los del duelo, e todos de contíno 
loaban á Dios á qnien tan mÍTOcloaas obras plega facer para 
consolación é solaz de los en el mundo vivienteB. E allá en 
un rincón de la Bala jada inmóvile, come bulto de pefla la- 
brado , uno de loB del mortuorio con el capuz de la loba 
echado, que non se le cataban mas de los ojos, los que habia 
de hito en hito enclavadas en la garrida doncella, la cual 
traía los ojos honestamente abegados al Buelo, é un poco 
doblegada la cabeza, é un poco coloradas de vergUenza las 
mejillas, maguer la sabia farto bien oir los loores que de su 
gentileza &cian. Abrióse á deshora un cancel, é comenzó de 
asomar una grande comba de saya, que al non era que la tripa 
de la corregidora, la cual paresció al cabo de dos brazos de vien- 
tre, ca estaba en dias de parto; é como vido é. María ñnc6 hi 
parada, deeancbó los ojos de un Jeme, mordióse los bezos é llamó 
á BU marido: departieron juntos una buena pieza, é faérosse 
dende, é cuando tomaron, ya los del mortuorio eran idos. 

En tanto que dan tierra á la defunta, quiérovos decir, cu- 
riosos leyentes, como el corregidor é la corregidora eran 
desposados luengos años habia sin haber fijos; é cobdicíában- 
loB como el campero la pluvia de mayo, é por fin habíale 
tocado su hora de bendición á la corregidora con grande con- 
tentamiento del su marido. Sonmgíase que la tal dama 
siempre habia picado en antojadiza: ijuzguedee si serloia en 
el tiempo de su preñedad! E como frisaba ya en tos dn- 
cnenta, era ya mas que medíanamientre calva é sin pelo, é 
mismamente aquellas días habia encomendado 6 una barbera 
que vivia en olor de bruja que le adobase «na cabellera 
apo^tiza, salvo que non habia de ser de fembra defuncta, ca 
sesudamente decía la corregidora que si el cabello era de 
defuncto que gozaba de la superna gloria 6 lastaba sus peca- 
dos en el pni^atorio, profanamiento era levar prenda suya; é 
si yada en el infierno, espantable cosa era traer en somo de 
la persona reliquias de un cuerpo damnado. E desque vido 
la corregidora la cabdalosa melena de María, antojósele para 
sí, é por eso llamó en poridad al corregidor, é rogóle afinca* 
damientre de reducir á María á dejarse pelar, en tornando 
que tornase del mortuorio. — «Añrmovos, decía el corregidor, 



350 

que pretendedes cosa bien peliaguda de recabdar, ca en tal 
guisa idolatra ea 8u cabello Is moza melennda, qne mas alna 
endarará que la manquen de ud dedo, que legarse totler no 
mechón de la crencba. » — «Yo vos aseguro, respondía la 
corregidora, que si hoy en este dia no finca por mi mano 
rasa é monda como un melón la cabeza de esa rapaza, lo qne 
albergo en el lientfe tiene de sacar uim cabellera pintada en 
el rostro, é si acertase é. ser fembra, catad [qué donosa fija 
se TOS aparéalo — «Parad mientes en que María demandará 
quiaáves por el trasqtiileo muy buenos escndos.» — «Parad 
mientes en que sí nou, malograr habedea vueso heredero ú 
heredera tan á. duras penas generado , é remembrad de pa- 
sada qne non sodes tan mancebo que debades flduciar de re- 
ponerlo con otro." Tornóle con eso al corregidor la espalda 
é parti6 para sn aposento gritando: «cabellera pido, cabellera 
quiero, é si cabellera non he, para mi santiguada si nunca 
pariere.» 

Habíase en tanto fecbo el entierro sin mas novedad que 
de mentar fuese, si non que cuando por las caUes algún ma- 
leante quería entre la multitud urgar h la fermosa Maria, e| 
encapuzado de quien ajusO mención Ácimos, tiraba con preste- 
dnmbre una correa de so la loba, enderezaba un gentil sur- 
riagazo al descomedido sin le decir palabra, é seguía caba- 
delante cual si non bebiese acontescido. Tomado el acom- 
pañamiento del duelo, el corregidor trabó de la mano á 
María é díjole: «ora bien, honrado doncella, menester es qne 
departamos los dos un poco en esotra cuadra», é didendo é. 
faciendo metióla en el camarín de su mujier é asentóse en 
un sitial et inclinó la cabeza é manoseóse la buba en ade- 
man de quien estodia el comienzo que conviene dar é. la pla- 
tica. Haría, un tanto abobada é confusa, fincó de pié fron- 
tera del corregidor, é abajó también homildemente loa ans 
ojos negros como la endrina; é por &ceralg«, meneaba blan- 
damente sobre la falda las cabos de la ft^a que le apretaba 
la cintura, non sabiendo qué se prometer del gravedoso geato 
é silencio largo del corregidor, quien alzando la vista é ca- 
tando ¿ María de suso ayuso, como la vido en positura tan 
modesta, priso dende motivo para saltar diriendo: «pardíez. 



351 

María, que traedes un porta tan recatado é sanctinioaioED, 
que á tiro de ballesta se coaosce que vos críades para monja 
tocasegrada; é bí esto ansí foere, CQal me presumo, ;o vos 
ofrezco de negociar como entréis en caostra sin dote, á trueco 
de Que me regaledes cosa que va en somo de tos é que es* 
touce non vos será neceBaria.» — » Prométovos , señor corre- 
gidor, repuso María, que non creo me llame el Señor por 
aquese camino, ca estonce mi pobre padre fíncaria sin el bá- 
cale de su vejedad en el mundo.» — «Agora pues, <ro vos 
quiero dar un consejo sano, hermana María; vos ganades el 
pan con sobrada ^iga, 6 debríades aprovecbar el tiempo 
tanto como posible vos ñiese. Hame dicho una vuesa vecina 
que para &icer el vueso tocado perdedes cada día mas de una 
hora; valiera mas que esa hora la emplegárades en vuesa 
labor que en las tejeduras é moflas que facedes eos vuesa 
cabello.» — «Así es i'erdad, señor corregidor, contesta Maria 
tornándose roja como unoB claveles, pero catad qne non es 
culpa mia si he una madeja de cabellos que para peinarlos 
é tranzarlos necesito un (ñengo rato cada mañana.» — «Df- 
goTos qne si es vuesa culpa, redargüyó el corregidor, ca si 
vos cortárades esa madeja, vos ahorrábades aquesos tranza- 
dos é peinaduras, é trabajariádes mas, é ganaríades mas, é 
non dariadea ocasión á qne se vos tacbe de vana , é digan 
que aun vos ha de levar el enemigo por las guedejas. Non 
vos acuitedes, ca ya columbro como tos asoman las lagri- 
millas, qne las habedes en verdad farto someras; ;o vos 
amonesto por el vueso bien sin interese ninguno: motiladvos, 
<[esmochadvoB, rapadvos, buena María; é para tollervos el 
amargor del desmoche, jo vos endonaría cincuenta maravedís,' 
siempre que me eutrieg^rades la vuesa caballera.» Cuando 
María oyó de buenas & primeras el otrescimiento de tan ra'- 
zonable cuantía por el su cabello, paresclúle todo una burle- 
ría del corregidor, é sonriyúse muy graciosamente aUmpián- 
dose las lágrimas é repitiendo: uj cincuenta maravedís me en- 
donades porque me pele ! « Al corregidor (que diz non había 
toda la trastienda de Ulíxes) hóbole de parescer que aquella 
risa sinificaba que la moza non se pagaba de tan poco pre- 
ció, é añadió: "si non vos contentárades con cincuenta mará- 



vedis, darvoB he cíenlo.» Ealonce María vido moverse caba- 
deUnte usa cortina del camann facendo una grande bamba, 
É comprendió qae hi acechando estaba la corregidora, é qnc 
)a bamba &ciala su desaforada tripa; é como fuese Maria de 
bneu engenio, calóse luego la entencion del corregidor é que 
seria un antojo de su oislo, é puso su firmednmbre en non 
so&ir el tresquilamiento ai non tiraba dende los quinientos 
maravedís necesarios para pagar al físico arábigo qne babia 
de descegar 6 su padre de ella. Sobió e) corregidor los cíent 
maravedís á ciento cincuenta é después á ducientos, é María 
prosegnia sus risas, cabeceos é mohines; é cada que el cor- 
regidor facía ana pnja é María contrafacia la dengosa , cuasi * 
cuasi cobdídaba ella que el corregidor se retrajera del su , 
propósito, por lo mucho que le dolía se despojar de aquel 
preciado ornamiento non embargante que granjear había por 
él la salud del su padre. En soma, el corregidor ganoso de 
cerrar el trato: ca verendo estaba las idas é venidas de la 
cortina, é coooscia por ellas la comezón é ansiedad que trae- 
ría la su velada, remató clamando; uea, rapaza, quinientos 
maravedís se vos dan : catad noramala si vos acomoda.» — 
«Norabuena, respondió sospirando Uarfa como si fugiérajele 
el alma de los carnes con aquesa palabra; norabuena, siempre 
que QO se haya de saber que finco pelona.» — "Yo vos lo 
fio», dijo la corregidora entrando en la cuadra con anas agu- 
zadas tiseras en la mano é una íasaleja al brazo. Como vido 
Haría las tiseras tomóse amarilla al par de la cera; é cuando 
la mandaron asentar en la silla del sacrificio, sintióse des- 
caecer é hobo de pedir un sorbo de agua: é cuando dngié- 
ronle la fkaal^a en torno de la garganta, cuéntase qne hu- 
biera partido de carrera á non haberle falUdo los espíritus; 
é cuando á la primer tiserada sintió el frío del hierro, digo- 
vos que le paresció que le atravesaban el cuer con una daga 
buida. Posible non fué que mantoviese la cabeza queda un 
momento durante la tonsuracion se fada; desviábase mal bu 
grado á un lado 6 otro fngicndo tas mordedoras tiseras, cajo 
fuerte golpeo é cnijido ferrfale acerbamente las orejas; nada 
empero valían sus meneos é trajín í. ta mezquina tresqnilada, 
ca la pertinaz tresquíladora, con el ansia é cobdícia de una 



353 

miijer en cinta que satisfaz un aott^o, tomábale bi?D ó mal 
á puñados loa cabellos é ibaaeloe braTamente cerceoando, é 
caían en la blanca íasal^a eBConriéndoBe dende fasta pervenir 
en el suelo. 

A la fin rematóse la facienda, é la corregidora que non 
cabJa en si de gozo, trujóle é retrújole i la motilona fala- 
gtkerainiente la palma de la mano desde la frmte al colo- 
drillo diciendo: »por el siglo de mi madre que vos he too- 
sorado tan igual é ¿ raíz, que non vos rapara mejor el mas 
polido barbero: recogedvos é tramad la mata mientras que 
mi marido tos trae las monedas, é jo vuesa ropa, para qne 
de casa vayades sin que nada se barrunte.» Salieron el cor- 
regidor y la corregidora, é María desqne se topó sola partiú 
¿ se catar eu un espejo que hi babia, é como se vido calva 
perdió el sofrimiento que hobiera fasta destonce tenido, é gi- 
mió de rabia é abofeteúse, é aun estuvo por se arrancar las 
orctjas que parescíaule á la sazón desaforadas de grandes, 
maguer non lo fueran: pisoteó los cabellos é renegó de baber 
consentido en los perder, sin se remembrar agora de su padre 
como si tal padre non hobiera. Mas como seja propio de la hu- 
manal natura conortarse cuando al non se puede facer, asosegóse 
poco & poco la sañosa María, é alzó del suelo la cabellera, é atóla 
é trenzóla en gruesos ramales, non sin la besar é plañir sobre 
ellas muchas vegadas. Kl corregidor é la corregidora tor- 
naron, él con los dineros et ella con el hábito de Maria la 
cual desnudóse é metió en nn pafiizuelo el sayo blanco, vis- 
tióse el sayo, tapóse con el manto fasta los ojos é caminó 
gimiendo púa casa del moro, sin facer cabdal de que el 
home del capuz ecbado iba en pos de ella, é que abajando 
ella el manto en un momento de olvido por la maña que 
habla de mostrar el tranzado, vldosele estonce claramieutre 
la cabeza mocha. Recebió el moro los quinientos maravedís 
con el buen talante con que siempre es recebido el dinero, é 
dijo ¿ María qne le trajese hi k Joan Lanas para qne hi 
posara en tanto que duraba el riesgo de la cura; María fué 
por el vi^o é callóle lo del esquileo por non le dar pesa- 
dumbre, é mientras que Joan permanesció seyendo huésped 
del físico, non osó María salir de su posada sinon de noche 

Codipasiciones jocosas. 23 



354 

é bien encobierta: eso non embalaba empero que la Bigniese 
siempre an embozado. El moro derta aocbe avisóla en pon- 
dad que á la mailasa siguiente alzarla á Joan las vendas de 
los ojos; acostóse esa noche Uarla con grant regosyo, é para 
si pensaba que cuando su padre la catase (que sería con asaz 
contento), sería ese contento tres é cuatro vegadas mas com- 
plido si podiésela catar con el gentil tocado qne ella solía se 
facer en su pueblo. En tal caríladon andaba al otro dia al 
se poner la mejor saya é prendero para ir en cas del ará- 
bigo, é como se faobiese asentado para se calzar, sopitanea- 
mente sintió que le encajaban una como caperuza en la ca- 
beza; é revolviéndose, vido tras de si al embozado de marras 
que derríbando el embozo se falló ser el espadero maesc 
Palomo, el cual sin fablar, presentó á María un esp^illo de 
Venecia onde catándose vidose con su uiesmfsima cabellera 
en tal forma guisada que dnbdó una buena pieza si eia sne- 
ño qne la corregidora la bobiese rapado. Era el caso que 
maese Palomo, gran compinche de la barbera, visto habia é 
conoBcido en su casa la crencha de María la mesma tarde 
del dia en cuya mañana veyera á María pelona, é calándose 
la fadenda, sonsacó á la vieja para que guardara para él la 
crencha de Marta, leijaado para la corregidora otra de igual 
color que la barbera babia de una ñnada: trueco por el cnal 
la taimada vieja ñzose contar muy lindos escudos. E dice la 
estoria que tan cedo como Haría topóse con su tan plañida 
é sospirada cabellera por mano del galán espadero, pares- 
dóle el maese muy menos feo que de &ntes, é non sé si diga 
qne comenzó de tal punto á le catar con buenos ojos: ello 
es qne rogándole él de le prender por su escudero fasta cas 
del moro, permitiójelo ella, é partieron loa dos mano á mano 
levando ella sin rebozo la cara. En entrando los dos en el 
aposento del físico, lanzójele á María su padre en los brazos 
gritando: «gloria á Dios, ya te veo, fija mucho amada: ¡qué 
fornida é fermosa te has fechol Vale la pena de cegar por 
cinco años á trueco de ver á sn fija en tal guisa medrada I 
Ya que tomo á ver la claridad, razón es qne no me hayas 
mas á tu cargo : yo trabajaré para mf , ca respeto de tí ya es 
hora de que te cases.» — «A eso vengo, prorompió á la 



_J 



365 

sazón el callado espadero. Yo, como ya conOBceréis por la 
voz soy Tueao Tecfno maese Palomo: yo quiero á Haría é 
vos pido SD mano.» — «A la he, laaese, qae la vuesa pinta 
non es muy cobdiciadera que digamos; empero si Maria tos 
aceta) jo soy contento.» — uYo, repuso Marfa, toda vei^n- 
zosica é atasándose el pelo apostizo (qne pesábale estonce en 
somo de la cabeza y del alma como un fardo de veíate ar- 
robas), yo ansí Dios me alumbre, como non atino que res- 
pondervoB," Prísole Palomo la diestra mano sin le decir 
cosa; é al prendérjefa cató María la muñeca del maese, é 
reparó en los puñetes de la su camisa polídam ente labrados, 
é con algo de suspicion é latimiento del cuer le dijo: i<por 
lo que mas qnerades, mi buen vecino, que me declaredes de 
qué labrandera es aquesa labor.» — «Obm es, (respondió con 
yocuttdidad el maese), obra es de una donosa manceba qoe 
há cinco años trabaja para mi persona maguer ella nunca 
fasta agora lo sopo.» — «Agora caigo en- la cuenta, departió 
María, de qne todas las mujierea que venido han á me dar 
lienzos que coser é labnu- eran por vos enderezadas é por 
ende pagábanme muy mas que se usa.» El maese non res- 
pondiú; mas sonriyóse, é tendiendo á María los brazos, 
María echóse en ellos embracijándole muy falagttera, é Joan 
ansimesmo, diciendo ¿ loa dos: «pardíez que sodcs nascidos 
para en uno.» — «Mía fe, adorada mía, repriso el espadero 
á cabo de rato, que á ser esta la mi faz menos desplaciente, non 
hobiera aeido yo mudo convusco tan luengos días, nín ho' 
hiérame satisfecbo con cataros de lueñe; hobíéravos tablado, 
me hobiérades vos fecho sabidor de las vuestras coítas, é ho- 
bíéravos endonado yo los quinientos maravedís , para la gua- 
ricioQ de vueso buen padre. ¡' E fabláodole pasito á )a oreja, 
añadió: "estonce non hobiérades habido aquel tan mal rato 
en manos de la corregidora; empero si temedes que ella que- 
brante el prometimiento que vos £zo de callar vuesa motila- 
dura, partiremos si vos place á Sevilla onde nadie vos co- 
nosce, é ansí » — «Calledes, clamó Maria tirando reso- 
lutamente al suelo la cabellera que Joan alzó todo atontecido; 
mandad esa cabellera á la corregidora, pues esa é non la de 
la defiíncta es la que pagó tan cara; que yo por guarirme 



l^.OO'^IC 



de mi vanidad, voto vos fago, si me lo permitideB, de ir ra- 
pada toda la vida; mal asientan á migieres de mec&nicos 
oficiales aqaesog apostizos arreos.» — «Contad, replicú el 
maese, que desde el pnnto qae vos sepan pelada las mozue- 
los de la cibdad euTídiosas de vuesa fenuosnra, van i eiidil- 
garvos el apodo de Mariquilla la pelona,» — «Ansí mesma- 
mente lo creo, respondió María; mas para que entiendan que 
non SG me dará im figo de aqoese nin cualquier otro mote, 
aflrmovos que de hoy para adelante non he de sofrir que 
nadie me nombre de otra guisa que MariquiUa la pelona.» 
Tal aventura fué la que tan remembrada en las Castillas 
fizo á la fermosa Qja del buen Joan Lsjias, la cual casó en 
efecto con maese Palomo, é fué una de las mas honradas é 
parideras mnjierea de la per-ilustre gbdad de Toledo. 

JüÁM Edobmo Habtzehbusch. 



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